Epílogo
Julia
Cuatro años. Ese era el tiempo que había pasado desde que Saúl y yo tuvimos más que una conversación. Desde ese día no volvimos a separarnos. No fue un camino de rosas, eso os lo puedo asegurar. Los dos teníamos mucho carácter y yo siempre quería llevar la razón.
Hacía dos años que nos habíamos casado. La verdad es que no tenía pensamiento de hacerlo, pero el padre Emiliano no hacía más que decirme que tenía que dar ejemplo a los niños. Al principio me reía, pero, después de tanta insistencia, me tuvo que decir la verdad.
Al padre Emiliano le detectaron un cáncer y no quería irse de este mundo sin casarme. No pude decirle que no, puesto que era muy especial para mí.
No me lo pensé. Con la ayuda de Carmen, compré el anillo para Saúl. Sí, iba a ser yo quien le pidiera matrimonio.
Ese día vinieron Carmen y Alejandro a cenar. En los postres me levanté para ir a la cocina y cogí la bandeja donde estaba la tarta cortada. En el plato de él puse el anillo clavado en medio.
Cuando lo vio y me miró, yo ya estaba llorando, pero lo que me dijo me hizo llorar más. Aún recuerdo aquellas palabras, esas que siempre están en mi cabeza:
—Jamás pensé en amar a una mujer como te amo a ti.
Y fue especial porque él también tenía pensado pedirme matrimonio ese mismo día.
Solo le puse una condición al padre Emiliano: quería casarme en Nápoles. Cosa a la que no se negó. Quería hacerlo con mi familia.
Viajaba mucho a Italia. La relación con mis padres y mi abuela era estupenda. No tenía quejas de ellos, ni ellos de mí. Y aunque al principio me costó, ahora disfrutaba más de mis padres, que por fin estaban juntos y felices.
Tardamos un año en poder abrir el hogar de mis niños. Escuela Hogar La Felicidad .
Igual el nombre que le puse no era el más bonito del mundo, pero sí el que mejor representaba lo que quería para mis niños: un hogar de verdad, un lugar seguro, no otra cárcel disfrazada de techo.
Me traje conmigo a Ofelia, esa monjita que con tanto cariño me trató y cuidó de mí. Era como una segunda madre para mí, aunque se merecía el título de primera.
Milagros también se vino conmigo, pero ya no era novicia ni monja. Al final se enfrentó a su padre y le dijo que esa no era vida para ella.
Teníamos quince niños con nosotros, dos de ellos mellizos y recién nacidos. Cada vez que pasaba por la escuela, se me partía el alma al verlos, pero estaba segura de que pronto encontraríamos una familia para ellos.
Era cierto que no les faltaba de nada, porque entre todos los que trabajaban en la escuela y nosotros les dábamos todo el cariño del mundo.
Mis niños… ¿Qué voy a decir de ellos? Cuando vieron todo lo que se había hecho por y para ellos, se emocionaron, sobre todo al ver sus dormitorios. Lo que no sabían era que les duraría muy poco, porque tenía una sorpresa preparada.
Cuando volvimos de nuestra luna de miel y me reencontré con ellos, lo decidí: quería adoptarlos a todos. No quería que vivieran separados si alguien los llegaba a adoptar.
Saúl estuvo de acuerdo conmigo, pero antes de todo eso tuvimos que agrandar su casa para que cada uno tuviera su propio cuarto. Y ahora esos niños, junto a Mara, llevan nuestros apellidos.
Ahora toca mencionar a Sandro.
No sé nada de él porque así lo elegí. Sé que Saúl mantiene el contacto, y mi madre también. Ella siempre me decía que, a pesar de todo, le había querido.
Yo respeté que quisieran conservar ese vínculo, pero necesitaba que ellos respetaran mi derecho a no hacerlo.
Y trabajo me costó que lo entendieran.
Hoy tocaba comida familiar. Al menos una vez al mes nos juntábamos todos. Cada mes en casa de uno, y esta vez nos tocaba a nosotros.
—Mamá —me llamó Pablo—, llevo un rato hablándote.
—Perdón, estaba distraída. ¿Qué pasa?
—Lucas no me deja estudiar. No hace nada más que molestarme.
—Pero, hijo, que es sábado. Relájate un poco.
Pablo era un niño muy responsable, pero aparte de eso tenía una nobleza impresionante. Sin embargo, Lucas era todo lo contrario. Le costaba más estudiar y era un trasto.
Dejé lo que estaba haciendo en el jardín y fui a ver qué pasaba.
—Lucas, te he dicho mil veces que no molestes a tu hermano.
—Mamá, si solo le he dicho que deje de estudiar un rato y juegue con Mario y conmigo al fútbol.
—Mamá, lleva desde que desayunó estudiando —habló Mario.
—Bueno, a ver cómo resolvemos esto civilizadamente. Mario, no puedes molestar a tu hermano cuando está estudiando, como tampoco puedes obligarlo a hacer algo que no quiere.
—Pero, mamá…
—Pero nada. Sal ahora mismo de aquí si no quieres coger tú un libro.
No me hizo falta repetirlo. No era mal estudiante, pero sí al que menos le gustaba.
—Pablo, sabes que tienes todo mi apoyo, pero tus hermanos tienen razón. No puedes pasarte todo el día estudiando. Tienes que divertirte como un niño de tu edad.
—Pero es que tengo un examen el lunes.
—Pues mañana lo repasas otra vez —dijo Saúl a mi espalda—. Ya has escuchado a tu madre. Sal ahí fuera y que te dé un poco el aire.
Cerró el libro y fue con sus hermanos.
—No sé qué voy a hacer con él.
—Si no estudiara, me dirías lo mismo.
—Saúl, quiero que sea buen estudiante, pero también quiero que viva como un niño de su edad.
—Ya lo sé, cariño.
Me dio un beso en la frente.
—Hablaré con él mañana. Por cierto, tus hijas están en la cocina con Ofelia, incluyendo a Mara.
Abrí tanto los ojos que soltó una carcajada.
—No te rías de tu mujer, que te quedas sin postre.
—¿Cuál de ellos? —me preguntó agarrándome de la cintura.
—Los dos. Y quita tus manos de mi cintura, que tu hija está en la cocina y cualquier día me la incendia.
—Ja, ja, ja. Qué poca fe tienes en Mara.
—Ninguna, ya lo sabes.
Lo dejé riendo y fui hacia la cocina. Mara no era una niña mala, pero sí muy inquieta. Tenía esa manía de querer hacerlo todo ella sola. Una vez me la encontré subida a una silla, al lado de los fogones, y casi me da algo.
—No sé si reír o llorar —dije nada más entrar por la puerta de la cocina.
—Mamá, yo voy a ayudar a Ofelia y a las tatas.
—Dios mío, Ofelia, dime que esta no es mi hija.
—Sí, mami, soy yo.
Me tuve que sentar porque creí que me daba algo al ver a Mara llena de harina y huevo.
—¿Estás bien, hija? —me preguntó Ofelia, preocupada.
—Sí, o eso creo. No sé qué voy a hacer con esta niña. Creo que la voy a devolver a las monjas.
—No, mami, monjas no. Malas.
—Oye, niña, mira que dejas de ayudarme —le dijo Ofelia haciéndose la ofendida.
—No te preocupes, mamá, cuando terminemos yo la baño —me dijo Rocío.
Me fui de la cocina al sentir a mi amiga y cuñada riendo.
Carmen lo pasó muy mal cuando abortó en su primer embarazo. No quería ver a nadie, sobre todo a los niños.
Después del aborto le daba miedo quedarse embarazada por si le volvía a pasar lo mismo, pero el tiempo todo lo cura, porque ahora lucía una barriga de seis meses de una preciosa niña.
—Pero bueno, si está aquí la foca de la familia —le dije dándole un abrazo.
—No eres más capulla porque no naciste antes.
—Pero me quieres igual. Ven, vamos al jardín y me cuentas cómo te va.
—Eso, y a tu cuñado favorito ni un hola.
—No tengo otro. Hola, guapetón. —Lo abracé.
—Saúl, mira estos dos delante de nuestras narices.
—Recuérdame que le tape la boca a mi mujer.
—Te corto los huevos, que lo sepas.
—Cuánta agresividad hay hoy en mi casa.
—Hola, hermano —lo saludó Alejandro.
—Hola. Cuñada, estás guapísima.
—No te quedes conmigo, sé que estoy fea y gorda.
—Anda, tonta, ven, que quiero que veas una cosa.
—Miedo me das.
—No seas tonta, mira. ¿Ves a todos estos niños? —asintió—. Pues son lo mejor que me ha pasado en la vida.
—¿A cuántos has parido?
— Touché .
Nos sentamos mientras tomábamos un refresco y esperábamos a mis padres, a mi abuela y a mi suegra.
—Te veo preocupada —dijo Carmen mirando a los niños—. ¿Le pasa algo a alguno de ellos?
—No. A ninguno. Soy yo. No estoy muy bien que se diga.
—Tú estás embarazada.
—Joder, ¿llevo el letrero en la frente? —le dije resoplando.
—¿De cuánto?
—Tres meses.
—¿Lo sabe?
—Aún no.
—¿Cuándo?
—Hija de tu madre, cómo se nota que duermes con un inspector. Tanto preguntar…
—Error: comisario. Pero yo no te he dicho nada. Se lo dirás cuando estemos con el postre.
—Joder con los postres de hoy.
Soltamos una carcajada.
Estábamos muertas de risa cuando llegaron mis padres junto a mi abuela y mi suegra.
—Qué contenta estás —nos dijo mi madre.
—Mucho, Anabel. Tú también lo estarás.
—¿Pasa algo?
—Que es tonta, mamá.
Me levanté a saludarlos con besos y abrazos. Cuando le tocó el turno a mi abuela, me dijo al oído:
—Tú estás embarazada.
Me dejó sin respiración.
—¿Cómo lo has sabido?
—Por tu cara de felicidad, pero tranquila, me haré la sorprendida.
Preparamos entre todos la mesa. La de los niños la prepararon los mayores.
Comimos entre risas y los chillidos de los pequeños.
Veía cómo Rocío, con sus casi quince años, se preocupaba por Mara, al igual que por María, Triana y sus hermanos.
Sabía que lo que viniera iba a estar bien cuidado con ella.
Llegó la hora del postre. La verdad es que estaba nerviosa. No sabía si Saúl se alegraría con la noticia.
—Tengo algo que contaros —nos dijo Alejandro poniéndose en pie.
—Amor, déjame a mí, que tú no entiendes de estas cosas.
—Qué capulla eres —le dije riendo.
—Tú te callas. Bueno, ahí voy. Os presento al nuevo comisario, Alejandro Espósito Vázquez.
Todo fueron felicitaciones. Vi cómo Saúl y su madre se emocionaron con la noticia. También vi cómo mi marido se levantó para darle un abrazo.
—Te dije que lo conseguirías algún día. Pues ese día ya llegó —le dijo Saúl a su hermano.
—Bueno, ahora me toca a mí. Niños, poneos al lado de papá.
Vi la cara de asombro de todos, pero los niños se pusieron al lado de su padre.
Le tendí una cajita.
—No es mi cumpleaños.
—Lo sé. Es un regalo para todos.
Mara tiró del lazo, Triana abrió la tapa y todos miraron el contenido. Saúl me miró muy emocionado.
—¿Esto es cierto?
—Lo es.
No hubo más palabras. Dejó la caja en manos de Rocío y vino a abrazarme.
—No sabes lo feliz que me haces. Te amo más de lo que nunca imaginé.
Entre felicitaciones y abrazos por parte de todos, pasamos un día inolvidable.
Ya me tocaba. Me tocaba vivir una vida plena, sin engaños, rodeada de la gente que quería y que me quería. Porque desde hacía cuatro años entendí de verdad lo que era vivir.