Una vida de engaños Capítulo 40
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Capítulo 40

Julia

Los meses iban pasando. Saúl y yo estábamos mejor que nunca. Nos íbamos conociendo poco a poco, aunque vivíamos juntos.

Saúl consiguió que todos esos vecinos que no querían que se construyera un hogar para los niños que lo necesitaban terminaran claudicando cuando vieron que mis intenciones no eran perjudicar a nadie.

Las obras iban a toda vela. Conseguimos bastante gente para trabajar, y otra llegó a través de alguien, aunque no sabíamos quién era.

Estaba segura de que era alguien de buen corazón, puesto que yo no tenía que encargarme de pagarles el sueldo. Ya lo hacía esa persona anónima.

Una vez a la semana iba a por los niños y me los traía a mi casa. Bueno, la casa de Saúl, que, si me escuchara, me diría que era tanto mía como de él.

Estaba en el jardín con Mara. Ella dormía y yo descansaba en una hamaca, observándola.

Fui a abrir el libro y se me cayó la carta. No, aún no la había leído. Me levanté a cogerla y me quedé mirándola.

Me senté. Era ahora o nunca, aunque he de confesar que muchas veces me dieron ganas de tirarla sin leerla. Pero, a mitad de camino, me arrepentía y la volvía a guardar.

Mis manos temblaban. No podía evitarlo. Me daba mucho miedo el contenido de esa carta. Respiré hondo, la saqué del sobre y la desdoblé.

«Mi querida hija:

Sí, has leído bien, porque eres mi querida hija.

Si estás leyendo esta carta, es que estaré muy lejos de donde estás tú.»

—Parece que quieras que me muera para estar contigo —dije como si pudiera escucharme.

«Sé que puede parecerte que nunca te quise, pero te puedo decir que estás muy equivocada. Te he amado como si fueras de mi propia sangre.»

—Bonita manera de quererme has tenido.

«No te voy a decir que lo hiciera bien, porque a la vista está que no ha sido así. Pero sí te puedo decir que fue por tu bien.

Sé que te has preguntado, o te estarás preguntando, cómo lograste salir de allí sin que nadie te viera. Pues es muy sencillo: porque yo lo ordené.»

—¿Qué cojones estás diciendo? —le pregunté a la carta—. Me estoy volviendo loca hablando sola.

Bebí un sorbo de agua y seguí leyendo.

«Agárrate, porque ahora es cuando viene lo mejor. Pero antes déjame decirte que respires profundamente.

No estoy muerto.

Hice un trato con la policía a cambio de poder tener otra identidad y una condena mínima si entregaba todo lo que tenía, todo lo que no me pertenecía y a mis colaboradores.

También puse la condición de que a ti te dejaran tranquila, junto a tu madre, puesto que ninguna de las dos sabíais nada de mis negocios.»

Solté la carta. Bueno, la tiré. No podía seguir leyendo. ¿Qué coño estaba pasando? ¿Saúl sabría algo de esto? Era el que más empeño tenía en que la leyera.

Cogí a Mara, que se había despertado asustada. Bueno, la había despertado yo con el chillido que pegué.

—¿Estás bien? —me preguntó Saúl, que acababa de entrar.

—Dime, por favor, que no sabías nada.

—No sé de qué me estás hablando, Julia.

—Del maldito Sandro. De eso te estoy hablando —le dije chillando.

Se puso blanco como la pared, y yo me estaba cabreando aún más.

—Lo sabías —dije más para mí que para él.

—Lo siento. No podía decirte nada hasta que leyeras la carta.

—¿Qué sientes? ¿Haberme engañado otra vez? ¿Que me haya decidido a leer la carta? Ja, ja, ja. No me hagas reír, Saúl. Otra mentira más para añadir a la lista.

Cogí la carta del suelo, el libro y salí de allí, dejándolo solo con la niña.

—Espera, Julia. Déjame explicarte.

—Ya me lo has explicado todo.

Entré en la casa llorando, porque sí, tenía que llorar. ¿Cómo se había prestado a ese juego? Me sentía mal, no solo por lo que ponía en la carta, que también, sino por él. Por su engaño.

Entré en el dormitorio, cogí mi maleta y empecé a guardar la ropa de cualquier manera. Una vez que la tuve llena, salí de allí sin despedirme. Lo sentía por mi niña, pero aquello ya se pasaba de castaño oscuro.

Tuve la suerte de cruzarme con un vecino justo cuando iba a subir a un taxi. Le pregunté si podía compartirlo con él y aceptó sin poner ninguna pega.

No entablé conversación. No tenía ganas. Me preguntó dónde iba a ir y le dije que donde se bajara él, ahí me quedaba yo.

En el camino reinaba el silencio absoluto. Bueno, solo se escuchaba una emisora de radio tan bajita que no sabría decir cuál era.

Al llegar al destino de aquel hombre, quise darle la mitad de la carrera, pero me dijo que ni por asomo. Me marché dándole las gracias.

Me metí en el primer hotel que encontré. Solo tenían disponible la suite nupcial. No me importó. Como si hubiera sido el cuarto de los productos de limpieza.

Solté la maleta de cualquier manera, abrí el minibar y cogí la botella más fuerte que había.

Salí a una de las terrazas, porque, por lo visto, según la chica de recepción, tenía dos. Me senté en una silla para terminar de leer la puñetera carta.

«Lo tenía todo planeado junto a la policía. Te hice creer que estaba muerto para seguir protegiéndote.

Cuando me llevaron al otro cuarto, los disparos que oíste eran de fogueo y la sangre era de cerdo. Teníamos que conseguir que todo fuera muy creíble.

Para que te ahorres la pregunta, te diré que esta carta la escribí después de todo lo ocurrido. Otra de mis condiciones.

Espero que me perdones. Mi condena no es muy larga, pero puedes estar tranquila: jamás te molestaré.

Sé que me odias, pero ya no me importa. Te quiero, nunca lo olvides. Y, aunque te aparté de Saúl, ahora te digo que no lo dejes escapar. Sé que te quiere y cuida de ti como yo no supe hacerlo.

Cuídate mucho, hija, pero, sobre todo, sé inmensamente feliz.

P. D.: No olvides cumplir tus sueños.

Sandro.»

Lloré de una manera desgarradora. Maldecía su manera de quererme, todo el daño que me había hecho. No pensaba perdonarlo en la vida.

Cogí la carta y la rompí en mil pedazos. No quería volver a leerla jamás. Estaba demasiado dolida como para quedarme con ella de recuerdo.

Mi teléfono no dejaba de sonar. Sabía quién era, pero me dio igual. No pensaba cogerle el teléfono a nadie. Me levanté y apagué el móvil. Iba a desconectar de todo el mundo.

Me eché en la cama llorando como una niña pequeña. No entendía cómo Saúl había podido engañarme de esa manera.

Todo lo que estaba construyendo a su lado se desmoronó de un plumazo. No volvería a confiar en él me dijera lo que me dijera.

Cuando me harté de llorar, llamé para que me subieran algo de comer. Porque yo ya podía llorar todo lo que no estaba escrito, pero sin cenar no me iba a quedar. Eso lo sabían hasta los hebreos. Con la comida no jugaba, aunque alguna vez que otra me hiciera la dura.

Pedí la hamburguesa más grande que tuvieran, con muchas patatas y kétchup. Eso que no faltara. Y de postre pedí un coulant de chocolate y una torrija.

Me puse hasta las cejas comiendo, pero no dejé nada en los platos. No voy a negar que llegó un momento en que no me podía menear, pero no me importó. Me quedaría sentada hasta que se bajara un poco todo.

Después de aquello, una ducha y a dormir. Porque ya había llorado todo lo que tenía que llorar y por quien tenía que llorar. Se acabó llorar por nadie.

Cuando me desperté por la mañana, cogí el teléfono para encenderlo. Sabía lo que me iba a encontrar, pero ya daba igual.

No me equivoqué. Tenía llamadas de Saúl, de Carmen, del padre Emiliano y hasta de mi madre. A ella sí pensaba contestarle. No creía que también estuviera enterada de todo lo que pasaba. Si fuera así, os juro que me dolería en el alma.

Como la noche anterior, llamé a recepción para que me subieran un desayuno completo de esos que crees que no te vas a comer entero, pero no dejas ni las migas.

Después de pedir el desayuno, llamé a mi madre. Tenía que salir de dudas lo antes posible.

Tan solo con el primer tono, mi madre me cogió el teléfono.

—Julia, hija, ¿dónde estás?

—Tranquila, mamá. Sigo respirando y sin hacer ninguna tontería.

—Nos tienes a todos con el alma en vilo.

—Mamá, dime una cosa y, por favor, no me mientas. ¿Tú lo sabías?

—Hija, yo…

—¿Lo sabías? —volví a preguntarle.

—Sí, lo sabía.

Me quedé callada. Mi madre lo sabía y me lo había ocultado.

—Y aun así te lo callaste.

—Era lo mejor.

No quise escucharla más. Colgué.

Mientras desayunaba, pensé en todo lo que vendría ahora. No iba a cancelar mis planes. Mis niños no tenían la culpa de que me hubieran vuelto a engañar.

No podía esconderme por mucho tiempo. Hacía tres días que no iba por la obra y, aunque no me apetecía ver a Saúl, una cosa no tenía que ver con la otra.