Una vida de engaños Capítulo 39
93%

Capítulo 39

Julia

Había pasado toda la noche con Saúl, y no precisamente durmiendo. Digamos que recuperamos un poco el tiempo perdido. Aunque eso nunca se recupera, lo importante era que nos habíamos dado otra oportunidad.

Saúl tenía razón. Debería leer esa maldita carta de una vez. ¿Que tenía miedo? Mucho. ¿Que me comía la curiosidad? Pues también, pero nunca encontraba el momento de hacerlo.

Estaba terminando de ducharme. Pasaría por el convento, estaría un rato con los niños y me llevaría a Mara conmigo. Sí, eso he dicho. Saúl tenía que arreglar varias cosas, una de ellas recoger mis cosas del hotel, ya que me había pedido que me quedara con él en su casa.

Al principio me resistí. Es verdad que lo hice con la boca pequeña, porque no había otra cosa que quisiera más que estar con mi niña y con él.

—Julia, ¿te queda mucho? —me preguntó Saúl desde el salón.

—No, ya mismo bajo. Me queda peinarme.

—Pues espabila si no quieres quedarte sin desayunar.

Esas palabras me hicieron reír, no por lo que dijo, sino por cómo lo dijo.

—Tampoco he tardado tanto.

—No. Si te descuidas, te da la hora de la comida.

—Eso no es verdad —le dije dando un sorbo al café—. He decidido leer la carta de Sandro.

Saúl dejó la taza en la mesa y me miró muy serio.

—¿Estás segura?

—No, pero ya va siendo hora de cerrar ese capítulo de mi vida.

—¿Y si no te gusta lo que lees? —preguntó sin dejar de mirarme.

—Ese es mi miedo, pero, como tú dices, no puedo alargarlo más. Cuanto antes la lea, mejor.

—Bueno, ahora no pienses en eso. Piensa en el día tan maravilloso que vas a pasar con Mara.

—¿Crees que, si pido permiso, me dejarán sacar a los demás niños?

—No lo sé, y menos tan precipitado, pero puedes intentarlo.

Desayunamos en silencio, cosa que agradecí. No dejaba de pensar en esa maldita carta, pero, en cuanto la tuviera en mi poder, la leería.

Una vez que terminamos de desayunar y recogimos todo, salimos de la casa. Saúl me llevó a recoger a Mara.

Me dejó en la puerta de la iglesia dándome un beso y se marchó pidiéndome, por favor, que lo llamara por cualquier cosa.

Entré con paso decidido en busca del padre Emiliano. Sabía dónde encontrarlo y me dirigí hacia allí.

—Buenos días, padre —dije entrando sin llamar.

—Buenos días, hija. Termino con estos papeles y ahora mismo estoy contigo.

Me puse a mirar unos cuadros a los que nunca había prestado atención estando allí. Ese lugar me llevaba al pasado, a los días en los que iba llorando a verlo para que me explicara por qué no podía vivir una vida normal teniendo a mis padres vivos.

Cuando quise darme cuenta, las lágrimas caían por mis mejillas.

—No dejes que los recuerdos tristes se apoderen de ti —me dijo frotándome el brazo.

—Ay, padre, son tantas cosas las que he vivido…

—Cosas que no tenías que haber vivido, pero que ahora ya pasaron.

—Quería pedirle un favor.

—Si está en mi mano…

—Quería llevarme a mis niños a pasar el día conmigo.

—Hija, por mí no hay problema, pero no creo que tú sola puedas con todos ellos. Aparte de que tienen clase.

—Pensé que Milagros nos podría acompañar. Podría ser un día de excursión.

Se quedó pensando un momento, mirándome muy serio, agarrándose la barbilla.

—Veré qué puedo hacer.

No lo pensé y me acerqué a darle un abrazo.

—He dicho que veré, no que se vayan a ir.

—Para mí eso es un sí. Lo conozco, padre, y detrás de ese «veré qué puedo hacer» se esconde un «que vaya contigo».

Soltó una carcajada que jamás le había escuchado.

—No sé si debe preocuparme que me conozcas tanto.

Fuimos hasta donde estaban los niños. Me quedé mirándolos y observé que Mara no estaba con ellos.

—No veo a Mara.

—No pretenderás que esté dando clases. Anda, ve a la cocina mientras yo hablo con los niños.

Me di la vuelta para ir hasta allí. Cada paso que daba era un recuerdo. Me estaba poniendo nerviosa, cada vez me costaba más respirar, pero no podía dejar que solo me vinieran recuerdos negativos. No todo había sido malo en ese lugar.

La risa de Mara llegó hasta mí y me hizo sonreír, pero enseguida escuché una voz que no reconocí. Me puse en alerta, apreté el paso y entré en la cocina.

—Pero mira a quién tenemos aquí, Lucía, a la oveja descarriada —dijo Ofelia abriéndome los brazos.

No lo pensé y fui hacia ella, dejando que me abrazara como solo ella sabía hacerlo. Ofelia era lo más parecido a una madre que había tenido allí dentro.

—Ay, hija, qué dolores de cabeza me has ocasionado, pero me alegro de que estés bien y fuera de aquí.

—Lo siento, Ofelia. Tenía que hacerlo.

Me obligó a sentarme donde estaba Mara, con la tal Lucía. Fue a por dos tazas de café y se sentó enfrente de mí.

—Lucía, lleva a Mara a cambiarla, por favor.

Esperó a que se marchara y volvió a mirarme.

—Y ahora cuéntame todo lo que has estado haciendo.

Le conté cómo me escapé de allí, toda la ayuda que recibí por parte de Carmen y de su primo, todo lo que me había pasado en Nápoles, el encuentro con mi padre biológico, con Sandro y todo lo que ocurrió hasta llegar otra vez a España.

—Ay, hija, si no me lo llegan a contar, no me creería ni la mitad. Y Carmen, cómo nos tenía engañados.

Solté una carcajada.

—Déjala, que está muy enamorada y esperando un bebé.

—¿Quién se ha envalentonado a vivir con ella? —preguntó riendo.

—Pues ni te lo imaginas: el hermano de Saúl.

—Al final todo termina en familia. Pero dime, ¿cómo estás con él ahora?

—Tan bien que me da miedo.

—Es un buen hombre, hija. Siempre te trató bien, estuviera vigilando o no.

—Ya… Bueno, me voy. Cuando lo tenga claro, me gustaría hacerte una proposición.

—Miedo me está dando.

Salí riéndome. La quería muchísimo. Siempre me trató como si fuera una hija, nunca me faltó su cariño y siempre estuvo pendiente de mí, tanto en los malos como en los buenos momentos.

Llegué al patio y vi a los niños esperándome.

—Buenos días, chicos —les dije cogiendo a Mara en brazos—. Hola, preciosa.

—Julia, ¿es verdad que nos llevas de excursión? —preguntó Rocío.

—Es verdad, pero me tenéis que prometer una cosa: os tenéis que portar superbién. Si no, otro día no os podré llevar conmigo.

—¿Qué es este jaleo? —preguntó una monja a la que no conocía.

—Buenos días, Aurora —la saludó el padre Emiliano—. Ella es Julia. Ya te he hablado de ella.

—Vaya, si es la famosa Julia. Me alegro por fin de conocerte, hija. Me han hablado muy bien de ti.

—Julia, esta es la nueva madre superiora —me dijo Emiliano.

—Hola, espero que no haya sido todo malo —le dije.

—Tranquila, me he dado cuenta de que aquí se te quiere mucho. Bueno, chicos, espero que os portéis bien. Como la novicia Milagros me diga que alguno de vosotros se ha portado mal, no sale más.

Le di las gracias, los niños prometieron portarse bien, cogieron cada uno una mochila pequeña donde llevaban agua y nos fuimos.

La verdad era que yo no sabía bien dónde llevarlos, pero, con la ayuda de Milagros, fuimos a un parque donde había un pequeño lago y barcas para pasear.

—Cómo echo de menos estar en la calle —me dijo Milagros muy seria.

—¿Pero a ti no te gusta mucho ser monja? —le pregunté mirándola.

—Qué va. A mí me obligó mi padre. Al morir mi madre, me dijo que era donde mejor iba a estar, pero llegó un momento en que yo misma llegué a creerme que sí me gustaba.

—Joder, pues estamos apañadas. Bueno, quizá cuando menos lo esperes salgas de ahí.

—Mi padre no me lo permitiría.

—Tu padre no te tiene que permitir nada. Eres mayor de edad y puedes hacer lo que quieras.

Seguimos andando, pero mi cabeza no dejaba de darle vueltas a una cosa: sacar a Milagros del convento.

Llegamos al parque y todos saltaron de alegría. Jamás olvidaría lo mucho que disfrutaron aquel día. Jugaron, corrieron, montaron en barca y terminamos comiendo en el césped unos bocadillos que habíamos comprado en un bar cercano.

No podía estar más satisfecha de ver felices a esos niños, aunque sabía que lo estaría aún más cuando vivieran en el hogar que estaba preparando para ellos.

Mara se portó de maravilla. Saúl me llamó solo una vez para ver qué tal estábamos pasando el día y si había conseguido sacar a los demás niños.

A la vuelta llegaron reventados, pero felices. El padre Emiliano fue quien nos recibió.

—¿Todo bien, niños? —les preguntó.

—Padre, lo hemos pasado muy bien —contestó Pablo.

—Me he montado en barca. —Esta vez fue Lucas quien habló—. Bueno, todos.

—Me alegro mucho, niños. Ahora me despido, que es hora de ducharse y cenar.

Todos vinieron a abrazarme y darme las gracias. Hasta Milagros lo hizo.

—No voy a olvidar el día de hoy, Julia.

—Ya te digo yo que no. Me voy ya, que me van a castigar por llegar tarde.

Reímos.