Capítulo 38
Saúl
Cuando pregunté si para mí no había, noté cómo se tensaba, y eso me hizo sonreír.
—¡Mara! —gritó Rocío, y se levantó viniendo hacia la niña.
—Hola, Rocío —le dije dándole el carrito donde estaba sentada Mara.
—Padre Emiliano.
—Hola, hijo. No has aguantado nada, ¿eh? —me dijo riendo.
—¿Usted lo sabía? —le preguntó Julia, todavía sin reaccionar.
—Sí, hija, pero no podía decirlo. Era una sorpresa.
—Chicos, me la llevo un rato. Os dejo a Mara. Cuidad muy bien de ella.
—Espera. A mí no me has preguntado si quiero irme —me dijo bajito para que los niños no se enteraran.
—Tenemos mucho de lo que hablar. O vienes por las buenas o por las malas. Tú decides.
—Padre, ¿no le dice nada? —le dijo en modo de súplica.
—No, hija. Estoy de acuerdo con él. Tenéis mucho de lo que hablar.
—Milagros, en la bolsa está el pijama y todo lo que necesita.
—Vete tranquilo.
—¿Qué es lo que pasa aquí? ¿Esto es una encerrona?
—No preguntes tanto y vámonos.
La cogí de la mano y salí de allí tirando de ella. Le abrí la puerta del coche para que subiera y cerré, mirándola un momento. Cuando noté que tocaba el cristal, fui hacia mi lado y me monté.
No tenía ni idea de adónde la llevaba, como tampoco sabía que yo estaba al tanto de todo lo que tenía en mente. Cuando lo supiera, se iba a llevar otra gran sorpresa.
—¿Dónde vamos?
—Ya te lo he dicho. Vamos a hablar.
—Pero digo yo que para hablar tendremos que ir a algún sitio.
—¿La habitación de tu hotel? —pregunté aguantándome la risa.
—Ni de coña.
—Vamos a mi casa. Quieras o no quieras.
—Esto es un secuestro.
—Denúnciame, pero hoy dejamos las cosas claras sí o sí.
La miré de reojo y vi cómo apretaba la mandíbula. No quería reírme para que no pensara que me reía de ella. Todo lo contrario: me reía de la situación, de todas las preguntas que seguro se estaría haciendo.
—Te va a reventar el cerebro de tanto pensar.
—No estoy pensando nada.
—Mentirosa. Si te estoy escuchando desde aquí.
Soltó una carcajada.
—Así me gusta, que te relajes.
—No quiero ir a tu casa.
—Pues lo siento, pero no hay otro sitio. Y no solo vamos a ir a mi casa, sino que te quedas a dormir también.
—Eso no te lo crees ni tú.
No le contesté. No quería decir nada más, porque la veía capaz de tirarse del coche en marcha.
Llegamos a la urbanización donde vivía. Abrí la verja y seguí hacia delante. Por el rabillo del ojo la vi mirando; parecía una jirafa con el cuello tan estirado.
Paré el coche en la acera. Seguramente se quedaría allí toda la noche.
—Ya hemos llegado. ¿No te bajas?
—¿Tú vives aquí? —preguntó mirándome.
—Sí. La compré cuando me vine aquí.
—Querrás decir cuando mi padre te puso a vigilarme.
—Si lo quieres ver así, pues sí. Pero no solo vivo aquí: este año soy el presidente de la comunidad.
Su cara de sorpresa era para enmarcar. Por nada del mundo se esperaba lo que estaba escuchando.
—Ponte cómoda, yo voy a hacerlo.
—Como si no supieras que no tengo ropa.
—¿Ves esa bolsa de ahí?
Asintió.
—Pues cógela, que es tuya. Tienes un pijama, pantalones de chándal y camisetas, cortesía de Carmen.
—Ella sabía todo esto —no lo preguntó, lo afirmó.
—Ha sido mi cómplice. Anda, ven, vamos a cambiarnos.
Subimos las escaleras y la llevé hasta mi dormitorio.
—Este es mi cuarto —le dije, parándome en la puerta—. Puedes quedarte conmigo o dormir en ese de ahí. Tú decides.
Entré dejándola en medio del pasillo. Quería que entrara conmigo, pero no iba a obligarla. De todas maneras, no saldría de mi casa hasta que dejáramos las cosas claras.
Me estaba quitando la ropa cuando sentí unos pasos hacia dentro. No quise moverme. No quería que se arrepintiera.
Se puso a mi lado y empezó a sacar ropa de la bolsa. Vi cómo cogía unas braguitas negras de encaje.
—Qué capulla está hecha la tía —dijo riendo.
—Eso es que quiere lo mejor para ti —le dije quitándoselas de la mano.
—Saúl, yo…
—No quiero que digas nada, como tampoco quiero que hagas algo que no quieras.
—Tengo miedo. No sé cómo comportarme contigo. Todo lo que ha pasado, tú, lo que siento… Se me ha venido todo demasiado grande.
—Déjame que te ayude, Julia. Sé que me quieres, y eso no lo puedes negar por mucho que quieras.
—No te me vengas tan arriba, anda.
Solté una carcajada.
La cogí por la cintura, atrayéndola hacia mí. No le pedí permiso para besarla; tenía tantas ganas de hacerlo que me parecía mentira tenerla allí delante.
Nos separamos para coger aire y volvimos a juntar nuestras lenguas. Noté cómo mi miembro se ponía duro y la acerqué más a mí para que lo sintiera.
—Saúl, hazlo ya —me pidió en modo de súplica.
—¿Hacer el qué?
—No te hagas el tonto, que no te pega. Métemela ya.
—Tus deseos son órdenes para mí.
De pie como estaba, hice que recostara medio cuerpo sobre la cama. Me bajé el bóxer, que era lo único que llevaba puesto, y le bajé las braguitas, pasándole dos dedos por la vulva, que ya estaba mojada.
La cogí por las caderas y, sin decir nada, la penetré de una vez. El grito que soltó hizo que me excitara más de lo que ya estaba. Me volvía loco escucharla gemir y decir mi nombre. Me miraba por encima del hombro mordiéndose el labio.
No aguantamos mucho más ninguno de los dos. Cuando quise darme cuenta, nos estábamos corriendo a la vez.
—Lo siento, las ganas me pudieron —le dije con una sonrisa.
—Ya me he dado cuenta. Tanto te han podido que ni siquiera has puesto protección.
—Lo siento, Julia. Ahí tienes el baño.
—No pasa nada. No creo que tenga tan mala suerte —me dijo caminando hacia él.
No se puede planear nada. Mi plan inicial no era empezar por el final y dejar el principio para después, pero ya no había nada más que hacer.
Cuando salió del baño, la dejé sola en el cuarto para entrar yo.
—¿ Pizza ? —le pregunté al salir.
—Me da igual lo que sea, pero con postre.
Me guiñó un ojo.
Llamé pidiendo dos pizzas de tamaño familiar: una barbacoa y otra carbonara, que era la que le gustaba a ella.
Le enseñé la planta de arriba, donde tenía tres dormitorios aparte del mío y dos cuartos de baño: uno en el pasillo y el de mi habitación.
La planta de abajo era abierta, con un aseo en un lateral. También le enseñé el pedazo de jardín que tenía la casa en la parte de atrás, con piscina.
—Tienes una casa muy bonita —me dijo cogiendo la copa de vino que le ofrecí.
—No tan bonita como tú.
Saqué un plato donde puse queso y un poco de jamón.
—Ven, vamos al jardín. Ahí hablaremos más cómodos.
Salimos y nos sentamos en la mesa que tenía en el porche.
—El padre Emiliano me ha contado tu proyecto. Bueno, más o menos sabía algo, pero no tan detalladamente.
—Yo no quiero ese dinero, y qué mejor manera de gastarlo que en este proyecto. ¿Quieres que te lo enseñe? —me preguntó toda ilusionada.
—Claro. Quiero que me lo cuentes todo.
Me enseñó planos, cómo quería que fuera la casa de acogida, las habitaciones, su distribución, dónde iría el comedor, las aulas de estudio…
Yo la escuchaba embobado. Nunca había visto a una persona tan ilusionada como lo estaba ella.
—¿Me ayudarías a convencer a los que se oponen?
—Te ayudaré. Es más, mañana convocaré una reunión para dentro de dos días. ¿Te parece? Quiero que estés tú, para que les expliques todo lo que se va a hacer.
—Gracias.
—De nada. Pero ahora tenemos que hablar de nosotros, Julia. No vale posponerlo más tiempo.
—No hay nada de qué hablar. Ya te dije que lo siento, que lo que siento por ti es verdadero, solo que no sé cómo actuar.
—Siendo tú. No quiero una mujer que reprima su manera de ser. Cuando no sepas cómo actuar, dímelo. Déjame ayudarte, Julia. No concibo una vida sin ti.
—¿Eso quiere decir que estoy perdonada?
—Eso quiere decir que empecemos de cero.
Vino hacia mí y me dio un abrazo.
—Te quiero muchísimo, Saúl. Siempre serás mi primer y único amor.
—Eso espero, si no me partirías el corazón.
—¿Sabes una cosa?
—Pues si no me la dices, no.
Rio.
—Me habría gustado adoptar a Mara, pero no me dio tiempo. Se la llevaron antes de que pudiera hacerlo.
—Sé que la quieres mucho, y estando conmigo la verás todos los días. Quiero que dejes la habitación del hotel y te instales con nosotros.
—¿Me lo dices en serio?
Asentí con la cabeza.
—Gracias. No pensé que esto pasaría algún día.
—Si yo no hubiera cedido, desde luego que no.
—Puede ser.
—Julia, ¿has leído la carta?
—Me da miedo. Es cogerla en las manos y me quema.
—Algún día tendrás que hacerlo.
—Lo sé, pero me da pánico que no me guste lo que pone en ella.
—Tienes que dejar el miedo atrás. No puedes vivir toda tu vida con ese miedo.
—Quizá tengas razón.
Llamaron a la puerta y supe que era el repartidor de las pizzas. Le di un beso y me levanté a por ellas.