Capítulo 37
Julia
Me levanté temprano. Por mucho que lo intenté, no había descansado bien. Tenía que solucionar lo del sueño, pues cada vez descansaba menos.
No pude aguantar las ganas de ver al padre Emiliano. Tanto fue así que llevaba media hora en la puerta del hotel, como si por esperar allí fuera a llegar antes.
Mi desesperación crecía por momentos. Ya eran más de las diez y aún no había llegado.
Pensé en ir hasta la iglesia, pero lo descarté de momento, porque bastaba con que me moviera del hotel para que él apareciera.
Cuando ya creí que no vendría, lo vi aparecer por la esquina. Venía todo lo ligero que podía.
Cuando estaba llegando a mí, lo vi resoplar, y eso me hizo reír.
—Eso, ríete de este pobre cura.
—Hola, padre. Por fin nos volvemos a ver —le dije dándole un abrazo.
—Hola, hija. Por fin puedo. Debería echarte un sermón por irte de la manera en que lo hiciste.
—Lo siento, pero tenía que hacerlo.
—Bueno, vamos a caminar y hablamos. ¿Has desayunado? —preguntó frotándose la barriga.
—No me entraba nada.
—Pues yo ahora mismo me comería un león, hija.
Reímos por su comentario y fuimos caminando hasta una cafetería. Nos sentamos en la terraza, en el lado donde no había nadie.
—Hija, sentarnos aquí tan apartados de los demás resulta sospechoso.
—Diga que me va a confesar, que soy alérgica a las iglesias.
Vino el camarero a tomarnos nota y se fue dejándonos solos.
—He visto a Mara —fue lo primero que le dije.
—Lo sé. Y al padre también.
Me quedé sin saber qué decir.
—Julia, lo mismo que sé de ti, también sé de Saúl. Hablo mucho con él.
—Padre, he metido la pata con él hasta el fondo. Es la segunda vez que lo echo de mi vida.
—Hija, hay veces que hacemos las cosas por miedo a equivocarnos, sin saber que ya lo estamos haciendo al tomar decisiones a la ligera.
—Lo sé, y me arrepiento de ello… Pero hablemos de lo que de verdad nos interesa.
—Julia.
En ese momento no pude decirle nada porque llegó el camarero con los desayunos.
—Sé lo que me va a decir, y sí, también me importa, pero antes tengo que solucionar lo de los niños.
—He encontrado un lugar. Está en una urbanización privada. Son cuatro chalés, en calles diferentes.
—Padre, pero eso no nos vale.
—Hija, no he terminado. Dos están en una calle y los otros dos, en la de enfrente.
—Me parece bien. Me da igual lo que pidan por ellos.
—No corras tanto. Hay un pequeño problema.
Escuchar esa palabra hizo que me tensara.
—Hay que pedir permiso a los vecinos.
—Pues no entiendo por qué.
—Hija, porque lo que tú quieres hacer es un centro para niños sin hogar, y eso no a todo el mundo le parece bien.
—Vaya. ¿Cómo se ha enterado de todo eso?
—Por alguien que conozco muy bien y que vive al lado de una de las casas.
—Entonces ya tenemos uno por el que no nos tenemos que preocupar.
—No sé yo, pero vamos a comer antes de que se nos enfríe el pan.
Desayunamos en silencio. Con eso el padre Emiliano no partía peras. Para él, comer en silencio era un remanso de paz.
Cuando terminamos de desayunar, le pregunté por los niños y se echó a reír.
—¿Padre? —le pregunté extrañada por esa risa.
—Ay, hija, no me río por la pregunta. Me río porque parecía que estabas deseando terminar de desayunar para hablar.
—Es que vaya manía la suya con comer en silencio.
—Supongo que ya es la costumbre, pero es cierto que me da paz. Y puedes ir a ver a los niños cuando quieras.
—Lo mismo voy esta tarde, pero sigamos con lo que nos interesa en este momento. ¿Cree que tendremos problemas con los vecinos?
—No lo sé, hija. No los conozco a todos. Lo que sí sé es que tenemos a la mayoría de nuestra parte.
—De verdad, no sabe las ganas que tengo de terminar, y eso que aún no ha empezado.
—Me alegra ver que este proyecto te hace feliz.
—No imagina cuánto, padre. Tengo que ver esas casas y saber de qué terreno podemos disponer. Ya he contratado al arquitecto.
—Pero que yo me entere: ¿hablamos de hacer una escuela hogar o has cambiado de opinión?
—No, sigo con lo mismo. Aunque estudien fuera, no dejará de ser una escuela hogar. Tendrán aulas y tutores para cuando tengan que estudiar, un gimnasio, una piscina cubierta y otra exterior.
—Eso te costará mucho dinero.
—Lo sé, padre, pero ese dinero, de momento, lo tengo. Más adelante, Dios dirá.
—Entonces vamos a ir paso por paso. Voy a llamar a la inmobiliaria e iremos a ver el lugar.
Asentí con la cabeza, regalándole una sonrisa. Me sentía eufórica. Al fin podría sacar a esos niños de aquellas cuatro paredes.
Fuimos andando hasta la inmobiliaria y, de allí, nos marchamos con la chica en su coche para ver las propiedades. Cuando le dije que quería los cuatro terrenos, se echó las manos a la cabeza, así que tuvimos que contarle los planes que teníamos.
Cuando llegamos al lugar, no podía creer lo que estaba viendo. Cada casa era grandísima, no solo por dentro, sino también por el terreno que tenía.
Era idóneo. Estaba al principio de la urbanización, y eso me gustaba más, porque así quizá tendría la ventaja de que no se quejarían tanto los vecinos.
Me indicó la casa del único vecino que no se resistía. Estaba al lado de una de las que se vendían.
—¿Podemos ir a conocer al vecino nuevo?
—No está en este momento.
—Vaya. Bueno, en otra oportunidad.
La chica nos comentó que estaría bien hablar con el presidente de la comunidad para reunir a todos los vecinos y contarles mi proyecto.
Me pareció una buena idea y el padre Emiliano se encargaría de eso.
—Bueno, hija, yo tengo que irme. Te espero esta tarde para que veas a los chicos.
—Gracias, padre, por toda su ayuda.
Me fui caminando y él se marchó con la chica. Quería conocer un poco la ciudad en la que había vivido, pero que no conocía.
Paseé por sus plazas y por las calles del casco antiguo, entre balcones llenos de flores, abuelas sentadas a la puerta y mujeres que te saludaban al pasar como si te conocieran de toda la vida.
Después de unas cuantas horas andando, el olor a pescaíto frito me hizo sentarme en una terraza a comer algo.
Pedí un variado de pescaíto y una cerveza. Creí que con eso tendría más que suficiente.
Mientras esperaba, miré otra vez los bocetos del colegio. Cuanto más los miraba, más me gustaban y más ganas tenía de empezar.
Llamé a mi madre para saber qué tal su llegada a Nápoles. Me había dejado un mensaje la noche anterior por si estaba durmiendo.
La noté contenta y, aunque aún le guardaba un poquito de rencor, me alegraba mucho por ella. Se merecía ser feliz. En realidad, todos nos merecíamos ser felices.
Llegó la hora de ir a ver a los niños. No sabía qué llevarles, así que les compré lo que a todo niño le gusta: chocolate y chuches.
Entré por la iglesia y me fui hacia la sacristía. Allí estaba el padre Emiliano mirando unos papeles.
—¿Puedo pasar?
—Hija, no te esperaba tan pronto.
—No podía aguantar más. Ya sé que es la hora de la merienda, pero prefiero esperar aquí.
—Venga, vamos. Yo mismo te acompañaré. No me pierdo esto ni de broma.
Fuimos andando por un pasillo. Según avanzábamos, mi piel se erizaba. Mis recuerdos se agolpaban, y no eran precisamente los buenos.
Llegamos al patio y vi cómo salían los niños del comedor.
—Escóndete ahí —me dijo el padre Emiliano—. Quiero ver sus caras cuando te vean.
Me escondí detrás de una columna, pero Milagros ya me había visto y tuve que hacerle un gesto para que se callara.
—Chicos, tengo una sorpresa para vosotros —les dijo, poniéndolos a todos mirando hacia él.
—¿Es Mara otra vez? —preguntó Rocío.
—No, esta vez no es Mara.
—¿Cuándo vendrá otra vez a vernos? —esta vez fue Lucas quien preguntó.
—No lo sé. Quizá lo haga pronto.
Me quedé un poco parada al escuchar esa conversación. No me había dicho nada. Quizá lo hizo para no hacerme sentir mal.
—Padre, denos una pista —le dijo la pequeña María—. No somos adivinos.
Tuve que aguantar una risilla. Vi cómo Milagros tenía la mano en la boca y cómo le caían las lágrimas por las mejillas.
—Venga, gritad conmigo: ¡Sorpresa, sal ya!
Cuando todos lo hicieron y me fui asomando poco a poco, se quedaron parados, con la boca abierta.
—Vaya, ya os habéis olvidado de mí. Qué pena más grande.
—¡¡Julia!! —gritaron todos al unísono, y vinieron corriendo hacia mí.
—Hola, corazones. Cómo os he echado de menos.
Se abrazaron a mí como pudieron, todos a la vez. Milagros vino hacia nosotras.
—Chicos, dejadme que le dé un abrazo y una colleja por irse sin decir adiós.
Reímos todos cuando dijo eso.
—Te he echado mucho de menos, lo mismo que a Carmen —me dijo llorando.
—Yo también, pero no llores más, anda, que me vas a hacer llorar a mí también.
Saqué las chocolatinas, les di una a cada uno dejando las otras en la bolsa, y nos sentamos en el suelo, en corro, como habíamos hecho tantas veces.
—¿Para mí no hay? —dijo una voz en mi oído que no esperaba escuchar.