Capítulo 36
Julia
Me sorprendió que Carmen tuviera el billete al lado del mío. Cuando el tren se puso en marcha, se lo pregunté.
—Oye, Carmen, ¿cómo es que tienes el asiento contiguo al mío?
—¿Te recuerdo quién es el padre de mi hijo?
—No, no hace falta. Ya lo pillo.
Rio.
—Pues eso. No pensaba dejarte sola, Julia. Sé que igual he sido demasiado dura contigo, pero, hija, reconoce que eres un poco tonta.
—Vaya, gracias. No sabía que eras tan buena amiga.
—No te lo tomes a mal. Sé que, por circunstancias de la vida, te falta mucha calle, como se suele decir, y quizá por eso actúes de esa manera.
—Ha adoptado a Mara —le dije en un susurro—. No es que me importe.
—Pero te importa. ¿Has hablado con él?
—Más o menos. Tampoco es que le dejara mucho.
—¿Lo ves? No dejas que te explique. Él quiso que lo supieras mucho antes que nadie, pero los celos te cegaron y no lo dejaste hablar.
—Ya, no me lo recuerdes.
—En fin, que le has dado muchos dolores de cabeza, sin contar que, por tu culpa, peleó con su hermano y han estado sin hablarse apenas.
—No era mi intención, de verdad.
—Ya, como tampoco era tu intención cabrearme a mí. Bueno, por tu futuro sobrino o sobrina, vamos a correr un tupido velo y a empezar de cero. Y ahora cuéntame todos esos planes que tienes.
Y eso hice. Le conté todo lo que tenía en mente con el dinero de la venta de la empresa y la imprenta de mi padre. Todo lo que quería hacer por los niños a los que tanto echaba de menos.
—Me parece muy bonito todo lo que vas a hacer. Esos niños se van a volver locos cuando te vean aparecer.
—Eso espero. Quiero que vivan como una gran familia. Me voy a ocupar de ellos hasta que sepan qué hacer con su vida, pero primero tendré que saber yo qué hacer con la mía.
—Al final Sandro no ha sido tan cabrón.
—Tengo una carta suya que aún no he leído.
—¿Y a qué estás esperando?
—No estoy preparada. Me da miedo lo que diga esa carta.
—Dámela, que a mí no me da miedo.
—No te lo crees ni tú. ¿Qué sabes de tu primo?
—Qué sutil eres a la hora de cambiar de conversación.
—Está bien. Ahora mismo sin trabajo, pero bien.
—Quiero contar con él para mi proyecto. Con Diana también.
—Pues me alegra mucho escucharte decir eso. Habla muy bien de ti.
—Le debo mucho, y lo sabes.
Nos quedamos en silencio. Ella sacó un libro de su bolso y yo me eché hacia atrás, mirando por la ventanilla, hasta que cerré los ojos.
No me di cuenta de que me había quedado dormida hasta que desperté y vi que Carmen no estaba sentada en su asiento. El tren estaba parado. Miré por la ventanilla para ver si sabía dónde estábamos.
—Aún nos queda un poquito. Estamos en Córdoba. Toma, anda, una Coca-Cola y este bocadillo.
—Gracias. Me he quedado dormida.
—Se ha enterado todo el tren. Anda que no roncas.
—Qué mentirosa eres. Anda, come y cállate.
Nos comimos el bocadillo mientras hablábamos de los planes que tenían ella y Alejandro. Me tuve que reír cuando me dijo que se mudaba al sur, y yo le recordé aquello de quedarse en Nápoles.
—Eso quedó en el pasado, niña. La tierra de una tira más.
No podía parar de reír, pero me reía por cómo lo contaba. Seguimos hablando de Alejandro, de lo contento que estaba con la noticia de su paternidad y de lo bien que la estaba cuidando.
Por fin llegamos a la estación. Al bajarnos del tren, me encontré con la sorpresa de que Eduardo y Diana estaban esperándonos con una pancarta en la que decía: « Bienvenidas a casa» .
No pude aguantar las lágrimas. No me esperaba un gesto así. Bueno, en realidad, no esperaba recibimiento alguno.
—Hola, guapo —le dije a Eduardo dándole un abrazo.
—Hola, preciosa. Me alegro mucho de volver a verte.
—Yo también me alegro, aunque no sea tan guapa —me dijo Diana abrazándome.
—Sí que lo eres. No os esperaba aquí.
—Lo sabemos, pero alguien nos dijo que te haría bastante ilusión.
—Ese alguien me conoce muy bien.
—Bastante. Y vámonos ya de aquí, que tengo mucha hambre. Esto que tengo aquí dentro solo me pide comer.
—Si te has comido hace nada un bocadillo más grande que tú.
—Da igual, pero me falta el postre.
Salimos de la estación riendo por lo que había dicho Carmen y nos fuimos a comer al bar que había enfrente.
Como todos habíamos comido, pedimos café y un trozo de tarta de tres leches que, por cierto, estaba buenísima.
Estuvieron convenciéndome para que me fuera a su casa, ya que tenían sitio de sobra para las dos. Me negué. No quería perturbar la intimidad de nadie, aparte de que necesitaba estar sola.
—Venga, mujer, vente con nosotros.
—No, Carmen. Necesito estar sola, preparar todo lo que tengo que hacer. Espero que lo entendáis.
—Pues nada, chica, tú misma. Después no digas que estás sola.
—Carmen, si necesita estar sola, hay que respetarlo —le dijo Eduardo.
—Tonterías, pero bueno, allá ella.
—No te preocupes, se le pasará. Ya sabes cómo es mi prima. Llámame si me necesitas para lo que sea —me dijo dándome un abrazo.
Me despedí de ellos y entré en el hotel. Fui a recepción, donde me dieron la llave y me desearon una feliz estancia.
Nada más entrar en la habitación, llamé a mi madre para que se quedara tranquila. Lo que no me esperaba es que estuviera en el aeropuerto. Había buscado un vuelo y había conseguido uno que salía en una hora.
Me alegraba mucho por ella. Si Fabio era el amor de su vida, no tenía que dejar pasar ni un día más. Nos despedimos y me prometió que me avisaría en cuanto llegara.
Saqué la ropa de la maleta, la guardé en el armario y lo siguiente que hice fue llamar al padre Emiliano.
—Hola, padre, soy Julia.
—Hola, hija. Estaba esperando tu llamada, pero no hoy.
—Bueno, digamos que la cosa se ha complicado.
—¿Todo bien?
—Sí, todo está bien. Ya le contaré mañana. Solo llamaba para decirle que ya estoy aquí.
—Mañana nos vemos a las diez en la puerta del hotel.
—Hasta mañana, padre.
Colgué el teléfono y lo tiré sobre la cama.
Me asomé a la ventana. Qué mala suerte. Me había tocado una habitación sin terraza y, encima, daba a un patio interior.
Pero, como solo estaba de paso, me daba igual. Al día siguiente buscaría una casa. Me dejaría guiar por el padre Emiliano, porque yo apenas conocía la ciudad.
Me tumbé en la cama. Estaba tan ilusionada que los nervios no me dejaban quedarme quieta. Me imaginaba a todos mis niños en su nuevo hogar. Uno de verdad. Solo para ellos. Un lugar donde pudieran sentirse seguros y dejaran de vivir como si todo fuera prestado.
No veía la hora de que tuvieran habitaciones dignas, espacios propios y rincones donde estudiar, jugar o estar tranquilos. Mi idea era que durmieran dos por habitación, con su cuarto de baño, y que hubiera salas de estudios separadas por edades, no todos juntos en un mismo sitio.
Y así con todo. Quería que no les faltara nada, empezando por lo básico. También pensaba sentarme con ellos y escucharlos. Que participaran, que me dijeran qué les gustaba y qué no, que sintieran que aquel proyecto también era suyo.
Ay, si solo de pensarlo me daban ganas de saltar en la cama.
Era la hora de cenar, pero la verdad es que no tenía mucha hambre. Pedí que me subieran algo de fruta.
Abrí una carpeta que había dejado encima de la mesa. Ahí estaban todos los papeles que me harían falta. Me faltaba lo más esencial: un abogado. Contaba con que el padre Emiliano conociera a alguno de confianza.
Cuando todo aquello estuviera solucionado, llamaría a Saúl y le contaría todo lo que tenía en mente para mis niños.
Llamaron a la puerta y fui a abrir. Era un chico con la fruta que había pedido.
—Le he traído chocolate por si quiere mojar la fruta.
—Eso ni se pregunta —le dije.
El chico soltó una risilla.
—Ya lo dijo la cocinera: no hay nadie que se resista al chocolate.
—Ja, ja, ja. Desde luego que no. Solo al que no le guste el chocolate —le dije con una sonrisa—. Siento decirte que no tengo nada de efectivo para darte propina.
—No pasa nada. No tiene por qué.
—Lo sé, pero quiero hacerlo. Mañana te prometo que la tendrás.
Salió sin decir nada más. La fruta venía muy bien presentada. Encendí el televisor y me senté a comérmela mientras echaba un vistazo a la programación.
Me encontré con una de esas películas que te pasas todo el tiempo llorando. Por más que me decía a mí misma que cambiara de canal, no podía hacerlo. Acabé abrazada a mis piernas, llorando a moco tendido.
Cuando terminó, me fui a darme una ducha ligera. Con el llanto me había entrado sueño. Además, había descubierto que, mientras dormía, no pensaba en Saúl, porque pensar en él me hacía daño.