Una vida de engaños Capítulo 35
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Capítulo 35

Julia

Estaba en la cama mirando hacia la ventana. No me podía creer cómo me había comportado la noche anterior.

Había gilipollas en esta vida, pero yo me llevaba el premio a la gilipollez. Lo había echado todo a perder. Me había reencontrado con el amor de mi vida y con la niña que me robó el corazón desde el primer segundo…

¿Y qué hice yo? Cagarla. Pero una cagada monumental, de esas de las que estás toda tu vida arrepintiéndote.

No pensaba marcharme hoy, pero, con todo lo que pasó anoche, la mejor decisión que podía tomar era irme cuanto antes.

Me levanté de la cama y entré en el cuarto de baño. Pensé en todo lo que tenía que hacer, no porque tuviera ganas en ese momento, sino porque necesitaba no pensar en él.

Cuando entré en la cocina, mi madre ya estaba preparando el desayuno para las dos.

—Buenos días, mamá.

—Buenos días, hija. ¿Has dormido bien?

—Bueno, si por dormir bien entiendes despertarme varias veces durante la noche, entonces sí, he dormido bien.

—Hija, yo quería decirte…

—No, mamá. No quiero escuchar nada referente a lo que pasó anoche.

—Julia, siempre evitas hablar de los problemas.

—Los que no me interesan, sí.

—Pues sigue engañándote a ti misma. Al final lo perderás del todo y te lamentarás por ello.

—No me importa. He decidido que me marcho hoy mismo.

—Como quieras, pero huir no te va a hacer sentir mejor.

—Mamá, no quiero hablar de ello. Me voy porque, de todas maneras, me iba a ir. Cuanto antes solucione y empiece todo lo que tengo en mente, mejor.

—Como veas. Si tú te vas, buscaré vuelo para marcharme.

—Como tú veas.

No dije nada más. Me serví una taza de café y cogí una de las tostadas que mi madre había puesto en el plato.

—Qué guapa estaba mi niña —le dije a mi madre cuando iba a dar mi primer bocado.

—Es una niña muy bonita. Ahora entiendo que te encariñaras con ella.

—Tenía pensado adoptarla cuando saliera del convento. Lo que no sabía era que se la iban a llevar antes de que yo pudiera salir de ese lugar.

—Lo siento, hija. Sé que, en el fondo, no nos perdonarás lo que te hemos hecho.

—Ya no importa eso, ni tampoco que no pueda tener a esa niña. Sé que con Saúl estará bien cuidada, aunque su trabajo no sea lo más adecuado para criarla.

—No lo sabes. Tiene a su madre para ayudarlo.

—Pero él pasa mucho tiempo fuera.

—Julia, no marees la perdiz ni busques tres pies al gato. Lo has tenido todo en tus manos y no lo has querido coger.

—Tienes razón, mamá. Sigamos desayunando tranquilas, que tengo mucho que hacer.

Sabía que mi madre tenía razón, pero eso no podía admitirlo. No podía admitir mi derrota, como tampoco quería pensar en ella.

Dejé la taza en el lavavajillas, le di un beso a mi madre y fui a mi cuarto a hacer la maleta.

Había pensado en llamar al padre Emiliano, pero después decidí que lo mejor era darle una sorpresa a él y a los niños.

Había reservado por internet una habitación en un hotel hasta que encontrara dónde vivir. Estaba tan ilusionada con ese proyecto que hasta me daba miedo.

Empecé a hacer las maletas. No me llevaría mucha ropa, solo lo necesario. Ya compraría más cuando estuviera instalada.

Fui al cajón de la cómoda y saqué la carta que me había dejado mi padre. La cogí como si me quemara en las manos.

Tenía curiosidad por leer lo que escondía, pero al mismo tiempo tenía miedo. Miedo de encontrar algo que no me gustara o que me hiciera más daño. Ya no lo soportaría.

Por un momento estuve tentada. Abrí un poco la solapa, pero al final me contuve y la metí dentro de la maleta antes de cerrarla.

Cuando le dije a mi madre que no estaba preparada para leerla, lo decía en serio. De mi padre podía esperar cualquier cosa, por mucho que yo fuera su hija.

Seguí guardando todo lo de mi aseo personal en una mochila. Solo tenía que meter dos bolsas de aseo: una de pinturas y otra con laca de uñas y demás.

Una vez guardado todo, miré el reloj. Eran las diez de la mañana, muy buena hora para ponerme en camino. Me esperaban dos horas y media de trayecto y quería aprovechar bien el día.

Miré una vez más mi dormitorio y salí cerrando la puerta.

Mi madre estaba sentada en la cocina, con una taza de café entre las manos, mirando hacia la ventana.

—Mamá, ya estoy lista.

—¿Estás decidida? No me importa que te eches atrás.

—Pero a mí sí. Estaré bien, no te preocupes. Necesito hacer esto por mi salud mental.

—Si yo no digo nada, hija. Solo preguntaba.

—Anda, ven. Dame un abrazo.

—Prométeme que me llamarás, pero, sobre todo, que estarás bien.

—Lo primero te lo prometo. Lo segundo ya es otro cantar. Me esforzaré, pero espero que, con la ayuda del padre Emiliano, todo sea más liviano.

—Cuando lo tengas todo listo, prometo ir a verte con tu padre y tu abuela.

—Qué vergüenza. Les debo una disculpa, y de las grandes.

—Ya tendrás tiempo de hacerlo. De todas maneras, yo te ayudaré con todo.

—Gracias, mamá. Aunque no te lo diga muy seguido, te quiero.

—Yo también.

Me dio un abrazo que por poco no me rompe.

—Anabel, te recuerdo que tu hija aún es de carne y hueso y, si sigues así, puede que pase a ser un ser inerte.

Soltamos una carcajada.

—Lo siento, hija, no me di cuenta. Te voy a echar de menos.

Jamás pensé que pudiera escuchar a mi madre decirme esas palabras.

—Yo también. Pero esta vez será distinto. Hablaremos todos los días por videollamada, ¿te parece bien?

—Claro que sí. Venga, te llevo a la estación.

—No, ya he pedido un taxi. Si no, perderé el tren con tanta despedida. Ya tengo otra cosa pendiente.

—¿Llamar al taxi?

—No —reí—, ese ya lo he llamado. Sacarme el carné.

—Ja, ja, ja. Desde luego, hija, tienes el don de sacarme una sonrisa en los momentos serios.

—Eso lo he estado haciendo todos estos años por mis niños y por mí misma.

Me entró un mensaje de que el taxi ya estaba esperándome en la puerta.

Mi madre me acompañó hasta él y le pidió al taxista que me llevara por el camino más corto y nada de robarme.

Me tuve que reír, porque la cara que se le quedó al taxista era digna de enmarcar.

—Buenos días —saludó mi madre mientras el taxista guardaba la última maleta.

—No le haga caso a mi madre, está nerviosa. Piensa que me van a secuestrar o algo así.

—Tranquila, estoy acostumbrado a este tipo de comentarios. ¿Dónde la llevo?

—A la estación de tren, por favor.

Asintió y nos pusimos en marcha. Dije adiós a mi madre y me puse a mirar el móvil. No tenía ningún mensaje de nadie. Bueno, de nadie no: de Saúl. Después de todo lo que le había hecho, no creía que quisiera hablar conmigo.

Llegamos a la estación. Pagué al taxista, saqué mis maletas y me dirigí hacia el andén que me llevaría a ver a cada uno de esos niños que durante tanto tiempo me alegraron el alma. Nos habíamos cuidado los unos a los otros, formando una gran familia.

Me dirigí a una de las cafeterías, puesto que aún faltaban tres cuartos de hora para que el tren pusiera rumbo hacia mi destino. No me importó; lo hice adrede para poder tomarme otro café.

Antes de que terminara de sentarme, se acercó una camarera.

—Hola, ¿qué te pongo?

—Un café bien cargado, por favor —le pedí.

—Que sean dos, por favor.

Cuando escuché esa voz, levanté la mirada del móvil y miré hacia atrás.

—¿Tú? ¿Quién te ha dicho…? Da igual, ya sé quién ha sido. Es la única que lo sabe.

—Pues si lo sabes, ¿para qué preguntas? ¿Pensabas que te iba a dejar sola?

—La verdad es que sí. Ahora tienes tu propia familia.

—No vayas a empezar a tocarme los ovarios, bonita, que necesito paz y tranquilidad. Piensa en mi embarazo.

—Pues por eso te lo digo.

—Madre mía, Julia, a todo le tienes que sacar punta, como si tu vida fuera un lapicero.

—Vale, vale. Te agradezco mucho que me acompañes, la verdad. Voy cagada de miedo. No sé qué pasará con todo lo que tengo pensado.

—Pues que todo te va a salir bien, ya lo verás. Ahora, cuando nos montemos en el tren, me lo cuentas con pelos y señales. De todas maneras, de algo tendremos que hablar.

—No sé cómo me soportas con lo mal que me he portado contigo.

—Nada, mujer, solo has sido un poquito cabrona.

Rio.

—¿Cómo llevas el embarazo?

—Ya bien. Al principio echaba todo lo que me entraba por la boca. Bueno, todo no. Había algo que no.

Escuchar eso hizo que se me fuera el café por mal sitio y empezara a toser. Tanto que, cuando quise darme cuenta, estaba vomitando allí mismo.

—¿Se encuentra bien, señorita? —preguntó uno de los camareros.

—Sí —le dijo Carmen—. Solo se le ha ido por mal sitio y vomita.

—Lo siento —le dije al camarero.

—No pasa nada, señorita.

Qué vergüenza me dio. Menos mal que no había mucha gente en la cafetería en ese momento.

—Desde luego, hija, cómo te gusta llamar la atención.

—Por tu culpa. Vámonos de aquí.

Dejé el dinero en la mesa y salimos hacia el tren.