Una vida de engaños Capítulo 34
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Capítulo 34

Saúl

De todas las noticias, la que menos me esperaba era esa. Cuando Carmen soltó la bomba, miré de reojo a Julia. Mientras nosotros les dábamos la enhorabuena, ella se había quedado muda, sin articular palabra alguna.

—Julia, ¿no vas a decir nada? —le preguntó Carmen.

—Felicidades a los dos —dijo muy seria.

—Hija, cualquiera diría que te ha sentado mal —le soltó Carmen, un poquito disgustada.

—No, de verdad que no. Me alegro mucho por ti.

No sé si se quedó muy conforme con la respuesta que le había dado. Para quitar hierro al asunto, miré a mi madre para que me echara un capote.

—Bueno, pues ahora la otra sorpresa —nos dijo mi madre.

—Espera, mamá. ¿Tú lo sabías?

—Hijo, pues claro que lo sabía. Me lo dijeron la semana pasada cuando vinieron a ver a la niña.

—Vaya, mamá. Eso tampoco me lo habías dicho.

—Ups, se me pasaría en ese momento.

—Hermano, ¿te molesta que venga a ver a mi sobrina?

—No seas tonto. Solo que mamá no me había dicho nada. Puedes venir a verla cuantas veces quieras. Eso va por ti también, Carmen.

Vi cómo Julia nos miraba unos a otros. También vi cómo mi madre estaba pendiente de todos sus gestos.

—Bueno, ahora voy a dar otra sorpresa —dijo mi madre—. Anabel está de acuerdo conmigo.

—En esta vida siempre se han resuelto las cosas hablando —intervino Anabel—. Bueno, casi siempre. Soy muy vieja ya…

—Mamá —le dijo Julia.

—Bueno, rectifico: mayor. Ya soy mayor que ayer.

Reímos.

—No me interrumpas más.

—Nos vas a regalar la habitación del bebé —afirmó Carmen.

—Niña, eso ya se andará —le contestó mi madre.

—He reservado una habitación en un hotel para ti —me dijo mirándome— y para Julia. Tenéis mucho de qué hablar.

—Mamá, esto no es asunto tuyo.

—Lo sé, hijo. Solo os estoy dando el primer empujón. Lo que pase después ya depende de vosotros.

Miré a Julia. Estaba jugando con la cuchara de postre en el plato, pero lo que me gustó en ese momento fue el sonrojo de su cara cuando mi madre soltó la bomba.

—Julia, ¿no dices nada? —le preguntó mi madre.

—Lo siento, no puedo. Tengo que estar con mi madre.

—Eso no es verdad, hija —le dijo su madre, y tuve que soltar una risilla—. Este tema lo hemos hablado muchas veces. Tenéis que hablar largo y tendido. Solo faltaba la oportunidad, y aquí está. No la desaprovechéis.

Me miró. Sabía que estaba pendiente de ella, como también sabía que estaba pensando en decirme algo.

—¿Esto es cosa tuya? —me preguntó con rabia.

—Para nada. Me estoy enterando ahora mismo, igual que tú. Pero tranquila, nadie te va a obligar a ir a donde no quieres.

Cogí a Mara y me la llevé a su dormitorio. Todos se quedaron en silencio. La verdad, me daba igual. No pensaba jugar otra vez como a ella le convenía. Eso se había acabado.

Me senté con Mara en la mecedora para que se durmiera. Desde que estaba conmigo, no había una sola noche que se quedara dormida sola en la cuna, y a mí me encantaba contarle historias inventadas hasta que se quedaba dormida.

Vi cómo se asomaba mi hermano. Negué con la cabeza. Sabía a lo que venía y no me apetecía hablar, pero le dio igual.

—Te prometo hablar bajito.

—Si me vas a hablar de ella, déjalo. No vas a conseguir nada.

—Se ha ido. No ha habido manera de convencerla.

Solté a Mara en la cuna, dejé una luz tenue en la habitación por si se despertaba y salí.

—No quiero saber nada, Alejandro. Ha sido un error que viniera a esta casa.

—No puedes negar que la quieres.

—No lo voy a hacer, porque la quiero más de lo que he querido a ninguna mujer.

—No sé por qué se comporta así cuando se ve a la legua que ella siente lo mismo por ti —dijo mi hermano, dándome un apretón en el hombro.

—Ella solo quería una cosa de mí y ya la ha tenido. De verdad, preferiría no hablar de ella. Pasado mañana me iré con Mara.

—¿Sigues pensando en lo mismo?

—Sí. Sé que a los niños mayores les hará ilusión. Quiero hablar con el padre Emiliano.

—Bueno, si ves que es lo mejor, adelante. Pese a nuestras diferencias, sabes que siempre estaré para ti, da igual que te equivoques o no.

—Lo sé. Siempre lo he sabido.

Y era cierto. Por muchas desavenencias que tuviera con mi hermano, sabía que siempre estaría para mí, al igual que yo estaría para él.

—Bueno, curita, me voy, que esto se está poniendo muy romántico.

—Qué cabrón eres.

—Hay cosas que no cambian, y esta es una de ellas.

Se rio.

Yo no volví a bajar. Ya me había dicho mi hermano que Julia se había ido, así que su madre tampoco estaría.

Entré en mi dormitorio, me quité los zapatos y salí directo a la terraza. Fui al minibar que tenía allí y me serví una copa.

Me senté, bebí un trago y eché la cabeza hacia atrás en el respaldo, notando cómo el líquido me quemaba la garganta.

¿Por qué tuvo que aparecer? No la había olvidado, pero era cierto que vivía bien sin ella. Sé que le dolió ver a Mara conmigo, no porque no se alegrara de que la niña viviera bien, sino porque no era ella quien la tenía.

Julia, Julia, Julia, ¿por qué no te dejas llevar? , me dije a mí mismo.

—Porque tiene miedo, ya que no sabe cómo actuar ante ti después de todo lo que ha pasado entre vosotros.

—Mamá, ¿ahora entras sin llamar?

—Si no me contestan cuando estoy llamando, sí. No quería despertar a Mara.

Tenía una puerta que comunicaba con mi habitación y esa siempre se quedaba abierta cuando ella dormía.

—Estaba agotada. No creo que se despierte.

—Hijo, perdóname. No pensé que fuera a salir de esta manera.

—Mamá, no tienes que pedir perdón, pero, por favor, no lo hagas más.

—Ella te quiere. Solo hay que ver cómo te mira.

—También me mira la frutera, y esa te digo yo que no me quiere.

—Ella no cuenta, que no juega en la misma liga que Julia.

Reímos.

—Anda, ve a descansar. Dice tu hermano que te vas pasado mañana. ¿Es eso verdad?

—Quien dice pasado mañana puede decir tres días más. Aún no lo tengo decidido. Lo mismo lo adelanto a mañana. Todavía no lo sé, mamá.

—Descansa, hijo. No bebas mucho, por favor, te lo pido. Mañana será otro día y las cosas se verán diferentes.

—Hasta mañana, mamá —le dije dándole un beso.

¿Cómo podía todo el mundo decir que me quería si a la primera de cambio salía corriendo? Entendía que nunca hubiera estado con un hombre ni se hubiera relacionado con gente de su edad, pero tampoco se dejaba ayudar.

Terminé de tomarme lo que quedaba en el vaso y me metí dentro. Vi a Mara desde el quicio de la puerta. Se había destapado. La arropé con cuidado de no despertarla y me volví a mi cuarto.

Como no podía dormirme, me puse a leer. Un error por mi parte, porque no me estaba enterando de nada. Había una persona ocupando mis pensamientos.

Otra vez a poner tierra de por medio. En ese momento era lo mejor. Necesitaba pensar bien las cosas. No iba a precipitarme; no quería eso para mí ni para Mara en aquella etapa de mi vida.

Con la mirada hacia el techo, recordé todos los momentos que había vivido con ella: su primera vez, la manera de sonrojarse, cómo me miraba a los ojos cuando la penetraba.

Noté cómo mi miembro se iba endureciendo y resoplé. No era la primera vez que me pasaba, como tampoco era la primera vez que me masturbaba pensando en ella.

Bajé mi bóxer y agarré mi miembro con la mano, subiendo y bajando, acariciando la punta con la yema de los dedos.

Volví a bajar la mano, envolviéndolo. Fui lento, acariciándome con la palma, hasta que subí el ritmo, cada vez más deprisa, imaginando que mi mano era su boca, hasta que llegó el momento en que me dejé ir.

Me levanté, fui al cuarto de baño para lavarme y me dirigí a la cama. Me tumbé, cerré los ojos, y al fin conseguí que el sueño viniera a mí.

Me despertó el llanto de Mara. Me levanté sabiendo más o menos la hora que era, ya que dormía toda la noche del tirón, a no ser que estuviera enferma.

—Ya voy, impaciente.

Miré el reloj y vi que eran las seis de la mañana.

—Ya voy, ya. Qué poca espera tienes, hija.

La cogí en brazos y le di un beso en la cabeza.

—Deja de llorar, que vas a despertar a tu abuela, y no queremos eso, ¿verdad?

—Demasiado tarde, hijo —dijo mi madre entrando en la habitación—. Esta muchacha tiene muy buenos pulmones, y yo, el sueño muy ligero.

—Lo ves, Mara, la abuela te está diciendo chillona muy sutilmente.

—Ja, ja, ja. Voy preparando el biberón. Cuando estéis listos, bajáis.

—Gracias, mamá, por todo lo que estás haciendo por nosotros.

—Eres mi hijo, y ella, mi primera nieta. No tienes por qué darme las gracias.

—Pero quiero hacerlo.

Bajamos para empezar un día más.