Capítulo 33
Julia
Me estaba arreglando para ir a casa de Saúl. Aún no había terminado de asimilar bien lo que había pasado en el Retiro, el encontrarme con Mara, con él… Cuando escuché su voz y me volví para mirarlo, me quedé en shock .
Por nada del mundo llegué a imaginar que me encontraría con él, y mucho menos con mi niña. Que me dejara acompañarlo a la revisión de Mara me demostró una vez más que, a pesar de todo, era un buen hombre.
Había sido mucho más fácil echarle la culpa de todo a él que a mí misma. Lo que me dejó de piedra fue lo de Mara. Es cierto que un día quiso contarme algo, pero yo no le di la oportunidad, con ese empeño mío de pagarlo siempre con él.
—¿Hija, estás lista? —me preguntó mi madre.
—Sí, ya voy. Un momento.
Me reuní con ella, que ya estaba esperándome en la puerta.
—Mamá, no tenías que haber hecho nada.
—Nunca debes ir a una casa con las manos vacías.
Mi madre había preparado un flan de huevo para el postre.
—No deberíamos ir, mamá. Me noto tensa.
—Mira, Julia, déjate de tonterías. Haberlo pensado antes de decirle que sí a la madre de Saúl. Yo sí quiero ir. Tengo mucho que agradecerle a ese hombre por haber cuidado de ti.
No podía rebatirle nada, porque sabía que llevaba razón, aunque no quisiera dársela.
Llegamos a la dirección que me había dado Saúl. Aún faltaban quince minutos para las ocho y media de la tarde.
Me quedé parada delante del edificio. Entramos, le dijimos al portero al piso que íbamos, cogimos el ascensor y subimos hasta la última planta. Me quedé frente a la puerta, con la mano suspendida para tocar el timbre.
—Julia, ¿tú no serás tonta, no?
—¡Mamá! No sé por qué me dices eso.
—Pues te lo voy a decir. Hemos llegado y te has parado delante del edificio. Ahora te quedas parada delante de la puerta. ¿Quieres llamar ya de una vez?
—Joder, qué estrés de vida, de verdad. Ni que se fuera a terminar el mundo y esta fuera la única casa que nos pudiese salvar —le dije con sarcasmo.
—Por si acaso, o llamas o te apartas y lo hago yo.
—Ya llamo yo. Solo tengo que coger aire.
Llamé a la puerta. Esperamos unos segundos y nos abrió Antonella.
—Hola, Julia. Pasad, que Mara y yo os estábamos esperando.
No dijo nada de Saúl.
—Hola, Antonella. Esta es mi madre, Anabel.
—Me alegro mucho de conocerte, Anabel.
—Lo mismo digo. Ya tenía ganas de conocer a alguien de mi edad —le dio el flan para que lo guardara.
—Pues ya somos dos, que aquí apenas conozco a las vecinas. Vamos a la cocina, estoy terminando de hacer la cena. Y no tenías que haber traído nada.
—Es solo un flan para el postre.
—Ya te has ganado a mi hijo con el flan.
Miré alrededor y no había rastro de Saúl. Por un lado, prefería que no estuviera, pero por otro estaba deseando verlo. Antonella se dio cuenta de que lo estaba buscando.
—Mi hijo no tardará en venir. Ha tenido que salir un momento.
—No he dicho nada. Me da igual que esté o no. He venido por ti y por la niña.
—Hija, un poquito de respeto.
—Déjala, Anabel. Siempre ha sido así conmigo. —Escuché a mi espalda—. Me alegro de verte.
—Hola, hijo. Yo también me alegro mucho de verte. No sabes cómo te agradezco todo lo que has hecho por mi hija —le dijo mi madre dándole un abrazo—. Y, aunque no lo creas, por mí también.
—Era mi trabajo. Habría dado mi vida si hubiera hecho falta.
—Hijo —dijo su madre dando un suspiro.
—Mamá, sabes a lo que me expongo.
—Pero una madre nunca se acostumbra a eso —le dijo ella dándole un beso en la mejilla—. Siempre serás mi niño pequeño.
Me gustaba la cocina que tenía. Era amplia, con mucha luz natural y muebles en azul marino. También tenía un pequeño banco en rinconera.
—Os tengo una sorpresa a los dos —nos dijo Antonella a Saúl y a mí—. Igual dejáis de hablarme, pero me da igual.
—No sé qué sorpresa puede haber en común entre tu hijo y yo.
—Ya lo verás. No tardará mucho. La sorpresa, digo.
Rio.
Miré a Saúl. Él negó con la cabeza, como si no supiera nada.
—No me mires, que estoy igual que tú. Ven, quiero que veas algo —me dijo cogiéndome de la mano.
Me hizo un tour por su casa. La verdad es que tenía muy buen gusto. Era un ático precioso, de esos que parecen de revista.
Los muebles eran de color miel, combinados con blanco. El sofá, hecho a medida, tenía forma de U, y en medio había una mesa de café de cristal con las patas blancas.
Subimos las escaleras y me llevó directamente a una puerta.
—A lo mejor no te gusta, aunque creo que sí. Es la habitación de Mara.
Cuando abrió la puerta y me dio paso, me quedé sin terminar de entrar. Era una habitación digna de una princesa. Los muebles eran blancos; los pomos de los armarios y cajones, en rosa bebé. En un lateral de la pared había un mural pintado.
Me quedé con la boca abierta al verlo. Precioso se quedaba corto: un bosque en tonos pastel, mariposas volando, pájaros… Había mandado pintar a Bambi y Tambor, y de fondo, un castillo de princesa.
—¿Te gusta? —me preguntó—. No sé si me he pasado. Mi madre dice que no, pero claro, ¿ella qué va a decir?
Solté una carcajada.
Sentí llamar al timbre de la puerta.
—Mamá, abre tú —dio un grito a su madre.
—Saúl, es precioso. Es el cuarto que a toda niña le gustaría tener.
—Julia… ¿De verdad estás bien?
Lo miré. En ese momento me vinieron muchas cosas a la cabeza. Quería a ese hombre. Yo misma lo había echado de mi lado, y cuanto más lo miraba, más deseaba besarlo.
—No lo sé. Hay días que creo que sí, y otros que no.
—Eso es normal. No es algo que se viva todos los días.
—Menos mal. Pero hay algo que me pregunto a diario. —Fui hacia la ventana de la habitación—. Algo a lo que no dejo de darle vueltas.
—¿A qué? Bueno, si quieres contármelo…
—Saúl, el día que salí de allí me resultó muy fácil.
—No te entiendo. —Lo sentí detrás de mí y me tensé—. ¿Qué es lo que no entiendes?
—Lo fácil que me resultó salir de aquel lugar.
Me di la vuelta para mirarlo. Estaba pensativo, como ausente.
—¿Saúl?
—Perdona, estaba pensando. Es que no entiendo qué quieres decir con eso.
—Pues que salí como si saliera de mi casa. No encontré a nadie. Estaba sin vigilancia.
—Sí que es raro, sí.
—Hay otra cosa.
—Sorpréndeme.
—Tengo una carta de mi padre. Aún no la he leído.
—No pasa nada. Hazlo cuando te sientas preparada.
—Eso es lo que me preocupa. No sé si algún día estaré preparada.
—Ahora duele, por mucho que no quieras —me agarró los brazos—, pero llegará un día en que, aunque siga doliendo, será un dolor más flojo. Un dolor que te permitirá respirar.
Apoyó su barbilla en mi hombro.
—Saúl, yo… siento mucho todo lo que pasó. Siento cómo me comporté.
—Shh. No quiero hablar de ello. No ahora. Bajemos a cenar.
Salimos de la habitación. Cuando estaba bajando las escaleras, escuché unas risas.
—¿Esperabais a alguien más? —le pregunté.
—La verdad es que no.
Al entrar en la cocina, me quedé sin poder reaccionar.
—¡Sorpresa! —gritó Carmen—. Ya se nos quedó mustia la niña.
Todos rieron.
—Hola, Carmen —le dije con lágrimas en los ojos.
—Anda, dame un abrazo, pedazo de tonta.
Me abracé a ella llorando y riendo al mismo tiempo.
—¿Qué haces tú aquí?
—Mi suegra, que me quiere mucho y me ha invitado a cenar.
Miré a la madre de Saúl, que me guiñó un ojo. Después miré a mi madre, que sonrió.
—¿Para mí no hay saludo? —preguntó Alejandro.
—Ya te saludo yo —le contestó Saúl—. Me alegro de verte, hermano.
—Así me gusta, que mis dos hijos vuelvan a estar unidos como antes.
—Mamá, no pasa nada entre nosotros —le dijo Saúl—. Solo es trabajo.
—No me digas que no pasa nada. Es lo mismo que entre tu hermano y Julia.
Me quedé a cuadros. ¿Hasta dónde le habría contado Saúl a su madre? ¿Qué pensaría de mí esa mujer? Miré a mi madre, quizá para que me salvara el pellejo, pero negó con la cabeza.
—Mamá —dijo Saúl—, vamos a cenar.
Saúl fue hacia su hermano y le dio un abrazo. Me dio mucha satisfacción ver esa imagen, porque por mi culpa se habían distanciado.
Nunca llegué a imaginar que la cena transcurriría como lo hizo. Mi madre y la de Saúl hicieron muy buenas migas. Alejandro y Carmen no dejaron de contarnos lo que habían hecho en todo ese tiempo.
Saúl no habló mucho. Estuvo pendiente de Mara. Ver cómo se comportaba con esa niña me llenaba de alegría, pero también me daba mucha envidia.
Envidia porque él tenía lo que yo más quería en esta vida: a esa niña.
Estábamos con el postre cuando Carmen llamó la atención de todos.
—A ver, familia, quiero deciros algo. Anabel, no nos conocemos mucho, pero, como eres la madre de esta descentrada, entras también en la familia.
—Gracias, hija —le dijo mi madre.
—Descentrada tú, guapa.
—Haya paz —me dijo mi madre tocándome la mano—. Venga, Carmen, danos esa noticia.
—¡Estoy embarazada!
Me quedé muda.