Una vida de engaños Capítulo 32
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Capítulo 32

Saúl

Cuando le contesté, no pudo reprimir las lágrimas. Era Mara, su niña. Esa niña a la que tanto quería y por la que había llorado tanto cuando se la llevaron.

—¿Puedo cogerla? —me preguntó mirándome.

—Ya te ha dicho mi madre que puedes cogerla.

Me miró y asintió.

—Gracias.

Se sentó en la manta y la cogió. La abrazó, la besó, se rio… Era un cúmulo de sentimientos. La miraba con esa sonrisa tan bonita que tenía.

—Te ha reconocido —dijo mi madre—. No sonríe a los desconocidos.

—Ha pasado mucho tiempo —dijo ella—, pero sigue siendo la niña más bonita del universo.

Me sorprendió cómo la miraba mi madre. Con ternura, con los ojos brillantes. No era una mirada de pena ni de compasión, era esa mirada de madre que veía más de lo que decía.

—No tanto como para no recordar tu voz.

—¿Lo dice en serio, señora?

—Y tan en serio. Y no soy señora, soy Antonella.

Vi cómo se ponía roja como un tomate y no pude reprimir la carcajada que estaba sujetando.

—Hijo, eso que estás haciendo está muy feo —me dijo mi madre a modo de riña.

—Lo siento, mamá. Ha sido por tu culpa, por lo que le has dicho. —Miré a Julia—. Lo siento, no pretendía reírme de ti.

—No te preocupes. Me tengo que ir —dijo dejando a la niña en el suelo tras darle un beso en la frente.

—¿Tan pronto? —preguntó mi madre—. ¿No quieres un café con nosotros?

—No me gusta molestar, pero gracias.

Vi cómo se levantaba. Mi madre me miró. No supe exactamente qué quería decirme, pero yo dije algo sin pensar.

—¿Quieres venir a la revisión de Mara?

En ese momento no sé qué pasó. Mi madre me miró sonriendo, ella me miró sorprendida y yo me quedé como un pardillo mirando al suelo, con los dos cafés en la mano.

—¿Le pasa algo?

—No, hija, es una revisión de rutina.

—Si me dejas, claro que quiero ir.

—Pues no hay nada más que hablar. Ya podéis iros, yo me voy para casa.

—Mamá, tú también puedes venir.

—No, hijo; así compro la cena. Julia, ven a cenar esta noche.

—No puedo, estoy con mi madre.

—Pues os venís las dos, así nos conocemos.

Mi madre me dejó de piedra. No me había preguntado si quería que viniera a cenar, lo dio por hecho, aunque, sinceramente, no me importaba.

Recogimos la manta. Los cafés se habían quedado fríos; aun así, mi madre se bebió el suyo y me quitó el mío para dárselo a Julia.

Mi madre se marchó, no sin antes recordarle lo de la cena. Julia puso los ojos en blanco y se echó a reír.

Monté a Mara en el carrito y vi cómo la miraba.

—¿Quieres llevarlo?

—¿Puedo?

—Puedes, Julia. Si te pregunto algo, no me respondas con otra pregunta.

—Lo siento, aún no he asimilado lo que está pasando.

—Yo tampoco. Como tampoco esperaba encontrarme contigo, la verdad.

—¿Cómo estás, Saúl?

—Estoy olvidando muchas cosas y centrándome en Mara, pero estoy bien. ¿Y tú?

—Lo mismo. Solucionando cosas, centrándome en otras, olvidándome y viviendo.

—Eso está bien.

—Me gustaría hablar contigo, Saúl, pero no ahora. No con Mara delante. Me gustaría contarte tantas cosas…

—Siento mucho lo que te pasó. No deberías haber pasado por eso.

—No quiero hablar de ello. No ahora, no aquí. Quiero disfrutar del tiempo que pase con ella.

Yo tampoco quería hablar. Lo había dicho para quedar bien con ella, o quizá para quedar bien conmigo mismo.

—¿Cómo es que tienes a Mara?

—Es mi hija.

Se paró en seco y me miró.

—¿Cómo que tu hija?

—La he adoptado. Ella es el motivo por el que Ana me llamaba tanto. Me estaba ayudando con el papeleo. Hay algo que tú no sabes sobre Mara, pero ya te lo contaré en otro momento.

La insté a que siguiera caminando o al final llegaríamos tarde al pediatra. El camino lo hicimos en silencio. Al principio me resultó incómodo, pero después se volvió necesario. Solo escuchábamos el gorgoteo de la niña.

—¿Qué haces en Madrid? —volvió a preguntarme.

—Vivo aquí. Tengo casa desde hace mucho; lo que pasa es que, por mi trabajo, la tenía cerrada.

—Nunca me dijiste nada.

—No tenía por qué decirlo.

Me arrepentí en ese mismo momento.

—Lo siento, no quería decir eso.

—Yo estoy viviendo con mi madre —me dijo, obviando mi respuesta—, pero mañana se marcha a Nápoles.

—¿No le gusta estar aquí?

—Quiere irse a vivir con Fabio.

—Me parece bien. Ya hemos llegado —le dije, cortando así la conversación.

Entramos en el edificio donde estaba el pediatra y subimos en el ascensor. Julia no dejaba de decirle cosas a Mara.

Cuando se abrieron las puertas, la dejé salir a ella primero con el carrito. Entramos sin llamar, puesto que la puerta, aunque estaba cerrada, solo había que empujar.

—Buenas tardes, Sandra. Tenemos cita con Luis.

—Buenas tardes, Saúl. Sentaos, en un momento os llamo.

Miré a Julia. Noté que estaba nerviosa por el meneo de piernas que tenía. Había cosas que no cambiaban, como mirarme por el rabillo del ojo, o hacerlo cuando creía que yo no la veía.

Estaba guapa, no, lo siguiente. Un poco más delgada, pero igualmente guapa. Cómo me habría gustado abrazarla, decirle todo lo que la había echado de menos, pero me prometí a mí mismo que no me dejaría llevar por un impulso ni por mis sentimientos. Al menos, de momento.

—Saúl, ya podéis pasar. Luis os está esperando.

—Pero si no ha salido nadie —me dijo Julia.

—Estaría echando un polvo con la enfermera.

Vi cómo se le encendía la cara.

Cogí a Mara en brazos y entramos en la consulta.

—Pero bueno, qué bien acompañados venís hoy.

—Hola, Luis. Ella es Julia… una amiga.

—Te lo has pensado mucho, ¿eh, tío? Encantado, Julia.

—Lo mismo digo. —Le estrechó la mano.

—Bueno, déjame que coja a mi princesita. Vamos a ver cómo va todo.

No dejé de mirar a Julia. Sabía que, cuando viera a Mara desnuda, se iba a sorprender, y mucho.

No me equivoqué. Cuando vio las marcas que tenía en la espalda y en los brazos, se echó una mano a la boca, ocultando un grito.

—¿Qué es lo que le ha pasado? —me preguntó con lágrimas en los ojos.

—Ya te lo contaré en otro momento. Quise hacerlo una vez y no quisiste escuchar.

—Eso no es verdad.

—Lo es, pero este no es el momento ni el lugar. Perdona, Luis.

—Tranquilo. Yo ver, oír y callar.

Estaba auscultando a la niña, mirándole las piernas, los movimientos de los brazos, los reflejos y la barriguita.

—Tengo que decir que esta niña ya está bien del todo.

—Menos mal —solté un suspiro—. Pensé que no llegaba el día.

—Te dije que, con cariño y muchos mimos, sanaría.

—No sabes cómo te lo agradezco.

—Nada que agradecer, es mi trabajo. Pero te repito que, en todo esto, han tenido mucho que ver los cuidados que le habéis dado tu madre y tú.

—Entonces, ¿ya no tenemos que venir más?

—Mara, tu padre me acaba de romper el corazón y nos va a separar.

Reímos.

—Que la niña esté bien no quiere decir que no me la traigas a las revisiones. Lo cierto es que, si no pasa nada, en vez de una vez al mes, será una vez cada mes y medio. Al menos, de momento.

—Me parece perfecto.

Nos despedimos de él, fuimos hasta el mostrador a pagar y a que Sandra nos diera la cita.

En cuanto entramos en el ascensor, Mara se quedó dormida, cosa que agradecí. Una vez que salimos a la calle, Julia se despidió de mí.

—Bueno, será mejor que me vaya. Gracias por dejarme venir contigo.

—¿Quieres un café? El mío se lo bebieron —le dije sonriendo.

—Y el mío estaba frío.

Caminamos hasta el bar que había enfrente, entramos y nos sentamos en una de las mesas libres de la entrada.

Pedimos los cafés y nos quedamos en silencio.

—La maltrataban —le dije mirando a la niña—. El mismo pediatra dio la voz de alarma.

—No me puedo creer que alguien pueda hacerle tal cosa a una criatura tan pequeña.

—Quise decírtelo, pero no me dejaste. Me dijiste que no querías saber nada, más o menos. Tampoco me acuerdo muy bien.

—Lo siento. Siento tantas cosas que no acabaría en un mes diciendo lo mucho que lo siento.

—Yo también lo siento. No debería haberte dejado sola aquel día. Tenía que haberme quedado contigo.

—No te preocupes. La culpa fue mía en todo momento.

—No, Julia. Era mi trabajo velar por tu seguridad, sin anteponer mis sentimientos ni cómo me sentía. Aunque suene mal, me pagaban por ello.

—No te preocupes. Ya nada de eso importa. Ahora me importa mirar hacia delante. Tengo muchos proyectos en mente.

—Eso está bien, y me alegro mucho por ti.

—Al menos el dinero de mi padre servirá para algo.

Me quedé mirándola con la taza a medio camino. ¿De qué estaba hablando? ¿Qué quería decir con eso?

—Sé que te estás haciendo muchas preguntas, pero, como tú dices, no es el momento ni el lugar. Ya hablaremos de eso y de todo lo demás.

Terminamos el café. Hablamos de mi hermano y Carmen, y de cómo ella se había distanciado un poco.

Estuvimos un rato allí hasta que Mara se despertó y nos fuimos. Le di la dirección de mi casa para vernos en la cena.