Capítulo 31
Saúl
Cuando salí de aquella casa no pensé que pudiera pasar nada. O quizá me cegué y ni siquiera lo pensé. La muerte de Sandro. El regreso de Julia con su madre.
Al entrar en aquella habitación y ver a Antón encima de ella, me dieron ganas de matarlo. Lo que no sé es cómo no lo hice.
Me dolió la altanería de Julia. Después de haberle quitado a ese hombre de encima, aun sabiendo que mi deber era protegerla, ella no ponía de su parte. Sí, yo también la quería, y mucho. Me había enamorado de ella como un adolescente, pero todo tenía un límite, y yo ya había llegado al mío.
No le sirvió de nada decirme que me quería. Ya no sabía si era verdad o una treta suya para que me quedara con ella por el miedo que sentía.
Nada más salir de esa casa llamé a mi hermano. Le dije que me iba, que me importaban una mierda Sandro y toda su porquería. Mi hermano, por más que quiso convencerme, no lo consiguió.
Ese mismo día volví a España. Tenía asuntos más importantes que resolver, y no eran otros que el tema de Mara.
Todas las llamadas que recibía de Ana eran por Mara. Estaba tramitando los papeles para adoptarla y ella me estaba ayudando. Lo de la adopción no solo lo hice por mí, también por Julia. Sabía lo importante que era esa niña para ella.
La familia que se la llevó la maltrataba. Según ellos, porque lloraba mucho y les agotaba la paciencia.
Cuando Ana me contó todo aquello, no lo pensé. Le dije que me ayudara con el papeleo, al estar yo fuera, para poder adoptarla cuanto antes.
Y allí estábamos: en mi piso, con mi madre viviendo con nosotros para ayudarme con Mara.
La niña necesitaba sanar por todo lo que había vivido, y yo también, aunque nuestras heridas no fueran las mismas.
Pero el destino, o la casualidad, a veces era tan hijo de puta que ya me tenía preparada otra cosa.
—Hijo —me llamó mi madre—, no sé dónde tienes la cabeza, pero en esta casa no.
—Estaba pensando, mamá —le dije, cogiendo a Mara—. Hola, preciosa.
—Pensando en un nombre y un apellido.
Negué con la cabeza.
—Mira, hijo, podrás engañar a quien te dé la gana, pero a mí no. Aún no te has enterado de que una madre lleva un radar puesto y detecta la mentira.
—No creo que sea un radar. Más bien la vena cotilla.
Reímos.
—Venga, vámonos o llegaremos tarde.
—Mamá, te recuerdo que aún faltan dos horas. Te pido, por favor, que no me estreses.
—¿Pero no me ibas a invitar a comer hoy fuera?
Madre mía. Había olvidado que le dije de comer en la calle, ya que teníamos cita rutinaria con el pediatra.
—Lo siento, se me había olvidado por completo.
—Lo ves, Mara, ¿qué te había dicho? Que a tu padre se le había olvidado lo de ir a comer. Ya te darás cuenta, hija, de que los hombres, cuando pierden la cabeza por una mujer, dejan de ser ellos mismos, y después tienen el descaro de echarnos la culpa a nosotras.
—Mamá, ya me ha quedado claro. Se lo dices a ella como si te entendiera.
—Lo hace. Es mujer, y las mujeres somos inteligentes hasta en la barriga de nuestras madres.
—No me cabe la menor duda. Me arreglo y nos vamos.
—Y para colmo le tenemos que esperar nosotras a él, en vez de al revés.
Reímos.
—No sé si hice bien en venirme contigo, mamá —le dije negando con la cabeza por imposible.
Mi madre era así: capaz de sacarte una sonrisa incluso en los momentos más duros. Cuando murió mi padre, ni mi hermano ni yo la vimos venirse abajo. Al contrario, se hizo más fuerte todavía.
En aquel momento de mi vida, se había convertido en un apoyo enorme para mí, pero sobre todo para Mara.
Subí a cambiarme, porque seguía en chándal, y no tardé mucho. No me gustaba hacer esperar a una mujer, y menos a dos de las más importantes de mi vida.
Cogí las llaves del coche y bajé.
—Señoritas, cuando quieran, nos vamos.
—Hijo, qué guapo estás.
—Gracias, mamá, pero es que soy guapo.
—Lo sé, hijo. Recuerda que la que te ha parido soy yo, así que algún mérito tendré.
—Mira, ahí no te voy a quitar mérito.
Soltó una carcajada.
—Voy guardando el carrito de la niña en el coche.
Me faltó tiempo para comprar todo lo que Mara necesitaba: el carrito, la trona, la sillita del coche y un montón de cosas más para que, el día que me la entregaran, lo tuviera todo.
Mi madre salió detrás de mí. Mientras yo guardaba todo en el maletero, ella montó a Mara en el coche. Una vez que la sentó en su sillita, se colocó al lado de mi niña.
—¿Dónde te apetece ir? —le pregunté a mi madre.
—Me da igual, hijo. Lo más cerca del pediatra.
—Podemos comer al lado del Retiro. Así aprovechamos hasta la hora de la cita. Tampoco está muy lejos.
—Me parece perfecto, no tengo nada que objetar.
—Mamá, hay veces que me resultas una madre un poquito aburrida. Eres tan conformista… Todo te parece bien.
—Hijo, eso no es cierto. Lo que pasa es que a mí me da igual un sitio que otro. Lo importante es la compañía, no el lugar.
La miré por el retrovisor y sonrió.
Dejé el coche en un parquin subterráneo. Moverse en coche por Madrid era mortal, pero hasta que la niña fuera un poco más mayor sería así.
Salimos del parquin y caminamos hasta llegar a un bar que estaba enfrente del parque.
Nos sentamos en la terraza. Cuando salía con mi madre, si el tiempo lo permitía, siempre era en la terraza.
Pedimos dos cervezas, la mía sin alcohol, ya que después tendría que coger el coche. También pedimos unas raciones de calamares a la romana, oreja a la plancha y patatas bravas.
Mi madre había echado la comida de Mara en un pequeño termo y se la fue dando mientras a nosotros nos traían lo nuestro.
Desde que mi madre estaba con nosotros, era ella la que se ocupaba de la niña. No porque yo no quisiera, todo lo contrario, sino porque no me dejaba. Decía que, mientras su abuela estuviera con ella, se haría cargo de todo.
En un momento dado saqué una conversación que llevaba tiempo teniendo en mente.
—Quiero hacer un viaje —bebí un sorbo de mi cerveza—, con la niña.
—Hijo… ¿Es necesario?
Pensé en lo que me preguntaba, pues no tenía una respuesta creíble. En parte lo era, y en otra no.
—La verdad, muy necesario no es. Quizá sea para despejarme un poco.
—¿Y Mara?
—Vendría conmigo. No porque no esté bien contigo, solo es que no quiero separarme de ella. No en estos momentos.
Mi madre asintió.
Comimos en silencio, quizá pensando lo mismo, pero con diferente enfoque.
—¿Sabes algo de tu hermano? —me preguntó mi madre en un momento dado.
—No, no sé nada.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta que él quiera, mamá. Ya te lo dije, no estoy enfadado con él.
—Mujeres.
Me la quedé mirando por ese comentario y solté una carcajada.
—Anda, vamos a terminar de comer antes de que Mara se impaciente.
Terminamos de comer hablando de una vecina de mi madre, una mujer mayor que no tenía relación alguna con ninguno de sus hijos.
Pagué la cuenta y nos fuimos al Retiro. Me gustaba ir allí con Mara. Siempre llevaba una manta para extenderla en el césped y poder poner a la niña encima.
Al llegar a la zona que me gustaba, saqué la manta de la cesta del carro y la extendí. Mi madre cogió a la niña, la puso sobre ella, se sentó y se quitó las zapatillas para poder estar cómoda.
Me encantaba ver esa estampa, aunque también me imaginaba que, en vez de mi madre, era otra persona la que estaba con la niña. No lo pensaba una vez, sino muchas, porque no podía quitarme a Julia de la cabeza, y eso hacía que me pusiera mal.
—Mamá, voy por un café. ¿Quieres uno?
—Sí, hijo, pero con leche templada.
Las dejé solas y me fui al bar que había a unos metros de donde estábamos. Al volver con los cafés, vi que había una chica de espaldas hablando con mi madre.
Vi cómo le preguntaba si podía cogerla, a lo que mi madre le dijo que sí.
Iba a decir algo cuando la escuché hablar. Me quedé en shock , porque no podía ser ella.
—¿Tú?
Se quedó a medio camino de coger a la niña al escucharme. Noté cómo se tensaba antes de darse la vuelta.
—Saúl.
—¿Os conocéis? —preguntó mi madre.
—Nos conocemos —le dije—. Eres la última persona a la que pensé encontrarme.
—Ya somos dos —me dijo mirando a Mara.
—Se parece mucho a…
—Lo es. —No la dejé terminar.