Una vida de engaños Capítulo 30
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Capítulo 30

Julia

Habían pasado tres meses desde que salí de aquella nave, porque eso era donde había estado con mi padre.

Me sorprendí a mí misma por lo fácil que me resultó salir de allí. Al hacerlo, me vi en un polígono y no tenía ni idea de cómo volver a la ciudad. Estuve andando hasta que un buen hombre se apiadó de mí y me llevó de vuelta a Nápoles.

Tuvo la amabilidad de llevarme a mi casa, la que compartía con Carmen. Cuando llegué y me abrió la puerta, me vine abajo. Lloré lo que no había llorado en toda mi vida.

Lloré por todo. Tenía demasiado acumulado, no solo dolor, sino también rabia. Una rabia que había estado conteniendo por cada una de aquellas mentiras.

Lo primero que hizo Carmen fue cogerme y llevarme al cuarto de baño. Puso a llenar la bañera y, mientras tanto, me curó las manos y llamó a Alejandro.

Me metió en la bañera y me ayudó a lavarme. Cuando Alejandro llegó, me llevaron al hospital para que me curaran en condiciones.

Alejandro me contó que, cuando llegaron a la casa de mi padre, detuvieron a Antón con la mayoría de las cosas que había en la habitación secreta.

Me sentí aliviada. Al fin dejaría de ver a ese hombre que no solo me daba asco, sino también un miedo espantoso.

No había sabido nada de Saúl. Tampoco me dijeron nada ni yo pregunté. Quizá era lo mejor.

Decidí volver a España. Temía por mi madre y así se lo hice saber a Alejandro, que no tardó en llamar para que alguien estuviera pendiente de ella.

Y allí estaba, comiendo con mi madre. Habíamos hablado mucho. Necesitaba entender por qué cambió su actitud conmigo y por qué nunca me dijo quién era mi verdadero padre.

Esa mañana fue la lectura del testamento. Tal como me había dicho, Sandro me lo había dejado todo a mí, excepto la casa en la que estábamos, que se la había dejado a mi madre.

A mí me dejó la casa de Nápoles, dinero para vivir tres vidas, la empresa que tenía de tecnología financiera y la imprenta de mi abuelo, que aún seguía conservando.

A mi madre no solo le dejó la casa, sino también un buen colchón de dinero para que no le faltara de nada.

Lo que más me sorprendió fue la carta que Sandro dejó para mí, esa que aún no había leído.

—Estás muy pensativa —habló mi madre sin mirarme.

—Lo estoy. Estoy poniendo orden en mis pensamientos.

—¿Sigues queriendo hacer todo lo que me has dicho?

—Sí. No quiero nada de eso. Primero, porque no tengo ni puñetera idea, y segundo, porque me gusta más lo que tengo en mente.

Hablábamos de vender la empresa y la imprenta. No quería nada de eso.

—¿Quieres mantenerla tú? —le pregunté refiriéndome a la imprenta y mirándola—. Al fin y al cabo, era de tu padre.

—No quiero nada del hombre que me separó del amor de mi vida.

—Qué bonito.

—No seas sarcástica, Julia.

—No lo soy. Tú, al menos, has amado a dos hombres, aunque sea de distinta manera. Pero mírame a mí.

—Ya lo haces.

—No hablo del ahora y lo sabes.

—¿Y cuál será tu próximo paso? —me preguntó mi madre con una sonrisa—. ¿Vas a ir a buscarlo?

Negué con la cabeza y pensé bien en lo que iba a responder.

—No me ha llamado ni una sola vez, ni ha preguntado por mí. Lo mejor será olvidarme de él y centrarme en mis proyectos.

Había decidido vender todo lo que Sandro había puesto a mi nombre. No porque quisiera el dinero, sino porque tenía en mente sacar a mis niños de ese orfanato en el que estaban.

Compraría un terreno para edificar un lugar en el que esos niños se sintieran como en casa.

Mara, esa preciosa niña que hoy tendría seis meses, me venía muchas veces a la cabeza. Tanto que, a veces, se me saltaban las lágrimas. No es que no me acordara de los demás, pero ella era especial.

—Hija, tengo algo que decirte y no sé cómo hacerlo.

—Ya lo hago yo por ti. —Me miró extrañada—. Te vas a Nápoles.

—Quiero que vengas conmigo. Allí empezaremos una vida nueva.

—No, mamá. Esa vida que tú quieres empezar no es mía.

—Es tu familia también.

—Puede ser, pero me quedo aquí. Tengo muchas cosas que hacer y resolver. Te prometo que, cuando todo esté en orden, iré. Les debo una disculpa a mi padre y a la abuela.

—No te lo tienen en cuenta.

—Pero yo sí. Y ahora te dejo, que he quedado con los abogados para el tema de las ventas.

Me levanté de la mesa y le di un beso en la mejilla.

Con mi madre también tuve una conversación. No fue de reproche, sino de entender que, para ella, nada de lo que había pasado y vivido había sido fácil.

Me confesó que sí había amado a Sandro, pero con un amor menos intenso que el que sentía por Fabio.

También me confesó que los últimos meses lo había pasado mal por el alejamiento de Sandro, por el desprecio con el que le hablaba y por la forma en que la trataba. Por lo poco que hablé con él, ahora entendía el motivo.

Aquel hombre que dijo que venía a España y le haría una visita nunca salió de Nápoles. Lo detuvieron en el aeropuerto.

Tenía que llamar a Carmen. Mi relación con ella se había enfriado un poco, pero aun así hablábamos de vez en cuando.

Había quedado con el abogado para la venta de la empresa. Se la quedaría el vicepresidente. No sabía quién era y tampoco tenía interés. Yo solo iba a firmar los papeles.

La imprenta se la quedaría el mismo que la llevaba, y que el abogado me dijera eso me vino de perlas.

Salí de casa de mi madre, porque en realidad no la sentía mía. Lo mismo me pasaba con la de Nápoles.

Cuando llegué a las oficinas, sentí un pellizco. Había algo que hizo que me tensara. Fui directamente al despacho de Eduardo, llamé a la puerta y me asomé un poco.

—Buenos días —lo saludé desde la puerta—. ¿Puedo pasar?

—Adelante, Julia. Buenos días. Pasa y siéntate. Ya tienes tus papeles listos para firmar.

—No sabes cómo te agradezco todo esto. Y, por favor, da las gracias a las otras partes por hacerlo tan fácil.

—No te preocupes, así lo haré.

No tardé más de quince minutos en firmar todos esos papeles. Con el último, solté un suspiro de alivio.

—Pues ya está todo. Siento mucho lo de tu padre. Si alguna vez necesitas los servicios de un abogado, puedes contar conmigo.

—Gracias, así lo haré. Que pases muy buen día.

Salí con la carpeta debajo del brazo y con una sonrisa de lado a lado. Ya podía poner en marcha mi plan.

Tenía tantas ideas en la cabeza que ojalá todo me saliera como lo estaba pensando.

Por el camino entré en una tienda de ropa. Hacía mucho que no me compraba nada; de hecho, casi no me había comprado nada.

Echaba de menos a Carmen. Estaba deseando que volviera, pero no solo con su presencia, sino como era antes conmigo.

La dependienta, al verme, vino hacia mí.

—Buenos días, ¿te puedo ayudar en algo?

—La verdad es que solo he entrado a echar un vistazo, pero gracias.

—Vale, si necesitas ayuda con algo, me lo dices.

—Gracias.

Di una vuelta por la tienda, pero en esa vuelta ya llevaba dos vestidos y un pantalón para probarme. Y no compré ninguno.

Salí de allí. Hoy no era mi día de compras. Llamé a mi madre para decirle que llevaría algo de comer, cosa que me agradeció.

Entré en el local de comidas caseras para llevar. Pedí dos menús para dos personas: canelones de verduras, pollo asado y unas natillas que te gritaban: «No tardes mucho en comerme».

Mi madre ya tenía la mesa puesta cuando llegué.

—Has sido rápida, mamá.

—Y tanto, porque he bajado a por pan.

Me paré en seco.

—Lo sabía. No te has acordado.

Reímos.

Comimos hablando de todos esos planes que teníamos. Cada una estaba ilusionada con lo suyo.

—¿Sabes, mamá?

—No, si no me lo dices, hija.

—Pensé que nunca te perdonaría.

—Lo sé. Lo veía en tu cara… Hija, deberías leer la carta que te ha dejado tu padre.

—Aún no estoy preparada para ello, pero tranquila, que ponga lo que ponga, no le guardaré rencor.

—Eso espero, hija, porque, aunque no haya hecho las cosas bien contigo, te ha querido, y mucho.

Me quedé callada. En el fondo sabía que lo que mi madre me estaba diciendo era verdad, aunque Sandro no hubiera hecho las cosas bien.

—Me marcho mañana, Julia —me dijo mi madre—. No puedo retrasar más mi partida, pero puedes quedarte todo el tiempo que quieras.

—Por mí no lo hagas, mamá. Yo también me marcharé dentro de unos días. Tengo que hablar con el padre Emiliano.

—¿Estás segura de que quieres hacerlo?

—En mi vida he estado tan segura de algo.

—Si necesitas mi ayuda, no dudes en pedírmela.

—Lo haré, te lo prometo.

Terminamos de comer en silencio, cada una metida en sus pensamientos.