Una vida de engaños Capítulo 29
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Capítulo 29

Julia

Dios mío. Con todo lo que estaba viendo me estaba entrando un mareo.

En un lateral había muchos tubos de cartón. Me llamaron tanto la atención que fui a coger uno, le quité la tapadera y dentro encontré papel enrollado. Al sacarlo, me di cuenta de que era una pintura.

Todo lo que había escuchado sobre mi padre era verdad. No me molesté en volver a guardarlo. Al otro lado había paquetes de dinero junto a otros paquetes con algo blanco.

Fui hacia el mueble de la pared y, en una vitrina, vi cuencos con piedras muy bonitas. Saqué el teléfono del bolsillo y marqué el número de Alejandro.

—Julia, ¿qué es lo que quieres ahora? —me preguntó Carmen.

—Dile a Alejandro que se ponga. Es urgente.

—Ahora mismo no puede. Dime lo que sea y yo se lo diré.

—Joder, dile que me coja el puto teléfono, Carmen.

—Toma, porque al final me voy a enfadar.

—Menos mal —dije en voz alta.

—Dime, Julia —me habló Alejandro.

—Alejandro, tienes que venir a mi casa. No veas todo lo que hay aquí.

—¿Qué es todo? —me preguntó.

—Cuadros… Bueno, los cuadros no, los lienzos. Todo está aquí, aparte de…

Lo último que sentí fue un golpe en la cabeza y a Alejandro llamándome mientras me iba contra el suelo.

Cuando desperté, no sabía dónde estaba. Quise moverme, pero me encontré atada a una silla, con un fuerte dolor de cabeza.

Empecé a chillar y a moverme para ver si podía desatarme. No sé cuánto tiempo había estado dormida, pero debía de haber sido bastante, porque las muñecas ya me dolían.

—Si no te hubieras escapado del convento, nada de esto estaría pasando —escuché decir frente a mí.

—¿Papá? ¿Qué haces tú aquí, y atado? —le pregunté sorprendida.

—Al parecer, la gente con la que trabajaba no era de fiar.

—Empezando por Antón —le dije.

—Él es el único que me ha sido fiel todos estos años.

—Ja, ja, ja. Mira cómo me río. Ese ha sido el primero que te ha traicionado.

—¿Qué sabrás tú?

—Pues mira, más que tú, porque resulta que lo escuché hablar con otro, diciendo que su jefe quería matarte ya.

—Estás mintiendo. Él no me fallaría.

—Como tú te has pasado toda la vida mintiendo, crees que yo soy igual, pero bueno, ya lo averiguarás. ¿Dónde estamos?

—No lo sé. Lo único que sé es que llevo aquí desde que salí de la casa.

—El hombre al que escuché hablar va a ir a por mamá.

—Eso a mí ya no me importa. Ya no me quiere.

—Pero a mí sí me importa, maldita sea. Es tu mujer, la madre de tus hijos. Bueno, de tu hijo. La van a matar.

—¿Es que no ves que no puedo hacer nada?

—Escapas de la policía y no tienes cojones de escaparte de unos desgraciados.

Me estaba viniendo arriba. Mi padre me miraba con la boca abierta, pero, si él estaba sorprendido, más lo estaba yo.

—No es tan fácil como crees.

—He estado en tu habitación secreta. —Lo miré a los ojos mientras se lo decía.

—Otra vez desobedeciendo, como cuando eras una niña.

—Iba a coger dinero e irme, pero, como ves, no he llegado muy lejos.

Soltó una carcajada.

—Nunca llegabas a ningún sitio. Siempre te pillaba.

Que recordara esas cosas, a pesar de todo, me hacía sentir querida.

—¿Por qué lo hiciste, papá?

—¿Qué cosa?

—¿Por qué me metiste en el convento? ¿Por qué me robaste mi adolescencia?

—Ya te lo dije, para protegerte. Lo mismo que a tu madre.

—No. Eso no es del todo cierto. Lo hiciste para vengarte de mamá.

—Cállate. No tienes ni idea. No lo hice solo por eso. Lo hice porque estabas en peligro, para salvarte. Para salvaros. Aunque no te lo creas, te quiero, al igual que a tu madre.

—Eso no era salvarme. Eso fue condenarme, igual que a mi madre.

—Maldita seas, Julia. Lo hice porque no quería que terminaras como Leo.

Cuando nombró a mi hermano, se me heló la sangre. Lo miré y vi el brillo que tenía en los ojos.

—Leo murió de muerte súbita, papá.

Vi cómo negaba con la cabeza.

—¿Qué pasó?

—Lo envenenaron. ¿Recuerdas que se fue a comer con un amigo y sus padres?

Asentí.

—Pues alguien estaba vigilando y aprovechó esa oportunidad con tu hermano.

Di un grito, notando cómo las lágrimas corrían por mis mejillas.

—Cuando pasó lo de tu hermano, empezamos a huir de un sitio a otro hasta que nos marchamos a España.

—Qué bonita estampa. Un padre y una hija reconciliándose —dijo un hombre al que no había visto en mi vida.

—Suéltala. Ella no tiene nada que ver.

—Te equivocas. Ella tiene que ver, y mucho.

—Una mierda. Yo no tengo nada que ver.

—Sandro, déjame decirte que la metiste en el convento equivocado.

—¿Cómo sabías que estaba en un convento? —preguntó mi padre.

—Lo sé todo. Tus pasos, los de tu mujer, los de tu hija… Siempre lo supe todo.

—¿Qué es lo que quieres?

—Todo a su debido tiempo. Ya te enterarás. Aún lo estoy pensando. De momento, seguid hablando de vuestras cosas.

Me dio miedo la carcajada que soltó.

Nos dejó otra vez solos. Mi padre resoplaba y movía las manos para ver si podía soltarse.

—Julia, intenta venir hasta mí. Voy a intentar soltarte a ti.

—Antes dime algo: ¿por qué, papá? Siempre he escuchado que tenías una buena empresa, una familia, que no te faltaba de nada.

—Porque a veces los adultos cometemos errores y, cuando quieres darte cuenta, estás metido hasta el fondo. Pero ya nada es lo que parece, hija.

No podía negar que me gustaba que me llamara así.

—Julia, quiero que me escuches bien. Todo lo que tengo está puesto a tu nombre.

—Yo no quiero nada de tus chanchullos.

—No me interrumpas. Sé que no voy a salir vivo de aquí. Todo lo que te dejo a tu nombre es limpio.

—No digas tonterías.

—Escúchame bien, Julia. ¿Por qué crees que estoy aquí?

—No lo sé. Dímelo tú.

—Por traidor —dijo una voz a mi espalda—. Ha estado colaborando con la policía. Me ha debido ver cara de tonto, pero he sido más listo que él.

—¿Es eso verdad, papá?

—Sí. ¿Me das un rato más a solas con mi hija? —le preguntó al hombre que estaba a su lado.

Vi con qué odio miraba a mi padre a la cara.

—Está bien. Diez minutos, ni uno más.

—He hecho muchas cosas de las que me arrepiento: haber hecho caso a mi padre y a tu abuelo para terminar como he terminado, haberos hecho daño a tu madre y a ti, no haber sabido proteger bien a tu hermano…

—Papá —le dije con la voz rota—, ya hablaremos cuando estemos lejos de aquí.

—No, hija. Yo no saldré vivo de aquí. Intenta venir hacia mí para ver si te puedo soltar.

—Papá, no puedo. ¿No hay nadie que nos pueda ayudar?

—No. Antón no está. Saúl tampoco.

—Se ha ido por mi culpa.

—Se terminó la charla —apareció de nuevo el hombre de antes—. Llévatelo de aquí. Ya sabes lo que tienes que hacer.

No me salieron las palabras. Miré a mi padre, y él, moviendo los labios, me dijo: «Te quiero».

Sonrió.

Vi con lágrimas en los ojos cómo lo desataron y se lo llevaban.

—¿Dónde lo llevas? —le pregunté a ese hombre, del que ni siquiera sabía el nombre—. ¿Quién eres tú?

—A ti no te importa.

Salió dejándome sola.

No podía parar de llorar. Mi padre se había arrepentido. Estaba colaborando con la policía, y eso hizo que me sintiera orgullosa de él, aun habiendo hecho tanto daño a tanta gente, incluida yo.

Todo el mundo tenía derecho a una segunda oportunidad y a enmendar sus errores.

No sé cuánto tiempo pasó. No fue mucho desde que se llevaron a mi padre, pero entonces escuché un disparo.

Las lágrimas empezaron a caer por mis mejillas. Lo habían asesinado de la peor manera.

Pensé que volvería el mismo hombre a por mí, pero no apareció nadie. Quise soltarme, aunque no había manera de hacerlo. Me tiré al suelo e intenté liberarme de alguna forma, pero no pude.

Quería ponerme de pie, pero no me estaba resultando nada fácil. Me arrastré hasta una mesa que había allí y, con el cuerpo, empecé a moverla para tirar la jarra que tenía encima.

Me costó hacerlo, no lo voy a negar, pero al final lo conseguí.

Esperé un momento para comprobar si alguien se había enterado del ruido. Estaba anocheciendo; lo sabía por un pequeño tragaluz.

Cogí un trozo de cristal. Nada más hacerlo, me corté, pero no me importó. Tenía que salir de ese lugar aunque me cortara la mano entera.

Cuando creí que ya no me quedaban fuerzas, lo conseguí. Al fin lo había conseguido.

No quería mirar los cortes que tenía en la mano. No era el momento. Ahora tocaba ver cómo salía de aquel lugar.

Entré por la puerta por la que se habían llevado a mi padre. No quise mirar lo que había alrededor. Solo quería buscar una salida e irme muy lejos de todo aquello.