Una vida de engaños Capítulo 28
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Capítulo 28

Julia

—Que la sueltes. De ti depende seguir respirando. Sabes que, como llegue a oídos de su padre, eres hombre muerto —le dijo con una pistola en una mano y el móvil en la otra.

—Eres un hijo de puta. Eres hombre muerto, Espósito.

Salió de la habitación maldiciendo hasta en arameo.

—Gracias, Saúl. Si no llegas a venir, no sé qué habría sido de mí.

—Julia, eres una inconsciente. Haces lo que te da la gana. Estoy harto de tus tonterías. No solo te pones tú en peligro, sino que nos pones a los demás.

—Lo siento, de verdad que sí. No volverá a pasar, te lo prometo.

—Desde luego que no volverá a pasar. Me marcho a España.

—¿Cómo que te marchas? No puedes hacerlo. Mi padre no lo consentirá.

—Se acabó, Julia. No puedo más.

—No me puedes dejar sola.

—Lo siento, de verdad que sí, pero es lo que has conseguido con tus tonterías.

—Te quiero, Saúl.

Me miró con cara de sorpresa.

—No, no me quieres. No te quieres ni a ti misma.

—Saúl…

—Esperaré a que venga Sandro y me marcharé.

—Te vas con ella, ¿verdad? Y no, no hace falta que te quedes —le dije cabreada.

—No tengo por qué decirte nada, Julia.

—Saúl, por favor.

—Lo siento, Julia. Al final has conseguido lo que querías: que me alejara de ti.

—Me equivoqué. Te quiero y quiero que estés cerca de mí.

Salió de mi dormitorio sin mirar atrás. Vi en su rostro la pena. Lo había decepcionado. Me sentía mal. Me había dado cuenta de lo que me decía Carmen: esa no era yo. Desde que había salido del convento me había vuelto otra persona.

Vi cómo hablaba por teléfono en el pasillo. Se dio la vuelta y me miró. Estaba serio; nunca le había visto esa expresión en la cara.

Lo había perdido. Yo misma lo había echado de mi lado, y eso no me lo iba a perdonar en la vida.

Cerré la puerta de mi dormitorio y me metí en la cama. No quería saber nada de nadie. Ni siquiera podía llorar. Me quedé como en shock .

No sé en qué momento me quedé dormida, pero cuando abrí los ojos estaba todo oscuro. Encendí la lamparita y miré la hora: las tres de la mañana.

Me levanté para bajar a la cocina. Tenía que comer algo o sería incapaz de volver a dormirme.

Vi una luz en el salón. Me acerqué muy despacio y encontré a Antón dormido en el sofá, con una botella en el suelo. Seguí caminando sin hacer ruido. No quería despertarlo por nada del mundo.

Entré en la cocina, abrí el frigorífico, cogí dos yogures y, a la salida, dos plátanos. Eso me bastaría hasta por la mañana.

Subí sin hacer ruido, entré en mi habitación, cerré por dentro y me senté en la terraza.

Pensé en él, en Saúl. No se merecía el daño que le había hecho. Había perdido al único hombre que se había preocupado por mí, aunque al principio me hubiera engañado.

Había decidido hablar con mi padre en cuanto regresara. No quería seguir en esa casa, como tampoco quería verle la cara al que tenía por hombre de confianza. Bueno, en realidad, no quería ver a nadie de los que estaban allí.

Después de comerme lo que me había subido, entré en el cuarto de baño para darme una ducha y me volví a meter en la cama.

No volví a dormir en condiciones. Incluso me desperté sobresaltada; juraría que había escuchado la puerta. Me levanté, cogí la mesita de noche y la coloqué contra la puerta. Saber que estaba sola con ese hombre hacía que se me pusieran los pelos como escarpias, y no precisamente del gusto.

Ahora sí podía dormir tranquila. El que quisiera entrar tendría que tirar la puerta abajo.

Me dormí pensando en mi abuela y en mi padre. Seguramente estarían dolidos por haberme ido de esa manera.

Sentí que llamaban a la puerta. Las voces me llegaban muy lejanas.

—Julia, abre la maldita puerta. No puedes estar encerrada los días que tu padre no esté.

Era Antón. Ese hombre no se iba a cansar hasta conseguir lo que quería de mí.

—No pienso abrir. Voy a llamar ahora mismo a mi padre.

—Tu padre no te hará caso. Sabes que, le digas lo que le digas, no te creerá.

—Eso está por ver. Eres el tío más asqueroso que me he encontrado en mi vida. Hueles fatal; no quiero ni imaginar cómo te tiene que oler lo demás.

—Ja, ja, ja. No tardarás mucho en hacerlo.

—Sigue soñando, guarro.

No quería hacerlo, pero tenía que ganar tiempo. Pensaba irme de esa casa. Ya encontraría la manera de hacerlo.

Marqué el número de Sandro. Tenía que ayudarme.

—¿No decías que no tenías teléfono? —fue lo primero que preguntó.

—Te mentí, pero, al lado de las tuyas, mi mentira no es ni medio suspiro.

—¿Qué quieres, Julia? Tengo cosas más importantes que hacer que escuchar tus tonterías.

—Tú sigue con tus negocios de mierda mientras tu mano derecha intenta abusar de tu hija.

—No te hará nada. Saúl no lo permitirá.

—Saúl no está. Se fue ayer por la tarde.

—¿Cómo que se fue?

—Es una larga historia que no puedo contarte ahora. Y, si alguna vez me has querido, deja que me vaya, por favor. No diré nada de tus negocios ni de lo que sea que haces.

—¿Qué sabes tú?

—Todo. Lo sé todo. Más de lo que imaginas. Lo tenías todo: una familia, una empresa que te generaba bastantes ingresos, pero preferiste mancharte las manos con la droga y las falsificaciones de cuadros.

—No es lo que parece.

—Si tú lo dices…

—Está bien. Lo llamaré y le diré que venga donde estoy, pero te lo advierto, Julia: ni se te ocurra salir de la casa.

—No lo haré —le dije antes de colgar.

Sentí cómo sonaba el teléfono de Antón y cómo contestaba a regañadientes. Después llamó a una tal Rosa para que me vigilara.

Tenía que darme prisa. Me asomé a la terraza y vi cómo Antón se montaba en el coche y salía a gran velocidad.

Cogí una mochila que tenía en el armario de cuando estaba en el instituto, saqué los libros que aún había dentro y metí algo de ropa.

Estaba segura de que no me costaría salir de la casa, pero no tenía la documentación encima. Tendría que ir a Sorrento a por ella y solo había una persona que podía ayudarme, como tantas otras veces.

Marqué el número de Carmen. Esperaba tener suerte y que no tardara mucho en coger.

—Hola, Julia —empezábamos mal; no me gustó el tono que utilizó—. ¿Qué es lo que quieres?

—Necesito que me ayudes.

—¿Por qué debería hacerlo? ¿Por meterte en la boca del lobo o por no hacer caso a lo que te dijo Saúl?

—Ahora no estoy para sermones. ¿Me vas a ayudar o no?

—¿Qué es lo que quieres?

—Necesito salir de aquí y mi documentación. Las dos cosas.

—No sé lo que pretendes ahora. Lo único que sé es que te volverás a meter en un lío.

—¿Qué tal está Saúl? —le pregunté sin saber por qué.

—No lo sé. Se marchó anoche mismo. Tuvo una discusión muy fuerte con Alejandro y se fue.

—Vaya.

—Sí, vaya. Pero no se fue solo. Llamó a Ana para que viniera a buscarlo. Y otra cosa: tú y yo tenemos una conversación pendiente.

No sabía lo que había pasado en realidad. Nadie me decía nada, pero esa vez sí que la había liado buena.

—No era mi intención. En cuanto pueda, te prometo que lo voy a solucionar.

—Estamos en la casa. De todas maneras, si no es así, cuídate mucho, por favor.

—Así lo haré. Dile a Alejandro que mi padre salió de la casa ayer por la tarde y no ha vuelto aún. Según él, tenía un negocio muy importante que cerrar.

—Se lo diré. Adiós, Julia.

Me quedé mirando el teléfono cuando Carmen me colgó. Todo lo que me estaba pasando me lo tenía merecido. Nadie tenía la culpa, solo yo.

Salí de la habitación y fui directamente a la de mi padre. Sabía dónde guardaba dinero. Saqué un libro en concreto de la estantería; detrás de él había un botón que abría una pared que hacía de librería. Al abrirla, te encontrabas con otra habitación.

Cuando era pequeña entraba mucho allí. Recuerdo que mi padre me reñía por hacerlo sin permiso, pero, desde que una vez vi cómo se abría aquella estantería, entraba cuando él no estaba.

Para mí era la habitación de la puerta mágica. Vi cómo se abría poco a poco. Eso era lo malo: para una urgencia como la mía, era lenta. Muy lenta.

Al entrar, me quedé parada. ¿De dónde había salido todo eso? Cada vez se me estaba poniendo la cosa peor. No recordaba que hubiera estanterías a los lados. Sí recordaba la mesa que había en medio y el mueble que había enfrente.