Una vida de engaños Capítulo 27
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Capítulo 27

Julia

No quería reírme cuando me preguntó por mi vida, pero ¿cómo contaba que había estado media vida encerrada en un convento por el hombre que creía que era mi padre? No, ni de coña.

—Yo he llevado una vida muy aburrida. Mejor hablamos de otra cosa.

—No, hija, quiero saber de ti.

—Pues confórmate con que he vivido una vida muy aburrida, o interesante, según se mire y para quién.

—Bueno, cuando tú te sientas preparada, nos cuentas lo que quieras.

—Necesito ir al baño —dije levantándome.

—Al fondo del pasillo. Perdona, hija, al final no te he enseñado la casa con tanta charla.

—Después me la enseñas, abuela.

No pensaba volver a la mesa. De hecho, no pensaba ni ir al baño. Me iba de allí. Tenía que averiguar si la historia que me habían contado era verdad o si era otra mentira más que añadir a mi vida.

Salí de esa casa escuchando cómo Eleonora decía que ya podía morirse a gusto, puesto que me había conocido.

En parte me dio mucha pena. Ella no tenía la culpa de nada. Era cierto que la llamaba abuela, pero no porque me saliera, sino porque se veía tan cariñosa y con tantas ganas de escuchar esa palabra que decidí complacerla.

Sobre mi padre… no sé. Había algo que no me terminaba de convencer y, para eso, tenía que ir a ver a la única persona que podía contarme la verdad.

Sabía que me la estaba jugando. También sabía que Saúl terminaría por odiarme, pero tenía que hacer lo que tenía en mente.

Corrí hasta que empezó a dolerme el costado. Siguiente propósito: ponerme a hacer ejercicio. Paré un taxi que pasaba, subí y le di la dirección.

Llevaba diez minutos en el taxi cuando me entró una llamada. Al ver el nombre en la pantalla no la cogí. Era él. Saúl. Sí que se había dado prisa en hacer lo que tuviera que hacer, o tal vez mi padre lo había llamado.

La estaba cagando, y mucho, pero tenía que averiguar qué coño estaba pasando en mi vida. No sabía a quién creer. En ese momento me sentía como si no fuera de nadie.

Me bajé del taxi y me quedé parada un momento mirando la fachada. Entonces, toda la valentía que tenía se esfumó de un soplido.

—Diosito, échame una mano —dije en voz alta mirando al cielo, aun sin ser muy creyente.

Llamé a la puerta. Estaba temblando como un flan, pero joder, es que estaba cagada de miedo. Me estaba metiendo en la boca del lobo y, esta vez, no sabía si iba a salir de ella.

Me abrió la puerta una mujer a la que no había visto nunca. La eché a un lado y entré sin decir nada.

—Señorita, no puede entrar así —me gritó la mujer.

—Ya creo que sí puedo, y las veces que quiera.

—Pero mira a quién tenemos aquí, la palomita que ha venido solita al palomar.

—Suéltame ahora mismo, Antón. Más te valdría ducharte, que apestas a perro muerto.

—Mira, niñita, te vas a tragar tus palabras.

—Ya la has oído, Antón. Suéltala —le dijo mi padre.

—Me dijiste que sería para mí la próxima vez que me encontrara con ella.

—Eso después. Ahora suéltala. Tú, ven conmigo.

Antón me miró con muy mala cara y yo le saqué la lengua, riéndome.

Subimos las escaleras y entramos en mi habitación.

—¿Ya te has cansado de ir de un lado a otro? —me preguntó.

—No —le respondí—. De lo que estoy cansada es de tanto engaño. Quiero la verdad.

—Veo que ya has conocido a tu verdadero padre.

—¿Por eso me odias? ¿Porque no soy tu hija?

—Otra vez con la misma cantinela. Ahora no puedo hablar, tengo negocios que resolver. De momento, te quedas aquí.

—Entonces ya vendré otro día.

—No, tú ya no sales de aquí. Al menos, de momento.

—Si no vuelvo…

—Ja, ja, ja. Esta vez no me la das, muchacha. Ya sé que la otra vez te tiraste un farol.

—¿Cómo lo has sabido?

—Ya te enterarás. Dame tu móvil.

—No lo tengo conmigo. Lo dejé en el coche de Saúl.

—Me estás mintiendo.

—Yo no soy como tú.

—Por tu bien espero que así sea.

—¿Por qué me habéis hecho tanto daño? Tú no eras así.

—Y dale.

—¿Es cierto que tus negocios son sucios?

—Eso a ti no te importa. Pero sí, desde que era muy joven.

—Pero vienes de una familia rica. ¿Tanta falta te hacía?

—Eso a ti no te importa, niña. Ya te he contado demasiado.

—Me lo debes, papá.

—No me llames así. Yo no soy tu padre.

—Sí lo eres. —Fui hacia la ventana—. Tú eres el que me ha criado. ¿Ya no te acuerdas de cuando me contabas cuentos antes de dormir? ¿O de cómo jugabas conmigo y con mi hermano?

—No lo nombres. Él sí era mi hijo.

—¿Qué fue lo que pasó, papá? Necesito saber la historia completa. Necesito entenderte.

—Todo lo hice por tu abuelo, pero, sobre todo, por tu madre.

Me quedé en silencio.

—Yo siempre amé a tu madre, pero ella se fijó en ese medicucho. Mi padre era amigo de tu abuelo y lo convenció para concertar el matrimonio entre nosotros.

—¿Cómo lo convenció?

Suspiró y se sentó en la cama.

—Tu abuelo tenía una imprenta. No iba muy bien que digamos en aquel entonces. Mi padre le ofreció ayuda a cambio de que se uniera a él en sus negocios.

—¿Qué negocios?

—Estás muy preguntona, pero como no vas a salir de aquí, te lo contaré todo. Mi padre se dedicaba al tráfico de drogas y a la falsificación de cuadros. Necesitaba una empresa que le sirviera de tapadera, y la imprenta de tu abuelo le vino de perlas.

»Yo, en un principio, no quería que fuera así —continuó—. Quería que tu madre me amara, no que me odiara.

—Ella te quería, y mucho. Siempre nos lo decía a Leo y a mí.

—Pero no al principio. Me costó mucho que me amara y no que me odiara. Y hasta aquí llegó la conversación.

Salió de la habitación dando un portazo y cerrando con llave.

Ahora sí que me había metido en un buen lío. Cuando se enterara de que el móvil no estaba en el coche, se iba a cabrear, pero bien.

Me eché en la cama, limpiándome las lágrimas. De momento no usaría el móvil. Ya tendría tiempo para hacerlo. Ahora tenía que asimilar todo lo que me había contado y saber qué hacer con ello.

¿Por qué no podía tener una vida normal como cualquier chica de mi edad? Esa pregunta me la hacía muy a menudo. Ojalá, al menos, hubiera tenido una familia normal.

Pensé en mi madre, en cómo se había callado tantas cosas, en no haberme contado mi historia. Pero lo que más me dolía era que me hubiera dado la espalda.

Escuché voces al otro lado de la puerta. Una era de Antón; la otra no la conocía. Me acerqué para ver si podía escuchar lo que hablaban.

—Tenemos que quitarlo de en medio cuanto antes —decía la voz desconocida—. Mi jefe se está cansando ya.

—Pues tendrá que aguantar un poco más. Aún no podemos. Yo no me he tirado tantos años siendo su mano derecha para ahora echarlo todo a perder.

—A mí no me lo digas, díselo al jefe. Al menos dame algo: a su mujer o a su hija.

—Ni se te ocurra tocar a la hija. Con la mujer puedes hacer lo que quieras.

—Mañana voy a España a recoger mercancía. Quizá le haga una visita.

—Haz lo que quieras, y ahora vete antes de que te vea alguien.

—Has tenido mucha suerte, cabrón. Te has metido por la puerta grande.

Silencio.

Así se quedó el otro lado de la puerta, y yo apoyada en ella. No podía moverme después de lo que había escuchado.

¿Mi madre estaba en peligro? ¿Querían matar a mi padre? Madre mía, ¿qué coño estaba pasando?

Fui corriendo hacia la ventana para ver si veía salir a alguien de la casa, pero, cuando quise asomarme, ya se estaba montando en el coche. Maldije por no haberlo hecho antes.

Sentí la cerradura de la puerta. Pensé que era mi padre, pero él no estaba en la casa. Quizá fuera la mujer que me había abierto con algo de comer, pero me equivoqué. Era la persona que menos esperaba.

—¿Qué haces tú aquí?

El que había entrado por la puerta no era otro que Antón.

—Vengo a por lo que es mío.

—Pues lo siento, pero te has equivocado de cuarto. Aquí no hay nada tuyo.

—Muy graciosa, pero lo que vengo a buscar está aquí.

Se abalanzó sobre mí, haciéndome caer en la cama, y se puso encima.

—Suéltame. Quita tus sucias manos de mí ahora mismo o grito.

—Grita todo lo que quieras. No hay nadie que pueda ayudarte.

—Que me sueltes. Como se te ocurra tocarme, cuando venga mi padre, te matará, que lo sepas.

Soltó una carcajada.

—Ya la has oído. Suéltala ahora mismo o te pego un tiro.

—Saúl, no te metas en lo que no te importa.