Capítulo 26
Julia
—No tardo nada en arreglarme, lo prometo —le dije saliendo del baño.
Lo había cabreado, y mucho. Sabía que la idea de ir a ver a mi padre, bueno, a Sandro, no le había gustado un pelo, pero tenía que hablar con él seriamente.
Estaba nerviosa por conocer a mi verdadero padre, pero sobre todo a mi abuela. Nunca tuve una, porque a los míos no los conocía.
Había decidido que, en el momento en que conociera a mi verdadero padre, dejaría de llamar padre a Sandro. No se merecía ese título, aunque hubo un tiempo en el que sí.
A veces pensaba que, si Leo no hubiera muerto, todo seguiría igual. Nunca le pregunté por qué cambió tanto con la muerte de mi hermano.
—Julia, espabila, que te quedas aquí —gritó Saúl desde el salón.
—Ya voy. Y no me grites, que no soy sorda. Te recuerdo que estamos a una puerta el uno del otro.
—Venga ya, mujer, que no vamos de boda.
—Ya voy, pesado —le dije saliendo de la habitación.
Me miró y le sonreí. Estaba guapo hasta enfadado.
—Cuando se te pase el enfado, me avisas.
Cogió las llaves del coche y me dejó parada en medio del salón. Me encogí de hombros y fui detrás de él.
El camino se me hizo larguísimo, no solo por las ganas de conocer a mi padre y a mi abuela, sino también por ese silencio tan incómodo que había dentro del coche.
Cada vez quedaba menos, y yo no paraba de moverme, nerviosa perdida.
—Como sigas así, me vas a gastar el asiento.
—Hombre, me gustaría más gastarte otra cosa, pero vamos, aunque quisiera, no creo que pudiera.
—Mira si la monjita me salió graciosa.
—No me llames así, cura de pacotilla.
—Eso es para que veas lo bien que sienta que te llamen lo que no eres.
Iba a contestarle, pero le sonó el teléfono.
—Dime, Ana. Estás en manos libres y Julia está conmigo.
—Oh, hola, Julia. ¿Cómo estás?
—Bien. O todo lo bien que se puede estar cuando una se entera de que media vida ha sido una mentira.
Hubo un silencio incómodo al otro lado de la línea.
—No te voy a perdonar que te fueras sin despedirte de mí —dijo Ana.
—Y yo no sé si podré perdonarte que supieras cosas y no me dijeras nada. Así que estamos en paz.
—Ana, mejor te llamo en otro momento —intervino Saúl.
—Sí, creo que será lo mejor. Adiós, Julia. Me ha gustado escucharte.
—Adiós, Ana. Que te vaya bien.
Colgó la llamada, y a mí me entraron los siete males.
—¿A qué ha venido eso? —me preguntó Saúl.
—No sé de qué me hablas —le respondí mirando por la ventana.
—No te hagas la tonta conmigo. Sinceramente, me gustabas más cuando estabas en el convento. Ahora te miro y no te conozco.
—Con que conozcas a Ana, tienes más que suficiente.
Fue decirle eso y soltar una carcajada.
—No sé dónde le ves la gracia.
—No tienes ni puta idea.
—Ni falta que me hace. Total, para el tiempo que voy a estar aquí…
—¿Cómo? ¿Qué es lo que has dicho?
—Que si falta mucho.
—No juegues conmigo, Julia. Te lo advierto.
Iba a contestarle cuando vi que aparcaba el coche delante de una casa.
—Ya te puedes bajar. Hemos llegado.
—¿Viven aquí? —asintió con la cabeza.
Me sorprendió ver aquella casa. Yo la había visto antes, pero no recordaba cuándo.
—¿A qué esperas? —me preguntó Saúl.
—Yo he estado en esta casa —le contesté.
—¿Qué estás diciendo?
—Vaya, mentiroso y sordo.
—No te pases y date prisa.
Fui caminando detrás de él, porque ni siquiera esperó a que me pusiera a su altura. Vi cómo salía un hombre y, a su lado, una mujer con el pelo blanco.
—¡Por fin! —exclamó la mujer—. Qué ganas tenía de que llegarais. Se me estaba haciendo la mañana larguísima.
—Buenos días, Eleonora. Ya estamos aquí.
—Eres igual que ella —me dijo la mujer acercándose a mí—. No sabes cómo la echo de menos.
Me abrazó.
—Mamá, no la agobies. Ya tendrás tiempo.
—Hola, Julia. Soy Fabio, tu padre.
Por un momento pensé que iba a decirme: «Hola, yo soy tu padre», y tuve que aguantarme las ganas de reír.
—Hola. Bueno, eso dicen, que soy tu hija.
—Lo eres, mi niña, pero no quiero que te sientas presionada. Todo lo contrario. Me gustaría que nos conociéramos y que algún día pudieras llamarme papá.
Madre mía, me lo dijo con tanta pena que se me partió el alma.
—¿Yo he estado antes aquí? —le pregunté mirando alrededor.
—Muchas veces, hija. Aquí tenía mi consulta privada y tu madre te traía.
—¿A Leo no lo trajo nunca?
—Leo solo estuvo un par de veces.
—Bueno, dejaos de charlas y vamos dentro —nos dijo Eleonora.
Me cogió del brazo y entramos las primeras.
—Tenía muchas ganas de conocerte. Nunca tuvimos la oportunidad, ni tu difunto abuelo ni yo.
—¿No estabas aquí cuando yo venía? —le pregunté mientras andábamos.
—No, hija. Yo vine a vivir con tu padre cuando tu abuelo murió.
No sabía qué decirle a esa pobre mujer. Se veía muy cariñosa y atenta. Entramos en un salón demasiado grande, con muebles muy oscuros para mi gusto. En un rincón había un piano de cola.
—¿Tocas el piano? —pregunté pasando una mano por él.
—No, hija, yo no tengo esa habilidad.
—Ese piano lo tocaba tu madre cuando venía a verme.
Me quedé mirándolo. ¿Cómo que lo tocaba mi madre?
—No estoy entendiendo nada.
—Creo que lo mejor será que nos sentemos y te lo cuente todo.
—Yo me marcho —nos dijo Saúl.
—Hijo, pero si tú también estás invitado.
—Gracias, Eleonora, pero prefiero que estéis solos los tres. De todas maneras, tengo algo que resolver.
—Pues nada, pásatelo bien —le dije con sorna—. Venga, sentémonos y me cuentas.
Vi cómo Saúl salía del salón con los puños apretados.
—¿Te pasa algo con ese hombre, hija? —me preguntó mi padre.
—No, nada. Él es así.
—Hijo, esta muchacha miente tan mal como lo hacías tú.
—Mamá, no empieces, por favor. No hagas caso a tu abuela.
Nos sentamos en el sofá. Entró una mujer con una bandeja y unos refrescos, y los dejó sobre una mesa pequeña.
—Hija, esto que te voy a contar es algo muy doloroso para mí. Yo conocí a tu madre cuando éramos unos críos. Íbamos al mismo colegio, lo hacíamos todo juntos, hasta que tu abuelo nos separó. Después de aquello no volví a saber de ella.
—¿Cómo va a ser? Mi madre estaba muy enamorada de mi padre, tanto que está ciega y no ve.
—Te equivocas, hija. No te digo que al principio no lo estuviera. Sandro era un hombre muy guapo, pero llegó un momento en que ese amor se fue apagando y solo quedó el cariño.
—Ja, ja, ja.
No sé por qué me reí, pero me salió así.
—Esto que me estás contando es mentira.
—No, hija, no miente. Sigue escuchando —me dijo mi abuela—. Mi hijo es el que más ha sufrido en toda esta historia.
—Mamá, no digas eso.
—Lo siento, hijo, pero es la verdad.
—Sigo contándote —dijo Fabio—. Hubo un tiempo en que se llevaban fatal. Discutían por cualquier cosa, y en una de esas discusiones Sandro le dio una paliza. Estuvieron a punto de separarse.
—Mi padre nunca le puso una mano encima. Eso es mentira. ¿Y cuándo entras tú en la ecuación? ¿No dices que os separaron?
—Un día Leo enfermó. Coincidió que yo estaba de guardia y lo atendí. A partir de ahí, tu madre y yo volvimos a vernos de vez en cuando, pero después de otra de las peleas que tuvieron, empezamos a hacerlo más seguido.
—Ahí fue cuando se quedó embarazada de mí.
—Sí, hija. Quiso separarse, pero Sandro la amenazó con Leo.
—No sé cómo tomarme todo esto, la verdad.
—De momento, comiendo —intervino Eleonora—. Venga, vamos a la mesa, que he hecho una musaka de berenjenas que está para chuparse los dedos.
Sinceramente, no me apetecía quedarme. No porque no estuviera cómoda, sino porque me sentía rara. Mi padre era un hombre muy guapo: alto, de pelo castaño y rizado, ojos marrones… No me extrañaba que mi madre se hubiera enamorado de él.
Nos sentamos a la mesa. La musaka, la verdad, tenía muy buena pinta, pero a mí casi se me había quitado el hambre. Hay veces en la vida en que es mejor no saber las cosas, pero otras son necesarias por la salud mental de una misma.
Mientras comíamos, mi abuela estuvo hablándome del abuelo, de mi padre cuando era pequeño, de la adolescencia que tuvo y de su paso por la universidad; de cómo lo seguían las chicas y a ninguna hacía caso.
—¿Nunca te has casado?
—No, nunca. He tenido alguna novia, pero siempre se quedaba en eso.
—Porque nunca te duraban más de un mes, hijo. No sé lo que les hacías.
—Mamá, no empieces. Sabes perfectamente por qué era.
Me quedé mirándolo con el tenedor a medio camino de mi boca.
—Pero yo no lo sé, aunque lo intuyo.
—Pues por eso —dijo él—. Pero cuéntame de ti. Qué haces, qué has estudiado, si tienes novio…
Cuando dijo eso, solté una carcajada.
—Perdón, no quería reírme.