Una vida de engaños Capítulo 25
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Capítulo 25

Saúl

Tenerla en mis brazos había sido una puta pasada. La locura más grande que había hecho en mi vida, pero de la que no iba a arrepentirme jamás.

Estábamos en la ducha cuando cogió mi miembro con la mano. Al principio me quedé quieto. No me lo esperaba viniendo de ella.

—Si sigues así, volverás a activarlo.

—¿Y quién te ha dicho que no es lo que quiero?

Se puso de rodillas y la observé sorprendido, porque estaba viendo perfectamente lo que iba a hacer.

—Te dije que me lo enseñaras todo. —La miré divertido—. Tranquilo, no te morderé. Bueno, eso creo.

—Más te vale, nena, si no tendríamos un problema.

Problema, ninguno. La fui guiando, no ya como a mí me gustaba, sino como tenía que hacerlo. Lo lamió de arriba abajo sin apartar la mirada de mí.

Se lo fue metiendo poco a poco. No llegaba ni a la mitad, pero no me importó. Era su primera vez y no solo debía acostumbrarse a mi tamaño, sino también a tenerlo en la boca.

No la dejé mucho tiempo. No es que no me gustara, es que no quería terminar en su boca, al menos por el momento. La puse de espaldas a mí, con las manos apoyadas en la pared.

—¿Aquí? —me preguntó mirándome por encima del hombro.

—Es un sitio más que adecuado.

No volvió a salir una palabra de su boca, pero sí sus suspiros y sus jadeos. Jadeos que me estaban volviendo loco cada vez que la penetraba.

Después de dejarla exhausta, la lavé con tanta delicadeza que me sorprendió lo que me dijo.

—¿Así te lavas tú? Pues anda que no eres lento.

No pude reprimir la carcajada que solté, tanto que me propinó un golpe en el brazo.

—Auch, eso ha dolido —le dije haciéndome el ofendido.

—Te aguantas. Eso es por quedarte conmigo.

Después de secarnos mutuamente, nos fuimos a la cama. Se quedó sorprendida cuando no salí del cuarto.

—¿Te quedas?

—¿Quieres que me vaya?

—No, quiero que te quedes.

—Pues entonces me quedo.

Nos metimos en la cama y la abracé por detrás.

—Buenas noches, Saúl —me dijo sin volverse—. Gracias por lo que ha pasado.

—No me las des, preciosa. Ha sido un placer.

—Saúl… Siento de verdad todo lo que te haya podido hacer.

—Shh, duerme. Ya hablaremos de eso.

Noté cómo se acurrucaba más contra mí. Su respiración se iba relajando cada vez más, mientras que yo no podía hacerlo. Había traspasado una regla. La más importante de todas: acostarme con ella.

No me arrepentía. Al contrario. Había disfrutado de su cuerpo, de cada centímetro de su piel, y eso ni su padre ni nadie me lo iba a quitar.

No tenía por qué enterarse, como tampoco debería enterarse de que la había encontrado. No, de momento. Esperaría a que pasara más tiempo y pudiéramos pensar qué hacer.

Cerré los ojos. No porque fuera a dormirme de inmediato, sino porque necesitaba desconectar, y era la única forma que tenía de hacerlo. Pero, como me solía pasar siempre, al final acabé quedándome dormido.

Noté, sin abrir los ojos, que me estaba observando. Y, de vez en cuando, soltaba una risilla floja.

—¿Me dices qué es lo que encuentras tan divertido? Lo digo para reírme yo también.

—No sé de qué me hablas. Estaría soñando.

Abrí los ojos y me la encontré mirándome con una sonrisa preciosa, una que no le había visto nunca desde que la conocí.

—Tienes una sonrisa muy bonita.

—Gracias… Saúl, quiero conocer a mi padre y a mi abuela. ¿Me llevarás?

—Si eso es lo que quieres, te aseguro que lo haré.

—¿Y mi padre?

—¿Cuál de ellos? —le pregunté, quitándole hierro al asunto.

—No te hagas el tonto. Lo sabes perfectamente.

—No te preocupes por eso ahora. Llamaré a Fabio para saber si puede verte hoy.

—Gracias por lo que estás haciendo por mí… aun sabiendo lo que te puede pasar.

—Julia, no pienso en lo que me pueda pasar a mí. Pienso en lo que te pueda pasar a ti.

—Pero eso no sería justo. Cuando conozca a mi padre, quiero ir a hablar con Sandro.

—Estás loca si piensas que te voy a dejar ir donde ese hombre —le dije cabreado—. Jugaste muy bien tus cartas cuando te atreviste a verlo, pero esta vez no.

—No me lo puedes impedir. No quiero estar toda mi vida de un lado para otro.

—Lo entiendo, pero ya he dicho mi última palabra.

—Ya lo veremos.

—Te voy a decir una cosa y recuérdala bien: como llegues a ir a ver a tu padre, no te vuelvo a mirar a la cara. Tú misma.

Me levanté de la cama y salí de la habitación, dejándola sola. Fui a la cocina y puse la cafetera. Necesitaba café en vena a la velocidad del viento.

Aún no se había enterado de lo peligroso que era Sandro. Aún no se había dado cuenta de todo el daño que podía hacerle, al igual que se lo estaba haciendo a su madre.

—Saúl, ponte en mi lugar —me dijo abrazándome por la cintura.

—Eres tú la que tiene que hacerlo. Porque créeme que yo me pongo, y por eso no quiero que vayas.

—Sé cómo puedo ablandarle el corazón.

—No, no lo sabes. Si de verdad lo supieras, no te pondrías en peligro. Anda, desayuna; mientras, voy a hacer una llamada —le dije poniendo un plato con dos tostadas y el café.

Salí de la cocina con mi taza en la mano. Se me había cerrado el estómago y, de momento, no me entraba nada sólido. Marqué el número de Fabio por si podía vernos esa misma mañana.

Ya iba a colgar cuando escuché una voz al otro lado.

—¿Dígame?

—¿Fabio Bianchi?

—Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarle?

—Soy Saúl, estuvimos hablando…

Ni tiempo me dio a terminar la frase cuando me contestó.

—Sí, claro, sé quién eres. ¿Quiere verme?

—Sí, para eso te llamaba. Para saber cuándo te vendría bien que os conocierais.

—Hoy, a la hora de la comida. Iré preparando a mi madre, a ver si no le da un infarto.

—Está bien. A las dos estaremos allí.

No hubo más palabras porque le colgué. Era un vicio que tenía con mi hermano y al final caía todo el mundo.

Volví a la cocina y tiré el móvil sobre la mesa de cualquier manera.

—Cómo se nota que tienes dinero para comprarte otro —dijo Julia.

Sonreí ante esas palabras.

—Arréglate, nos vamos a la ciudad. Y no tardes mucho. Antes tengo que hacer unos recados.

No le di oportunidad de hablar. Me había cabreado, y mucho. Ya me extrañaba que el día fuera medianamente bien.

Subí a ducharme, dejándola sola en la cocina. Me tuve que reír cuando la escuché murmurar:

—Será cretino…

Mientras me duchaba, pensé en todo lo que había pasado. Tenerla en mis brazos había sido una puta locura. Lo receptiva que era. La manera de mirarme cuando la penetraba.

—Oye, Saúl —escuché que me llamaba—, me estaba preguntando si me puedo duchar contigo o tengo que hacerlo sola.

Me quedé quieto por un momento. No pensé que fuera a pedirme una ducha juntos.

—No sé, inténtalo, pero si entras en esta ducha, no respondo de lo que pueda pasar.

—Como si eso me importara.

Solté una carcajada.

—No te rías, cretino.

—Es la segunda vez que me llamas cretino en menos de media hora.

—Eso es por enfadarte conmigo. Ven, que te voy a lavar este cuerpazo que tienes.

Se echó gel en las manos y enjabonó mis brazos. No se entretuvo mucho, porque de ahí saltó a mi cintura y siguió bajando. Arqueé una ceja mirándola.

—¿Qué? ¿No te estoy lavando bien?

Iba a contestar cuando agarró mi miembro.

—Veo que quieres jugar —no le pregunté, se lo dije afirmándolo.

—Quizá. Un poquito. Pero solo un poquito.

Le quité la mano y la puse contra la pared. Separé sus piernas y levanté sus brazos, acariciándolos de arriba abajo.

—Umm, cómo me gusta que me hagas eso.

—Pues verás cuando te meta esto —le dije frotando mi miembro contra ella mientras le metía dos dedos.

—Joder, lo que me estaba perdiendo por culpa de un desgraciado.

—Si dejas de pensar en eso, te prometo enseñarte muchas más cosas.

Noté cómo separaba más las piernas y empujaba hacia mi miembro. No teníamos mucho tiempo. La agarré de las caderas y, sin esperarlo, la penetré de una vez.

—Madre mía, chico, un poco más y atravieso la pared.

—Ja, ja, ja. Céntrate, anda, que no tenemos mucho tiempo.

No pensé que fuera ella quien me buscara a mí en vez de ser yo quien fuera a por ella, pero no me importó. Necesitaba que se sintiera libre conmigo, que confiara en su cuerpo y en lo que estaba empezando a descubrir.

Después de tener un encuentro corto pero intenso, nos duchamos mutuamente. Se pasó todo el tiempo riendo. Había descubierto las zonas donde tenía cosquillas.

La envolví en una toalla, yo hice lo mismo y le pedí que se apresurara en vestirse.