Capítulo 24
Julia
Cuando Carmen dijo que se marchaba con Alejandro y que yo me quedaba sola con Saúl, lo primero que sentí fue miedo.
Miedo de verdad.
No por estar con él, aunque me empeñara en hacerle creer lo contrario, sino por quedarme sin nadie más entre mi padre y yo. Porque, por mucho que me doliera reconocerlo, con Saúl me sentía a salvo.
Y eso me daba más rabia todavía.
Me había comportado como una cría, lo sabía. Había gritado, le había hablado mal, lo había provocado y había hecho justo lo que hacía siempre desde que salí del convento: atacar antes de que pudieran hacerme daño.
Pero joder, es que no sabía hacerlo de otra manera.
No tenía ni idea de cómo se trataba a un hombre que te gustaba tanto como para darte miedo. Mucho menos a uno que te había mentido y, aun así, seguía siendo la única persona a la que querías tener cerca.
Desde mi dormitorio escuché voces en el salón. Carmen seguía discutiendo con Alejandro, Alejandro intentaba calmarla y Saúl no decía nada. Eso era casi peor. Cuando él se callaba, el silencio pesaba más que cualquier grito.
Me senté en la cama y me pasé las manos por la cara.
Tenía que pedirle perdón.
O intentarlo, al menos.
Respiré hondo, salí del dormitorio y los encontré en la entrada. Carmen ya llevaba el bolso al hombro y Alejandro las llaves en la mano.
—Nos vamos —dijo ella al verme—. Y no pongas esa cara, porque no pienso cambiar de opinión.
—Carmen…
—No. Tú y yo hablaremos mañana. Hoy habla con él.
Miré a Saúl. Estaba apoyado junto a la pared, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa.
—No tenemos nada que hablar —dije, aunque sonó tan poco convincente que hasta yo me habría reído de mí misma.
—Pues entonces os sentáis en silencio y os miráis las caras —contestó Carmen—, pero nosotros nos vamos.
—No quiero quedarme sola con él.
—No estás sola, Julia. Estás con el único tío que lleva días partiéndose la cara para que no te pase nada.
Saúl bajó la mirada, pero no dijo nada.
Aquello me hizo sentir peor.
Carmen se acercó, me abrazó fuerte y me habló al oído:
—Deja de morder a quien intenta cuidarte, tonta. No todo el mundo quiere hacerte daño.
No pude contestar.
—Y tú —dijo señalando a Saúl—, cúrratelo un poquito más. Que tampoco estaría de más que dejaras claro lo que sientes antes de que esta cabeza loca se monte una película digna de premio.
—Carmen —la llamó Alejandro.
—Ya voy, pesado. Qué poca paciencia tenéis los hombres.
—Últimamente estás muy mandona —le dijo él.
—Y tú muy guapo, pero no te lo estoy diciendo todo el rato.
Alejandro soltó una carcajada y negó con la cabeza.
—Julia, cuídate —me dijo antes de salir—. Y no hagas ninguna tontería.
—Ya he cubierto el cupo por hoy.
—Por hoy y por media vida —murmuró Carmen.
Le lancé una mirada, pero no pude evitar que se me escapara una sonrisa.
Cuando la puerta se cerró tras ellos, el piso se quedó demasiado grande y silencioso.
Saúl y yo nos miramos durante unos segundos.
—No tienes que quedarte si no quieres —dije al fin.
—No me voy a ir.
—Pues no me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras cansado de mí.
Soltó una risa seca, sin ganas.
—Estoy cansado, Julia. Pero no de ti. Estoy cansado de pelear contigo para mantenerte viva.
Aquello me dio justo donde dolía y no supe qué decir.
Me fui a la cocina porque no podía quedarme quieta. Abrí la nevera y la volví a cerrar.
Tenerlo tan cerca iba a ser un peligro. Estaba deseando que me tocara, pero los nervios y el miedo de una primera vez en todo me frenaban.
Salí de la cocina con un solo pensamiento: besarlo. Quería sentir otra vez sus labios, pero no como el beso que me dio por la mañana. Quería uno de verdad, de esos de los que tanto hablaba Carmen, de los que te hacían estremecer.
Cuando salí de la cocina, me frené en seco. Todo lo que tenía en la cabeza se desvaneció al verlo en el sofá con los ojos cerrados. Se había quedado dormido.
—¿Te gusta lo que ves? —me preguntó aún con los ojos cerrados.
—Pensé que estabas dormido.
—Ese es tu problema, Julia, que siempre estás pensando —dijo tocándose el puente de la nariz.
—Eso no es cierto.
—Sabes que sí lo es. ¿Por qué te has frenado cuando me has visto con los ojos cerrados?
—Ya te lo he dicho, pensé…
—Lo ves. Siempre piensas y te frenas. No te dejas llevar. Fíjate, yo en tu lugar habría salido y te habría preguntado: «¿Duermes?» Tú no. Tú has dado por hecho que lo hacía.
—Bueno, ya vale —le dije gritando—. Venía a decirte que lo siento, que me perdones por mis arrebatos, pero después de esta conversación, ni de coña.
—Ja, ja, ja. No venías a eso. Venías a algo totalmente distinto. Mientes muy mal, Julia.
—No miento. Te estoy diciendo la verdad.
—Venga, vale. Supongamos que te creo —dijo mientras se levantaba—. ¿Por qué crees que tengo que perdonarte?
—¿Por qué te estoy pidiendo que lo hagas?
—Una contestación con otra pregunta. Estás ocultando algo.
—No oculto nada. Mejor me voy a dormir.
Me di la vuelta, pero no me dio tiempo a dar el primer paso. Me agarró del brazo, me giró y me pegó a él.
—Dímelo, Julia. Tenemos que vivir juntos hasta que esto se arregle. Será mejor que nos llevemos bien —me dijo muy bajito en la oreja.
—Eres muy cansino, que lo sepas.
—Cansino es mi segundo nombre.
Solté una carcajada.
—No te rías de mi nombre —dijo con una sonrisa.
—Está bien, tú ganas. Solo quería que me dieras un beso, pero ya da igual. Suéltame.
—¿Un beso? ¿Solo uno? ¿Por qué debería besarte?
—¡Ay, deja ya de preguntar!
—Pues dime la verdad y no preguntaré más.
—Enséñame a besar.
—¿Cómo? ¿Me lo estás diciendo en serio?
—¿Quieres dejar de preguntar? Sí, te lo estoy diciendo en serio. Nunca he besado de verdad, solo me he dado algún que otro piquito, y aquel día, cuando me besaste…
—Julia, si te beso, no podré parar. Querré más, mucho más.
—Si me besas, te daré mucho más.
—Julia… no sabes lo que dices.
—Por favor, Saúl. Tengo veinticuatro años. Quiero saber qué se siente con todas esas cosas.
Me miró acariciándome una mejilla. Ese simple gesto hizo que me estremeciera.
—Esto no funciona así, Julia.
—Pues haz que funcione, maldita sea.
Me besó. Primero fue un beso corto, suave, lento. No podía apartar mis ojos de los suyos.
Al separarse, suspiré, cosa que hizo que riera. Me cogió de la mano y me llevó a la habitación.
—No quiero que tu primera vez en todo sea en un sofá.
—No me habría importado.
—Créeme, sí te habría importado. Y ahora cállate de una vez.
Me quitó la ropa mientras seguía besándome. Cuando me dejó en ropa interior, se separó de mí para mirarme de arriba abajo.
—Eres preciosa —me dijo acercándose.
Volvió a besarme. Mientras nuestras lenguas se encontraban, él fue desabrochándome el sujetador y llevándome hacia la cama.
Besó todo mi cuerpo. Sus manos lo recorrieron despacio, y mi piel reaccionaba a cada caricia, a cada beso.
—Saúl, quiero que…
—Shh, no tengas prisa. Este es un momento que recordarás toda tu vida.
Iba a contestar, pero me tapó la boca con otro beso. Noté cómo una de sus manos bajaba hacia mis partes íntimas.
—Mira cómo estás. —Pasó dos dedos por mi humedad y acto seguido los llevó a mi boca—. Ahora me toca a mí saborearte.
Fue bajando hasta llegar a mi vulva. Lamió, succionó, mientras metía dos dedos dentro de mí. Seguía lamiendo y moviéndolos cada vez más deprisa, hasta que noté cómo el orgasmo me atravesaba entera.
No esperó. Me abrió de piernas y, muy suavemente, fue penetrándome poco a poco.
—Esto dolerá un poquito —me dijo—, pero se pasará rápido.
—Eso espero, aunque con lo que tienes ahí colgando no sé yo.
Reímos.
Fue despacio hasta que noté ese dolor del que toda mujer hablaba. Se quedó quieto, mirándome.
—¿Bien? —preguntó dándome un beso.
—Bien.
Empezó a moverse, primero con cuidado y después cada vez con más intensidad. Me manejaba como si supiera exactamente lo que necesitaba, y no me importó, porque estaba haciendo que sintiera cosas que jamás imaginé.
Cada vez me embestía con más fuerza, haciéndome gritar mientras volvía a correrme. Él no duró mucho más. Cuando notó que iba a correrse, salió de mí para vaciarse en mi barriga.
—Lo siento —me dijo—. No tengo condones.
—No lo sientas —le dije mojando un dedo en su semen para llevarlo a mi boca—. Mmm, me gusta —le dije relamiéndome.
—Joder, Julia, no hagas eso.
—¿Por qué? Está bueno.
Soltó una carcajada mientras me llevaba a la ducha.