Una vida de engaños Capítulo 23
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Capítulo 23

Saúl

—Se acabaron las tonterías. Te vienes conmigo y no hay más que hablar.

Entré en la habitación antes de que pudiera cerrarme la puerta en las narices. Julia dio un paso atrás, cruzándose de brazos.

—¿Perdona? ¿Ahora también das órdenes?

—Cuando te empeñas en ponerte en peligro, sí.

—No me voy a ir contigo.

—Sí, Julia. Vas a hacerlo.

—Pues vas listo.

Fui hacia ella y le cogí la bolsa que tenía en la mano. No tiré de ella, no quería asustarla más de lo que ya estaba, pero tampoco pensaba dejarla allí.

—Recoge tus cosas.

—No eres nadie para decirme lo que tengo que hacer.

—Ahora mismo soy el único que está intentando sacarte de aquí antes de que Sandro te encuentre.

—Qué considerado por tu parte, curita de pacotilla.

Apreté la mandíbula.

—No me llames así.

—Te llamo como me da la gana.

—Julia…

—¿Qué? ¿También me vas a confesar eso?

La miré. Estaba enfadada, sí, pero también nerviosa. Se le notaba en la respiración, en la manera de sostenerme la mirada y en cómo apretaba los dedos contra la tela del vestido.

—No sigas por ahí —le advertí.

—¿Por qué? ¿Te molesta?

—Me molesta que utilices eso para defenderte de mí.

—No me estoy defendiendo.

—Claro que sí.

Me acerqué lo justo para que dejara de fingir. Ella levantó la barbilla, desafiante, pero no se apartó.

—Estás deseando que me vaya —dijo.

—No. Estoy deseando que dejes de ponérmelo tan difícil.

—Pues vete.

—No puedo.

—Sí puedes.

—No quiero.

Aquello la desarmó un segundo. Solo uno. Lo suficiente para que bajara la mirada a mi boca y volviera a subirla demasiado deprisa.

Joder.

Me separé antes de hacer una estupidez. Me fui hacia la ventana y abrí el balcón para que entrara el aire. Necesitaba respirar, porque esa mujer conseguía que perdiera la cabeza con una facilidad peligrosa.

—Recoge tus cosas —repetí sin mirarla—. Nos vamos.

La escuché refunfuñar a mi espalda. Luego, el sonido de la cremallera de la bolsa.

—Eres insoportable —murmuró.

—Y tú una inconsciente.

—Mentiroso.

Me giré despacio.

—Eso ya lo sé. Y también sé que tengo muchas cosas que explicarte, pero no aquí.

—¿Por qué tendría que creerte?

—Porque, aunque me odies ahora mismo, sabes que no voy a dejar que te pase nada.

No contestó.

Y ese silencio, por primera vez desde que había entrado en la habitación, sonó a rendición.

Me quedé junto al balcón, respirando hondo. Esa mujer me estaba volviendo loco y eso era un problema para mí. Ya lo había pasado mal una vez en la vida y no quería que volviera a suceder.

No sabía qué pensaría mi hermano de lo que tenía planeado con ella, pero había algo que tenía claro: no se la podía entregar a su padre.

Tampoco podía avisar a su madre, porque las técnicas que utilizaba Sandro para hacer hablar a la gente no eran muy buenas que digamos, y a Anabel se le notaría enseguida que estaba ocultando algo.

Todo se estaba poniendo cada vez peor, no solo para ella, sino también para mí. No me preocupaba lo que pudiera pasarme, pero sí lo que él pudiera hacerle a Julia.

—¿Te gusta lo que ves, curita de pacotilla?

La miré de reojo. Seguía metiendo ropa en la bolsa, pero tenía esa sonrisa provocadora que me sacaba de mis casillas.

—No me llames así.

—Te llamo como me da la gana.

—Para haber estado en un convento, eres muy malhablada.

Se paró en seco.

—Además de cura de pacotilla, eres gilipollas.

—Julia… deja de insultarme.

—Tú no eres nadie para decirme lo que tengo que hacer. Te insultaré las veces que hagan falta.

—Pensé que estaba tratando con una chica joven, pero veo que me he equivocado. Estoy tratando con una niña de doce años. Te espero abajo.

Salí de la habitación con un cabreo monumental. No iba a tolerar que estuviera insultándome a cada momento. Si ella quería comportarse como una cría, que lo hiciera, pero que no me faltara al respeto.

Mientras esperaba a que bajara, llamé a mi hermano.

—Dime, Saúl.

—Estoy harto de esto. En cuanto la deje con Carmen, me voy.

—¿Pero qué ha pasado?

—Me desespera. No voy a consentir que me insulte a cada momento.

—Espera, espera, no corras tanto. No la puedes dejar sola.

—Pues que coloquen a otra persona. Hablaré con su padre.

—Saúl, ¿tú te estás escuchando?

—No la soporto.

—Ja, ja, ja. Eso suena a «me gusta demasiado».

—Eso suena a que es una caprichosa y malhablada.

—Piénsalo antes de tomar una decisión.

—Te dejo, que ya se ha dignado a bajar.

Vi cómo iba a la recepción a pagar y se despedía del matrimonio.

—Ya nos podemos ir —me dijo pasando por mi lado.

No le contesté. Salí fuera y me puse a su altura.

—El coche está ahí enfrente.

Me coloqué delante de ella, le quité la bolsa de la mano y crucé la calle hacia el coche.

Metí la bolsa en el asiento de atrás y me monté, esperando a que ella entrara.

Esperé a que se colocara el cinturón de seguridad para arrancar y salir de allí cuanto antes. Tenía prisa por llegar.

No articulé palabra. Puse la radio y me concentré en la conducción.

—¿Qué pasa, que no piensas hablarme? —me preguntó cuando llevábamos un rato en la carretera.

No contesté. No por maleducado, sino porque me conocía y sabía que, si le decía algo, acabaríamos enzarzados en una discusión por el cabreo que tenía.

De vez en cuando la miraba por el rabillo del ojo. A ratos tarareaba una canción y a ratos miraba el móvil.

Entramos en el pueblo y vi cómo se ponía recta, mirando por la ventana. Si yo tenía ganas de llegar, me imaginaba que ella también.

Cuando llegamos al piso, no esperó ni a que apagara el motor. Se bajó sin decirme nada.

Me quedé mirándola sin salir del coche. Quería ver si me esperaba o entraba directamente sin mí.

Eligió la segunda opción, cosa que me dio igual. De todas maneras, tendría que aguantarme un poco más.

Bajé del coche con toda la tranquilidad del mundo. No tenía prisa o, más bien, quería darle espacio para que despotricara a gusto de mí, pues sería lo primero que haría.

Entré en el portal. Al menos había tenido la delicadeza de dejarlo abierto. Subí las escaleras y entré en el piso. Me quedé un segundo parado: Carmen le estaba dando la del pulpo.

—No me vuelvas a hacer esto, Julia.

—No he hecho nada.

—¿Que no has hecho nada? —le preguntó—. Tenerme preocupada.

—Es mi vida —contestó en un tono desafiante.

—Hola —dije mirando a mi hermano.

—Hola, Saúl —me contestó Carmen.

—Saúl, tenemos que hablar —me dijo mi hermano.

—Tú dirás, pero si es lo que pienso, mi respuesta es no.

—No puedes echarlo todo a perder por una cabezonería.

—Estoy cansado. Esto es una pérdida de tiempo.

—¿Eso es lo que soy para ti? ¿Un estorbo?

—Yo no he dicho eso. He dicho que estoy cansado.

—Has dicho que esto es una pérdida de tiempo, y viene a ser lo mismo.

Vi el brillo de sus ojos antes de que se metiera en su dormitorio. Me sentí mal por ella. No quería que se sintiera así, pero que no cooperara me llevaba a los demonios.

—Voy a hablar con ella —dijo Carmen.

—Te has pasado, hermano.

—Tal vez, no lo sé, pero te juro que ahora mismo no le aguanto ni un suspiro.

—Te has enamorado.

—No. No me he enamorado.

—Tu cara no dice lo mismo. No te veía así desde aquella vez.

—Cállate. Aquella vez está muerta y enterrada.

—Nunca has hablado de ello.

—Ni lo haré.

Había cosas de mi vida que solo sabían mi madre y mi hermano, y no quería recordarlas. Juré que esa etapa quedaría enterrada para siempre, y no pensaba desenterrarla.

Estuve hablando con mi hermano de los pasos a seguir contra Sandro. Habían descubierto que no solo se dedicaba a la falsificación de cuadros, sino que también blanqueaba en sus empresas dinero procedente de la droga.

—Este tío tiene a mucha gente de su lado. Me preocupa que parte de la policía italiana le esté guardando las espaldas.

—¿Tienes en quién confiar? —le pregunté.

—Sí. También sabemos quién le baila el agua. Está todo controlado.

—Quiero tomarme unos días.

—No puedes hacer eso.

—Necesito unos días o me volveré loco. No puedo estar al lado de esa mujer.

—Te gusta, por mucho que lo quieras negar.

—Me saca de quicio, que no es lo mismo.

—Te gusta.

—¿Qué hay de Susana?

—Saúl, no hay nada. Te lo dije. Por eso no la he traído conmigo aún.

—Chicos —nos llamó Carmen—, no sé vosotros, pero yo me muero de hambre. Julia dice que pasa de cenar con este. —Me señaló con el dedo.

—Tranquila, que yo ya me marcho.

—De aquí no se va nadie. Bueno, sí: yo con tu hermano.

—¿Cómo que te vas?

—Pensaba contarlo en la cena. Nos gustamos y quiero conocerlo mejor. Yo me voy con él y tú te quedas con Julia.

—No, no, a mí no me podéis hacer eso. —Salió gritando del dormitorio—. Yo con este no me quedo sola.

—Mira, Julia —le dijo Carmen—, me he metido en líos por ti. No te lo estoy reprochando, sabes que lo haría mil veces, pero creo que me merezco poder estar con él.

—Tranquila, si no quieres estar conmigo bajo el mismo techo, no lo harás. Alejandro, puedes llamar a Susana y que se venga ya. Yo me voy.

—No puedes. Si te vas, él me encontrará.

No sabía cómo interpretar esas palabras. Esa mujer me había desestabilizado por completo.

Me quedé mirándola y vi cómo las lágrimas asomaban a sus ojos.

—No llores. Me quedaré, pero te pido, por favor, que hagas todo lo que yo te diga.

—De eso nada. Tú harás lo que yo te diga.

—Julia.

—Saúl.

—Madre mía, vaya dos —dijo Carmen sonriendo—. Que os den morcillas. Alejandro, vamos a cenar. Ya se sentarán cuando dejen de decir tonterías.