Capítulo 22
Julia
—Eh, para el carro, chaval. Tú no me llevarás a ninguna habitación. Bueno, rectifico: yo no voy contigo a ninguna habitación.
—Julia, por favor, no des un espectáculo.
—¿Perdona, nos conocemos? —le dije dando un sorbo a la botella que llevaba—. No, no nos conocemos. Mejor así.
—No deberías beber más.
—Ni tú decirme lo que tengo que hacer.
Seguí andando hacia mi habitación. Estaba deseando llegar, porque cada vez me costaba más trabajo andar.
Noté cómo se me doblaban las rodillas y, en ese momento, creo que no fui consciente de lo que me pasó.
Al abrir los ojos creí que me moría. El sol entraba por la ventana. Fui a levantarme, pero un dolor de cabeza hizo que volviera a dejarme caer sobre la almohada.
Levanté las sábanas y vi que estaba desnuda. No recordaba haberme quitado la ropa, pero sí recordaba haber comprado un pijama para ponérmelo.
Oí una puerta. Al principio no le di importancia, pero después recordé que estaba sola.
—¿Quién anda ahí? —pregunté asustada—. Tengo un arma, aviso.
—Pues sácala, apunta y dispara.
—Reconocería esa voz hasta en el infierno —dije cabreada—. Claro que ahí es donde vas a ir tú.
Soltó una carcajada.
—¿Hasta cuándo vas a seguir enfadada conmigo?
—Hasta que me muera. Y en mi otra vida también.
—Tenemos que hablar, Julia.
—No tenemos que hablar, Saúl.
—Dame la oportunidad de explicarme.
—No te voy a dar nada.
Eché la sábana hacia atrás y me senté en la cama, agarrándome la cabeza.
—No hagas eso.
—¿Que no haga qué? —Sabía perfectamente a lo que se refería.
—Tápate o no respondo.
—¿Qué pasa, cura? ¿No lo has visto ya antes?
—No como tú piensas. Tuve que hacerlo para ducharte. Vomitaste nada más entrar en la habitación.
—Sí, claro, cuéntame otra de miedo —le dije pasando por su lado.
—Si no me crees, pregúntale a la mujer del dueño. Fue ella quien limpió todo el desastre y me ayudó a ducharte.
—Me estás mintiendo.
—No lo estoy haciendo.
—No te creo.
—Ese es tu problema. Voy a pedir el desayuno.
Salió de la habitación mientras yo me quedaba con una sonrisa de satisfacción.
Saqué ropa de la bolsa y me metí en la ducha. Abrí el grifo y esperé a que el agua saliera a la temperatura que me gustaba.
Mientras me duchaba, pensaba si todo lo que me había dicho Saúl era verdad o solo quería hacerme sentir mal. Lo cierto era que yo no me acordaba de nada.
La ducha me sentó de lujo. Estaba como nueva, con un leve dolor de cabeza, pero seguro que a lo largo del día se me iría pasando.
Me puse un vestido que me había comprado el día anterior. Era largo, sencillo y con un buen escote. Me peiné un poco con los dedos; al tener el pelo rizado, no me esmeraba mucho, la verdad.
Me senté a esperar que me trajera el desayuno. Me sentía mal por haberme emborrachado y, al mismo tiempo, agradecida de que Saúl me hubiera encontrado y hubiera cuidado de mí.
Entró sin decir nada y dejó el desayuno encima de la mesa. Traía dos cafés, zumos y dos tostadas con mantequilla y mermelada.
—No sabía qué querías para desayunar.
—Esto está bien, gracias.
—Tenemos que hablar, Julia. Y de muchas cosas.
—Mira, Saúl, no me interesa nada de lo que tengas que decirme. Vamos a desayunar en paz y después te vas.
—No voy a irme sin ti.
—Y yo no te quiero cerca de mí.
—¡Qué cabezota eres!
—Y tú, qué mentiroso.
Soltó una carcajada.
—No tiene gracia, pero ninguna.
—Lo sé, no me río por eso. Me río por la cara que has puesto al decírmelo.
No le dije nada. Le pegué un bocado a mi tostada, que me supo a gloria, porque, si mi memoria no me fallaba, no había cenado nada.
—Solo quiero saber una cosa.
—¿Y qué es esa cosa?
—¿Por qué tuviste que mentirme?
—No tuve más remedio. Tu padre me obligó.
—¿Cuál de ellos? —le pregunté.
Me miró sorprendido.
—No me mires así. Ya sé que Sandro no es mi padre, y menos mal.
—¿Quién te lo ha contado?
—Eso no importa. Contesta a mi pregunta.
—Ya lo hice.
—No del todo. Tu respuesta tiene alguna laguna, y no precisamente pequeña.
Rio.
—Yo no le veo la gracia. Termina tu desayuno y te vas.
—Y tú conmigo.
—Una de dos: o eres sordo o tonto.
—No me insultes. Ni una cosa ni la otra.
Lo miraba y me preguntaba cómo sería besar a ese hombre, pero en condiciones, no como la otra vez. Me moría por hacerlo de verdad.
Su teléfono sonó. Salió hacia el balcón. Juro que no quería escuchar, pero fue superior a mí.
—Hola, Ana —saludó a la persona que estaba al otro lado del teléfono—. ¿Ha pasado algo?
Vi cómo su semblante fue cambiando. Apretó la mandíbula y también el puño que le quedaba libre.
—¿De verdad está bien? ¿No me estarás engañando?
¿De quién estarían hablando? Lo que tenía claro era que, fuera quien fuera, Saúl estaba muy cabreado.
—¿Pasa algo, curita? —cuando dije eso me miró con mala cara—. ¿Te han excomulgado por mentiroso?
—Cállate de una puta vez, Julia. No tienes ni idea.
—Pero bueno… Vete de aquí. Sal ahora mismo de mi habitación o llamo a la policía.
—No digas tonterías. Termina, que nos vamos al pueblo. Carmen está muy preocupada.
—Ahora la llamaré. No te preocupes por eso.
—Julia.
—Saúl. —Me levanté de la mesa.
—No me lo pongas más difícil, por favor —me dijo acercándose a mí.
—No te pongo las cosas difíciles, pero… ¿y si fuera así, qué pasaría?
—No me pongas a prueba, Julia.
Me agarró de los brazos y me atrajo hacia él.
—¿Y si no, qué?
Me pegó a su cuerpo y se quedó mirándome.
No podía articular palabra. Tenerlo tan cerca me dejó muda. Lo miré, pero no pude descifrar lo que decían sus ojos.
—Tienes dos horas antes de que nos vayamos. Por las buenas o por las malas. Tú decides.
—¿Me estás amenazando?
—Tómatelo como quieras, pero no pienso estar detrás de ti todo el tiempo. Y me da igual lo que diga tu padre.
—No es mi padre.
—Dos horas.
Salió pegando un portazo. ¿Qué sería lo que le habían dicho por teléfono? Él nunca me había hablado de esa manera.
Me encogí de hombros y me senté a terminar de desayunar. Ya veríamos si me iba con él o no. Si me iba, se saldría con la suya; si me quedaba, estaba segura de que me arrepentiría.
Encendí mi teléfono. Tenía que hablar con Carmen. Pensé en mandarle un mensaje, pero preferí llamarla, aunque también temía sus gritos.
—Hombre, apareció la desaparecida en combate. ¿Dónde coño andas?
—Hola, Carmen. Yo también me alegro de escuchar tu voz.
—Joder, Julia, me tenías muy preocupada. ¿Estás bien?
—Sí, no te preocupes. Estoy asimilando algunas cosas.
—Dilo. Esas cosas tienen el nombre de Saúl, ¿me equivoco?
—No sé de lo que me hablas… Aunque aquí lo tengo dándome dolor de cabeza. Quiere que me vaya con él.
—Deja de hacerte la diva y vente ya. Te tengo que contar algo.
—Me lo puedes contar por teléfono.
—Sí, hombre, para que nos esté escuchando alguien y se enteren de todo.
—Madre mía, Carmen, estás como un cencerro oxidado.
Soltó una carcajada.
—Te dejo, que el hermano de tu dolor de cabeza me está esperando.
Me quedé mirando el teléfono cuando me colgó. Desde el primer día me di cuenta de que entre esos dos había algo. No me pasó desapercibida la manera en que se miraban el uno al otro.
Si Alejandro se la comía con los ojos, Carmen no se quedaba atrás.
Solté el teléfono en la mesa y fui hacia la puerta. Al abrirla, me encontré a Saúl con el brazo levantado y el puño cerrado.
—Casi te doy en la cara —me dijo pasando.
—Adelante, puedes pasar.
—Julia, vámonos de aquí. Tu padre te está buscando.
—¿Cuál de los dos?
—Los dos, pero el que me preocupa es el que te ha criado. Fuiste muy lista cuando lo viste.
—Siempre lo fui, pero no me dejaron demostrarlo mucho.
—Demuéstramelo a mí. Vente conmigo.
—No sé qué hacer. Me llevarás con él.
—No. Te llevaré conmigo.
Me di la vuelta y lo miré.
—¿Lo dices en serio, Saúl? ¿O es otra mentira?
—Te estoy diciendo la verdad. Vente conmigo. Tenemos muchas cosas de las que hablar, pero no aquí.
—Está bien, pero como me dé cuenta de que me estás mintiendo, te pesará toda tu vida.
—No más mentiras. Siempre te diré la verdad.
—Júramelo.
—Eso son cosas de niños, Julia.
—Eso son cosas de niños, Julia —lo remedé.
—Y, por lo que veo, tú eres así.
—¿Me estás llamando niña?
Asintió con la cabeza y una sonrisa.
—Pues, para ser una niña, bien que me miras como si fuera una mujer.
—Ja, ja, ja. Bueno, ¿te vienes o te quedas?
—Me quedo.