Una vida de engaños Capítulo 21
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Capítulo 21

Saúl

Me quedé mirando el teléfono. Me había colgado y no sabía dónde estaba. Necesitaba saberlo. No estaba bien, lo noté en el tono de su voz, y eso me rompió por dentro.

Necesitaba contarle la verdad. No podía seguir callando lo que sentía por ella desde el primer día que la vi en aquel convento.

Julia no era cualquier mujer. Era frágil, dulce, una mujer que se había perdido media vida dentro de ese convento.

Aún me preguntaba cómo un hombre podía privar de libertad a una mujer de esa manera. Pensar que se había perdido su adolescencia, que no había podido disfrutar con sus amigos, sinceramente, me hervía la sangre.

Le dije a mi hermano que se fuera con Carmen. Yo me quedaría en Nápoles y aprovecharía para ver si, por casualidad, lograba dar con ella.

Me senté a comer algo. No había probado bocado desde el desayuno y mi estómago ya se estaba resintiendo. Mientras comía, miré en el móvil dónde podía quedarme, porque hasta que no apareciera no pensaba moverme de la ciudad.

Mi teléfono sonó y, cuando vi el nombre de Sandro, supe que no me iba a gustar lo que fuera a decirme.

—¿En qué puedo ayudarte?

—Julia ha estado aquí —dijo gritando—. Espósito, no estás haciendo bien tu trabajo.

—¿Cómo que ha estado ahí? No lo entiendo.

—Ella misma me buscó, pero, por desgracia, he tenido que dejarla ir.

—¿La has dejado ir? ¿Pero no querías encontrarla?

—Ha sido muy lista. La estaban esperando. Si no volvía, vendrían a buscarla con la policía.

—¿Y qué quieres que haga yo? La bola de cristal se me rompió hace tiempo.

—No me toques los cojones, Espósito, y encuéntrala. Y te lo advierto: ya lo sabe todo. Sabe que no eres cura. Mucho ojo con tocarle un pelo.

—Sabe que no soy cura —repetí.

—Idiota, eso ya lo sé yo. Te lo repito: ni se te ocurra tocarla. Búscala y tráemela.

Otro que me colgaba. Hasta los cojones estaba ya de que me colgaran el teléfono.

Se me había atravesado el bocadillo, tanto que no fui capaz de comérmelo entero. Tenía que averiguar dónde estaba Julia. Ahora sí que estaba preocupado.

Pensé en su nana. Quizá ella pudiera saber dónde estaba, pero no tenía su número. Para eso debería llamar a su madre y no quería preocuparla.

Decidí llamar a mi hermano.

—Dime, Saúl —me dijo nada más descolgar.

—Necesito que Carmen llame a Julia y averigüe dónde está, pero ya.

—¿Crees que no lo he intentado? —La escuché decir de fondo—. No me coge el teléfono.

—Estoy en manos libres.

—Ya me lo he imaginado. Carmen, necesito tu ayuda. Tengo que encontrarla.

—No sé dónde puede estar. Si lo supiera, te lo diría.

—Si al menos tuviera una maldita pista de dónde buscarla —dije más para mí que para ellos.

—Saúl, voy a intentarlo otra vez. De todas maneras, te voy a mandar tres sitios donde ella tenía pensado quedarse cuando llegamos a Nápoles.

—Gracias, Carmen. Es de vital importancia.

—Suerte, hermano.

—Gracias.

—Encuéntrala, por favor —me pidió Carmen—. Estará muerta de miedo, la conozco muy bien.

—No descansaré hasta dar con ella, te lo prometo.

Colgué el teléfono y esperé a que Carmen me mandara esos tres sitios. Cómo me hubiera gustado ponerle un localizador en el teléfono. Si la encontraba, sería lo primero que haría.

Me entró un mensaje de mi hermano.

Alejandro: Alma Adri In Naples y Mergellina Resort. Siento decirte que el otro no lo recuerda.

Saúl: Gracias. Espero tener suerte en uno de esos dos. De todas formas, que piense en el otro, por favor.

El tiempo corría más de lo que me habría gustado. Busqué las direcciones de cada uno para empezar por el más cercano.

El primero estaba a quince minutos andando de donde yo me encontraba. No lo pensé. Entré a pagar lo que había consumido y salí como alma que lleva el diablo.

Los quince minutos se me hicieron larguísimos. Parecía que no avanzaba. Iba sorteando a todo el que caminaba delante de mí hasta que llegué a la primera dirección.

Entré y pregunté a una chica que había detrás del mostrador.

—Hola, buenas tardes. Casi noches —le dije con una sonrisa.

—¿En qué puedo ayudarle? —me preguntó, también con una sonrisa.

—Necesito que me diga si esta chica se aloja aquí. —Le enseñé una foto.

—Lo siento, pero no puedo darle esa información.

—Lo sé y lo entiendo, pero créame que es muy urgente.

—Ya le he dicho que no puedo darle esa información.

—Le repito que es muy urgente. Un familiar está muy grave. —Tuve que mentir.

—Está bien, deje que mire. ¿Cómo se llama?

Me quedé un momento pensando, porque, si yo fuera ella, no habría dado mi nombre verdadero.

—Daniela Salvatierra Ortiz.

Vi cómo metía su nombre en el ordenador mientras yo me desesperaba.

—Lo siento, no hay nadie con ese nombre.

—Pruebe con Julia Santolaya Ordóñez, por favor —le pedí ante su asombro.

Los minutos pasaban, y lo que para ella parecía normal a mí se me hacía eterno.

—Nada. Aquí no hay nadie con esos nombres.

—¿Ha mirado bien?

—Señor… ¿Está insinuando que no hago bien mi trabajo?

—No, no, para nada. Perdone, es que estoy muy preocupado.

—Pues lo siento mucho, pero aquí no está. Espero que la encuentre pronto.

—Gracias.

Salí de allí mirando la otra dirección que me quedaba. Ojalá estuviera en la siguiente porque, como Carmen no se acordara de la otra, me veía recorriendo todas las pensiones de Nápoles.

Llegué al siguiente sitio y me quedé mirando la fachada. No estaba mal, pero en ese momento eso era lo de menos. Entré y me dirigí a un hombre que estaba regando una maceta.

—Hola, buenas —dije llamando su atención.

—Hola. ¿En qué puedo ayudarle?

—Verá usted, vengo desde España —que no era mentira— buscando a unas amigas y quería saber si se alojan aquí.

En eso sí mentí. Solo era una amiga.

—Pero yo no puedo darle esa información.

—Lo sé y créame que lo entiendo, pero es de vital importancia que las encuentre.

—Espero que no me esté mintiendo, joven. Deme un segundo, voy a soltar esta regadera por aquí.

Me dieron ganas de cogerla yo mismo, porque al pobre hombre le hacía falta que le pusieran ruedas en los pies.

La desesperación me estaba afectando un poquito. Solo había que ver mis pensamientos hacia aquel hombre, que seguro que bastante tenía ya con no tener las piernas más ágiles.

Vi cómo miraba en el ordenador y negaba con la cabeza. No podía creer que fuera a decirme que allí tampoco estaba.

—¿No se alojan aquí? —le pregunté, llamando su atención.

—Solo una —respondió.

Ahora sí que me estaba poniendo más nervioso todavía.

—Daniela Salvatierra Ortiz.

—¿Podría decirme su habitación?

—Lo siento, eso sí que no se lo puedo decir. Podría avisarla, pero ahora mismo no se encuentra en la habitación.

—¿Sabe usted dónde ha ido?

—Me vas a disculpar, pero no voy preguntando a la clientela dónde va o deja de ir.

—Lo siento, es que estoy muy nervioso. Llevo buscándola un buen rato.

—Esta juventud con la impaciencia.

Tuve que contener una carcajada.

—¿No decía que eran dos?

—Sí, claro, pero espero que esta sepa dónde está la otra.

Rio.

—Puedes esperarla en ese sofá. Te puedo asegurar que es muy cómodo.

—Gracias.

—De nada.

Volvimos a reír.

Me dirigí al sofá, me senté y cogí una revista. No es que me apeteciera leer nada, pero al menos me mantendría un poco distraído. Esa mujer y su familia me estaban dando dolores de cabeza. Y todo por culpa de mi hermano. Otra vez echándole la culpa cuando las cosas no me salían como quería.

Cuando apareciera, la sentaría en mi regazo y le daría unos buenos azotes. Solo pensarlo hizo que mi miembro se despertara, porque no podía negar que esa mujer me volvería loco en todos los sentidos. La deseaba como no había deseado antes a ninguna.

No sabía cuánto tiempo llevaba esperando cuando apareció aquel hombre con una bandeja en la mano.

—Toma, hijo. Seguro que tienes hambre, y no me digas que no, que mi mujer se enfadará.

—No se imagina cuánto se lo agradezco, porque la verdad es que tengo hambre.

—Pues aquí te lo dejo. Te vas a chupar los dedos con la pasta que hace mi mujer.

—Gracias, seguro que sí.

Me había traído una bandeja con un plato de pasta, un panecillo, una cerveza y un trozo de tarta de queso. El primer bocado me supo a gloria. En realidad, no sabía ni cuántas horas llevaba sin comer en condiciones.

Estaba terminando cuando una risa llamó mi atención. Levanté la vista hacia la entrada y ahí estaba ella. Y no podía creerme las condiciones en las que venía.

—Anda, pero si está aquí el cura de pacotilla. Ja, ja, ja.

—Estás borracha —le dije levantándome para ayudarla.

—Estás borracha —repitió imitando mis palabras.

—Eso ya lo he dicho yo. Ven, te llevaré a tu habitación.