Capítulo 20
Julia
Cuando salí de casa de mi nana, me sentí más perdida que nunca. Engañada, manipulada. ¿Cómo podían haber fingido tan bien?
Llegué hasta un parque y tuve que sentarme. Mi teléfono no dejaba de sonar. Qué pronto se había corrido la voz. Me habían llamado Alejandro, Carmen y Saúl. De este último tenía ocho llamadas.
No contesté a ninguno. Todos me habían mentido. Solo esperaba que mi única amiga no me hubiera fallado. Cuando me enteré de lo de Saúl, quise morirme. ¿Cómo había podido mentirme de esa manera?
Tenía que terminar con todo aquello. No iba a pasarme toda la vida huyendo por algo de lo que yo no tenía culpa ni había pedido. Y solo había una persona que podía poner fin a todo.
Cogí el teléfono y marqué ese número que no pensé que volvería a marcar en mi vida.
—Vaya, vaya, qué sorpresa —fue lo primero que me dijo al descolgar.
—¿Dónde estás? —le pregunté.
—¿Y tú?
—Yo he preguntado primero. Quiero verte.
—¿No te da miedo que te vuelva a encerrar si nos vemos?
—Ya me da igual lo que hagas conmigo. ¿Dónde estás?
—En mi casa.
Le colgué.
Jamás olvidaría dónde estaba aquella casa en la que una vez fui feliz. Tampoco olvidaría que hubo un tiempo en el que tuve un padre que me quería, que jugaba conmigo y me contaba cuentos antes de dormirme.
Paré un taxi, le di la dirección al conductor y le pedí que me llevara lo más rápido posible. Sabía que me lo jugaba todo, que quizá volvería a encerrarme, pero en ese momento ya nada de eso me importaba.
Según nos acercábamos, pensé en el hombre que me había confundido con mi madre. ¿Sería él mi padre? ¿Sabría algo de mí? Sentía la cabeza a punto de estallar.
—Señorita, ya hemos llegado —me dijo el taxista.
—Perdón, andaba distraída.
Le pagué la carrera y me despedí de él.
Me quedé parada ante la casa. Su jardín estaba perfectamente cuidado, tal como lo recordaba. Avancé hacia la puerta y llamé.
No tuve que esperar mucho. Una voz que no solo me daba asco, sino también miedo, me recibió al otro lado: Antón.
Entré empujándolo. No me costó demasiado, ya que no esperaba que actuara así.
—Vaya, pero si viene peleona la niña.
—Vete a la mierda.
—Cuida tus palabras, niña.
—Cuídate tú, pelele.
Vi a Sandro en la puerta de su despacho.
—Al final has venido tú sola a mí —me dijo.
—No te hagas ilusiones, Sandro.
—¿Ya no soy papá?
—¿Por qué? ¿Qué culpa tengo yo? —pregunté sin saludarlo.
—Directa al grano. Pareces, hija mía. —Soltó una carcajada—. Lástima que no lo seas.
—Contéstame y déjate de tonterías. No tengo todo el día.
Volvió a reír.
—A tu primera y segunda pregunta, la respuesta es muy sencilla —me dijo—: haber nacido.
Cuando escuché esas palabras, me quedé sin habla.
—Te he querido como a un padre. Me has querido como a una hija. ¿Qué ha cambiado?
—Que no llevas mi sangre.
Vino hacia mí, pero no retrocedí.
—Eso no tiene nada que ver. Padre no es el que engendra, sino el que cría.
—Te quería como un padre puede llegar a querer a una hija. Eras mi princesa. Estaba deseando llegar a casa para poder disfrutar de ti y de tu hermano —me dijo sirviéndose una copa—. ¿Quieres una?
—Eras un buen padre —le dije ignorando su pregunta—. Yo estaba deseando que llegaras a casa para que jugaras conmigo.
—Cuando me dijeron que no eras mi hija, el mundo se me vino a los pies. Y mi manera de castigar a tu madre fue tenerte encerrada toda tu vida.
—Castigando a mi madre, me castigabas a mí. Yo no tengo culpa de nada.
—Puede ser, pero contigo encerrada, tu madre seguiría unida a mí.
—Dime algo, por favor, y te pido sinceridad.
—Ya me da igual. ¿Qué quieres saber?
—¿Alguna vez me has querido?
—Mucho más de lo que te puedas imaginar. Lo mismo que a tu madre, pero me engañó.
—No es justo. Yo no tengo culpa de vuestras malas decisiones.
—Hay tantas cosas que no son justas, Julia.
—¿Pensabas tenerme encerrada de por vida?
—Sí. Hasta que tu madre dejara de respirar.
—Eres la peor persona que he conocido en mi vida.
—Las hay peores que yo, créeme.
—¿Qué pinta Saúl en todo esto? ¿Por qué se hizo pasar por cura?
—Julia, mírate. Eres guapa. Cualquier hombre querría estar contigo, y de esa manera ni tú ni él podríais hacer nada.
—¿Pero por qué? Eso no es una respuesta. Os habéis encargado de joderme la vida entre unos y otros. Una última cosa: ¿mi padre sabe de mí?
—No tengo nada más que hablar contigo —me dijo—. Pero ya que estás aquí… Antón, ven.
—No sé para qué lo llamas.
—Para que haga lo que lleva mucho tiempo queriendo hacer: hacerte suya. Serás su mujer y le darás hijos.
—Ja, ja, ja. Vosotros dos habéis visto demasiadas películas.
—¿Cómo te atreves a reírte de mí?
Me soltó una bofetada.
—Llévatela y hazla gritar como tú sabes, Antón.
Soltó una carcajada.
—Espera. No corráis tanto.
—¿Qué pasa ahora?
—Que si dentro de media hora no estoy en la estación, la policía se presentará en esta casa. No pensarías que iba a venir así como así.
—Ja, ja, ja. Julia, tengo media comisaría comprada.
—Lo sé, pero se te olvida que la otra media está con la española buscándote.
Cuando le dije eso, su cara cambió. Antón me tenía cogida del brazo y cada vez apretaba más.
—Suéltala.
—Pero me prometiste que sería mía.
—Pero no en este momento. No quiero tonterías.
—¿Es que no lo ves? Va de farol.
—No pienso arriesgarme, y no creo que tú quieras hacerlo. De momento, esto se queda así.
—Más te vale dejarme en paz y hacer como si no hubiera existido.
—No me amenaces, niñata —me dijo—. Antón, suéltala.
Me soltó con un empujón y dejé escapar el aire que ni siquiera sabía que tenía retenido.
Salí por la puerta sin mirar atrás. ¿Y ahora qué? ¿Adónde se suponía que iba a ir?
Tenía claro que no pensaba volver al pueblo, pero, si me quedaba en la ciudad, tampoco tenía ningún sitio al que acudir. De momento, buscaría una pensión donde pasar la noche.
Podría llamar a Carmen, pero sabía que, si lo hacía, acabaría avisando a Saúl, y él era la última persona a la que quería ver.
Seguí caminando. Me compré un bocadillo y busqué alojamiento en el móvil. Tenía un montón de mensajes y llamadas, pero no pensaba contestar a nadie.
Pensé otra vez en Saúl, en la manera más vil en que me había engañado y en cómo había confiado en él. Nunca me había enamorado de nadie, pero, por lo que Carmen me había explicado, aquello debía de ser lo que me pasaba.
Entré en unos grandes almacenes a por un pijama y algo de ropa para los próximos días, porque no sabía cuánto tiempo me quedaría en la ciudad.
Llegué a la pensión. Nada más entrar, me recibió un olor a lavanda que me dio una paz inesperada. En el mostrador había un chico leyendo un folleto.
—Hola, buenas. Soy Daniela Salvatierra. He llamado hace un rato para reservar una habitación.
—Un momento, por favor.
Lo vi mirar en el ordenador.
—Aquí está. Por esa escalera, a mano derecha.
—Gracias.
Subí por donde me había indicado. Lo primero que hice fue poner el teléfono en silencio y dejarlo cargando con el cargador que había comprado.
Lo segundo fue darme una ducha. Lo necesitaba.
Cuando salí, mi teléfono estaba sonando. Vi el nombre de Saúl en la pantalla.
Pensé en no cogerlo, pero sabía que no iba a parar de llamar.
—¿Qué es lo que quieres?
—¿Dónde estás, Julia?
—Eso a ti no te importa. Déjame en paz, Saúl. Te lo digo de verdad, no quiero saber nada de ti.
—Tenemos que hablar. Dime dónde estás.
—No voy a decirte dónde estoy porque no vamos a hablar de nada. Eres un mentiroso. Te has reído de mí en mi cara.
—Todo tiene una explicación. Por favor, Julia, dime dónde estás. Tengo algo muy importante que contarte.
Me quedé pensando por un momento. ¿Qué sería eso tan importante que tenía que contarme? ¿O me estaba mintiendo otra vez?
—Julia, ¿me estás escuchando? Déjame explicarte.
—No. No quiero saber de ti, Saúl. Me siento engañada. Te has reído de mí en mi cara.
—Te juro que no.
—¿Ah, no? ¿Y por qué no me dijiste que eras tú el que me había confesado?
—Porque no quería hacerte sentir mal.
—Ahora lo sabes.
—Julia, por favor, dime dónde estás.
—Lo siento, Saúl, pero no puedo —le dije con la voz quebrada.
—Julia, ¿estás llorando?
No le contesté. Simplemente colgué.
Me moría de ganas de estar con él. No era cura, era un hombre como cualquier otro, y era mi hombre.