Una vida de engaños Capítulo 19
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Capítulo 19

Saúl

Aquellas palabras se repetían una y otra vez en mi cabeza: «No quiero nada de ti». No eran las palabras en sí, sino el tono con el que las dijo, lleno de rabia y odio.

Desde ese día no nos habíamos vuelto a ver. Sabía de ella por mi hermano, ya que se veía con Carmen todos los días.

Tenía que ir a Nápoles. Había algo importante que debía averiguar. En la carta que me dio la madre de Julia había un nombre y una dirección, y había llegado el momento de ir.

Mi hermano estaría pendiente de Julia, porque Sandro no tardaría en llegar a Nápoles y no quería que la pillara por sorpresa. Ana, por su parte, me iba informando de todo lo que pasaba en el convento. Aunque Julia ya no estaba allí, Sandro lo seguía frecuentando.

Eso no era buena señal, aunque, si partíamos de la base de que la madre superiora era su prima y sabía más de lo que nos quería hacer creer, tampoco me extrañaba. Demasiados cuadros en un convento.

Me monté en el coche. Yo no era como mi hermano: a mí me gustaba conducir. Lo que no me gustaba era no hacerlo. Metí la dirección en el GPS y me puse en marcha.

Estaba llegando a Nápoles cuando mi teléfono sonó.

—Dime, hermano.

—Tenemos un problema.

—¿Qué ha pasado? —le pregunté, sospechando la respuesta.

—Julia no está en la estación.

Oír eso me resquebrajó.

—¿Cómo que no está? ¿No habías quedado con ella?

—Bueno, le dije que nos veríamos aquí, pero llevo media hora esperando y aún no ha llegado. Esto no me huele bien.

—Búscala. Yo estoy llegando; iba a ver a Fabio.

—Saúl… Creo que lo sabe todo.

Por un momento me quedé callado. Aquellas palabras me dejaron helado.

—¿Cuánto es todo?

—No lo sé —me contestó.

—Alejandro, búscala. No quiero pensar que pueda pasarle algo.

—No sé por dónde empezar, Saúl.

—Dame un segundo y no me cuelgues.

Llamé a la persona que podía ayudarnos.

—Ana, necesito que me ayudes a entender algo.

—Hola a ti también, Saúl. Dime.

—¿Dónde se escondería Julia para que nadie la encontrara?

—¿Qué ha pasado?

—No lo sé, por eso necesito tu ayuda. No sabemos dónde puede estar.

—En una iglesia.

—¿En una iglesia? —pregunté sorprendido.

—Sí. Le gusta sentarse en un banco y mirar el altar. Lo que pase por su cabeza, eso ya no lo sé.

—Gracias. Ya te cuento.

Le colgué. No tenía tiempo para explicaciones.

—Alejandro, ¿sigues ahí?

—Sí, aquí estoy.

—Hay que buscar por las iglesias.

—Me cago en mi estampa. ¿Crees que sé dónde está cada maldita iglesia?

—No, pero te toca. Encuéntrala. Si lo hago yo, no querrá volver conmigo.

—Lo intentaré —me dijo.

—Lo harás.

Le colgué.

Desde que conocí a Julia, no me había dado más que dolores de cabeza. Y no solo por desaparecer cuando le venía en gana, sino por las ganas que tenía de tenerla entre mis brazos. Era muy difícil estar a su lado y no poder tocarla como quería.

Llegué a mi destino, pero no dejaba de pensar en ella. Ojalá, mi hermano, pudiera encontrarla pronto.

Me apoyé en el coche y miré la fachada de la casa.

Otro con dinero , pensé, y sonreí.

Llamé a la verja, pregunté por Fabio, esperé unos minutos y la verja se abrió.

Fui caminando, mirando a mi alrededor. No estaba nada mal, la verdad sea dicha. Césped y plantas muy bien cuidadas.

—¿Le gusta lo que ve? —me preguntó una voz de mujer.

—Me gusta. Todo está muy bonito y bien cuidado.

—Gracias. Me encanta la jardinería.

Frente a mí había una mujer que rondaría los setenta años, más o menos. Lucía el pelo blanco recogido, unos ojos azules y una sonrisa que me resultaban familiares.

—¿Cómo le puedo ayudar, joven?

—Venía a ver a Fabio Bianchi.

—Es mi hijo. Pasa, a ver si tú consigues que salga de ese maldito despacho. Mi muchacho no ha vuelto a ser el mismo desde que…

—Mamá, ya atiendo yo a este hombre.

—Lo consiguió, salió de su cueva.

—Mamá, por favor —le dijo Fabio, exasperado.

—Está bien, hijo, ya me voy. Espero que invites a este joven a comer.

—Por supuesto, mamá.

—Gracias, señora.

—Eleonora, hijo. Me llamo Eleonora.

Asentí.

—Yo soy Saúl.

Se dio media vuelta renegando de su hijo. Fabio soltó una carcajada y yo sonreí.

—¿En qué puedo ayudarte, Saúl?

—Es complicado. ¿Podemos hablar en otro lugar?

—Sí, claro. Acompáñame a mi despacho.

Lo seguí. Sabía, por la carta de Anabel, quién era aquel hombre y lo que había significado en su vida, pero una cosa era leerlo en un papel y otra muy distinta tenerlo delante. Ahora necesitaba saber si él conocía la existencia de Julia y, sobre todo, qué iba a hacer con esa verdad.

Entramos en la casa y vi que su madre nos miraba con una sonrisa en la cara. Le guiñé un ojo al pasar por su lado y sonrió todavía más.

Llegamos al despacho. Abrió la puerta y me dio paso.

—Me tiene intrigado —me dijo cerrando la puerta—. Tome asiento, por favor.

—Yo también estoy intrigado, y espero que usted me quite esta intriga que no me deja dormir.

—¿Quiere tomar algo?

—No, gracias. Voy a enseñarle algo que quizá le ayude a entender un poco.

Saqué la carta de Anabel y se la entregué a Fabio para que la leyera. Me sorprendió que, nada más empezar, su semblante cambiara. Se dejó caer en el sillón soltando un suspiro y terminó de leer.

—¿Dónde está?

—En España.

—¿Cómo le va? ¿Sigue casada con ese hombre? —me preguntó acercándose a la mesa.

—Sí, aún sigue casada con ese hombre.

—Me lo imaginaba. Tonto sería si la dejara, aunque sería mi oportunidad.

Se levantó y fue hacia una mesa donde había una botella de whisky . Se sirvió uno y volvió a sentarse.

—Yo sí necesito tomar algo. Quiero hacerte una pregunta y, por favor, quiero la verdad.

—Dígame.

—¿Mi hija está aquí?

—Sí, está aquí.

—¿Tienes alguna foto de ella?

Asentí.

Saqué mi móvil y busqué la foto que le había hecho un día sin que se diera cuenta. Le dejé el teléfono para que la viera.

—Es ella, es la misma —decía una y otra vez mirando la foto.

—No entiendo nada —le dije.

—Yo he visto a esta muchacha esta mañana.

—¿Cómo? ¿Dónde la ha visto?

—No muy lejos de aquí. De hecho, la llamé Anabel. Se parece tanto a ella…

—Ella está en Sorrento. Vino aquí a ver a su nana y desde entonces no sabemos nada.

—¿Qué la haría desaparecer?

Le conté todo: por qué se encontraba allí y lo que había hecho su supuesto padre con ella.

—¿Todo eso ha tenido que pasar mi hija? ¿Cómo se enteró de la verdad?

—No tengo constancia de ese dato, lo siento.

—Cuando mi madre sepa que tiene una nieta, me obligará a traerla a casa.

—Primero tenemos que hablar con ella. Aún no sabe nada, aunque estoy seguro de que ha debido enterarse de algo para desaparecer.

—¿Cómo? Yo la vi esta mañana.

—He mandado a mi hermano a buscarla en las iglesias.

—Muchacho, no le dará tiempo.

Me dijo que Nápoles era una ciudad con muchas iglesias y no sería fácil dar con ella.

—Tenemos que centrarnos en la zona de la estación y en casa de su nana. O mejor, vayamos a esa casa.

No se me había pasado por la cabeza ese detalle. Esa mujer estaba haciendo que perdiera facultades.

—Hijo —escuchamos a su madre al otro lado de la puerta—, ya podemos comer.

—Ya vamos, mamá. Démonos prisa, que nos deja sin el postre.

—Yo debería irme.

—¿Y dejar a mi madre con el plato puesto? Créeme, no te lo perdonaría.

Me reí por cómo lo dijo. Fabio me caía bien y haría todo lo posible por ayudarle a conocer a Julia.

Eleonora sabía cómo sacarle las cosas a su hijo. Al final, Fabio le contó la existencia de Julia y, en ese momento, me pidió por favor que le hablara de su nieta.

Me tiré toda la comida hablando de ella, de cómo era, de cómo la conocí y de lo mucho que le gustaban los niños.

—Hay que encontrar a mi nieta, Fabio —le dijo a su hijo.

—La encontraremos, mamá, no te preocupes.

—Tengo que irme. Muchas gracias por la comida.

—A ti por venir a contarme todo lo que me has contado. Ten mi tarjeta, puedes llamarme a la hora que sea.

—Gracias, así lo haré.

Salí de la casa con la esperanza de volver pronto, pero no solo. Había que encontrar a Julia y, cuanto antes lo hiciéramos, mejor para ella.

Mi móvil sonó. Era un mensaje de Sandro.

Sandro: Dentro de tres días nos vemos en Nápoles. Espero que tengas noticias de mi hija.

No le contesté. Guardé el teléfono en el bolsillo y me dirigí al coche. Cada vez odiaba más a Sandro Santolaya. Tenía ganas de que acabara pronto toda esa farsa para decirle cuatro cosas bien dichas a la cara.

Me monté en el coche y me quedé pensando, porque no sabía qué hacer ni adónde ir. Lo único que sí tenía claro era que tenía que encontrarla antes que Sandro.