Capítulo 18
Julia
Había pasado una semana desde que vi al padre Saúl. Una semana recordando ese beso que no debería haber pasado. Un beso que me supo a poco y que, aunque me costara reconocerlo, me gustó más de lo que debía.
Carmen me pidió perdón por la encerrona, pero me puse en su lugar y yo habría hecho lo mismo que ella. También me contó que el buenorro del cura, como ella lo llamaba, se quedó mal cuando me fui, y que Alejandro quería haber hablado conmigo.
Hoy iba a Nápoles. Había decidido ir a casa de Giovanna. Sabía que me la estaba jugando, pero ya no me sentía con fuerzas para seguir escondiéndome. No podía estar así toda la vida.
También llegué a pensar en plantarle cara a mi padre. Yo era mayor de edad y él no era nadie para manejar mi vida como le diera la gana. Bueno, lo de manejar era un decir, porque ni eso hacía.
Estaba preparada para irme cuando Carmen llamó a mi puerta.
—Estás muy guapa.
—¿Qué quieres ahora?
—No me gusta que me conozcas tanto.
Solté una carcajada.
—Venga, dime.
—Déjame ir contigo. No quiero que vayas sola.
—No me pasará nada. Cuando llegue, te llamaré. Además, tú tienes que trabajar.
—Puedo pedirle a Mikel el día libre.
—No harás tal cosa. No me siento a gusto con esta falda.
—Qué manera tan sutil tienes de cambiar de conversación. —Reímos—. Estás muy guapa. Si el cura buenorro te ve, se desmaya.
—No le llames así, no está bonito.
—Da igual. Menos mal que el hermano no es cura; si no, me muero.
La miré con una ceja arqueada.
—¿Cómo es eso? ¿Qué pasa con Alejandro?
—Pues que nos estamos conociendo.
—Ten cuidado. No te fíes de él.
—Julia, me gusta, y me voy a dejar llevar. Que sea lo que Dios quiera.
—Bueno, yo no digo nada. Y ahora me voy, que al final perderé el autobús.
Le di un beso y salí corriendo porque vi que se me hacía tarde.
Llegué a la estación cuando quedaban cinco minutos. Saqué el billete y subí al autobús. Dos minutos más hablando con Carmen y me habría quedado en tierra.
Me senté y miré por la ventanilla. Cuando noté que alguien se sentaba a mi lado, giré la cabeza y no me lo podía creer: era Alejandro.
—¿Tú otra vez?
—Yo otra vez. Julia, tenemos que hablar.
—Yo no tengo nada que decirte. No sé nada.
—Dime una cosa: ¿de dónde has sacado todo ese dinero que hay en la cuenta a nombre de Daniela?
—Te juro que ese dinero es mío. Solo lo he cambiado de cuenta para no llamar la atención.
—Eduardo te ayudó —no preguntó, lo dijo como si lo supiera todo.
—Sí. Él no quería, pero yo lo obligué.
—Tranquila, ya he hablado con él y no le pasará nada.
—Dime la verdad. ¿Por qué estáis aquí, tu hermano y tú?
—¿Sabes a lo que se dedica tu padre? —me preguntó en voz baja.
—La verdad es que no lo sé. Nunca me lo dijeron. Sé que te puede parecer extraño, pero es la verdad. Lo único que puedo decirte es que tiene una empresa, aunque no sé de qué. Creo haber escuchado alguna vez algo de cuadros.
Se quedó en silencio mirándome. No supe qué decir y bajé la mirada.
—¿Le tienes miedo?
—¿Perdón?
—Me refiero a tu padre. ¿Le tienes miedo?
—No. Nunca le he tenido miedo, pero sí mucha rabia por todo lo que me ha hecho.
—Lo siento. No deberías haber pasado por eso.
—Me ha robado media vida. Cuando vivía Leo, no era así. Me quería, siempre me lo decía cuando me acostaba. Fue poco después de morir Leo que todo cambió.
—¿Qué te pasa con mi hermano?
—Nada. No me pasa nada.
—Deberías hablar con él.
Me di media vuelta. No quería que me viera llorar. Tampoco quería hablar más, y menos de su hermano. Alejandro respetó mi silencio y ya no volvió a preguntarme nada.
Llegamos a Nápoles. Alejandro se despidió de mí diciendo que volveríamos juntos, pero yo no lo tenía tan claro.
Estaba llegando a casa de Giovanna cuando alguien me agarró del brazo.
—¿Anabel? ¿Eres tú? —me preguntó dándome la vuelta—. Lo siento, pensé que eras otra persona.
Me quedé de piedra. Un hombre de la edad de mis padres me miraba de arriba abajo, sorprendido.
—Lo siento, se ha equivocado de persona.
—Perdón, no te había visto bien. Eres muy joven para ser ella, pero te pareces tanto…
—Tranquilo, no pasa nada. Que tenga un buen día.
Lo dejé allí parado y seguí mi camino. Ese hombre conocía a mi madre. Yo era igual a ella cuando tenía mi edad.
Al llegar, me paré antes de llamar a la puerta. Por un momento pensé en darme la vuelta, pero recapacité, subí los escalones y llamé.
—Hola, Julia. Te estaba esperando.
—Hola, nana. Tenemos que hablar. ¿Puedo pasar?
—Pero, hija, ¿cómo me dices eso? Esta es tu casa. Entra, mi niña.
—Gracias.
Tenía tantas preguntas que hacer y, sin embargo, me daban miedo las respuestas. Pero el encuentro con ese hombre me había dejado demasiado intrigada.
—¿Quieres tomar algo?
—Un café me vendría bien, nana.
—Pues ahora mismo lo preparamos.
—¿Estás sola? —le pregunté sentándome.
—Sí. Se han ido a pasar unos días a casa de mi hermana.
—Nana, cuando venía hacia aquí me encontré con un hombre. Me llamó Anabel.
—Bueno, hija, eso es normal. Es un nombre muy común.
—Nana, empezamos mal. He venido por respuestas, no por mentiras.
—Ay, mi niña. No me corresponde decirte nada.
—¿Y entonces? ¿A quién le corresponde?
—A tus padres, niña —me dijo con tristeza.
—Ja, ja, ja. No me hagas reír. ¿Mis padres dices? —dije como si no estuviera a mi lado—. Llámala.
—No te entiendo, Julia.
—A mi madre. Llámala. Sé que hablas con ella. Por eso me fui de tu casa. Te escuché, nana.
—Hija, solo te estaba protegiendo.
—Por favor, llámala.
Resopló mientras se levantaba. Tenía que saber qué estaba pasando. Necesitaba respuestas.
Volvió con el teléfono en la mano.
—¿Estás segura?
Asentí con la cabeza.
Suspiró y marcó un número.
—Hola, Mónica, ¿cómo estás? ¿Puede hablar?
Vi cómo asentía ante algo que le había dicho quien estuviera al otro lado del teléfono. No dejaba de mirarme. Vi el cansancio en su cara, pero esta vez no me iba a ir sin respuestas.
—Dime, nana.
—Mamá, ¿eres tú?
—¿Julia? ¿Eres tú, mi niña?
—Mamá, ¿qué está pasando?
—Hija, no sé si podrás perdonarme algún día. Hay tantas cosas que deberías saber…
—¿Qué cosas? Estoy tan cansada de todo… ¿Dónde está mi padre?
—Más cerca de lo que tú piensas.
Me tensé. No podía ser que mi padre hubiera dado conmigo. Me levanté para irme, pero Giovanna no me dejó; me agarró del brazo.
—Siéntate, Julia. Tu madre no ha terminado aún.
—¿No la has oído? Mi padre está cerca de mí. Me ha encontrado.
—Hija, Sandro no sabe dónde estás. No te preocupes por eso.
—Me estáis volviendo loca. No estoy entendiendo nada.
—Nana, tienes mi permiso para contárselo todo. Sabes que debo tener mucho cuidado. Yo no estoy sola.
»Julia, cuando termines de escuchar, búscalo, hija. Dile quién eres. Él sabrá cuidarte. Te quiero, Julia.
—Mamá, espera.
Había colgado.
—Tranquilízate, Julia. Yo te lo voy a contar todo. Tu madre se casó con Sandro porque tu abuelo la obligó.
Me quedé con la boca abierta.
—El caso es que tu madre estaba enamorada de otro hombre.
—¿Qué me estás contando?
—Niña, no me interrumpas. Sigo. Cuando Leo tenía un año, tuvieron una discusión muy grande. Sandro se fue de casa y dejó sola a tu madre con tu hermano.
»Un día, al salir a pasear, se encontró con el amor de su vida. Sandro llevaba semanas sin dar señales de vida, y eso hizo que tu madre volviera a verse con aquel hombre.
—¿Adónde quieres ir a parar?
—A que ese hombre es tu padre, Julia. Y posiblemente sea el hombre con el que te has cruzado en la calle.
Me quedé muda. No sabía qué decir. Quería irme de allí, pero tampoco podía moverme.
—¿Me estás diciendo que mi padre no es mi padre? ¿Que todos estos años he estado viviendo una mentira?
—Lo siento, hija. Fue por tu bien.
—Nana, no. Estoy cansada de escuchar que todo ha sido por mi bien. Y no me digas que fue para protegerme. ¿Protegerme de qué? Dímelo —le grité.
—De él. De que no te hiciera daño. No esperábamos que te encerrara en un convento cuando se enteró de que no eras su hija.
—¿Algo más que deba saber antes de irme?
—Saúl no es cura. Es el guardaespaldas de la casa.
Ahí ya no pude más. Me levanté llorando y me fui. No quería escuchar nada más. Tampoco pensaba volver. Ya no iba a entrar en otro engaño.
Había pasado media vida pagando algo de lo que no tenía culpa.
—Lo siento mucho, hija. Las cosas no deberían haber pasado de esta manera.
Salí de la casa sin mirar atrás, aunque la nana siguiera llamándome.