Capítulo 17
Saúl
Estaba nervioso desde que supe que Julia vendría a la casa que había alquilado. No estaba muy convencido de los planes de Alejandro; me daba pena que hubiera utilizado la amenaza contra Eduardo.
No había tal amenaza. Sabíamos que el primo de Carmen había ayudado a Julia, pero no teníamos pruebas que lo inculparan. A Alejandro se le ocurrió la genial idea de contarle eso a Carmen para poder llegar hasta Julia.
Tenía la carta entre las manos. Había llegado el momento de leerla.
«Saúl:
No sé cómo empezar esta carta. Lo único que sé es que con ella te estoy poniendo en peligro y, al mismo tiempo, te estoy pidiendo que salves a mi hija.
Cuando conocí a Sandro, todo era perfecto. Lo amaba con toda mi alma, al igual que él a mí, pero eso cambió cuando murió Leo.
Leo lo era todo para Sandro. No dejaba que le soplara ni el aire, siempre tan protector con él. A los tres meses de haber nacido, enfermó. Íbamos de un pediatra a otro hasta que apareció él: Fabio.
Fabio fue mi primer y único amor. Lo conocí cuando tenía dieciséis años y, cuando llevábamos dos de novios, mi padre me obligó a casarme con Sandro sin apenas conocerlo.
Sandro tuvo que salir del país por negocios, y era mi oportunidad de ver a Fabio.
Necesitaba hablar con él. Me dije que sería solamente una vez, pero me equivoqué.
Fueron cuatro meses de encuentros a escondidas, cuatro meses en los que volvimos a vivir aquel amor de juventud, pero todo se complicó cuando me quedé embarazada de Julia.
Después de la muerte de Leo, necesitaba ver a Fabio, necesitaba su cariño, pero no sé cómo Sandro se enteró y nos descubrió.
Creo que ya no hace falta que te explique el porqué de lo que está pasando con Julia.
La hizo creer que era para protegerla, pero es todo lo contrario: es para que yo no pueda marcharme con Fabio.
Esta es la historia de mi vida en versión corta. Solo te pido que protejas a mi hija, pero que no le cuentes nada de esto. Dentro del sobre te mando una dirección y un nombre. Busca al padre de Julia, necesito saber que está bien.
Cuídate de Sandro, no es trigo limpio, pero, sobre todo, cuídate de Antón.
PD: Te doy las gracias de antemano porque me consta que la protegerás. He visto cómo la miras.
Anabel.»
Me quedé mirando la carta, asimilando lo que había leído. Una historia resumida. Una historia en la que, como en muchos casos, los hijos eran los que pagaban los platos rotos de los padres.
¿En qué momento me dejé arrastrar por mi hermano? En el momento en que me dijo: «Necesito que me ayudes».
Cogí la carta y la guardé en el sobre. Estaba llegando a mi dormitorio cuando escuché que se abría la puerta. La guardé debajo del colchón, suspiré y salí.
—Ya estamos aquí. Traemos la cena. —Escuché decir a mi hermano.
Cerré la puerta de la habitación y fui hacia el salón. Me paré en el marco, observándola. Estaba guapísima. No me había visto aún, pero no tardaría en hacerlo, y estaba deseando que nuestras miradas se cruzaran.
Estaban tan atentas a lo que mi hermano les decía que seguían sin reparar en mi presencia.
—Buenas noches, chicas.
—Coño, el cura buenorro .
Solté una carcajada.
—Hola, Carmen, ¿cómo estás?
—Bien, padre.
—Hola, Julia. ¿No me vas a saludar?
—Hola —me dijo sin mirarme.
—Bueno, vamos a sentarnos a cenar, que tengo hambre —nos dijo mi hermano.
—Yo me quiero ir a mi casa —dijo Julia.
—Julia, siéntate. Tenemos que hablar —le dijo mi hermano.
Vi cómo apretaba la mandíbula y se sentaba.
—Alejandro, déjame a mí.
Me acerqué a ella y la cogí de la mano. Noté una corriente recorrerme la espalda.
—Julia, tranquila. Solo queremos hablar contigo.
—Estoy muy tranquila. No he hecho nada malo.
—No, solo falsificar pasaporte, DNI, por no hablar del dinero.
—Ese dinero es mío. Ya sabía yo que tanta preguntita en el autobús no era casual.
—Veo que eres muy lista.
—Alejandro, déjala ya —intervine—. Venga, chicas, vamos a cenar y después hablaremos tranquilos.
Se sentaron, y mi hermano y yo fuimos a por unos vasos a la cocina.
—Joder, sé un poco más sutil —le dije hablando bajo—. Está asustada.
—No era esa mi intención. Lo siento, le pediré perdón.
Nada más salir, Alejandro se disculpó con ella.
—¿No crees que a mí me debes otra? —le preguntó Carmen—. Me has utilizado para llegar a ella.
—Eso no es así.
—Anda que no. Y dejo de lado que me has amenazado con meter a mi primo en la cárcel.
—No hagas eso, por favor —habló Julia—. Haré lo que quieras, pero a él no le hagas nada. Solo quería ayudarme.
—Vamos a cenar y después hablamos de todo —dijo mi hermano dando un mordisco a la pizza .
El ambiente estaba tenso, no, lo siguiente. De vez en cuando miraba a Julia. Apenas comía y se le notaba demasiado nerviosa.
Seguro que estaba pensando que la íbamos a llevar con su padre, o quizá se preguntaba por qué estábamos juntos.
—No entiendo una cosa —dijo Carmen.
—Tú dirás —le dijo mi hermano.
—¿Qué hacéis vosotros dos juntos? —preguntó mirándonos.
—Somos hermanos.
—Sí, claro, y yo soy monja de clausura.
—Te lo digo en serio.
Vi cómo Julia miraba de un lado a otro, entre mi hermano y Carmen, como si estuviera viendo un partido de tenis.
—Díselo tú, padre, que a mí no me cree —me dijo con retintín mi hermano.
—Sí, somos hermanos. Él es el mayor.
—Joder, y los dos hermanos están como un tren.
—Carmen —la reprendió Julia.
—¿Qué quieres, hija?, tengo ojos en la cara. Si tú tienes horchata en las venas, no es culpa mía.
—¿La horchata no estaba en la sangre? —le preguntó mi hermano con una sonrisa.
Solté una carcajada.
—Bueno, da igual dónde esté. Lo que quiero decir es que yo sí tengo ojos en la cara.
—Y bien bonitos.
—Gracias, Alejandro.
—Bueno, vale ya —dijo Julia poniéndose de pie—. ¿Me vais a decir de qué va todo esto o salgo ahora mismo por esa puerta?
—Estamos investigando a tu padre —dijo mi hermano, haciendo un gesto con la mano para que se sentara.
—Mi padre no está aquí.
—Pero tú sí.
—¿Y tú? —me preguntó—. ¿También estás aquí por mi padre?
No podía decirle toda la verdad, pero tampoco quería mentirle.
—Estoy aquí por ti. Para protegerte.
—¿De quién?
—De ti misma.
Me miró fijamente y soltó una carcajada.
—Me estáis vacilando. Me voy.
—Ven. —La cogí de la mano—. Vamos a hablar a solas.
Me la llevé a mi dormitorio. Entramos, cerré la puerta y, al girarme, me la encontré en medio de la habitación. Estaba tan guapa… Vi cómo se frotaba las manos.
Estaba nerviosa, lo intuía. Miraba hacia el suelo.
—No voy a llevarte con tu padre.
—¿De verdad? —me preguntó mirándome a los ojos.
—De verdad. Solo quiero ayudarte, aunque es cierto que estoy aquí porque él me mandó buscarte.
Se sentó en la cama suspirando. Esa imagen hizo que algo dentro de mí despertara. Pero no solo por dentro, también por fuera. Mi miembro reaccionó al imaginarla tumbada en mi cama, al imaginar que podía besarla y, sobre todo, hacerla mía.
—Saúl, ¿estás bien?
—Sí, tranquila. Estaba pensando en por qué Nápoles y no otro sitio.
—Porque es el único lugar que conozco, y porque pensé que podía contar con mi nana.
—¿No ha sido así?
—No. Me delató con mi madre.
—Julia, ¿tú sabes por qué estás en esta situación?
—Padre… —Escuchar esa palabra de su boca hizo que me pusiera tenso—. ¿Crees que si lo supiera estaría aquí? ¿Cómo están mis niños?
Fue muy sutil al hacerme esa pregunta para desviar la que yo acababa de hacerle.
—Echándote de menos, pero todos están bien.
—¿Y de Mara? ¿Sabes algo de ella?
—Sí.
Sus ojos se abrieron como platos.
—Está bien, bien cuidada.
—Eso me deja más tranquila.
Se levantó y fue hacia la ventana. No pude resistirme y me levanté, colocándome detrás de ella.
Le puse las manos en los hombros y noté cómo se tensaba.
—Julia, si yo pudiera, te haría sentir como quieres sentirte…
—¿Qué estás diciendo?
—Hay algo que deberías saber —le dije con una sonrisa—. Yo fui quien estaba en el confesionario.
Se dio la vuelta y me miró con furia. Supe que acababa de meter la pata hasta el fondo, pero aun así no fui capaz de apartarme. La tenía demasiado cerca, con los ojos encendidos y la respiración alterada, y perdí el poco control que me quedaba.
La besé.
Fue un beso impulsivo, torpe por mi parte, cargado de todo lo que llevaba días intentando contener. Apenas duró unos segundos, porque Julia me empujó con fuerza y me soltó una bofetada antes de salir de la habitación.
Me quedé allí, maldiciéndome. No tenía que haberlo hecho. En vez de ganármela, acababa de perderla.
Salí detrás de ella. Cuando llegué, ya estaba cogiendo su bolso.
—Nos vamos —le dijo a Carmen.
—¿Qué ha pasado?
—Nada. Que me quiero ir ya.
—Pero yo no me quiero ir.
—Pues quédate, pero yo me voy.
—Te acompaño —le dije.
—No quiero nada de ti.
Me quedé mirando cómo salía por la puerta sin mirar atrás.