Capítulo 16
Julia
—Dime que no has entrado en mi cuarto.
—Sabes que nunca entraría sin tu permiso.
Y así era. No entraba en su cuarto ni para dejarle la ropa limpia.
—Ya lo sé. ¿Qué ha pasado, Julia?
—No me llames así. Tienes que acostumbrarte.
—Perdona. Venga, vamos a cenar, que se enfría, y ya me cuentas. Pero antes déjame contarte lo que me ha pasado.
Empecé a poner la mesa mientras Carmen iba a su cuarto a cambiarse de ropa.
Sabía que contarle lo que me había pasado la pondría en alerta. Carmen, en ese sentido, era peor que una madre: estaba pendiente de mí todo el tiempo, tanto que a veces no me dejaba ni respirar.
Empecé a poner la mesa mientras ella iba a su cuarto a cambiarse de ropa. Cuando volvió, se sentó frente a mí y me miró con esa cara de «desembucha ya» que tan bien se le daba.
—Venga, cuéntame qué ha pasado en el autobús.
—Un hombre se ha sentado a mi lado —le dije, cogiendo el vaso—. Era español.
—¿Y?
—Me ha hecho preguntas. De dónde era, por qué hablaba tan bien español, cosas así.
—Bueno, eso tampoco es tan raro. Igual solo quería ligar contigo.
—Carmen…
—Vale, vale. Sigo callada.
—No me ha gustado cómo preguntaba. Era como si quisiera pillarme en algo.
Su expresión cambió al instante.
—¿Crees que sabía quién eres?
—No lo sé. Eso es lo que me tiene nerviosa. Además, había algo en su cara que me sonaba. Sobre todo la sonrisa.
—¿La sonrisa?
Asentí sin mirarla.
—Me recordaba a alguien, pero no sé a quién.
—¿Era guapo?
La miré a modo de advertencia y ella levantó las manos.
—Perdón, perdón. Era para aliviar un poco la tensión.
—Era guapo —admití—. Demasiado. Pero no es eso lo que importa.
—Ya. Claro. Aquí nunca importa que sean guapos hasta que importan.
—Carmen.
—Está bien, me callo. ¿Dónde está ahora?
—En la pensión de Daniela. Yo misma le di la dirección porque me preguntó dónde podía alojarse.
—¿Tú le diste la dirección?
—No sabía qué hacer. No podía quedarme allí mirándolo como una idiota.
—Daniela…
—No me mires así. Ya sé que suena mal.
—Suena fatal, para ser exactos.
Solté el aire despacio e intenté ordenar todo lo que me daba vueltas en la cabeza.
—Siento que tiene algo que ver conmigo. No sé explicarlo, pero desde hace semanas tengo la sensación de que alguien me observa. En Nápoles, aquí… Y ahora aparece este hombre haciendo preguntas.
Carmen dejó el tenedor sobre la mesa.
—¿Por qué no me lo habías dicho?
—Porque sabía que te ibas a poner así.
—¿Así cómo?
—Como si fueras a envolverme en papel de burbujas y meterme debajo de la cama.
—Pues ganas no me faltan.
A pesar de todo, se me escapó una sonrisa.
—No puedo vivir así siempre, Carmen.
—Eso es justo lo que llevo intentando decirte desde que llegamos. Saliste del convento, pero sigues encerrada.
La miré, y esa frase me dolió más de lo que esperaba porque era verdad.
—No quiero volver a estar encerrada —susurré.
—Entonces deja de vivir como si todavía lo estuvieras.
Me quedé callada. No era tan fácil, pero tampoco podía negar que tenía razón. Apenas salía, apenas hacía nada que no fuera limpiar la casa, esconderme o mirar por encima del hombro.
—Podríamos llamar al padre Emiliano —propuso con cuidado—. Él siempre te ha ayudado.
—No voy a meterlo en esto.
—Entonces al cura.
Negué con la cabeza.
—Eso no es viable y lo sabes.
—No, no lo sé. Lo que sé es que lo echas de menos.
—Da igual. Nunca podríamos estar juntos.
—Pero te gustaría.
No contesté. No hacía falta. Carmen me conocía demasiado bien.
—No quiero hombres en mi vida —dije al final—. Bastante complicada está ya.
—No quieres hombres. Quieres a uno concreto que va vestido de cura. Mucho mejor, ¡dónde va a parar!
—Idiota.
—Sí, pero tengo razón.
Seguimos cenando en silencio unos segundos, hasta que Carmen volvió a hablar.
—Mira, no sé quién será ese español ni qué quiere, pero tú necesitas salir de esta casa antes de volverte loca. Y yo también.
—¿Qué estás proponiendo?
—Que salgamos este fin de semana. Sin huidas, sin drama, sin mirar por encima del hombro cada dos segundos. Solo tú y yo, cenando, tomando algo y recordando que estamos vivas.
—No sé si puedo hacer eso.
—Claro que puedes. Otra cosa es que te dé miedo.
Me quedé mirando el plato. Tenía miedo, sí. Pero también estaba cansada de que el miedo decidiera por mí.
—Este sábado salimos —dije al fin.
Carmen abrió mucho los ojos.
—¿Cómo has dicho?
—Que este sábado salimos. Si quieres, claro.
Se levantó de golpe y vino a llenarme la cara de besos.
—¡Claro que quiero! Verás qué bien nos lo vamos a pasar.
—No sé yo qué decirte. Ya no recuerdo qué es eso. Bueno, en realidad nunca salí de noche.
Carmen se quedó mirándome con una mezcla de ternura y rabia.
—Julia, y no me riñas por llamarte así, unos padres no deberían hacer con sus hijos lo que te están haciendo a ti.
No pude evitar que se me formara un nudo en la garganta. Claro que ningún padre debería hacer eso, pero me había tocado.
Recogimos la mesa, nos hicimos un café y nos fuimos al sofá a ver esa serie a la que estábamos superenganchadas. Durante un rato fingí que podía concentrarme, pero mi cabeza seguía en el autobús, en aquel español, en Saúl y en la sensación de que mi vida estaba a punto de volver a cambiar.
Asentí.
—No importa. Hay más hombres, ya lo descubrirás el sábado. Igual te encuentras al español.
No contesté. No quería hombres en mi vida. Bueno, solo a uno, y ese jamás estaría conmigo. Cada vez que pensaba en él, sentía esas mariposas en el estómago. La vida se estaba ensañando conmigo sin saber el porqué. Solo encontraba piedras en el camino.
Dejé a Carmen en el sofá y me fui a dormir. Bueno, a lo que hacía casi todas las noches: llorar. Lloraba por mi hermano, por la ausencia de mis padres y por no poder estar con quien de verdad quería.
Sentí a Carmen acostarse. Siempre repetía la misma rutina: se detenía unos segundos en la puerta de mi cuarto antes de irse al suyo. No tendría vida para agradecerle todo lo que estaba haciendo por mí, y por eso tomé una decisión: saldría más con ella siempre que el trabajo se lo permitiera.
La semana fue pasando sin ningún otro sobresalto. Carmen volvía del trabajo contenta porque el hombre misterioso que había conocido iba todos los días a desayunar y, según ella, cada vez hablaban más.
Y llegó el día que Carmen llevaba esperando toda la semana y yo llevaba temiendo desde que dije que sí. Aun así, no pensaba dejar que se me notara.
Llevaba media hora sentada en la cama, con el armario abierto y sin tener ni idea de qué ponerme. Todavía recordaba el día en que Carmen me arrastró de tiendas. Poco faltó para que dejáramos la tienda vacía, porque todo le parecía poco.
—Al final entro a vestirte —me gritó desde su cuarto.
—No sé qué ponerme.
—Ponte el vestido negro, ese que dice: aquí estoy yo y me voy a comer el mundo.
—Ja, ja, ja. ¿Cuál de los tres? Te recuerdo que me hiciste comprarme tres vestidos negros.
—Cierto —entró en mi cuarto ya vestida—, pero yo digo este, el que dice: «mira lo que te estás perdiendo».
—Ahora no me lo pongo.
La verdad es que el vestido me gustaba mucho. No tenía nada especial, pero el escote cuadrado y lo entallado que era me hacían un cuerpo que ni siquiera sabía que tenía.
Me recogí el pelo en un moño bajo con dos mechones sueltos, me maquillé con tonos suaves, cogí un bolso y salí.
—No me lo voy a poner —dijo Carmen intentando imitar mi voz.
—He cambiado de opinión.
—¿Lista para comerte la noche?
—No, que se haría de día.
Reímos.
—Daniela, quiero que disfrutes. Sin miedos, sin mirar por encima del hombro y, sobre todo, sin pensar que no tienes derecho a pasarlo bien.
—Idiota eres.
—Y tú una malhablada.
Salimos de casa riéndonos. Estaba nerviosa, no lo voy a negar, pero había decidido cambiar mi manera de vivir. Ya no pensaba pasar tanto tiempo encerrada.
Fuimos a cenar al bar donde trabajaba Carmen. Las pizzas que hacían allí estaban buenísimas.
Nada más entrar, Carmen saludó a Mikel, su jefe. Nos sentó, según él, en la mejor mesa. Pedimos unas cervezas mientras esperábamos las pizzas , y me fijé en que Carmen no hacía más que mirar hacia la puerta.
—¿Esperas a alguien?
—La verdad es que sí, pero no te vayas a enfadar conmigo, que todo tiene una explicación.
—Carmen, ¿por qué he de enfadarme?
—Verás… ¿Recuerdas que te dije que había conocido a alguien?
—Sí, claro que me acuerdo.
—Pues he quedado aquí con él.
—Carmen, deberías habérmelo contado antes y me habría quedado en casa.
—Tenías que estar tú.
—¿Yo? —le pregunté sorprendida—. ¿Por qué?
—Sé que cuando sepas la verdad te vas a enfadar conmigo, pero no tenía más remedio que ceder.
—Te juro que no estoy entendiendo nada. Habla claro.
Me ignoró por completo poniéndose en pie. Miré en la dirección de sus ojos y me quedé con la boca abierta.
—Buenas noches, chicas.
—¿Tú? —pregunté a la persona que estaba de pie junto a la mesa.
—Yo mismo. Hola de nuevo, Daniela. ¿O debería llamarte Julia?
Escuchar ese nombre me dejó sin palabras.
—Tranquila, no voy a hacerte daño alguno.
—Carmen, ¿cómo has podido traicionarme?
—Lo siento, Julia. Mi primo no se merece ir a la cárcel.
—No entiendo nada.
—Siéntate, Carmen, yo se lo voy a explicar. Me llamo Alejandro y soy inspector de policía.
—Me da igual lo que seas, no voy a volver.
—Nadie te está pidiendo que vuelvas, pero ahora nos vamos a ir de aquí a otro lugar para poder hablar. Carmen, pide que te pongan las pizzas para llevar.
Os juro que no comprendía nada. Entendí a Carmen, pero me sentí traicionada.
El tiempo que estuvimos esperando las pizzas no abrí la boca, ni con ella ni con él.