Capítulo 15
Julia
—Vamos, Carmen, llegarás tarde como no te levantes —le dije entrando en su dormitorio.
—Madre mía, qué pesada eres —me dijo dándose la vuelta.
—Tú misma. Voy a desayunar y después me marcho.
Habían pasado tres meses desde que habíamos llegado a Sorrento. Al principio nos costó adaptarnos, sobre todo a mí, pero poco a poco lo conseguí.
En la pensión nos quedamos el primer mes. Daniela nos hacía muchas preguntas y Carmen no hacía más que decirme que, a la próxima, le contestaba mal, a lo que yo siempre le quitaba la idea.
La primera en encontrar trabajo fue Carmen. Trabajaba en un bar sirviendo mesas, pero eso no le importó. Con su primer sueldo buscamos algo para alquilar.
Encontramos una casa con dos dormitorios: uno de matrimonio con baño incluido y otro un poco más pequeño. Era de espacio abierto; bueno, la cocina estaba separada por una barra, pero era suficiente para nosotras dos.
Carmen habló con su jefe para ver si le podía dejar el dinero de la fianza, ya que no queríamos llamar la atención. De momento, no quería tocar el dinero que tenía en la cuenta, al menos no allí.
La verdad es que ese hombre era un trozo de pan, y si hablamos de su mujer, ya ni os cuento. Pero bueno, sigo, que me desvío.
Yo aún no tenía trabajo. Donde trabajaba Carmen, de momento, no necesitaban a nadie, y de lo mío era muy difícil sin ninguna carta de recomendación ni currículum. No tenía nada.
Había decidido ir una vez al mes a Nápoles a sacar dinero de la cuenta. No quería hacerlo en Sorrento por si seguían el rastro; prefería que se quedara en la ciudad.
Carmen puso el grito en el cielo cuando se lo dije, pero me dio igual su enfado. No iba a dejar que ella pusiera todo su sueldo teniendo yo dinero en esa cuenta.
Es verdad que su jefe siempre le daba o bien la comida, o bien la cena, dependiendo del turno que tuviera.
—¿Me haces un café? —me preguntó Carmen cuando vio que soltaba mi taza en el fregadero.
—Ya lo tienes, y la tostada también —le respondí guiñándole un ojo.
—No sé qué haría sin ti, de verdad.
—Quedarte dormida todos los días.
—Eres muy exagerada. Por cierto, sabes que no estoy de acuerdo con que viajes sola.
—No te preocupes, voy con los ojos bien abiertos. Además, sabes que voy al banco y me pierdo un rato por ahí para no volver demasiado pronto.
—Eso es otra: pasear con mil euros en el bolsillo.
—Carmen…
—Julia…
—No me llames así.
—Coño, es verdad. Daniela. Tres meses y aún me cuesta.
—Pues de ti depende que no me encuentren.
—Joder, qué responsabilidad.
Me miró con cara asustada y reímos.
Me despedí de ella con dos besos y me fui. Era cierto que no me gustaba estar yendo y viniendo, ni siquiera una vez al mes. Lo que Carmen no sabía era que, después del banco, siempre pasaba por la casa de mi nana. Ella no me veía, pero a mí me bastaba con verla de lejos.
El trayecto lo dedicaba a buscar noticias sobre mis padres. Solo encontraba información de mi padre; de mi madre no sabía nada, nunca lo acompañaba.
Pensaba en cómo podía consentirle todo aquello, en cómo había dejado de darme cariño y en cuánto daño me hacían sus ausencias. No me gustaba darle vueltas, pero necesitaba respuestas y cada vez me impacientaba más.
Llegué a Nápoles. El camino al banco ya me lo sabía de memoria y, cada vez que lo hacía, me invadía la misma sensación. Desde hacía dos meses sentía que alguien me observaba, pero no solo allí, también en Sorrento.
No quería volverme obsesiva ni decírselo a Carmen. Entraría en pánico, y era lo último que quería para ella. Era como una hermana para mí.
Intenté apartar aquella sensación cuando llegué al banco. Nunca me entretenía más de la cuenta: sacaba el dinero y me iba. Tenía miedo de que descubrieran que mi nombre no era ese, que mi documentación era falsa.
Después hice mi recorrido de siempre. Pasé por la casa de mi nana y esperé media hora, por si lograba verla. Si en ese tiempo no aparecía, me marchaba.
Tuve suerte ese día. Me dio pena verla cargada como una mula, pero no podía darle la cara, no después de la manera en que me fui de su casa.
Volví hacia la estación de autobuses, pero antes hice una parada. Entré en una pastelería a comprar delizia al limone , una base de bizcocho empapada en jarabe de limoncello y rellena de crema de limón. En el pueblo también había, pero aquellos estaban mucho mejores.
Cuando salí de la pastelería, tuve otra vez esa sensación, la de que me estaban siguiendo. Intenté quitármelo de la cabeza y seguí andando.
Me monté en el autobús. Siempre esperaba a subir de las últimas, pero aquel día no. Le pedí al conductor que, por favor, me dejara pasar porque no me encontraba bien. No me puso ningún impedimento y me dejó subir.
Por más que miraba hacia un lado y hacia otro, no veía a nadie. Después me fui hacia el otro lado del autobús e hice lo mismo. Nada. El mismo resultado.
Me encogí de hombros y me senté, esperando que llegara la hora de irnos. Vi cómo iba subiendo la gente. A mi lado se sentó un hombre joven, no llegaba a los cuarenta.
—Buenos días —me dijo en español.
—Buenos días —le contesté.
—¿Española?
—No, de aquí.
—Hablas muy bien el español.
—Mi abuelo era español y he pasado largas temporadas en España.
—Anda, qué bien. ¿De dónde era tu abuelo? —preguntó sin mirarme.
—De un pueblo de Barcelona.
—¿De cuál?
—Perdón, pero no me apetece hablar mucho. No me encuentro bien.
—Lo siento, no quería molestarte.
—No pasa nada, tranquilo, no lo sabías.
Volví la cabeza hacia la ventanilla y me puse las gafas de sol. No me gustaba la manera en que me había preguntado, con tanta insistencia. O eso me pareció a mí.
Había algo en su cara que me recordaba a alguien, pero no sabía a quién exactamente. Quizá fuera una de esas caras comunes que crees que tienen parecido con alguien.
Cerré los ojos y creo que me quedé dormida, o al menos eso creo, porque lo siguiente que noté fueron unos pequeños toques en el hombro.
—Perdona, no quiero molestarte, pero ya hemos llegado.
Me sobresalté al oírlo.
—Tampoco quería asustarte.
—Creo que me he quedado dormida.
—Yo también lo creo. Has roncado.
—Yo no ronco.
Sonrió, y esa sonrisa…
—¿Nos conocemos? —le pregunté.
—Si nos conociéramos, te aseguro que no te habría olvidado.
Me sonrojé ante esas palabras y me levanté del asiento.
—Bueno, he de irme.
—Una última pregunta —me dijo sujetándome la mano—. ¿Dónde puedo alojarme?
—Déjame tu teléfono y te digo dónde.
Lo sacó, lo desbloqueó y me lo dio.
—Todo tuyo.
Lo cogí y le busqué la pensión de la señora Daniela.
—Ahí tienes la dirección. Que tengas una buena estancia en el pueblo.
—Gracias. Soy Alejandro.
—Daniela.
—Gracias por todo, Daniela.
Asentí con la cabeza y bajé del autobús.
Ni miré hacia atrás. Menos mal que la pensión de la señora Daniela y mi casa estaban en sentidos contrarios.
Sus preguntas me habían mosqueado. Era como si supiera quién era yo y que estaba mintiendo.
Llegué a casa. Mi idea era dejar los dulces y bajar al supermercado a comprar, pero después de lo que había pasado decidí que no saldría.
Estaba guardándolos cuando mi teléfono sonó, haciendo que pegara un grito.
—Dígame —contesté.
—Julia, no me esperes a comer.
—Carmen, que no me llames así. Ya no sé cómo decírtelo.
—Jo, se me olvida. Oye, ¿te pasa algo? —me preguntó—. Te noto nerviosa.
—No lo sé. Me ha pasado algo muy raro en el autobús cuando volvía a casa.
—¿Raro de raro?
—No, raro de idiota. Da igual, después hablamos.
Colgué el teléfono.
Me tumbé en el sofá y lloré. Lloré por la vida que me habían robado, por estar escondiéndome como si fuera una delincuente, porque lo que me había pasado hacía un rato no era casual. Lloraba por todo y por nada.
No comí, tan solo me tomé un zumo. Me puse a ordenar armarios que no necesitaban ser ordenados, me dediqué a cambiar muebles en el salón y a limpiar una cocina que se había limpiado hacía tres días.
Cuando terminé de hacer todo eso, me di cuenta de que eran casi las ocho de la tarde. Ahora era el momento de dar rienda suelta al cansancio y darme una ducha.
Estaba secándome cuando escuché un grito.
—Joder, ¿qué coño ha pasado aquí? —No pude evitar reír al escuchar a Carmen—. ¿Sal de donde quieras que estés?
No podía dejar de reír. Esa era Carmen, la que se alteraba por cualquier cosa.
—Aquí estoy —le dije riéndome.