Capítulo 14
Saúl
Salí de casa sin saber qué iba a suceder, pero con una cosa clara: había llegado el momento de enfrentarme otra vez a Sandro. Sinceramente, no me apetecía verlo. Cada vez que lo tenía delante me hervía la sangre, sobre todo después de descubrir hasta dónde era capaz de llegar.
Mientras conducía, pensaba en Julia, en esa mirada, en esa sonrisa que, pese a lo que estaba pasando, siempre tenía para todos los niños. Al final, siempre se me venía a la mente aquella confesión.
Cuando le escuché decir que no sabía lo que era estar con un hombre, mi entrepierna lo sufrió. Lo mismo que en ese momento al recordarlo.
Nunca quise entrar en todo aquello haciéndome pasar por cura.
Fue una condición impuesta por su padre, y cada vez estaba más convencido de que lo hizo para mantenerme lejos de su hija.
Muchas veces le había dicho a mi hermano que quería dejar ese trabajo, pero ahora, precisamente ahora, no pensaba soltarlo por nada del mundo.
Cuando llegué, aparqué frente a la casa y me quedé unos segundos mirando la fachada. Después subí los escalones y llamé al timbre.
—Buenos días, Saúl —me saludó Mónica—. El señor lo está esperando.
—Gracias, Mónica.
—Antes de irse, pásese por la cocina —me dijo al pasar por su lado.
Ya me dejaba con la intriga. Esa mujer no sabía que la intriga y yo nos llevábamos muy mal.
—Espósito, cada vez llegas más tarde —me dijo Antón.
—Para verte menos tiempo.
—Déjate de payasadas y entra, que te está esperando.
—Cómo me pones cuando me ladras.
Si las miradas matasen, yo ya estaría muerto.
—Que entres ya, coño —me dijo pegándome un empujón.
No lo pensé. Me di la vuelta y lo cogí por el cuello.
—Vuelve a ponerme una mano encima y eres hombre muerto.
—¿Ya habéis medido quién la tiene más larga? —nos preguntó Sandro.
—Dile a tu perro que no me vuelva a poner una mano encima, Sandro, si no quieres que tengamos problemas.
—Antón, ya lo has oído. Y ahora entra y hablemos.
Entré en el despacho con una sonrisa bien grande. Antón se creía el intocable de Sandro y no se daba cuenta de que eso no le servía de nada.
—Siéntate, Saúl. ¿Una copa?
—No, gracias. Demasiado temprano para beber.
—Ja, ja, ja. Me gustas, Saúl. Ese temperamento te puede traer problemas.
—Eso me dice mi madre. Llevo luchando con ello toda la vida.
Volvió a soltar una carcajada.
—Bueno, vamos a lo que nos concierne: mi hija.
Tragué saliva.
Lo vi irse hacia la ventana con un vaso de whisky en la mano.
—Esa muchachita me lo está poniendo muy difícil, demasiado. —Bebió un sorbo largo y suspiró—. Encuéntrala y esta vez que no se te escape.
—No lo haré. Ya hablé con el padre Emiliano, lo tengo todo listo.
—Quiero que te marches cuanto antes mejor. Y ahora tengo que salir. Aquí tienes este sobre, es para ti.
—Sandro, ¿puedo tomarme un café antes de irme? Me gusta el café de esta casa.
—Como si quieres tomarte tres litros.
Soltó una carcajada.
—Antón, nos vamos.
Vi cómo salía con su perro faldero. Me dirigí a la cocina, tal como me había dicho Mónica al entrar.
Según iba llegando, el olor a café invadía mis fosas nasales.
—Señoras —saludé a Mónica y a la señora de la casa.
—Un café para el padre Saúl.
—Mónica, sabes que no me gusta que me llames así.
—No le des a mi hija.
—¿Perdón? —le pregunté sorprendido.
—Que no le des a mi hija. Solo quiere encontrarla para hacerme daño a través de ella.
—No estoy entendiendo nada.
—No puedo hablarte claro aquí. Lucy no tardará en llegar de la compra.
—Saúl, solo tú puedes ayudarla —me dijo Mónica.
No estaba entendiendo nada, pero la cara de esa mujer era de pura desesperación.
—Ten este sobre, guárdalo bien y no lo abras hasta que estés en Nápoles.
Lo cogí. Sabía que ese sobre me iba a quemar entre las manos hasta que lo abriera, y también presentía que me iba a traer más problemas de los que ya tenía.
—Está bien. Ahora me voy. Que tengáis muy buen día y cuidaos.
—Gracias, muchacho. Cuida de ella.
No dije nada. Dejé la taza y salí de esa casa. Tenía que hablar con mi hermano. Había algo que se me escapaba de las manos y eso me jodía una barbaridad, con lo a gusto que estaba yo protegiendo a famosos de sus fans.
Me monté en el coche y lo primero que hice fue llamar a mi hermano. Un tono, dos tonos… Al quinto me contestó.
—Dime, Saúl.
—Esto cada vez se complica más.
—¿A qué te refieres? —preguntó.
Le conté la conversación con Sandro, la que tuve en la cocina con esas dos mujeres y lo del sobre.
—No sé qué pensar —me dijo suspirando.
—Pues imagínate yo. Este sobre me está quemando en las manos.
—Ábrelo y así sales de dudas.
—No puedo. He prometido que lo abriría cuando estuviera en Nápoles.
—Perdón, padre. No me acordaba de que un cura no rompe sus promesas.
—No me toques los cojones, hermano, que estoy cansado ya de todo esto.
—Perdona, hombre. Solo quería quitar hierro al asunto.
—Hierro te voy a dar yo a ti.
—Te tengo que dejar. Cuando estés en Nápoles, me avisas.
—Así lo haré. Nos vemos.
Arranqué el coche y me dirigí a mi casa. En cuanto llegara, iba a buscar un vuelo, a ser posible para ese mismo día.
Pasé todo el trayecto dándole vueltas a la cabeza, sin perder la concentración en la carretera. No tenía ni idea de lo que podía haber en ese sobre. Quizá una carta para Julia, o quizá dinero para ella.
Cuando quise darme cuenta, ya estaba en mi calle. Metí el coche en el garaje y decidí que, si encontraba un vuelo, me iría al aeropuerto en taxi.
Dejé las llaves en el mueble de la entrada y fui hasta mi oficina para buscarlo en el ordenador.
Tuve suerte, no la que habría querido, pero me valía. Salía a las nueve de la noche, una hora que me jodía bastante porque tendría que esperar hasta el día siguiente para empezar a encontrar respuestas.
Fui al dormitorio a hacer una pequeña maleta. No pensaba llevar mucha ropa; no creía que fuera a estar demasiado tiempo en Nápoles. Total, cuando encontrara a Julia, volvería con ella.
No hacía más que resoplar. Si mi madre me viera, me daría una colleja como cuando era niño. Era una manía que tenía desde los ocho años, cada vez que estaba nervioso por algo. Había cosas que no cambiaban.
Cuando llegó la hora de comer, fui a la cocina. Saqué media tortilla de patatas con cebolla y pimientos que tenía del día anterior, abrí una cerveza y me senté a la mesa.
Mientras lo hacía, pensé en ella. Otra vez ella. Esa mujer se había metido en mi cabeza sin pedir permiso, y eso era lo que me fastidiaba, que hubiera entrado de aquella manera.
Recogí la cocina, me hice un café y fui al salón. Me senté en el sofá y miré los sobres que había dejado encima de la mesa. Uno era el de Sandro. Sabía lo que contenía: dinero para el tiempo que estuviera en Nápoles.
El otro sobre era el que me quemaba cada vez que lo tocaba con mis manos. ¿Qué habría dentro? ¿Por qué tanto misterio con no abrirlo hasta llegar a Nápoles?
No sé cómo ni en qué momento me quedé dormido. Lo único que sé es que iba tarde. Menos mal que había dejado la maleta preparada. Llamé a un taxi mientras iba a por ella.
Salí de casa y esperé unos cinco minutos hasta que el taxi apareció al final de la calle. Cuando se detuvo frente a mí, metí la maleta en el maletero y subí al asiento trasero.
—Buenas tardes. Al aeropuerto, y todo lo deprisa que pueda.
—Joven, no me pida eso, que después las multas las pago yo.
—Por eso no se preocupe, que tengo enchufe.
—Haré lo posible, pero no le prometo nada —me dijo riendo.
El taxista me hablaba, pero apenas le prestaba atención. En mi cabeza solo había un nombre: Julia. Tenía unas ganas enormes de verla, aunque solo pudiera aspirar a eso, a verla y hablar con ella.
Me preguntaba qué pasaría si algún día le contaba la verdad. Que no era cura, sino el guardaespaldas que su padre había contratado. Que me gustaba. Obviamente, no podría explicarle por qué estaba protegiendo a Sandro, pero quién sabe, quizá algún día pudiera hacerlo.
Ni siquiera me di cuenta de que habíamos llegado al aeropuerto hasta que el taxista me lo dijo, orgulloso de no haberse saltado ninguna norma. Eso me hizo sonreír. Le pagué la carrera y le dejé una buena propina.
Entré en el aeropuerto y me paré en seco. Empecé a resoplar una vez tras otra, con los nervios cada vez más presentes, hasta que respiré profundamente e intenté relajarme.
No tuve que facturar la maleta, cosa que me alegró, ya que iba en primera clase, cortesía del señor Santolaya.
Cuando embarqué, solté un aire que ni siquiera sabía que tenía retenido y susurré:
—Allá voy, Nápoles.