Capítulo 13
Saúl
Se me había vuelto a escapar. Fui a la casa donde supuestamente estaba y no encontré a nadie. Pregunté a una vecina que estaba regando las flores y me dijo que se acababan de ir no hacía mucho.
Por un lado, me alegraba saber que se había marchado. Bueno, en parte. Una parte de mí no quería encontrarla por su padre, y la otra porque me gustaba esa mujer. Necesitaba saber quién era en realidad Julia.
Cuando llamé a Sandro para darle la noticia, se puso hecho una fiera. No solo me amenazó, sino que soltó por la boca toda clase de insultos. En parte me alegró que lo hiciera por teléfono, porque, de haberlo tenido delante, le habría partido la cara.
Odiaba a ese hombre con todas mis fuerzas. No me entraba en la cabeza que fuera así, no solo con su hija, sino también con su mujer.
Estaba en mi casa, en el pequeño gimnasio que tenía. Necesitaba golpear el saco; era como si le partiera la cara a Sandro. Escuché el teléfono, lo cogí y vi que era mi hermano.
—¿Ahora qué quieres? —le pregunté, porque él nunca llamaba por llamar.
—Hola, Saúl, estoy bien, gracias. ¿Y tú?
—Déjate de tonterías, que no está el horno para bollos.
—Te espero a las dos en el restaurante de siempre. Tenemos que hablar.
Me colgó.
Siempre hacía lo mismo. Cuando sabía que podía negarme, no me daba opción de responder; directamente me colgaba.
Solté el móvil y seguí dando golpes al saco. Así estuve una hora, hasta que ya no sentía los brazos.
Me fui directo a la ducha. La necesitaba, y mis músculos lo agradecerían. Cuando el agua caía por mi espalda, apoyé las manos en la pared.
—Maldita seas, Julia, déjame encontrarte —me dije a mí mismo en voz alta.
Necesitaba hacerlo. Si su padre la encontraba antes, la volvería a encerrar y, esta vez, según sus palabras, no volvería a ver la luz del sol.
Salí de la ducha como nuevo. Miré el reloj y empecé a arreglarme: unos pantalones vaqueros, una camisa y mi cazadora. Cogí el casco, las llaves de la moto y salí de casa.
Me apetecía sentir la adrenalina que me daba ir en moto, ir serpenteando entre los coches, sentirme libre. Llegué al restaurante, dejé la moto en el aparcamiento que había enfrente, me bajé y me quedé mirando el local.
Seguro que mi hermano ya estaría dentro. Era demasiado puntual y, aunque tú llegaras a tu hora, para él ya llegabas tarde.
Entré y ahí estaba, en la barra, con una cerveza en la mano y charlando con Nando, el dueño.
—Buenas tardes, señores —saludé a los dos.
—Hola, Saúl, dichosos los ojos. —Me dio un apretón en el hombro—. Hacía mucho tiempo que no te veía por aquí.
—Hola, Nando, la vida me tiene explotado.
Soltó una carcajada.
—Alejandro —le dije a mi hermano quitándole su cerveza.
—Míralo, Nando, siempre igual. Este no cambia —dijo riéndose cuando le quité la cerveza.
—Hay cosas que no pueden cambiar, hermanito.
—Anda, vamos a sentarnos. Lo que tengo que decirte es muy serio.
Cuando dijo esas palabras, me cambió el semblante. Fui detrás de él hasta la mesa de siempre.
—Alejandro, no me asustes —le dije sentándome—. ¿Mamá está bien? —le pregunté nervioso.
—Sí, mamá está bien. No es de ella de quien quiero hablarte, es de Julia.
—¿Qué le ha pasado a Julia?
—Ya sé dónde se encuentra.
Me quedé mirándolo, arqueando una ceja.
—Se ha ido a Nápoles.
—¿Cómo te has enterado de dónde está?
—Esta mañana, a primera hora, he recibido una llamada de una mujer llamada Mónica.
—¿Mónica? ¿La que trabaja en casa de Sandro? —le pregunté asombrado.
—Esa misma. La madre de Julia le pidió que llamara a la policía y contara lo que pasaba.
—Qué cabrón, lo va a hacer.
—¿Hacer qué? Dime lo que sepas, Saúl.
—Dijo que la buscaría hasta debajo de las piedras y que, cuando la encontrara, la encerraría de nuevo.
—Qué ganas tengo de poder detenerlo.
—Nunca me deja estar cuando habla de negocios.
—Tiene tres empresas. Las tres son tapaderas para blanquear dinero, dinero que gana con la falsificación de cuadros.
—Nunca me dijiste nada de eso.
—Y no te lo voy a decir jamás.
Reímos.
—Bueno, lo que te quiero decir es que me voy a Nápoles.
Nando vino con la comida y miré a mi hermano. Lo había vuelto a hacer: pedir por mí sin consultarme.
—Tranquilo, hoy es carne. El pescado lo dejamos para otro día.
—Eres un mamoncete .
Nando soltó una carcajada y se fue, dejándonos solos.
—Tienes que convencerlo para que te deje ir.
—Si no lo hace, me despido y punto.
—No puedes, Saúl. Te necesito dentro, y necesito que sigas con tu papel de sacerdote.
Lo miré de muy mala leche.
—Créeme, Saúl, es mejor así.
No le discutí. Cuando mi hermano decía algo, aunque no te gustara, al final casi siempre tenía razón.
Dejamos aparcado el tema por un momento y nos pusimos a hablar de nuestras cosas, de esas que no tenían nada que ver con el trabajo. Alejandro era un buen hermano. Desde que tengo uso de razón, siempre había estado conmigo.
Cuando nuestro padre murió, no tuvo más remedio que asumir un papel que no le correspondía. Ayudó a mi madre conmigo y, en mi adolescencia, fue quien me puso los pies en la tierra más de una vez.
Hubo muchos días en los que renunció a salir por quedarse conmigo, sobre todo cuando me dio por jugar con las drogas. Por mi culpa perdió alguna novia que otra.
Aún recuerdo la paliza que me dio cuando tenía dieciséis años por robarle a mi madre algunas de sus joyas para comprar unos gramos. Después de aquello, jamás volvió a ponerme una mano encima.
—Despierta, coño, que te estoy hablando.
—Estaba pensando, perdona —le dije con una media sonrisa.
—Sí, claro, y yo soy cura, no te jode.
Rio.
—¿Cuándo te marchas? —le pregunté.
—Mañana mismo. Mónica me dio la dirección donde está Julia.
—¿Irás tú solo o piensas ir con alguien?
—Ana me acompañará. Una pareja siempre disimula más.
—Ana no puede ir.
Me miró extrañado.
—Joder, Julia sabe quién es.
—Mierda, no había caído en eso. Bueno, ya veré a quién me llevo.
—Llévate a Susana. Seguro que no te dice que no.
—Qué cabrón eres.
Reí.
Susana era una de las agentes que bebían los vientos por mi hermano. Era guapa, pero Alejandro tenía una regla: no tener nada con una compañera de trabajo, a no ser que fuera estrictamente necesario.
—Cuando llegue a casa, llamaré a ese cabrón para que me deje ir allí —le dije levantándome de la silla—, pero antes he de hablar con el padre Emiliano. Creo que él puede ayudarme.
Mi hermano no dijo nada. No hacía falta. Sabía lo que tenía que hacer y cuándo.
Me despedí de él y de Nando. Me monté en la moto y me dirigí al convento. Tenía que pedirle al padre Emiliano que intercediera por mí y hablara con algún cura en Nápoles.
Entré primero a ver a los niños. Era lo que echaba de menos de ese lugar, esos niños que, por unas cosas u otras, no tenían padres.
—Saúl —gritó María cuando me vio—. Has venido.
Vino corriendo y se abrazó a mi cintura.
—Hola, guapa. Claro que sí, ya os dije que, cuando pudiera, vendría a veros.
—¿Qué es ese alboroto, chicos? —Apareció Ana por una de las puertas—. ¿Saúl? Qué alegría. Qué bien te veo, chico.
—Hola, Ana. Vengo a ver al padre Emiliano.
—Está en la iglesia. ¿Pasa algo?
—No, tranquila. Después vuelvo, chicos.
Los dejé jugando y me dirigí a la iglesia. El padre Emiliano sabía quién era en realidad, del mismo modo que no estaba de acuerdo con la manera de pensar de Sandro.
Sabía en qué parte de la iglesia lo iba a encontrar. Era su sitio preferido: el confesionario. Decía que ahí estaba a salvo de las viejas que solo venían a chismorrear.
—Hola, padre, ¿cómo estás?
—Hola, Saúl. Sabía que vendrías.
Lo miré extrañado.
—No me digas que también eres vidente.
—No, hijo, pero sí tengo alguna que otra charla con la madre de Julia. Lo está pasando muy mal.
—Tenía entendido que no podía salir a la calle.
—Ella no puede salir, pero yo sí puedo entrar en la casa. Cuando quiere verme, manda a Mónica a darme el recado.
—Esto me parece surrealista, de verdad que sí. Yo venía para pedirle ayuda.
—Lo sé. Ya he dado los pasos para que te ayuden en Nápoles. Además, Sandro te llamará en un par de días para que vayas.
Lo miré sin saber qué quería decirme.
—Le dije que la mejor opción era que fueras vestido de cura.
—Eso mismo había pensado yo. Creo que, si la encontramos, será más fácil que hable conmigo que con su padre o con su mano derecha.
—No me gusta ese hombre, hijo. Anabel no me cuenta cosas buenas de él.
—Lo sé, padre. A mí tampoco me gusta.
Me despedí de él y me fui a casa a preparar la maleta, tal como me había dicho. Después llamé a mi hermano para contárselo.
—Alejandro, creo que en dos días volaré a Nápoles —le dije nada más contestarme.
—Allí nos veremos. Ten cuidado, Saúl.
—Lo mismo digo, Alejandro. Sé bueno con Susana.
Ahora fui yo quien colgó riéndose.