Capítulo 12
Julia
Giovanna nos había mandado ir a comprar pan nada más levantarnos. Me sorprendió un poco, pero, según su nieta, era normal.
Decidí volver a la casa a por algo de dinero, por si se me antojaba comprar algo. Entré porque la puerta estaba un poco abierta e iba subiendo las escaleras cuando escuché una conversación. Sin embargo, al oír el nombre de Anabel, me quedé parada.
¿Por qué la nombraba? ¿Estaría hablando con ella? Esas preguntas me las hacía mientras escuchaba, hasta que la oí decir que cuidaría de mí hasta que ella llegara.
No me lo podía creer. Giovanna me había delatado y tenía que salir de esa casa cuanto antes. Subí al dormitorio y recogí las cosas de Carmen y las mías. Menos mal que no íbamos cargadas con mucha ropa.
Iba a bajar por las escaleras, pero vi que Giovanna se disponía a subir. Me metí en el dormitorio, fui hacia la ventana y tiré las mochilas por ella. No lo pensé más: me senté en el alféizar y salté.
Me hice daño al caer. Me torcí un tobillo, pero no me paré a pensar en lo que me había hecho. Recogí las mochilas y fui en busca de Carmen.
Pregunté por la panadería donde sabía que iban a estar y, cuando llegué, vi que Roberta estaba comprando y Carmen miraba todo lo que había alrededor.
—Carmen, Carmen —la llamé.
Vi que se daba la vuelta.
—Sal un momento.
—Ah, Julia, ¿quieres algo? —me preguntó Roberta—. Aún estás a tiempo.
—No, cariño, te esperamos en la tienda de al lado.
Carmen salió gruñendo. La agarré de la mano y tiré de ella hacia la esquina.
—¿Pero qué coño haces? Por si no lo sabes, me estás haciendo daño. ¿Y por qué llevas las mochilas?
—Joder, cuántas preguntas. Te ha faltado preguntarme por qué cojeo.
—Eso, ¿por qué estás cojeando?
Me tuve que reír. De verdad que sí, pese al dolor que tenía en el pie.
—Tenemos que irnos. Mi madre sabe que estamos aquí.
—¿Quéeeeeee? ¿Cómo sabe que estamos aquí?
—Joder, ¿por qué va a ser? Porque mi nana nos ha delatado.
—Sí, pero no me has dicho por qué andas cojeando.
—He tenido que salir por la ventana para que no me viera.
—Julia, deberías llamar al padre Saúl.
—¿Quéé? Ni loca. Además, no tengo su número de teléfono.
—Pero yo sí —me dijo meneando su móvil—. Me lo dio aquella tarde de verano. Ja, ja, ja.
—Idiota eres. No pienso llamar a nadie y tú tampoco.
—Pues ya me dirás adónde vamos a ir si no conocemos a nadie.
En parte llevaba razón. No conocía a nadie. Ya no tenía quien me ayudara, pero seguiría adelante.
Llegamos a la estación de autobuses. Miré el panel y vi un pueblo que me llamó la atención: Sorrento.
—Carmen, ya sé dónde iremos. Nos vamos a Sorrento.
—¿A lo qué? —me preguntó con las manos en la cintura—. Yo me quiero quedar aquí, Julia.
—A Sorrento. Está cerca de aquí, seguro que nos gusta, ya verás.
Compré los billetes y vi que quedaba media hora para que saliera el autobús. Me senté en un banco y mandé a Carmen a por algo de comer. Al final no habíamos desayunado.
Me quedé pensando en lo que me había dicho sobre llamar al cura, pero seguro que él me convencería de que volviera al convento, y eso jamás iba a suceder.
—Toma. —Me ofreció Carmen—. Te he traído un bocadillo y un café. Yo quería una tostada, pero en esa tienda se ve que no conocen otra cosa.
—Gracias, bonita. Te prometo que todo saldrá bien.
—Eso espero, Julia, porque no me gustaría estar todo lo que me queda de vida huyendo.
No le dije nada. Me comí el bocadillo en silencio. Cada vez me dolía más el tobillo, pero no pensaba decírselo a Carmen. No quería preocuparla.
Por fin llegó la hora de subirnos a ese autobús. Nos esperaba una hora de viaje. No era mucho tiempo, pero sí el suficiente para poner tierra de por medio.
Carmen no hacía más que plantear escenarios: que si volveríamos a huir, que si nos quedaríamos en el mismo sitio, que si íbamos a llamar al cura…
—Carmen, cállate un rato, me estás volviendo loca.
—Ay, Julia, es que estoy muy nerviosa y también tengo miedo.
—Cuando lleguemos, te vuelves y coges un avión para irte a tu casa.
—De eso nada. ¿Y perderme toda esta aventura? Ni hablar.
—Pues deja de tocarme las narices y quédate callada un rato.
—Qué aburrida eres, hija. Ya me callo.
Me tuve que reír, porque con Carmen era imposible no hacerlo, pero necesitaba pensar en qué haríamos al llegar. Lo primero sería buscar una pensión donde quedarnos. Aunque tenía dinero, no quería llamar la atención.
Estábamos llegando cuando vimos que era un pueblo costero. Carmen y yo nos miramos al mismo tiempo, y eso podía ser muy bueno.
Estábamos llegando cuando vimos que era un pueblo costero. Carmen miró por la ventanilla y después me miró a mí, asombrada.
—Julia, ¿estás viendo esto?
—Claro que lo estoy viendo. Esto puede ser nuestra salvación.
—No me entero de nada. Nunca me hablas claro.
—¿Tú no decías que tenías arte en la hostelería? Pues ya has encontrado trabajo.
—Sí, hombre, ahora resulta que eres vidente.
—No, pero ya verás cómo este es el sitio.
Entre risas, nervios y una nueva ilusión, nos bajamos del autobús, pero no contaba con que, al poner el pie en el suelo, no iba a poder mantenerme en pie por el dolor.
—Carmen, ayúdame, me duele mucho el pie.
—Tenemos que buscar un médico. Oye, Julia, ¿tú sabes hablar sorrentino?
Me quedé mirándola muy seria y rompí a reír a carcajadas.
—Ay, madre, por un momento te juro que se me olvidó hasta el dolor del pie.
Reí.
—Digo yo que, si me cuentas el chiste, me puedo reír también.
—Carmen, aquí se habla italiano, hija, no me seas de tu pueblo.
—Qué espabilada, ella. Claro, como tú has estudiado en los mejores colegios y eres rica, lo sabes todo.
—Soy rica desde que te conocí a ti, so boba —le dije dándole un beso en la mejilla.
—Pues venga, vamos a buscar un médico para que te miren ese pie.
Salimos de la estación y miramos a ver a quién podíamos preguntar para que nos ayudara.
Un señor muy amable, al ver que me costaba andar, nos llevó él mismo al médico. Estuvimos esperando más de media hora hasta que me llegó el turno.
Como ya imaginaba, lo que me había hecho era un esguince. Me escayolaron el pie para que no lo moviera, por lo menos, durante los primeros quince días.
—Bueno, señorita, esto ya está. No olvide tomarse el antiinflamatorio cada ocho horas.
—Descuide, doctor, que lo haré. Por cierto, ¿no sabrá de una pensión que no sea muy cara?
—Hoy es vuestro día de suerte. Mi hermana es la dueña de una de las pensiones que está en el paseo marítimo.
—¿Me podría facilitar un número de teléfono para poder informarme?
—Claro que sí. También voy a facilitarte unas muletas para que puedas andar, pero prométeme que tendrás el pie en alto el mayor tiempo posible.
—Eso ni lo dude —contestó Carmen por mí—, por la cuenta que le trae.
Y de esa manera acabamos delante de una pensión que sería, de momento, el lugar donde viviríamos.
—Venga, Julia, entremos ya, que necesitas descansar.
No le dije nada porque tenía razón. Entramos y, detrás del mostrador, había una mujer de unos cincuenta años con una sonrisa de lo más bonita.
—Así que vosotras sois las turistas accidentadas —no lo preguntó, sino que lo afirmó—. Mi hermano me ha llamado para decirme que veníais recomendadas.
—Más o menos, porque yo no tengo nada —dijo Carmen apoyándose en el mostrador.
—Os he dado la mejor habitación que tengo, con terraza y vistas al mar.
—Muchas gracias, señora —le dije dándole mi carné.
—Anda, si te llamas Daniela, como yo —me dijo sonriendo—. Si es que lo bueno abunda, o eso dicen. Toma el carné y la llave. Está en el segundo piso, pero tranquila, que hay ascensor. La comida se sirve a la una y media de la tarde.
—Gracias, Daniela. Una última cosita —le dijo Carmen—. ¿Sabrías de alguien que necesite una camarera?
—¿No estáis de vacaciones? —nos preguntó extrañada.
—Sí y no, pero necesitamos conseguir algo de dinero. Nos robaron en Nápoles.
Mi cabeza giró a la velocidad de la luz cuando escuché a Carmen decir eso.
—Bueno, ya os diré algo. De momento, descansad y cuida de tu amiga, que le hace falta. Y por el dinero, si no tenéis para pagarme, no os preocupéis, que ya encontraremos la manera.
Subimos a la habitación. Nada más entrar, me tiré en la cama. Me dolía el pie una barbaridad. Sin embargo, Carmen se puso a mirar por toda la habitación.
—Presiento que aquí vamos a estar bien, Daniela. —Me miró y me guiñó un ojo—. Recuerdo lo que mi primo me dijo, tranquila, que no soy tan tonta.
—Yo no he dicho eso, Carmen, pero me alegro de que lo recuerdes. Sabes que eso me pondría en peligro.
—Ay, cariño, lo tuyo es de película. Me gustaría saber un día por qué te tocó vivir esta vida.
—Ojalá lo supiera, de verdad que sí. Porque, según mis padres, es para protegerme. ¿Pero de qué? ¿De quién? Ni yo misma lo sé.