Una vida de engaños Capítulo 11
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Capítulo 11

Anabel

Cuando me levanté aquella mañana, no pensaba que fuera a recibir la mejor noticia de todas.

Sandro ya no estaba. La puerta de su dormitorio estaba abierta y la cama vacía. Lucy, la chica que se dedicaba a limpiar la casa, ya la estaba arreglando. Bajé directamente a la cocina. Allí estaba Mónica, la cocinera y madre de Lucy.

—Buenos días, Mónica —le dije yendo hacia la cafetera.

—Buenos días, cariño. Siéntate, que te voy a poner un desayuno en condiciones. ¿Qué es eso de un café nada más? —me dijo, sentándome.

—No tengo mucha hambre, de verdad.

—Eso ya lo sé yo, que nunca tienes hambre. Vas a terminar enfermando y tu hija te necesita fuerte.

—Solo espero que esté bien y no le pase nada.

—Anabel, como tu hija sea la mitad de fuerte que tú, te aseguro que estará bien.

—¿Por qué sigues aquí, Mónica, si tu hija te trata así?

—Ya te lo he dicho muchas veces: no te voy a dejar sola con esos dos.

Mónica era un encanto de mujer; sin embargo, su hija era lo peor que había en la faz de la tierra. Sabía que se acostaba con Sandro. Una noche, al encontrarme mal, fui al dormitorio de mi marido y, al abrir la puerta, los encontré juntos.

Ese día no solo me gané una bofetada por parte de mi marido, sino que tuve que aguantar las risas de ella.

Conocí a Sandro cuando yo tenía dieciocho años y él veinticinco. Me lo presentó mi padre, apartándome de mi primer amor, y desde entonces no nos habíamos vuelto a separar. A los dos años nos fuimos a vivir juntos y, ocho años después, nos casamos.

Aprendí a quererlo. No mucho, pero lo quería. Cuando él tenía que viajar, me llevaba con él, ya que yo trabajaba en una revista digital y podía hacerlo desde cualquier sitio.

Me costó quedarme embarazada, pero cuando menos lo esperaba vino Leo. Sandro se volvió loco de alegría: por fin tenía lo que quería, un varón que siguiera con sus negocios.

A los tres años nació Julia, que fue la alegría de la casa, pero sobre todo de Sandro. Tras la muerte de Leo, él cambió. Se volvió más gruñón, reservado, y ya no nos trataba de la misma manera ni a Julia ni a mí.

Todo empeoró desde entonces. Un día, de buenas a primeras, nos dijo que nos arregláramos, que íbamos a salir. Jamás pude imaginarme a dónde nos llevaría.

Cuando llegamos a aquel convento, pensé que íbamos a ver a su prima, y así fue. Lo que no pude imaginar es que mi hija se quedaría allí y que yo, por su bienestar, tendría que callar.

Todos esos años lo pasé muy mal, recibiendo bofetadas por contestarle y teniendo que callar para que a mi hija no le pasara nada.

Cuando recibimos la noticia de que Julia se había escapado del convento, solté un suspiro de alivio. Un suspiro que llevaba muchos años conteniendo. Sandro se volvió loco. Gritó, maldijo a su prima, pero mi hija se había liberado por fin.

Cuando todo eso pasó, llamé a la única persona que podía ayudarme. Gracias a Mónica, tenía un móvil del que nadie sabía nada. Giovanna, la nana de mis hijos, era la única persona que podía ayudarme.

Le conté todo lo que había pasado en esos años. Le dije que, si Julia aparecía por Nápoles, la ayudara, y que esa ayuda se la devolvería con creces.

Estaba sentada con el café en la mano cuando mi teléfono vibró. Siempre lo tenía en silencio. Me levanté y fui hacia la puerta que daba al jardín.

—Giovanna, ¿cómo estás? —le pregunté con mucha alegría y, al mismo tiempo, nerviosa.

—Anabel, está aquí. Llegó anoche con otra chica.

Cuando me dijo eso, tuve que sentarme para no caerme.

—Nana, dime que está bien, por favor.

—Tranquila, hija, sí está bien. Las he mandado con mi nieta a comprar pan para el desayuno.

—Gracias, Señor, por darme una hija tan valiente y fuerte.

—Desde luego que tu hija los tiene bien puestos.

—No pueden quedarse mucho tiempo en tu casa. Sandro piensa mandar a alguien a buscarla, y no descarto que vayan allí.

—¿Él sabe que está en Nápoles?

—Creo que no, nana. Hace mucho que dejó de contarme las cosas.

—Sal de esa casa, hija. Ya no tiene sentido que estés así.

—No puedo. Si yo me voy y la encuentra, no sé de lo que será capaz.

—Es su hija, no creo que llegue la sangre al río.

—No me fío. Hay alguien que va detrás de la niña.

—Ve a la policía. No puedes seguir así. Cuéntalo todo.

Vi cómo entraba el coche de Sandro por el camino.

—Nana, tengo que dejarte. Cuida mucho de ella.

Colgué sin darle opción a seguir hablando y me puse a ayudar a Mónica en la cocina. No me importaba hacerlo; me servía para evadirme un poco de mis problemas, aunque no conseguía quitarme a mi hija de la cabeza.

—Anabel, ¿dónde coño estás? —preguntó gritando—. No hagas que te llame dos veces.

Cogí un paño de la cocina y salí corriendo.

—Sandro, estoy aquí —le dije aparentando tranquilidad—. ¿Pasa algo?

—Tu hija, eso es lo que pasa.

—¿La has encontrado? ¿Está bien?

—Deja de preguntar —me dijo dándome un empujón—. Cuando la encuentre, no va a volver a ver la luz del día, y reza para que sea yo quien lo haga.

—Sandro, dime qué pasa, por favor.

—No sé cómo lo ha hecho, pero ha vaciado su cuenta.

Eso me llenó de satisfacción.

—Lo que no sabe es que ella sola se ha delatado. Ya sabemos que en España no está y solo se me ocurre un sitio.

—¿Cuál? —le pregunté haciéndome la tonta.

—Nápoles.

Cuando me dijo ese nombre, me puse tensa y nerviosa.

—Aún no sabe dónde se ha metido.

—Sandro, ¿de qué hablas? —le pregunté, pero no dijo nada.

Se dio media vuelta y subió las escaleras. Me quedé parada, viendo cómo desaparecía por ellas. Cuando lo perdí de vista, fui corriendo a la cocina. Me topé con Lucy, pero ni caso le hice.

—Dios mío, no puede ser. —Entré hablando sola—. La va a encontrar.

—Niña, ¿qué es lo que pasa?

—Mónica, la va a encontrar, y si eso pasa, no sé de lo que será capaz.

—Mi niña, por más que lo pienso, no me entra en la cabeza cómo un padre puede tratar así a su hija.

—Él no era así, nos quería mucho a los tres.

—No lo defiendas. Puedes perder a alguien y es entendible que duela, pero lo que os está haciendo no tiene nombre.

—Necesito que llames a Giovanna y le digas lo que ha pasado, por favor.

Me preparó una tila y me la puso en la mesa.

—Lo haré. Ahora, bébete la infusión y no pienses.

Me senté sin protestar. Me hacía falta tranquilizarme. Sandro no podía sospechar que yo sabía dónde estaba mi hija. Lucy entró en la cocina y, la verdad, ni la miré. No la soportaba.

Vi la manera en que le hablaba a su madre y me dio mucha tristeza, porque Mónica era una buena madre.

—Eso no son maneras de hablar a una madre —le dije cabreada—. El día que le pase algo, lo lamentarás.

—No te metas en lo que no te importa. Preocúpate de tu matrimonio. —Rio.

—Qué pena. Yo no te eduqué así —le dijo su madre—. El dinero te ciega.

—Qué sabrás tú —le dijo, y salió de la cocina.

Vi cómo, en ese momento, Mónica se metió en la despensa. La escuché hablar por teléfono, aunque no sabía con quién lo hacía hasta que salió y me dijo que ya estaba hecho.

Giovanna ya estaba avisada. Ahora tenía que pensar en cómo salir de la casa sin ser vista y llegar a Nápoles antes que Sandro.

Tenía que hacerlo. No podía esperar a que me privara de estar con mi hija. Sabía que Julia pensaba que yo era igual que él, pero nada tenía que ver con la realidad. Si mi comportamiento cambió con ella, fue para protegerla.

—Mónica, tienes que ayudarme a salir de aquí —le dije sin pensar.

—No puedo hacerlo, Anabel. No me pidas que ponga mi vida en riesgo.

—Por favor, eres la única persona en la que puedo confiar. Ayúdame.

—Sabes que no llegaríamos ni a la verja, y te he dicho que no puedo poner mi vida en peligro. Lo siento.

—Desde luego que no.

Me quedé sin respiración cuando escuché esa voz.

—¡Sandro! ¿Qué haces aquí?

—Estoy en mi casa, querida, y puedo pasearme por donde quiera. Pero veo que la que va a dejar de hacerlo vas a ser tú.

—No te entiendo. ¿Qué quieres decir con eso? —le pregunté a sabiendas de que sí sabía de lo que hablaba.

—Ahora lo entenderás. Antón.

Al escuchar ese nombre, me eché a temblar.

—Enciérrala en su habitación.

—No puedes hacer eso. Soy tu mujer, me debes un respeto.

—Precisamente porque eres mi mujer tienes que obedecerme. Antón, llévatela ya. No la quiero ver más.