Capítulo 10
Julia
Nos esperaban casi tres horas hasta nuestro destino. Carmen me tenía la cabeza como un bombo; no había manera de que se callase y, con ella hablando sin parar, pensar era misión imposible.
—¿Te quieres callar ya un rato? Así no hay quien pueda pensar.
—¿En el cura buenorro ? —me preguntó dándome un codazo.
—Joder, que me has hecho daño. Déjate de curas buenorros , que tenemos un problema y no es moco de pavo.
—No tenemos dónde quedarnos.
No me lo preguntó, lo afirmó.
—No lo sé seguro, pero, si no sale bien lo que tengo en mente, tendremos que buscar algún sitio.
El avión despegó y miré por la ventanilla. Atrás dejaba una vida. Una vida que me habían arrebatado y que nadie me preguntó si era la que quería vivir.
—Julia, que estaba pensando yo… —me dijo dándose golpecitos en la barbilla—. Igual tendría que cambiarme yo también de aspecto. A mí me reconocen de lejos con esta cara.
—Carmen, a ti no te buscan, me buscan a mí. Pero, si eso te hace sentir mejor, hazlo.
Me giré hacia la ventanilla. Había veces que Carmen me saturaba; siempre lo había hecho, pero también he de decir que, sin ella, no estaría en ese avión rumbo a la ciudad que me vio nacer.
El viaje se me hizo corto. Carmen se quedó dormida, cosa que agradecí, porque con ella en silencio sí pude pensar.
La desperté cuando anunciaron que íbamos a aterrizar, aunque me costó la misma vida conseguir que abriera los ojos. Al bajar del avión, Carmen iba mirando hacia todos lados. Sacó una gorra de la mochila y se la puso junto con unas gafas de sol.
—¿Se puede saber qué haces? —le pregunté mientras íbamos avanzando.
—¿Tú qué crees? —me preguntó parándose delante de mí—. Pasar inadvertida.
—La madre que me parió, Carmen. ¿No ves que de esa manera llamas más la atención? Anda, quítate eso.
—Julia, no quiero que te pillen por mi culpa.
—No pasará eso, tranquila, pero tenemos que hacer las cosas bien. De momento, cuanto antes salgamos de aquí, mejor.
Dejamos el aeropuerto a nuestras espaldas y cogimos un taxi. Le di la dirección donde quería ir y nos pusimos en marcha.
Carmen me cogió la mano y la apretó. Cada minuto que pasaba me alegraba más que hubiera venido conmigo. Todo el trayecto lo hicimos en silencio.
Bajamos del taxi y miré la fachada del edificio donde nos había dejado. Ahora era yo la que apretaba la mano de Carmen.
—Bueno, ya hemos llegado a nuestro destino —le dije mirándola—. Ahora solo falta que todo salga bien.
Llamé a la puerta. La espera fue eterna hasta que nos abrieron. Salió una chica más o menos de nuestra edad, pero no recordaba haberla visto nunca.
— Ciao —la saludé en italiano—. ¿Está Giovanna?
—¿Qué dices? —me preguntó Carmen—. Parece que tienes patatas en la boca.
—Estoy preguntando por mi nana, niña.
Estábamos las dos enzarzadas cuando escuché una voz.
—¿Julia? ¿Eres tú? —me preguntó una mujer a la que yo conocía muy bien.
—Hola, nana, sí, soy yo.
Me eché a sus brazos llorando.
—¿Podemos pasar? Tengo algo que contarte.
—Claro que sí, hija, pasa. Qué alegría más grande. Caterina, mira quién ha venido.
—Pero bueno, ¡no me lo puedo creer! Julia, cuánto tiempo y qué guapa estás —me dijo dándome un abrazo.
—Hola, Caterina. Hace mucho tiempo, sí. Esta es mi amiga Carmen.
—Hola, un placer conocerlas —les dijo dándoles dos besos a cada una.
—Julia —me llamó Giovanna—, ¿te acuerdas de mi nieta Roberta?
—La verdad es que no la recuerdo.
—Ya he visto que ninguna de las dos os acordáis.
—Abuela, que yo soy más pequeña que ella —le dijo Roberta.
—Bueno, da igual. Ven, hija, y cuéntame. ¿Qué os trae por aquí? —me preguntó sentándose en un sillón.
—Nana, lo que te cuente me tienes que prometer que no se lo dirás a nadie.
—Hija, puedes contarme lo que quieras. Mi boca está sellada.
Les conté toda la historia sin dejarme ni una coma. Caterina se echaba las manos a la cabeza. Giovanna no dijo nada, solo escuchaba, y Roberta decía que menos mal que ella no tenía padre, ya que no quiso hacerse cargo de ella.
—Hija, no me puedo creer lo que me acabas de contar. No me esperaba eso de tu padre, pero lo que más me sorprende es que tu madre no haya hecho nada.
—A mí también, nana, pero no sé. Hay algo en ella que no me cuadra. Siempre que iba a verme me dejaba dinero, hasta que las visitas fueron nulas.
—¿Tenéis dónde quedaros? —me preguntó acariciándome la mano.
—No. En mi mente, mi primer destino era venir aquí. No sabía si aún seguirías viviendo en esta casa.
—Pues ya has visto que sí. Roberta, llévalas a la habitación de invitados. Cuando estéis instaladas, cenaremos.
—Gracias, nana. Mañana mismo buscaremos dónde quedarnos.
—Ya hablaremos de eso. Ahora id a daros una ducha, os vendrá bien.
Subimos con Roberta, que nos llevó a una de las habitaciones del fondo.
—Os dejo para que os pongáis cómodas. Si necesitáis algo, me lo decís. En el mueble del baño tenéis toallas.
—Gracias, Roberta, por todo.
No dijo nada, se marchó con una sonrisa en la cara. Lo primero que hizo Carmen fue dejarse caer en la cama, estirada de punta a punta. Yo inspeccioné la habitación. Tenía una gran cama de matrimonio, un armario grande empotrado y un baño. No era muy grande, pero era más que suficiente.
—Julia —me llamó Carmen—, menos mal que esta mujer sigue viviendo en el mismo sitio. Ya me veía buscando un parque donde dormir.
—Tonta eres, hubiéramos buscado una pensión.
—Eso es lo que yo no quería. Voy a mandar un wasap a mi primo para que se quede tranquilo.
—No sé, Carmen, hay algo que no me termina de convencer —le dije mientras ella escribía el mensaje a su primo.
—¿A qué te refieres? —preguntó dejando de escribir.
—Demasiado fácil todo.
—Tonterías tuyas. Anda, tira para el baño y dúchate tú primera.
Quizá tuviera razón, pero la reacción de mi nana no era la de una persona que no te esperaba; era como si supiera que yo iba a aparecer en su casa.
Me metí en la ducha, y la verdad es que la necesitaba.
Mientras el agua caía sobre mí, mi mente viajó hasta Saúl.
No podía quitarme de la cabeza a ese hombre.
¿Por qué tenía que cruzarse en mi camino?
Era la primera vez que me enamoraba de alguien, y precisamente tenía que ser de la persona más prohibida para mí.
Salí de la ducha con el pijama puesto. No llevábamos mucha ropa: lo puesto, una muda, el pijama y un neceser.
—Tu turno, Carmen, venga, perezosa —le dije cogiéndola de una pierna para despertarla.
—Yo no he hecho nada, ha sido Julia.
—¿Qué dices? ¿Me estás culpando a mí de qué?
—Ups, de nada. Me he quedado un poco traspuesta.
—Sí, ya lo veo, ya. Anda, tira para la ducha, traidora.
—Julia, ¿ahora qué?
—Ahora te vas a duchar, vamos a bajar a cenar algo, que tengo hambre, y después subiremos a dormir. Mañana ya veremos.
—Estoy asustada. ¿Eso es malo? —me preguntó desde la puerta del baño.
—No, Carmen, no lo es. Yo también estoy asustada, pero bueno, si las cosas no nos salen como tengo pensado, solo nos queda meternos a monjas.
—Capulla eres.
Solté una carcajada.
Me quedé pensando mientras ella se duchaba. Yo también estaba asustada. No podía quedarme mucho tiempo en esta casa, pero sí el suficiente para encontrar un lugar donde vivir sin llamar la atención. Antes de eso, tendríamos que buscar un trabajo.
Cuando bajamos, nos estaban esperando para cenar. Tenía hambre, no lo voy a negar, porque desde que comimos un bocadillo en el aeropuerto, no había vuelto a comer nada.
—Venga, hijas, sentaos, que ya está la cena lista —nos dijo Giovanna con mucho cariño—. Os he hecho un caldo que os hará falta.
—Gracias, nana, no sabes cómo te lo agradezco.
—Yo también, señora Giovanna, pero el caldo no me gusta —le dijo Carmen avergonzada.
—Niña, a mí no me llames señora. O me llamas Giovanna o nana; si no, te vas ahora mismo de mi casa.
Las demás nos echamos a reír mientras Carmen se moría de la vergüenza.
—Mamá, déjala ya, anda, que la vas a asustar —le dijo Caterina.
No solo había caldo para cenar. También comimos pizza frita rellena de ricota, mozzarella, salami y tomate frito, que por cierto estaba buenísima.
Cenamos hablando de lo que había vivido en el convento, de lo que había cambiado mi padre conmigo desde la muerte de mi hermano.
Ayudamos a recoger la cocina y seguimos charlando un buen rato, hasta que Giovanna nos mandó a dormir a todas.
—Julia, ¿estás segura de que te fías de ella? —me preguntó Carmen tirándose en la cama.
—Ay, niña, deja de decir tonterías —le dije cuando caí a su lado—. Ha sido mi nana durante mucho tiempo. Cuando mis padres se iban de viaje o a alguna fiesta, se quedaba con nosotros.
—No sé, hay algo en ella que no termina de convencerme.
—Anda, vamos a dormir ya, Carmen.
Apagué la luz y me di la vuelta cerrando los ojos.