Una vida de engaños Capítulo 9
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Capítulo 9

Julia

Cada día que pasaba estaba más contenta.

Eduardo y Diana se habían portado muy bien conmigo.

Habían pasado tres semanas desde que me marché del convento, y la primera fue caótica, porque tenía que cambiar muchas cosas de mí.

Lo primero fue el color del pelo, aunque yo no quería teñírmelo y tampoco me decidía por ningún color.

Al final elegimos el negro azabache. Ese día lloré lo más grande, y Eduardo pasó varios días divirtiéndose a mi costa. También me puse unas lentillas verdes y, cuando por fin me miré en el espejo, me quedé con la boca abierta.

Eduardo se encargó de los papeles. No pregunté cómo lo había hecho, pero ya tenía una identidad nueva: Daniela Salvatierra Ortiz. Según él, tenía nombre de la realeza.

Estábamos planeando irnos del pueblo, al menos yo. Eduardo había visto a alguien merodeando por la casa días atrás y, desde entonces, solo salía para ir a trabajar. Lo hacía por el dinero, porque lo necesitaba para lo que tenía pensado hacer.

Esa mañana le pedí a Eduardo algo que podía perjudicarlo, pero necesitaba sacar dinero de una cuenta que tenía desde niña. Había que encontrar la manera de hacerlo sin que saltaran las alarmas.

—Julia, eso está muy difícil, pero lo intentaré. De todas maneras, puedo prestártelo yo y ya me lo devolverás cuando puedas.

—No. No sé si volveremos a vernos y necesito tenerlo en una cuenta con mi nuevo nombre.

—Está bien. No te prometo nada, pero no me preguntes cómo lo he conseguido, porque no voy a hacerlo yo.

—Me da igual cómo lo consigas, pero consíguelo.

Salió de la casa con una sonrisa. No me preocupaba cómo lo consiguiera. No iba a preguntarle, como tampoco le pregunté cómo había conseguido mis papeles nuevos.

Diana vino hasta donde estaba con dos cafés en la mano.

—¿Estás segura de lo que vas a hacer? —me preguntó dándome uno.

—Gracias. Sí, estoy segura. Es más, es lo mejor —le respondí.

—Podríamos ir contigo. Sabes que podemos trabajar desde cualquier sitio si quisiéramos.

—Lo sé, pero prefiero hacer esto sola.

—¡Qué te lo has creído tú! —Escuché una voz que me hizo gritar.

—Carmen, ¿qué haces tú aquí?

—Joder, Julia, si llegas a estar en otro lugar, no te reconozco —me dijo dándome un abrazo—. Y respondiendo a tu pregunta, te diré que quitarme del medio. Demasiadas preguntas.

—¿Te ha visto alguien?

—No, tranquila. Me prestaron un coche para no tener que mover el mío de la puerta de mi casa. Llevaba cuatro días sin salir por lo mismo.

—No te puedo complicar más la vida —le dije seriamente.

—Julia, no vas a ir sola a ningún sitio. Tu padre está como loco buscándote. Fue al convento y menuda bronca se llevó la madre superiora. Además, me tienen vigilada. Están seguros de que sé más de lo que digo, y razón no les falta.

¿Cuánta gente iba a sacrificar su vida por ayudarme? Y, sin embargo, egoístamente quería que se viniera conmigo para no estar sola.

—Carmen, pero yo me voy a Nápoles.

—Y yo contigo, y no hay nada más que hablar.

—Yo no es por malmeter, Carmen —dijo Diana—, pero cuando tu primo se entere de que te has presentado aquí, se va a enfadar.

—Pues que beba agua, pero ya no podía seguir allí.

—Lo siento mucho, de verdad. Todo ha sido por mi culpa.

—¿Cuándo nos vamos? —preguntó haciéndose la tonta ante mi disculpa.

—Cuanto antes, mejor —dijo Eduardo—. De momento, recoged las cosas, que nos vamos de aquí.

—¿Ha pasado algo, mi amor? —preguntó Diana sobresaltada.

—He visto al cura joven en la plaza.

—¿Cómo? No me lo puedo creer.

—Prima, ¿estás segura de que nadie te ha seguido?

—Y tan segura.

Recogimos lo imprescindible. Si Eduardo había visto al cura joven, no podía ser otro que Saúl. No había pasado un solo día desde que me fui sin pensar en él, en sus ojos, en esa sonrisa y en la manera en que me hablaba.

Saúl estaba prohibido para mí. Bueno, y para muchas mujeres más. No había tenido la oportunidad de conocer sus motivos, pero no creía en aquella llamada del Señor de la que me habló una vez.

Otra vez estaba metiendo lo imprescindible en una mochila, aunque al menos esta vez no era una bolsa cualquiera.

Pensé en mi madre, en todas las veces que me había hecho falta y en cómo se había desentendido de mí. Me iba a Nápoles, sí, pero sin saber muy bien qué hacer allí. Con un poco de suerte, encontraría trabajo pronto.

—Julia —me llamó Carmen.

—Estoy aquí. ¿Qué te pasa?

—¿Qué vamos a hacer en Nápoles?

—Lo primero, buscar dónde quedarnos. Después, buscar trabajo y, una vez estemos establecidas, ya veremos.

—¿No estás asustada? Porque yo estoy que me cago en las bragas.

—Vaya monja más deslenguada.

Reímos.

—Nunca tuve vocación, solo que no sabía qué hacer y tenía dos años para decidirme.

—¿En serio? —asintió—. Ja, ja, no te creo.

—Eso es problema tuyo, pero es tan cierto como que me llamo Carmen.

Reímos dándonos un abrazo. La verdad es que me sabía mal que ella tuviera que dejarlo todo por seguirme, pero egoístamente me sentía más segura sabiendo que no iría sola.

—Nos vamos ya —dijo Eduardo—. Ya están preguntando por nosotros.

—Siento mucho haberos metido en esto —les dije muy apenada.

—Deja de disculparte. Tú no nos has metido en nada, lo hemos hecho nosotros solos —me dijo Eduardo.

Al oír la puerta cerrarse tras de mí, sentí un escalofrío mezclado con tristeza.

Me quedé con los ojos cerrados, perdida en mis pensamientos, preguntándome hasta cuándo tendría que seguir huyendo de mi padre. Qué triste era hablar así de la persona que debería cuidarte y amarte.

No sabía qué iba a hacer cuando llegara a Nápoles. Tenía una idea en la cabeza, sí, pero había pasado tanto tiempo que no sabía si todo saldría como esperaba.

—Julia, nos queda media hora para llegar al aeropuerto. Vete espabilando, dormilona —me dijo Carmen zarandeándome.

—No estoy dormida, solo estaba pensando con los ojos cerrados.

—No es por nada, Carmen, pero deberías empezar a llamarla Daniela —le dijo su primo—. No queremos que se te escape en cualquier sitio.

—Tienes razón, pero sé que al principio me va a costar un poquito.

—Tranquila, hasta a mí me cuesta mentalizarme de que ahora soy Daniela y no Julia.

Por un momento volvió el silencio entre los cuatro. Miré por la ventana, viendo cómo dejaba atrás aquel refugio improvisado que, durante unas semanas, me había permitido sentirme un poco libre.

Según nos íbamos acercando al aeropuerto, me iban entrando los nervios. Por un lado, me alegraba que Carmen viajara conmigo. No iba a estar sola, y eso hacía que no tuviera tanto miedo por si mis planes no salían como esperaba.

Eduardo aparcó un poco más allá de la entrada.

—Bueno, Daniela, ha llegado el momento de que empieces una vida nueva —me dijo Eduardo.

—Gracias por todo. Espero que lo que has hecho por mí no te cause problema alguno —le dije con lágrimas en los ojos.

—Tranquila, no te preocupes por eso. Anda, ven y dame un abrazo.

Estuvimos así un rato, en silencio. Eduardo había sido como un hermano mayor para mí.

—Bueno, venga, dejaos de dramatismos —nos dijo Diana—, que todo te vaya bien, preciosa. Te voy a echar de menos —me dijo abrazándome.

—Joder, qué ñoños os ponéis. Venga, vámonos ya —dijo Carmen secándose una lágrima.

—Carmen —la llamó Eduardo—, pórtate bien y cuídate.

—Que sí, pesado. Anda, vámonos, Daniela, que al final nos dan aquí las uvas.

Se metió dentro sin volverse. Sabía que a ella también le costaba dejar a su familia e iba a empezar una nueva vida sin tener por qué hacerlo, solo por no dejarme sola.

—Vamos a tomar algo antes de embarcar.

—Carmen, espera. ¿Y los billetes? Hay que sacarlos antes.

—Pues menos mal que no habías dormido en el coche, porque Diana ha sido la que los ha sacado. Aquí están, en mi móvil.

Nos sentamos en una de las cafeterías del aeropuerto. Yo pedí una tila. Carmen fue más valiente y se pidió una cerveza.

—Tengo miedo —le dije mirando el vaso.

—Toma, y yo. Es la primera vez que salgo de España y no sé lo que me voy a encontrar.

—Yo tampoco lo sé, Carmen, y eso es lo que me asusta.

—¿Tú crees que nos encontrarán? —me preguntó dando un sorbo a la cerveza.

—Sinceramente, no lo sé. Una parte de mí dice que ojalá y la otra dice que no —le contesté moviendo la cuchara dentro del vaso.

—Bueno, si te sirve de algo, tengo experiencia en la hostelería.

Me quedé mirándola con la boca abierta.

—¿Qué? No siempre fui novicia.

Nos reímos a carcajadas.

—Gracias, Carmen, por no dejarme sola en estos momentos.

—Al final, como sigas dándome las gracias, te montas en ese avión tú sola.

—Está bien, no te las volveré a dar.

—Mujer, tampoco es eso. Digo yo que de vez en cuando no estaría mal.

—Qué boba eres.

Así, entre risas y comentarios tontos, pasamos el tiempo de espera para coger el avión.

Me daba la impresión de que no me iba a aburrir al lado de Carmen.