Capítulo 8
Saúl
Tres semanas habían pasado desde que Julia se había ido del convento. Ni mi hermano, ni la gente de Sandro, ni yo habíamos dado con su paradero. Tan solo habíamos encontrado la furgoneta en la que presuntamente se había fugado.
Por lo que me dijo mi hermano, estaba en un barrio peligroso. Cuando escuché eso me acojoné. ¿Qué haría ella en un barrio como ese?
Allí estaba yo, en el despacho de Sandro Santolaya, esperando nuevas instrucciones, y eso me tenía un poquito tenso.
—Buenos días —dijo sin mirarme—. ¿Novedades?
—Ninguna.
Entonces fue cuando me miró.
—No encontramos nada en el coche. Lo siento.
—Maldita sea la hora en que te contraté, Saúl. Se supone que tenías que protegerla.
—Le dije que allí dentro sería muy difícil. Solamente la veía unas horas al día.
—No me vengas con excusas.
—Señor Santolaya, no son excusas, es la realidad. La madre superiora era la que tenía que estar vigilándola.
—¿Me estás diciendo que no sé cómo tengo que hacer las cosas?
—Yo no he dicho nada de eso, solamente que…
—Cállate, Espósito. No quiero saber nada. Menos mal que sí hay gente competente que ha dado con ella.
Escuchar esas palabras hizo que me pusiera en alerta. ¿Cómo que habían dado con ella? Tenía que averiguar cómo lo habían hecho.
—¿Sabe dónde está, señor? —le pregunté lo más sumiso que pude.
—No estoy seguro, pero hay pistas. Necesito que vayas allí y averigües lo que puedas. Eso sí, sigues siendo el padre Saúl.
—Por eso no hay problema. Solo dígame a dónde tengo que ir y lo haré ahora mismo.
—Se la ha visto en un pueblo de Huelva, pegado a Portugal. Aquí tienes toda la información.
Abrí el sobre que me tendió y vi unas fotos de Julia. Un escalofrío me recorrió el cuerpo al verla. Estaba preciosa, sonriendo junto a una chica desconocida para mí, pero con la que parecía tener una confianza de toda la vida.
—El pueblo se llama Isla Canela. Ahí tienes todos los datos: con quién está, nombres, dirección… Quiero que me la traigas. Esa muchacha no sabe lo que ha hecho.
—Prométeme que no le vas a hacer nada. —Entró diciendo la madre de Julia.
—Te he dicho que no salieras del dormitorio.
—Sandro, te pido, por favor, que no le hagas daño.
Lo vi coger el teléfono.
—Antón, ven ahora mismo a mi despacho.
Me fijé en la cara de la mujer. Su semblante cambió de la preocupación al miedo. ¿Qué estaba pasando allí? Se suponía que eran un matrimonio bien avenido, aunque ella nunca asistiera a las fiestas que él frecuentaba.
El tal Antón entró por la puerta. Tenía una cicatriz en la cara que, desde luego, no parecía de una caída.
—¿Me llamaba, señor?
—Lleva a mi mujer a su dormitorio y que no salga de él hasta que yo lo ordene.
Escuchar eso hizo que apretara la mandíbula. Ahora lo tenía claro: esa mujer no estaba con él por voluntad propia, sino por la que le había impuesto ese desalmado.
—Saúl, ¿qué haces aún aquí? Lárgate de una vez. Y te lo advierto, no quiero excusas esta vez.
—Sí, señor. La traeré conmigo.
Pasé por el lado de la mujer y se me partió el alma. Tenía los ojos llenos de lágrimas y, con un movimiento de labios, me dijo: «sálvala».
¿En qué coño me había metido? Me prometí a mí mismo que no volvería a aceptar nada que me propusiera mi hermano, con lo a gusto que estaba yo escoltando a famosos de tres al cuarto.
Salí de allí como si me hubieran metido un petardo en el culo. Me monté en el coche y puse rumbo a casa de mi hermano. El sobre que llevaba conmigo no era para mirarlo delante de nadie.
Siempre me gustó la casa de mi hermano. Era la casa ideal para hacer barbacoas en ese pedazo de jardín que tenía. De hecho, había más jardín que casa.
Como siempre, la verja estaba abierta. Qué manía tenía aquel hombre de dejar que cualquiera entrara en su casa. Aparqué el coche en la misma puerta y me dirigí a ella.
Llamé como si alguien me estuviera persiguiendo.
—¿No puedes llamar solo una vez?
—No. Esto que te traigo es importante —le dije mientras iba hacia su despacho.
—Pasa, estás en tu casa y estoy solo.
—Lo siento, esto me tiene muy nervioso. Es sobre Julia.
—¿Qué has averiguado? ¿Sabes dónde está? —me preguntó desesperado.
—Isla Canela. Ahí es donde está. Tengo fotos, dirección y los nombres de las personas con las que se encuentra. Alejandro, él lo sabe todo y no ha movido un dedo para traerla.
—¿Por qué crees que te ha mandado a ti si ya sabe dónde está?
—No lo sé, y eso es lo que me tiene escamado, pero tengo que ir allí.
—Ten cuidado, Saúl. Esto no me gusta nada.
—No me vengas con tonterías. Tú me metiste en esto.
—Y ahora soy yo el que te saca.
—Eso no te lo crees ni tú.
Me pasé las manos por la cabeza mientras caminaba de un lado a otro.
—Averigua quiénes son las personas que están con ella.
Le di las fotos y las miró una a una.
—Saúl, es el primo de Carmen y ella es su pareja.
—No me jodas. ¿Estás seguro?
—Y tanto que sí. Los estuvimos investigando a él y a su pareja, pero no encontramos nada. Supimos dónde estaban y, por lo que averiguamos, estaban de vacaciones. No vimos nada raro y en ningún momento vimos a Julia con ellos.
—Entonces Carmen lo sabía todo y nos ha engañado.
—Y tanto. Es más, se ha ido del convento.
Me quedé mirando a mi hermano sin decir nada. No podía creer cómo nos la habían jugado esas dos.
—Tengo que ir allí. Tengo que encontrarla —le dije mirando por la ventana.
—Saúl —me llamó mi hermano—, te lo estás llevando a lo personal y eso no es bueno.
—Me lo estoy llevando a lo laboral. No me jodas más con lo personal.
Había muchas lagunas en todo esto. Mi hermano era muy hermético con sus casos y, cuando me pedía ayuda, tan solo me los contaba por encima. El punto exacto para que yo pudiera trabajar, sin una coma de más.
—Tengo que salir en dos días —le dije mirándolo a los ojos—. Hay otra cosa que me preocupa, Alejandro.
—¿Y qué es? —me preguntó arqueando una ceja.
—La madre de Julia. Cuando Sandro y yo estábamos reunidos, apareció ella pidiéndole que no le hiciera nada.
—Pero eso no tiene nada de extraño. ¿Qué harías tú si una hija tuya se fuera de casa? Castigarla.
—No. En la cara de esa mujer había mucho miedo.
—Saúl, no te montes películas. ¿Cuándo te vas? ¿Necesitas a alguien de mi gente contigo?
—Salgo mañana. Tengo que preparar algunas cosas. Y no, no necesito a nadie.
—Puedes llevarte a Ana o Sara. Con alguna de ellas lo tendrás más fácil.
Negué con la cabeza.
Nos quedamos en silencio por un momento, él mirando esas fotos que le había puesto encima de la mesa y yo pensando en Julia, en cómo pudo salir del convento sin que nadie la viera.
—Saúl, ¿qué vas a hacer cuando la encuentres?
—¿Tú qué crees? Traerla de vuelta. El padre Saúl trae a la oveja descarriada.
Mi hermano soltó una carcajada.
—¿Pero qué coño dices?
—Que tengo que seguir con el papel de cura.
—No me jodas. Ja, ja, ja, anda que no es listo el Sandro de los cojones.
—Eso ya lo he pensado yo.
Al final me tuve que reír de mí mismo.
—Venga, vamos a preparar algo de comer y seguimos charlando.
Nos metimos en la cocina. El «preparar algo de comer» de mi hermano no era otra cosa que buscar algún táper de mi madre. Él era así, pero bueno, era feliz de esa manera.
Sacó uno de pollo en salsa del frigorífico. Mientras lo calentaba, yo saqué dos cervezas y los ingredientes para preparar una ensalada.
Nos sentamos en el porche a comer. Si algo tenía la casa de mi hermano era que daba igual en qué habitación de la planta baja estuvieras: todas tenían salida al porche.
—¿Cómo está Ana? No he vuelto a saber nada de ella.
—Está algo mejor.
Lo miré, parando el tenedor a medio camino de mi boca.
—Tranquilo, solo que los primeros días se culpó por no haber estado más pendiente de Julia, por no haber intuido lo que tenía planeado.
—Nadie lo intuyó. Ni siquiera yo, que me limitaba a observarla cuando creía que nadie se daba cuenta.
—Ya se lo he dicho, pero no hay manera.
—Intentaré llamarla un día de estos.
—Sí, claro, como a mamá, que no sabe nada de ti en días.
—He estado muy liado y estresado. Este hombre saca lo peor de mí, tanto que me dan ganas de ahogarlo con mis propias manos.
Reímos.
Mientras comíamos, hablamos del trabajo y, en cuanto terminamos, me despedí de él para volver a casa. Tenía mucho que preparar antes de salir hacia mi destino.