Capítulo 7
Saúl
El convento estaba patas arriba por Julia. Nadie sabía dónde estaba metida e intentamos averiguar quién había sido la última persona que había hablado con ella.
Ana me contó que Julia se había pasado por donde estaba ella y que estuvieron hablando un rato sobre cuándo la ayudaría a salir de allí. La notó muy nerviosa y, al preguntarle, Julia le dijo que solo había tenido un encontronazo con la madre superiora antes de marcharse.
Ella no quería llamar a la policía, y mucho menos avisar al señor Satolaya. Nos pidió que esperáramos unas horas, convencida de que Julia volvería en cuanto se diera cuenta de que fuera no tenía nada que hacer.
A mí aquello, de entrada, no me gustó nada. Salí al jardín de la entrada para llamar a mi hermano.
—¿Qué le pasa a mi cura preferido? —me preguntó con sorna.
—Déjate de coñas, Alejandro. Julia se ha ido del convento.
—¿Cómo que se ha ido? Saúl, dime que estás de coña, por tu madre.
—Deja a mi madre fuera de esto, que es la misma que la tuya. Y no, no estoy de coña. No se ha presentado a cenar y nadie sabe nada de ella.
—Joder. ¿Nadie sabe quién fue la última persona que habló con ella?
—Ana. Ella fue la última. Me ha contado que entró diciendo que tenían que planear su salida de allí ya. Ana la notó muy nerviosa, pero, por lo visto, había tenido un encontronazo con la madre superiora en la comida.
—¿Y eso es cierto?
—Sí que lo es —le contesté resoplando.
—Saúl, lo tenía más que planeado. Ir a hablar con Ana era la coartada perfecta para salir sin levantar sospechas.
Maldecí para mis adentros.
—Alguien la ha ayudado a salir de allí. Ella sola no creo que lo haya hecho.
—No lo sé. No te puedes imaginar el barullo que hay aquí dentro. Las que más tiempo estuvieron con ella son Ana, Carmen y Sara.
—Seguro que alguna de ellas sabe algo.
—Alejandro, ¿tú te estás escuchando? Dos de ellas son de tu equipo. Saben lo mismo que yo y que tú. ¿Has investigado a Carmen como te dije?
—Sí. Está limpia. Es huérfana de madre y su padre no tiene trato ninguno con ella.
—Joder. ¿No tiene más familia? Algún otro pariente, un perro, yo qué sé. Algo.
—Tiene tíos y primos, y todos están limpios. ¿Piensas que ella tiene algo que ver?
—No lo creo. Es una muchacha muy tímida y habla poco, aunque la hermana Ofelia nos dijo que Carmen fue a buscarla a la cocina con urgencia.
—¿Y? Algo que saber.
—Si no te callas, no vas a saber nada.
Rio.
—La madre superiora le preguntó y ella le contó que estaba haciendo un vestido para una de las niñas y no sabía qué hacer con no sé qué.
—Ja, ja, ja. Qué cosas más interesantes pasan en ese convento.
—Déjate de coñas, que esto es muy serio. Si no aparece, habrá que llamar a su padre y entonces sí que la hemos liado. Mi cuello está en juego.
—Tranquilo, tú no puedes estar las veinticuatro horas del día pendiente de ella y eso te salva. La que se juega el culo es la madre superiora.
—Espero que aparezca pronto, hermano.
—Ya. En serio, Saúl, ¿eso te preocupa?
—Sí. Lleva mucho tiempo privada de libertad y no creo que sepa cómo desenvolverse.
—Tranquilo, la encontraremos. Pondré a mis hombres a buscarla.
—Gracias, hermano. Te dejo, que hay revuelo.
Accedí al interior y vi a Carmen llorando. La madre superiora la tenía cogida por los brazos.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunté poniéndome al lado del padre Emiliano.
—Esta mosquita muerta sabe algo y no quiere decir nada —habló la madre superiora.
—Padre, yo no sé nada, de verdad. Desde que salió del taller no la he vuelto a ver.
—Está bien, hija. No tenemos por qué dudar de tu palabra —le dije pasándole una mano por el brazo.
—Hay que llamar a su padre —dijo el padre Emiliano.
—No —contestó la madre superiora—. Vamos a esperar un poco más.
Noté lo nerviosa que estaba esa mujer. La desaparición de Julia la ponía en apuros, y no le convenía.
Salí del convento con Ana y Sara hacia el patio.
—Sara, ¿de verdad que tú no sabes nada?
—Nada de nada. Últimamente no andaba mucho conmigo; sin embargo, con Carmen sí.
—No creo que ella sepa nada —nos dijo Sara—. Cuando hablábamos de planearlo, nos quitaba la idea.
—Sara, parece mentira que seas policía, hija —le dije riéndome.
—Jo, es que me cae muy bien Carmen y no la veo haciendo esas cosas.
—Ya está, déjalo, Sara, que cada vez vas a peor —le dijo Ana—. ¿Tu hermano qué dice?
—Que sois unas pésimas policías.
Solté una carcajada.
—Idiota eres, Saúl —me dijo Ana riéndose.
—Venga, os dejo. Tengo que pensar cómo darle la noticia al señor Santolaya. Deseadme suerte, chicas.
Las dejé solas. Tenía que hablar con el padre de Julia. No iba a esperar a que a la madre superiora le diera la gana de avisarle ella.
Me despedí del padre Emiliano. Yo no me quedaba en la casa de la iglesia, no quería invadir su espacio, ya que era tan pequeña que tendríamos que compartir habitación.
Llegué a la casa que tenía alquilada y me quité la sotana. No sé cómo podían aguantarla todo el día, con lo bien que se estaba sin aquella tela encima.
Me senté en el sofá con el teléfono en la mano, sin saber ni por dónde empezar. Me iba a caer la del pulpo, así que me serví un whisky doble y dejé la botella al lado, porque tenía claro que iba a hacerme falta.
Un tono, dos tonos, tres y…
—¿Saúl? ¿Pasa algo?
—Señor Santolaya, me temo que sí. Julia ha desaparecido, se ha ido del convento.
Silencio al otro lado.
—Señor, ¿me oye?
—Que si le oigo —me contestó gritando—. ¿Dónde está mi hija? ¿No se supone que tenía que estar pendiente de ella?
—No puedo estar las veinticuatro horas en el convento, señor.
—Y la idiota de mi prima… ¿No se supone que tenía que estar pendiente de ella?
—Señor, no le puedo decir. Solo sé que habían discutido a la hora de comer y desde entonces no se sabe nada de ella.
—Saúl, tienes que encontrarla. Por su bien y ahora por el tuyo. No te pago para que la pierdas de vista.
—Señor, yo… La encontraré, no se preocupe.
—Más te vale que sea así. De lo contrario, habrá consecuencias.
Me quedé mirando el teléfono. No me había gustado el tono que había utilizado conmigo, aunque era normal, sabiendo que su hija estaba desaparecida y sin saber nada de ella.
Le mandé un mensaje a mi hermano.
Saúl: Ya he hablado con el padre de Julia.
Alejandro: ¿Todo bien? ¿Te ha amenazado?
Saúl: Me ha dicho que, si no aparece, habrá consecuencias.
Alejandro: Tranquilo, la encontraremos. Y, hermano, gracias por todo lo que estás haciendo. Tengo que dejarte, voy a comer hoy con mamá.
Por mucho que me pidiera tranquilidad, sabía que él tampoco estaría tranquilo. No me preocupaba tanto por mí; lo que sí me preocupaba era la madre superiora. Ella era la que debería haber tenido mil ojos con Julia.
Me tumbé y cerré los ojos. ¿Dónde podía estar Julia? No conocía a nadie fuera de esas cuatro paredes, al menos que yo supiera. Me preocupaba que pudiera pasarle algo. No me lo perdonaría en la vida. Mi trabajo era protegerla y no había sabido hacerlo.
Julia, ¿dónde te has metido? ¿Por qué no has confiado en mí? Esas preguntas no hacían más que dar vueltas en mi cabeza. Pensé en el momento de la confesión y se me escapó una sonrisa. Si supiera que era yo el que estaba metido dentro del confesionario, se habría muerto de la vergüenza.
No quería que se me metiera en la cabeza. A mis treinta y dos años no había dejado entrar a ninguna mujer en ella. Mi madre siempre decía que ya llegaría la adecuada, y eso me daba mucho miedo.
Sin embargo, mi hermano era muy enamoradizo. Mi madre decía que lo que a mí me faltaba, a él le sobraba, y últimamente lo veía muy pendiente de Ana. No hacía falta preguntar para saber que le había tocado la patata, como decía él.
Me levanté y fui a prepararme algo de cenar. Me estaba doliendo la cabeza y era mejor comer algo y acostarme. Mañana sería otro día y se verían las cosas de otra manera. Bueno, al menos eso quería pensar.
Entré en la cocina, abrí el frigorífico y me dieron ganas de llorar. Solo había un trozo de queso y una manzana.
—Saúl, hoy para cenar, cena gourmet por lo bien que lo has hecho —me dije en voz alta y me eché a reír.