Capítulo 6
Julia
Por fin llegó la hora de mi marcha. Me recriminé a mí misma estar triste, pero no lo podía evitar. Había pasado demasiado tiempo entre esas cuatro paredes. No estaba triste por el sitio, sino por la gente que dejaba atrás y a la que echaría de menos.
Salí con una bolsa. Lo demás se quedaba allí. Cuanto más tardaran en darse cuenta de que me había marchado, mejor para mí.
Sentí alivio al no encontrarme con nadie. Llegué al invernadero y Carmen ya estaba esperándome.
—Venga, no tenemos mucho tiempo —me dijo dándome una bolsa.
—¿Qué es lo que hay aquí?
—Tu ropa —me respondió riendo.
—Carmen, no te hagas la graciosa conmigo y ayúdame a ponerme todo esto.
Cuando saqué la ropa de la bolsa no me lo podía creer: camisa de cuadros, pantalón de pana, tirantes, un cojín, gorra y barba.
—Yo no me pongo eso ni de coña, olvídate.
—Déjate de tonterías y date prisa, que no tenemos tiempo.
Me callé la boca y empecé a vestirme. Con cada prenda que me ponía, más me cabreaba, mientras Carmen no dejaba de reírse y me arreglaba la barba.
—Bueno, vale ya. Deja de reírte, que no me hace ni chispa de gracia.
—Eso es hasta que te veas. Date prisa, que nos quedan cinco minutos.
Cuando me puse las botas, me dio un espejo para que me viera.
—¿Esta soy yo? —me pregunté más a mí misma que a ella.
—Esa eres tú —contestó dándome unas gafas—. Este es el toque final y te vas. Mi primo ya te está esperando.
—Gracias, Carmen. No tendré vida para agradecértelo.
—No digas tonterías y vete ya. En tres días nos vemos.
—¿Cómo es eso? ¿Dejas el convento?
—Sí. Esto no es para mí. He descubierto contigo que me va el riesgo y la aventura.
—Ja, ja, ja. Estás loca.
Le di un abrazo.
—Julia, otra cosa.
Me volví para mirarla.
—Coge ese saco y sal ya. Mi primo te explicará cuando estéis fuera.
—Nos vemos.
—Mucha suerte, guapa.
Cogí el saco y salí del invernadero sin mirar atrás. Me crucé con un par de monjas, a las cuales saludé con un movimiento de cabeza, y fui hacia la puerta del convento. A medio camino me encontré con el primo de Carmen. Lo conocía por foto, no porque yo hubiera hablado con él.
Jamás había retenido tanto el aire como durante el tiempo que tardé en salir de allí. Aire que solté cuando por fin crucé esa puerta y me monté en la furgoneta.
—¿Lista para comenzar tu nueva vida? —me preguntó Eduardo arrancando.
—Lista, no lo sé, pero nerviosa un montón —le contesté resoplando.
—Bueno, es normal después de todo lo que ha pasado. Tenemos que alejarnos lo máximo posible. Cuando se den cuenta de que no estás, se va a armar la de Dios.
—Siento mucho el marrón en el que te voy a meter.
—Por mí no te preocupes. Mi segundo nombre es «peligro».
Reímos.
—De momento vamos a soltar esta furgoneta, que es lo que buscarán cuando se den cuenta de que no estás.
—¿Adónde iremos? —le pregunté quitándome esas gafas de culo de botella.
—No te las quites, te ves bien.
—Qué gracioso eres.
—Lo sé. Iremos a un pueblo de la costa, cerca de Portugal. No creo que piensen que has llegado tan lejos.
—Me gusta la idea.
Nos quedamos en silencio. Supongo que cada uno iba sumido en sus propias cosas.
Yo pensaba en lo furioso que se pondría mi padre cuando se enterara.
Estallaría en cólera, de eso no tenía ninguna duda.
Después, sin poder evitarlo, pensé en el padre Saúl y en que tal vez no volvería a verlo nunca más.
Paramos en un barrio donde jamás se me pasaría por la cabeza vivir. Paró la furgoneta en una casa casi en ruinas, bajamos y fuimos al otro lado de la calle para coger un coche que había aparcado.
No quería hacer preguntas, al menos hasta que no estuviéramos fuera de ese barrio que tanto miedo me daba.
Montamos en el coche y nos fuimos de allí.
—¿Vives aquí? —le pregunté como quien no quiere la cosa.
—No, solo que en esta vida hay que tener amigos hasta en el infierno.
—No te olvides de que también en la iglesia.
Reímos.
Eduardo era un tipo muy agradable, tenía treinta y dos años y no dejaba de bromear. Trabajaba en una empresa de informática, estaba de vacaciones y, según me comentó, aquellas iban a ser las mejores de su vida.
Paró en un bar de carretera a por algo de comer, pero yo preferí no bajarme. No quería que nadie me viera vestida de aquella manera, porque eso podría delatarme. Me trajo un bocadillo y una Coca-Cola, y lo fui comiendo por el camino.
—Intenta dormir un rato, Julia. Aún nos queda como una hora y media para llegar.
—No, prefiero darte conversación. Ya tendré tiempo de dormir.
—Bueno, como quieras, pero si yo pudiera, dormiría.
—Podemos parar si quieres y así descansas un rato. Yo hago pis, que no me aguanto más.
Paró el coche en el primer claro que encontró.
—Abre las dos puertas y meas.
—¿Qué dices? Yo no hago pis así.
—Julia, te recuerdo que te has escapado de un convento y que vas vestida de hombre.
—Vale, pero no mires.
—Tranquila, me fumaré un cigarro mientras tanto.
Era una fuerza mayor, así que dejé de darle vueltas y me agaché. No debería haber aguantado tanto.
—¿Piensas regar el asfalto? —me preguntó riendo.
—Ya termino. Tenía muchas ganas.
—Ya lo veo.
Subimos al coche y volvimos a quedarnos en silencio. Ahora sí que se me cerraban los ojos, y no pude evitar quedarme dormida.
—Arriba, bella durmiente. —Me despertó dándome en el brazo—. Vaya compañera de viaje que me he buscado.
—¿Hemos llegado?
—Sí. Mira qué lugar más espectacular.
Salí del coche y me quedé con la boca abierta. Frente a mí tenía una casa maravillosa, pero lo que de verdad me dejó sin aliento fueron las vistas: el mar.
—Bienvenida a tu nuevo hogar.
—Esto es precioso, Eduardo —le dije con lágrimas en los ojos.
—Ni se te ocurra llorar, que me voy y te dejo sola.
—Son los nervios. Los tengo que sacar de alguna manera.
No dijo nada, simplemente me abrazó, y os juro que en ese momento me sentí especial.
—Hacía mucho tiempo que nadie me daba un abrazo.
—Pues de aquí en adelante te daré al menos uno al día.
—¿Pensáis estar todo el tiempo fuera? —gritó una chica desde la puerta—. ¿O vais a entrar de una vez?
—Julia, te presento a la gruñona de mi novia, Diana.
—No le hagas caso a este capullo. —Me dio dos besos—. Bienvenida.
No sabía lo que pasaría de ahí en adelante, pero tenía claro que al fin podía decidir qué hacer con mi vida.
Diana se encargó de enseñarme la casa. Era de planta baja y no le faltaba detalle. Tenía dos dormitorios, cada uno con su baño, salón y cocina abierta, pero lo que más me gustó fue ese jardín con vistas al mar.
—Ahora nos vamos a dar una ducha los dos… —dijo Eduardo—, pero cada uno en su baño.
Diana soltó una carcajada y a mí me ardía la cara.
—Tranquila, es que en su otra vida fue payaso.
—Eso es cierto. Ya me irás conociendo. Venga, que seguro que tendrás ganas de quitarte las pintas que llevas.
La verdad es que tenía razón. Estaba deseando quitarme aquel disfraz; la barba ya me picaba y, para colmo, me sentía incomodísima.
Diana me acompañó y me dejó ropa cómoda encima de la cama.
—Si necesitas algo, me lo pides sin problema, hasta que sepamos cómo lo vamos a hacer.
Esas palabras me dieron que pensar. No tenía ni idea de qué iba a pasar a partir de ahora. Carmen y yo habíamos hablado muchas veces de qué hacer cuando saliera de allí. Tendría que cambiar de nombre, y eso no sería nada fácil.
Entré en el cuarto de baño, abrí el grifo y me fui quitando la ropa.
Cuando me metí en la ducha, dejé que el agua cayera por mi cuerpo como si pudiera arrastrar todo lo que llevaba encima.
Era justo lo que necesitaba. Hacía tanto que no disfrutaba de una buena ducha…
En el convento era agua, lávate y fuera.
Aquella sensación de paz fue tan intensa que solo me faltó llorar.
Después, ya vestida y con el cuerpo mucho más ligero, fui hacia el salón. Allí estaban Diana y Eduardo hablando.
—¿La ducha bien? —me preguntó él.
—Perfecta, gracias. No me acordaba ya de cómo era darse una ducha sin prisas.
Reímos.
—Bueno, pero eso ya ha cambiado. Ha llamado Carmen —dijo Eduardo poniéndose serio—. Han puesto el convento patas arriba. La madre superiora está que se sube por las paredes.
—¿Eso quiere decir que mi padre ya se ha enterado?
—De momento no saben nada, ni siquiera han llamado a la policía. Están esperando que vuelvas por tu propio pie.
—Pues que esperen, que yo ahí ya no vuelvo ni de visita. Lo siento por los niños y por Ofelia, pero allí no vuelvo.