Capítulo 5
Julia
Había pasado una semana desde que se llevaron a Mara.
Cómo la echaba de menos. Era la persona que más quería en esta vida.
Una semana daba mucho en qué pensar. No sabía nada de mis padres y, sinceramente, tampoco me hacía falta.
Bueno, a mi madre sí la echaba de menos.
Ella era una marioneta en manos de mi padre, estaba segura de ello.
Tenía planeado cómo salir y el cuándo. Ya lo tenía todo hilado con Carmen, pero antes debía hacer creer a Ana y Sara que eran ellas las que me iban a ayudar. Había algo en esas dos que me hacía desconfiar.
Al principio no sabía dónde me iba a quedar cuando saliera, pero, gracias a un primo de Carmen, ya estaba solucionado. Decir que estaba nerviosa era poco. Estaba atacada de los nervios.
La madre superiora no me quitaba la vista de encima. El padre Emiliano estaba pendiente de que nadie le quitara el dinero del cepillo, y yo, pendiente del padre Emiliano para poder cogérselo. De verdad que no era mi intención, pero no tenía más remedio. Lo devolvería todo algún día.
Estaba en la cocina bebiendo una taza de café cuando llegó uno de mis dolores de cabeza: la madre superiora.
—¿No tienes nada que hacer? —me preguntó con cara de asco.
—No. Solamente beber café, ver cómo pasan las horas y, bueno, ahora ver quién me amarga la existencia aquí.
—Los suelos hay que limpiarlos. Y los baños.
—Pues ya sabes lo que tienes que hacer —le dije sin mirarla—. Te recuerdo que yo no tengo obligaciones. Si hago algo es porque quiero, no porque tú me lo ordenes.
—Veo que quieres estar otra vez encerrada.
—Y yo veo que quieres perder el donativo que te da tu querido primo. Apuesto lo que quieras a que no sabe cómo me tratas.
Fue decirle eso y darse media vuelta para irse.
—No deberías haberle dicho nada, hija —me dijo Ofelia pelando patatas.
—Debería haberlo hecho antes —le respondí, cogiendo un cuchillo para ayudarla.
—Te gusta mucho el peligro, Julia.
Reímos.
Llevaba un rato en la cocina ayudando a Ofelia cuando Carmen entró como un huracán.
—Julia, necesito que vengas conmigo.
—Niña, qué modales son esos —la reprendió Ofelia.
—Lo siento, pero necesito que me ayude.
—Anda, hija, ve con ella, que ya sigo yo.
Salimos de la cocina como si nos hubieran puesto un petardo en el culo.
—Hoy es el día, Julia. Mi primo lo tiene todo preparado.
—¿Pero cómo voy a salir de aquí, loca?
—Por la puerta. A las seis tienes que estar en el invernadero. Ni se te ocurra retrasarte.
—Me estás poniendo nerviosa. Deja de menearte.
—Es que tengo que decirte otra cosa —vi cómo se retorcía las manos—. No sé si te va a gustar la idea.
—¿Lo quieres soltar ya?
—Verás, resulta que ha cambiado el disfraz.
—¿Cómo que ha cambiado? No puedo salir así.
—Te vas a vestir de viejo.
—De eso nada. De lo que habíamos hablado.
—No ha podido conseguirte la peluca. Venga, si vas a estar muy guapa.
—No me toques las narices. Está bien, allí estaré.
—Vale, ya sabes lo que tienes que hacer.
Me dejó sola, sumida en mis pensamientos. Si no quería que Ana se diera cuenta de nada, tenía que actuar rápido.
Antes de buscarla, fui a ver a mis niños al patio. No podía irme sin despedirme de ellos.
Crucé el pasillo con cuidado para que la madre superiora no oyera pasos y se asomara a ver quién era. Antes de abrir la puerta, me quedé mirando cómo jugaban y reían.
—Hola, chicos.
—¡Julia! —gritaron al unísono corriendo hacia mí.
—Hola, corazones. Veo que os lo estáis pasando muy bien.
—Juega con nosotros un rato.
—No puedo, tengo muchas cosas que hacer, pero sí que os puedo dar un abrazo y un beso por no poder quedarme.
—Pero que no sea grupal —chilló Mario.
—Vale, de uno en uno.
Lo que propuso Mario me vino de lujo. Así podría despedirme uno a uno. Estuve un rato con ellos, consciente de que dejaba allí un pedacito de mi corazón, pero que también me llevaba a cada niño conmigo.
No me pasó desapercibido que el padre Saúl estaba observando, y eso me puso más nerviosa. Entré en la sala donde estaba Ana. Solo esperaba que no me notara nada.
—Ana, tenemos que hablar.
—¿Qué te ha pasado ahora?
—Nada, pero quiero que planeemos ya mi salida.
—Julia, pero tardaremos un par de semanas por lo menos.
—¿Tanto? —pregunté haciéndome la tonta.
—Hombre, esto no es me voy y ya está, Julia. Necesitamos planearlo bien, pero tengo que meter a Carmen y Sara.
—No me gusta la idea, pero, si lo consideras oportuno, que sea así.
—Alguien nos tiene que cubrir.
—Está bien, pero, por favor, que sean dos semanas. Si no, mis nervios me traicionan.
—¿Como ahora? —me preguntó señalándome con un dedo.
—¿Qué dices? Yo no estoy nerviosa, solo que he tenido un encontronazo con la madre superiora y ya sabes cómo me pongo.
—Pues nerviosa, pero… no sé, creo que hay algo más.
—Joder, no se te escapa ni una. Te lo voy a contar, pero prométeme que no se lo vas a decir a nadie.
Se quedó mirándome pensativa.
—¿Ana?
—Que sí, pesada. Venga, cuéntame.
—Es por el padre Saúl —vi cómo se le formaba una sonrisa—. No sé qué me pasa. Cada vez que lo veo me pongo nerviosa. Siento algo en el estómago que no sé cómo describirlo.
—Ay, mi niña, eso es que te has enamorado.
—¿Qué dices, loca? Yo no estoy enamorada. ¿No ves que es cura?
—Eso no tiene nada que ver para que te enamores. El amor no entiende de profesiones.
—Bueno, déjate de tonterías y ve pensando en lo que te he dicho. No aguanto más a la madre superiora. O salgo de aquí o soy capaz de cargarme a esa mujer.
—No digas tonterías. Solo ten paciencia, que en dos semanas estás fuera de aquí.
—Eso espero. Bueno, ahí te quedas.
—Julia… No cometas ninguna tontería hasta entonces. La espera merecerá la pena, créeme.
No le dije nada. No quería que notara mi nerviosismo. Mi cara era un libro abierto; últimamente todo el mundo sabía lo que me pasaba solo con mirarme.
Mi siguiente parada era la iglesia. Tenía que ver cuánto dinero había. Me sentía mal cada vez que lo hacía, pero es que cuanto más tuviera, mejor sería a la hora de irme de allí.
Estaba contando el dinero cuando sentí un carraspeo detrás de mí. Acababa de ser pillada infraganti .
—Bueno, pero si ya tenemos aquí a la ladrona de la iglesia.
Esa voz era la última que quería escuchar aquel día.
—¿Qué dices tú? —le dije con toda la altanería que pude—. No estoy robando, listo. Lo estoy contando para ver si falta algo cuando venga el padre a recogerlo.
La carcajada que soltó se escuchó en toda la iglesia.
—Qué detalle por tu parte. ¿He de creerte? —me preguntó con una media sonrisa.
—Ese es tu problema, cura, no el mío.
—Vaya, si ahora resulta que soy cura —dijo divertido.
—¿Ah, no? —le pregunté—. A ver si resulta que el ladrón eres tú —le dije riéndome mientras soltaba el dinero.
Me di media vuelta, más cabreada que un mono. ¿Cómo era posible que pasara en ese mismo momento? ¿Me estaría vigilando? Primero cuando me despedía de los niños, ahora en la iglesia. Me encogí de hombros sin querer darle más importancia. Ya volvería más tarde.
Me escondí detrás de un pilar del patio hasta verlo salir. Sabía que saldría detrás de mí. Lo que él no sabía era que, cuando él iba, yo ya estaba de vuelta. Volver a la iglesia era mi intención. Lo que no esperaba era que, al volver a por el dinero, ya no estuviera allí.
Regresar con las manos vacías me cabreó más de lo que llegué a imaginar. Me había equivocado con ese cura. Iba por delante de mí, y eso no era bueno. Nada bueno.
Sin quitarme al cura de la cabeza, volví a la cocina para ayudar a Ofelia. Ella era otra de las personas que más falta me haría cuando saliera de esas cuatro paredes.
Estuvimos poniendo la mesa, riendo con mis tonterías y evitando mirarla cuando me decía que me veía rara. Yo le respondía con evasivas o simplemente le decía que me acordaba mucho de Mara.
Comimos en silencio, como siempre. Vi que Sara me miraba más de lo normal. Cuando nuestras miradas se encontraron, sonreímos, pero me resultaba raro que me mirara tanto. La madre superiora hablaba con una de las hermanas sobre el huerto.
Todo parecía normal. Otra comida más, pero no lo era. Era distinta. Mi última comida compartida con ellas. Ofelia me miró y me dedicó una sonrisa de esas que te atraviesan el alma.
Estaba deseando volver a mi cuarto. Me llevaría lo puesto y poca cosa más.