Capítulo 4
Saúl
El día que me dijeron que tenía que infiltrarme en una iglesia me dio la risa. No por entrar en ella, sino por cómo tenía que hacerlo: vestido de cura.
Llevaba seis años al servicio de Sandro Santolaya, el famoso empresario que no solo era conocido por sus negocios, sino por sus escarceos amorosos. Pese a estar casado, no se escondía ni de la prensa ni de nadie.
El día que me mandó llamar a su oficina para pedirme que vigilara a su hija, lo vi normal, pero cuando me dijo que tenía que entrar vestido de cura, me quedé de piedra.
No me entusiasmaba la idea, pero no podía negarme por varias razones. Sabía que tenía una hija, pero no sabía cómo era. Nunca vi una foto de ella, como tampoco la vi en una fiesta, cosa que no me extrañaba porque la mayoría de las veces no llevaba ni a su esposa.
No sé si lo he dicho, trabajo de escolta. Nunca escoltaba a la misma persona, pero esta vez era distinto, y en ello tenía mucha culpa mi hermano Alejandro, que era inspector de policía.
Cuando entré en el convento y me presentaron a Julia, no pensé que iba a desestabilizar mi paz mental. Hacía mucho tiempo que una mujer no entraba en mi cabeza de la manera en que lo hizo ella.
No estaba solo protegiendo a Julia. A Ana y Sara también, pero con la diferencia de que ellas eran policías.
Os preguntaréis qué tiene que ver la policía en todo esto. Pues muy sencillo: el señor Santolaya no era el buen empresario que la gente pensaba. Bueno, presuntamente.
Ana me había contado los planes que Julia tenía para salir de allí, pero lo que más me impactó fue cómo iba guardando dinero.
Ahora entendía al padre Emiliano cuando decía que cada vez que iba a recoger el dinero del cepillo se lo encontraba vacío.
No pude evitar soltar una carcajada cuando Ana me lo contó.
El día que la madre superiora la encerró tres días no me pareció bien. Así se lo hice saber junto al padre Emiliano, pero no hubo nada que hacer.
Le pedí a mi hermano que investigara a la madre superiora. No me gustaba esa mujer. En ese convento se ocultaba algo y yo pensaba descubrirlo.
Estaba en la sacristía cuando llamaron a la puerta.
—¿Puedo pasar? —preguntó Ana.
—Pues no lo sé, inténtalo.
—Muy gracioso, pero más gracioso sería que te vieran todos con sotana.
—Déjate de tonterías, que esto de hacer de cura no me gusta ni un pelo —le dije con un suspiro.
—Lo sé. Tienes que disimular más. Se te ve el plumero.
Arqueé una ceja.
—No te hagas el sueco conmigo.
—Bueno, ¿a qué has venido?
—A decirte que Julia trama algo. Desde un principio habíamos quedado en meter a Sara y Carmen, y ahora me dice que no las quiere meter.
—Bueno, es entendible. Aunque Sara sea compañera tuya, es lógico que no las quiera implicar.
—Pero sabes que las necesitamos, sobre todo a Sara.
—Tú no la pierdas de vista y sigue con el plan.
—¿Te estás escuchando? ¿Qué plan? Me parece a mí que la sotana te está lavando el cerebro.
Soltó una carcajada.
—Le voy a decir a mi hermano que te suspendan de empleo y sueldo tres meses.
—Vete al carajo, padre. —Rio—. Está bien, pero vigilar no siempre es fácil. No podemos estar todo el día pendientes de ella.
Salió dejándome solo.
Me senté detrás del escritorio del padre Emiliano y cogí unos papeles de bautismos, aunque mis pensamientos no tardaron en volver a Julia.
No la veía capaz de intentar salir sola. Sabía de sobra que, sin ayuda, no podría dejar el convento.
—Padre —entró una monja a la carrera—, el padre Emiliano ha salido y aún no ha llegado.
—¿Y? Hermana, no creo que tenga hora de entrada.
—No es eso. Lo que pasa es que es la hora en la que nos confesamos.
—¿No pueden esperar? —Empecé a ponerme nervioso—. No creo que tarde mucho.
—No podemos modificar los horarios.
—Bueno, pues que Dios nos coja confesados. Vamos al lío.
Me hizo gracia la cara que puso cuando dije esas palabras. Estaba metido en un lío, puesto que no tenía ni puñetera idea de cómo confesar.
Me puse la ropa que había visto al padre Emiliano ponerse y me dirigí al confesionario. Me sorprendió ver a Julia sentada esperando.
Vi a Sara y a Ana sonriendo. Me las iban a pagar esas dos.
Fui confesando una a una a todas las monjas que habían estado esperando su turno hasta que le llegó el turno a Julia.
—Ave María purísima.
—Sin pecado concebido —le dije, intentando cambiar un poco la voz.
—Padre, he pecado, he tenido pensamientos cochinos. Desde luego, aquí no se puede pecar de otra manera.
Eso hizo que sonriera.
—Dime, hija, ¿cuáles son esos pecados?
—Me he imaginado besando al padre Saúl.
Escuchar eso hizo que me pusiera recto.
—Pero solo es un pensamiento, porque ni eso sé hacer. A mis veinticuatro años no sé nada de hombres, pero no me importaría aprender con él.
Noté cómo se le entrecortaba la voz.
—Hija, no sé qué decirte. Yo tampoco sé de hombres.
Vi cómo se reía ante mi comentario.
—Bueno, ni de hombres ni de mujeres, pero no creo que sea malo tener esos pensamientos.
Me cago en mi hermano y en toda mi estampa.
—¿No me va a poner una penitencia?
—Reza un padrenuestro. Con eso estarás en paz con el Señor.
—Padre, pero… no he terminado.
—Hija, déjalo para mañana, que tengo que salir urgentemente.
Salí antes de que ella se hubiera puesto de pie. Necesitaba tomar aire fresco, así que fui directamente a la calle. Me moría por fumar y beber algo, pero eso tendría que esperar.
Me senté en el banco más alejado de la entrada. No quería que nadie me viera, y menos ahora, que era casi la hora de la misa.
Cogí el teléfono y marqué el número que sabía que me calmaría.
—Hola, hijo, ¿cómo estás?
—No lo sé, mamá, sinceramente, pero necesitaba escuchar tu voz.
—¿En qué estás metido ahora? ¿Cómo se llama?
Mi madre sabía perfectamente cuándo rondaba una mujer en mi cabeza.
—Alejandro.
Soltó una carcajada.
—¿Alejandro? Pero si mi niño es un trozo de pan.
—Tu niño me está haciendo pasar las de Caín, pero ya me las pagará, ya.
—Ja, ja, ja. Ay, mi niño, que se le ha metido una mujer en la cabeza. Ven a casa y me cuentas.
—Mamá, aún no puedo, pero te prometo que, en cuanto pueda, iré a por ese arroz que huele desde lejos.
—Vale, mi amor. Ten mucho cuidado. Te quiero, mi vida.
—Y yo a ti. Gracias por estar siempre para mí.
No le di opción a que me dijera nada más.
Ahora tocaba hablar con el tocapelotas de mi hermano.
—Hombre, el cura —me contestó riendo.
—Hombre, el tocapelotas —dije riendo—. Quiero dejar esta mierda.
—Ahora no puedes. Me costó mucho que te contratara el señor Santolaya para que ahora quieras dejarlo. ¿Qué ha pasado con su hija? ¿Te has pillado por ella y no puedes tocarla?
—No me jodas. Está tramando algo y no sabemos qué es.
—Para eso estáis ahí. Quiero saberlo todo, hasta las veces que mea.
—Alejandro… ¿Tú te estás escuchando? Mear, meará las veces que tenga ganas, pero aquí no hacemos nada.
—Recuerda que fue su padre el que te metió ahí.
—Por culpa tuya. Alejandro, necesito que investigues a una novicia. Se llama Carmen y creo que Julia trama algo con ella.
—Bueno, haré lo que pueda. Ya iré un día a la iglesia a que me confieses.
—Vete al carajo.
Soltó una carcajada.
—Cuídate, Saúl, y cuida de ella —me dijo colgando la llamada.
Me quedé mirando hacia el muro del convento. No me había fijado antes en él, pero su altura era considerable.
No podía creer que Julia subiera por él. Estaba dando por hecho que iba a escaparse por su cuenta, y no era seguro.
Decidimos ayudarla a salir de allí porque nadie debería estar en un lugar donde no quiere estar. Sabía que me caería la del pulpo con su padre, pero me daba igual.
Un padre que quiere a su hija no la priva de libertad, pero, sobre todo, no la priva de ser feliz.
Me gustaba cuando creía que no la veía mirándome. Sin embargo, la miraba de reojo. Había veces que lo dejaba pasar y otras en las que yo también la miraba y veía cómo se ponía colorada.
Presentía que Julia iba a ser un dolor de cabeza para mí, sobre todo mientras no pudiera decirle quién era en realidad. Y eso estaba empezando a cabrearme, aunque no entendía el porqué.
Cada vez me pesaba más la misión que me había encomendado mi hermano.