Capítulo 3
Julia
—Lo siento, no se me permite salir. Solo puedo andar por los patios interiores.
Se quedó mirándome como si le hubiera hablado en chino.
—Venga, mujer, solo será un paseo.
—Te estoy diciendo que no se me permite. Puedes preguntar a quien quieras.
—Pero es que no entiendo el porqué.
—Yo te lo diré. Sandro Santolaya es quien da los donativos y, por lo visto, el que manda aquí, porque se hace y se deshace lo que él dice. Vamos, para que lo entiendas: su palabra va a misa. Y no es Dios.
—¿Quién es? No me suena su nombre.
—Pues a mí sí, pero tranquilo, que ahora mismo te diré quién es. El hombre que lleva ese nombre es mi padre.
—Pero estás conmigo y seguro que sí puedes salir. Vamos —me dijo cogiéndome de la mano.
—No quiero más castigos. —Me eché a llorar.
—Julia, mírame. Nadie te va a decir nada estando conmigo, créeme —me dijo limpiándome las lágrimas.
Salimos de la sala. Miré para todos lados a ver si nos veía la madre superiora.
—Tranquila, que no pasará nada, créeme.
—No las tengo todas conmigo.
Cuando llegamos a la puerta, un nerviosismo me recorrió el cuerpo, pero también unos pensamientos.
Al salir, me quedé parada mirando hacia los lados. Habían cambiado la valla que separaba el convento de la calle por un muro.
—¿Estás bien? —me preguntó cogiéndome del brazo.
—Sorprendida. Pensaba saltar la valla, pero me he dado cuenta de que han puesto un muro.
—Sí, consiguieron el dinero hace algunos años.
—Ya. Y seguro que ese dinero llevaba un nombre con poder.
Empezó a caminar sin decir nada. Lo seguí haciéndome la misma pregunta para mí misma: ¿qué pasaría si no fuera sacerdote?
Me gustaba. Era guapo, me hablaba con ternura, sus ojos escondían algo, y eso me preocupaba.
Me fui hacia la cancela de la entrada. Desde ella sí se veía la calle. Tenía que salir de allí y cuanto antes, mejor.
Cada vez lo pensaba más seguido y ya era hora de que fuera planeando cómo hacerlo. Y solo había una persona en la que podía confiar.
—Julia, ven —me llamó Saúl—. No hagas que me arrepienta de pedirte que me acompañaras.
—Esto es peor que estar en una cárcel. Cualquier día me piro de aquí.
—¿Sabes lo que es estar en una cárcel?
—¿Crees que me ha dado tiempo? —contesté a su pregunta—. Pero vamos, que es como me siento aquí.
—Ven, sentémonos en ese banco y hablemos.
—Si me has traído aquí para echarme un sermón, desde ya te digo que te lo puedes ahorrar.
—Julia, no te voy a echar nada. Siéntate.
—Qué lástima —dije bajito para que no se enterara.
—¿Cómo dices? —preguntó sonriendo.
—Nada. Hablemos, si tantas ganas tienes.
—Vives enfadada con el mundo, pero sobre todo con tus padres. Al menos eso es lo que me ha dicho el padre Emiliano.
—No es para menos. ¿Tú ves normal que una chica como yo esté encerrada?
—¿Y cómo eres tú?
—Pues con veinticuatro años no tengo amigos, no sé lo que es estar con un hombre, le voy a quitar el puesto a la Virgen María.
Carraspeó.
—Lo siento, pero tú me has preguntado.
—¿Has pensado en hacerte monja?
—Ni de coña. Me queda muy poco para estar aquí.
—¿Qué estás pensando?
—En hablar muy seriamente con mi padre cuando regrese.
No podía contarle mis planes.
—Eso está bien. Seguro que llegáis a un acuerdo.
—¿Tú sabes por qué me tienen aquí?
—No. Ya te dije que no lo conozco en persona, solo lo que sale de él en las noticias.
—Pues ya sabes más que yo.
Nos quedamos en silencio. No era un silencio incómodo; al contrario, era más bien necesario, como si cada uno estuviera sumido en sus propios pensamientos.
Después de ese silencio vino la conversación banal, hablar de todo y de nada.
Me contó que tenía un hermano, Alejandro, tres años mayor que él, y que hacía dos meses que no lo veía. Su madre vivía en el norte de Galicia. No tenía padre; murió en un accidente laboral.
—Julia, ¿puedo ayudarte en algo? —me preguntó cogiéndome las manos.
—Ayúdame a salir de aquí.
—No puedo ayudarte en eso.
—Entonces no puedes ayudarme. Ten buena tarde.
Me levanté y lo dejé allí solo.
Salí de allí llorando. Últimamente lloraba mucho. Necesitaba salir de allí, tenía que hablar con mi padre urgentemente.
No lo pensé. Fui al despacho de la madre superiora. No llamé, directamente entré.
—Quiero hablar con mi padre y lo quiero ya —le dije apoyando mis manos en la mesa.
—¿Cómo te atreves a entrar sin llamar?
—Atreviéndome. Quiero hablar con mi padre.
—No, no puedes hablar con él hasta que no te llame.
—Entonces recogeré mis cosas y me voy hoy mismo.
—No puedes hacer eso hasta que tu padre no lo ordene.
—Soy mayor de edad y ni tú ni mi padre sois nadie para decirme lo que tengo que hacer.
—No se te ocurra volver a hablarme así. Sal de aquí ahora mismo. Ya hablaremos cuando estés más tranquila.
La puerta se abrió y vi al padre Emiliano con Saúl.
—Julia, acompaña a Saúl mientras yo hablo con la madre superiora.
—No voy a ir con nadie. Estoy hasta las narices. Me voy a ir de aquí.
No sé cómo ni de dónde la sacó, pero noté cómo me pinchaba en el brazo la muy bruja.
—Que cierren la puerta de su habitación con llave. —Fue lo último que escuché decir.
No sabría decir cuánto tiempo llevaba dormida. Lo que sí podía decir es que tenía un gran dolor de cabeza.
Ahora sí lo tenía claro. Había llegado el momento de salir de allí.
No sabía el dinero que tenía guardado. Mi madre siempre me había dado algo a escondidas de mi padre, hasta hacía un año, que empezaron a escasear las visitas.
También tenía el dinero que cogía de vez en cuando del cepillo de la iglesia. Sí, ya sé lo que estáis pensando, pero para los planes que tenía me hacía falta. Y tampoco es que fuera todas las semanas.
Escuché que la puerta se abría. Me di media vuelta e hice como que dormía.
—Julia, despierta —me llamó Sara—. Te traigo el desayuno, cortesía de la hermana Ofelia, pero te lo tienes que comer todo.
—Sara, ¿vas a cerrar otra vez la puerta?
—Lo siento, he de hacerlo.
—¿Hasta cuándo? —le pregunté con lágrimas en los ojos.
—No lo sé, Julia. Lo único que sé es que esto que te está pasando no es normal. Yo, en tu lugar, buscaría la manera de salir de aquí e investigar qué está pasando con tu vida.
Las palabras que me dijo se fueron grabando en mi cabeza. Tenía razón. Fuera de allí era la única forma de averiguar qué estaba pasando con mi vida y con mi familia.
Pensaba en salir, pero no había llegado a pensar en investigar.
Desayuné con ganas, pero sobre todo con mucho ánimo. Pensar en lo que iba a hacer me daba fuerzas y no pensaba perderlas.
Ahora lo que tenía que hacer era tramar un plan para poder salir de esa cárcel religiosa.
Habían pasado tres días y por fin pude salir de esas cuatro paredes.
Fue la misma madre superiora la que me abrió la puerta, la que me obligó a confesarme con el padre Emiliano.
Después de haberme confesado, salí disparada para ver a Mara. Era a la que más iba a echar de menos. Me prometí a mí misma que volvería por ella.
Entré despacio, sin hacer mucho ruido. Quería darle una sorpresa, pero no esperaba que la sorpresa me la llevaría yo.
—Hola, Ana, ya estoy aquí.
—Hola, Julia, ya te veo. ¿Cómo estás? —me preguntó dándome un abrazo.
—Yo bien, pero veo que tú tampoco estás muy bien por tu cara. ¿Dónde está Mara?
Cuando mencioné ese nombre, se puso pálida.
—¿Ana? Dime algo, joder.
—Julia, pensé que lo sabías.
—¿Saber qué?
—Se la han llevado a otro centro. Han encontrado unos padres para ella en otra ciudad.
Salí corriendo a la guardería donde estaban los niños. No había rastro de ella.
Fui a su dormitorio, miré en su armario y vi que estaba vacío.
Me tuve que sentar en la cama. Esa niña, para mí, era mi razón de ser. Era la que hacía que los días se me hicieran un poco más llevaderos, y ahora no estaba.
Ya sí que no me ataba nada a ese lugar. Ahora sí que lo iba a preparar todo.
—Ana, necesito que me ayudes a salir de aquí —le dije entrando como un vendaval.
—Joder, Julia, ya era hora. Pensé que nunca me lo ibas a pedir.
—¿Cómo lo has sabido?
—Tú y tu manía de pensar en alto. Te escuché un día que mirabas a Mara mientras dormía, pero no quise decirte nada. Esperaba que me lo dijeras tú.
—Lo siento, estaba esperando el momento.
—Y ese momento ya llegó. Y sé cómo vamos a hacerlo, pero necesitamos a Sara y a Carmen.
—No, no voy a meterlas en esto. Olvídalo.