Capítulo 2
Julia
Cuando salí al pasillo, ya se escuchaban las risas de los niños. Me encantaba estar con ellos; hacía que me olvidara por un momento del sitio donde estaba.
Pasé por la cocina y vi a la hermana Ofelia meneando una cuchara. Entré un momento a darle un beso. Era una de las monjas que más cariño me daba desde que estaba ahí. Bueno, es que para mí, más que una monja, era como una madre.
—Qué bien huele, Ofelia —le dije dándole un beso.
—Pues mejor sabrá. ¿No vienen tus padres hoy?
—Ya se habrán marchado. Me he enfadado y me he vuelto a este lado.
—Hija, no debes hacer eso. Son tus padres.
—Y yo su hija. Se van de crucero, me dejan aquí y no entiendo por qué no puedo ir con ellos.
—Algún día entenderás sus razones.
—Puede ser. ¿Me das una magdalena? —le pregunté, porque no se podía coger cierta comida fuera de su hora.
—Pero que no se entere la madre superiora.
—Este será nuestro secreto. Quiero hacer reír a los niños.
—Miedo me das —me dijo dándome la magdalena.
Salí riéndome de la cocina. Esa mujer era un encanto. Desde que la conocía, jamás la había visto enfadada.
Qué había cada monja, que vaya tela. Sobre todo la madre superiora; esa vivía todo el día enfadada.
Al llegar al patio, me metí la magdalena en la boca y empecé a cantar una canción que escuchaba mucho Ana, y el que la cantaba parecía que tenía la boca llena.
—Ey, titi, me preguntó si tengo muchas novias. Muchas novias, hoy tengo una, mañana otra. Ey, pero no hay boda.
Los niños empezaron a reírse. Yo también empecé a reír y me dio la tos.
—Señorita, que se ahoga —dijo Lucas acercándose a mí.
—¿Estás bien? —me preguntó una voz que solo había escuchado una vez, la voz del padre Saúl—. Será mejor que bebas un poco de agua —me dijo ofreciéndome una botella.
—Sí, solo se me fueron las migas para otro lado. Gracias —le dije aceptando la botella de agua.
—No deberías cantar con la boca llena —me dijo con una media sonrisa.
—Eso, señorita, que bien que nos riñes a nosotros —me dijo la sabionda de María.
—¿Eres maestra también? —me preguntó sorprendido.
—¡No! Simplemente, se empeñan en llamarme así.
Me quedé mirándolo más de la cuenta y él se dio cuenta.
—¿Tengo algo en la cara? —me preguntó sonriendo.
—Perdón —le contesté, notando cómo me ardían las mejillas.
—No pasa nada, me suele pasar mucho.
—Cura, ¿vamos a jugar o no?
—Mario, no se dice cura, se dice padre Saúl.
—No importa. De hecho, les he dicho que me llamen Saúl. Lo de cura me hace muy viejo.
—Bueno, pues venga, vamos a echar ese partido, señorita, que los vamos a freír —dijo Rocío riéndose.
Eran niños que arrastraban una historia y, aun así, eran felices. Los envidiaba, porque ellos, sin tener nada, eran más felices que yo, que tenía padres.
Entre risas y protestas, ganamos a los chicos por tres a cero, aunque no dejaban de decir que éramos unas tramposas.
Me despedí de ellos para volver al convento.
—Julia, ¿podemos hablar un momento? —me preguntó Saúl.
—Claro, tú dirás.
—Ven, sentémonos en ese banco.
Lo acompañé mirándolo de reojo. Aunque no lo quería reconocer, ese hombre me ponía nerviosa.
—Tú dirás —le dije sentándome en el banco.
—El padre Emiliano me ha hablado de ti. Bueno, más bien me ha contado tu historia.
—¿Qué historia? ¿La que yo sé? ¿O la que es en realidad?
—No te pongas a la defensiva conmigo. Solo me ha dicho que llevas aquí unos ocho años.
Asentí con la cabeza.
—No quiero hablar de ello. Espero que algún día pueda salir de aquí.
—¿Tan mal estás aquí?
—No es mi vida. ¿Eso es lo que querías saber de mí?
—Quería conocerte un poco más.
—¿Por qué te metiste a cura? No te pega, la verdad.
—La llamada del de arriba.
—Bueno, será mejor que me vaya.
—Espera. —Me cogió de la mano—. Quédate un rato más.
—No puedo, lo siento. Ya nos veremos.
Me levanté y me fui de allí. Cuando me cogió la mano, sentí lo mismo que cuando el chico que me gustaba con trece años me dio un beso inocente.
Su agarre hizo que mis recuerdos volvieran a mí de un solo golpe, reviviendo los pocos momentos que había vivido en libertad.
Fui para mi habitación y, aunque no era ni eso, no me gustaba llamarla por su nombre.
Entré y me tiré en la cama. En ese momento me planteé la idea de salir de allí con mis padres. De crucero me sería más fácil, pero necesitaría ayuda.
Lloré. Lloré por la rabia y la impotencia que sentía de estar allí encerrada.
Tenía que averiguar qué era lo que escondía mi padre, por qué me metió allí, por qué venían solo una vez cada quince días a verme, si ya ni siquiera lo hacían una vez a la semana.
Llamaron a la puerta.
—Julia, ¿estás ahí? —preguntó Sara—. Vamos a comer y sabes que a la madre superiora no le gusta que lleguemos tarde.
—No tengo ganas de comer. Diles que no me encuentro bien, por favor.
—Julia… Sabes que eso a ella le da igual, a no ser que te haya visto un médico. Anda, ven a comer.
Me levanté de la cama, porque tampoco me apetecía la charla de la madre superiora y sabía que Ofelia se preocupaba por mí. Me lavé la cara para que no se notara que había llorado y salí fuera.
—¿Qué te ha pasado?
—Sara, no me preguntes, porque es lo mismo de siempre.
—Lo siento mucho, pero verás cómo muy pronto vienes aquí solamente de visita.
No dije nada.
Nos dirigimos hasta el comedor. Llegamos justo a tiempo, porque fue sentarnos y entrar la madre superiora, pero no venía sola.
—Podéis sentaros, hermanas. Hoy, como veis, nos acompañan el padre Emiliano y el padre Saúl.
Nuestros ojos se encontraron y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Me senté y tuve que servirme un vaso de agua.
El padre Emiliano bendijo la mesa y nos pusimos a comer ese estofado que había preparado Ofelia, que ya con el olor te abría el apetito.
Estaba sentada entre Sara y Carmen, pero eso no evitaba que pudiera ver dónde estaba sentado Saúl. Como tampoco pude evitar la conversación que inició en ese momento la madre superiora.
—Julia, ¿crees que tu comportamiento con tus padres ha sido bueno?
—Con todos mis respetos, madre, pero eso no es asunto suyo.
—¿Cómo te atreves a hablarme así? —me preguntó con su cara de amargada.
—Le he hablado con respeto. Solo le he dicho que eso no es asunto de nadie, solamente de mis padres y mío.
—Levántate ahora mismo de la mesa. Tú ya has terminado de comer.
No le respondí. Me levanté arrastrando la silla y salí del comedor.
Pensé en volver a tirarme otra vez en la cama, pero no lo hice y me fui a ver a Mara.
Crucé el patio con pasos ligeros pero firmes. Entré en la habitación donde estaba Mara y vi a Ana mirando el móvil.
—Hola, guapa. ¿Puedo pasar?
—Claro —me dijo guardándose el móvil en el bolsillo del babi.
Fui directamente a ver a Mara, que estaba despierta. La cogí y me regaló la más bonita de las sonrisas.
—Eres la niña más bonita que he visto en mi vida —le dije dándole un beso en la cabeza.
—¿Qué te pasa? ¿No deberías estar comiendo? —me preguntó Ana.
—Me ha echado la madre superiora del comedor.
Me miró con las cejas arqueadas.
—Ja, ja, ja. Joder, Ana, o aprendes a arquear solo una ceja o no lo hagas, que me da la risa.
—Déjate de payasadas y cuéntame.
—Pues nada, me ha reprochado mi comportamiento con mis padres y yo le he dicho que no es asunto suyo.
—Eso huele a castigo.
—Que huela a lo que quiera. Ya me estoy cansando de hacer lo que todo el mundo dice.
Pasé casi toda la tarde con Ana. Era la única que me contaba cosas del exterior, ya que ella no dormía en el orfanato, y eso me venía de perlas.
Estábamos hablando de música cuando la puerta se abrió y vimos quién asomaba la cabeza.
—¿Puedo pasar?
—Claro, padre, pase. Está usted en su casa.
—Bueno, tanto como mi casa… —dijo poniendo los ojos en blanco y entrando.
—De verdad que no lo entiendo, padre —le dijo Ana.
—¿Y se puede saber lo que no entiendes?
—Cómo un hombre tan guapo puede meterse a cura.
—¡Ana! —la reprendí.
—No importa, Julia. Esa es la pregunta que muchas feligresas me hacen.
—¿A que ahora se confiesan más mujeres que antes? —preguntó Ana.
—Madre mía, yo me voy —les dije levantándome.
—Julia, espera —me dijo Saúl—. Venía a hablar contigo.
—Ah, pues yo me voy. Mara, vente con la tata Ana, que vamos a coger flores.
Se llevó a la niña y se metió por donde estaban las camas.
—¿Quieres dar un paseo por el jardín? —me preguntó acercándose a mí.