Una vida de engaños Capítulo 1
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Una vida de engaños

Una vida de engaños

Por Merche Carmin

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Capítulo 1

Julia

Mi historia empieza cuando yo tenía doce años.

Vivía en Italia junto a mis padres y mi hermano Leo, que tenía tres años más que yo.

Digo tenía porque ya no está entre nosotros, ya que un día, jugando al fútbol, la llamada muerte súbita se lo llevó, dejándonos devastados.

Bueno, eso es lo que me hicieron creer a mí ese día.

Mi madre, Anabel, por mucho que lo intentaba, no había vuelto a ser la misma desde aquel día. Sandro, mi padre, se volvió más cerrado y ya no interactuaba de la misma manera conmigo, como cuando Leo vivía.

Al año de la muerte de mi hermano, todo cambió. Mi padre fue a buscarme un día al colegio para sacarme de allí sin ningún tipo de explicación, pero claro, según él, no tenía por qué dárselas a una mocosa como yo.

Mi padre era un prestigioso empresario, siempre con mucho trabajo, asistiendo cada dos por tres a fiestas donde ni mi madre ni yo teníamos cabida. Aún recuerdo todas y cada una de las palabras que me dijo cuando salimos del colegio: «Debemos marcharnos del país inmediatamente».

No es fácil para una niña de doce años cambiar de país, como tampoco fue fácil vivir en un convento sin tus progenitores.

Nos vinimos a vivir al sur de España sin fecha de vuelta a nuestro querido Nápoles.

Jamás pensé que iba a verme en las circunstancias en las que me encontraba, ni siquiera en mi imaginación. Soy Julia, tengo veinticuatro años y, desde hace ocho, vivo en un convento, privada de libertad.

Al principio lo pasé muy mal. Tuve que volver a dejar amigos, colegio y una rutina que siempre era la misma, pero a mí me gustaba.

Al lado del convento había un orfanato que se comunicaba con él por un patio interior. Allí salían los niños más pequeños, con los que me impliqué mucho.

Estudió Auxiliar de Enfermería por internet con los más mayores y, cuando tenía que examinarme, venían al orfanato a hacerlo, ya que en el convento no entraban hombres, únicamente mi padre.

No voy a decir que estuviera mal ahí dentro porque mentiría. Es verdad que echaba de menos el mundo exterior: poder salir a pasear, ir al cine y todas esas cosas que se hacen a mi edad.

Mis amigas eran las novicias más jovencitas. Al menos tenía con quien reír, y vaya si reíamos. Y después estaban esos niños que, con solo mirarte, te quitaban las penas.

Hoy era el día en que mis padres venían a verme. Podían hacerlo cuando quisieran, ya que la madre superiora era prima de mi padre, pero eso no sucedía. Solo venían los sábados y cada quince días.

—Julia, tienes visita —me dijo Sara, una de las novicias—. Están con la madre superiora en su despacho.

—Gracias, guapa. Ahora mismo voy.

Cada vez me gustaban menos las visitas. Eran mis padres, sí, pero el cariño lo estaban perdiendo con su indiferencia.

Salí de mi celda, que era como se llamaba la pequeña habitación que tenía, donde solo había una cama, su mesita de noche, un armario y un mueble con una palangana para lavarse la cara. El baño estaba fuera.

Llegué a la puerta del despacho, cogí aire y llamé.

—¿Puedo pasar? —pregunté asomando la cabeza.

—Hola, hija, ¿cómo estás? —me preguntó mi madre abrazándome.

—Como siempre —le respondí encogiéndome de hombros.

—¿No piensas saludar a tu padre? —me preguntó mirándome fijamente.

—Claro que sí, papá —le contesté dándole dos besos.

—No podemos quedarnos mucho tiempo. Hoy tenemos que salir de viaje.

—¿Me vais a dejar aquí? ¿No puedo ir con vosotros?

—Sí a tu primera pregunta y no a la segunda. Nos vamos de crucero una semana para cerrar un trato.

—Papá… A veces pienso que no me queréis. Que hubierais preferido que me hubiera muerto yo en vez de mi hermano.

No vi venir la bofetada que me dio.

—No vuelvas a decir eso en tu vida.

—Y tú no vuelvas a ponerme la mano encima.

Fue a darme otra bofetada, pero mi madre se lo impidió.

—Sandro, no hagas nada de lo que después puedas arrepentirte —le dijo poniéndose en medio de los dos—. Y tú, Julia, no vuelvas a hablarle así a tu padre.

—¿Y cómo quieres que le hable al hombre que me ha abandonado? Estoy cansada de estar aquí. Quiero hacer una vida normal, una vida como una chica de mi edad.

—Hija, no te he abandonado. Te estoy protegiendo. Aquí estás a salvo.

—Pues, como no sea de ti, no lo entiendo, porque se supone que estamos todos en peligro. ¿O solo soy yo quien está en peligro?

Ninguno de los dos dijo nada. Me di media vuelta y salí. No quería estar más tiempo con ellos. ¿Dónde estaban esos padres amorosos que eran hace años? No miré hacia atrás, crucé el patio y me fui al orfanato. Los niños más pequeños eran mi salvación cuando estaba mal emocionalmente.

Nada más entrar en el edificio, se respiraba otro aire. Escuchar las risas de los niños me hacía sonreír y olvidar todo lo que tenía encima. Me dirigí a donde estaban los más pequeños.

—Buenos días, Carmen. ¿Cómo están hoy los peques?

—¡Qué alegría me da verte! —me dijo sonriéndome—. No sé qué hacer con Mara. No hace nada más que llorar.

Mara era una bebé de tres meses. Y hacía dos que estaba en el orfanato. El cura de la parroquia se la encontró en el confesionario.

—¿Has avisado al médico? —le pregunté, cogiendo a Mara en brazos.

—¿Cómo? Si estoy sola aquí.

—A ver qué le pasa a esta princesita.

Me puse a mirarla así, un poco por encima, porque estaba claro que yo no era médico, pero sí pude ver lo que tenía.

—Menos mal que vas a ser monja, porque para adivina no vales.

Me miró con cara de no entender nada.

—Carmen, a esta niña no le pasa nada. Solo tiene hambre. ¿Desde cuándo no come?

—Pues no lo sé, porque antes estaba Sara aquí.

—Vaya dos monjas de pacotilla que vais a ser.

Nos echamos a reír.

Ellas dos, junto con Ana, eran mis amigas. Es cierto que no podía hablar de hombres con ellas, sobre todo con Sara, que decía que le hacía replantearse lo de ser monja. Sin embargo, con Ana sí, ella no era novicia.

Fui a preparar un biberón para poder dárselo. Cuando regresé, me acomodé en una butaca y le pedí a Carmen que me diera a la bebé.

—Niñas, niñas —nos dijo Ana, toda sofocada.

—¿Qué te pasa? —le preguntó Carmen acercándose a ella.

—Ha venido un cura nuevo y ¡menudo cura!

—¿Un cura nuevo? —pregunté riéndome.

—Sí, tú ríete, pero cuando lo veas se te van a caer las bragas, como tú dices.

—Que Dios te oiga, chica, que al final me muero y no cato hombre.

—Julia, ¿eres virgen?

Esa sí que no me la esperaba.

—¡Carmen! ¿Cómo te atreves? —le preguntó Ana—. Eso es algo muy íntimo.

—Pues preguntándole. Eso no es malo, digo yo.

—No pasa nada, no sois las primeras en preguntar y creo que tampoco las últimas. Raquel y Lourdes también lo hicieron.

Me centré en Mara y en cómo se tomaba el biberón mientras me miraba.

—¿Podemos pasar, hijas mías? —nos preguntó el padre Emiliano.

—Claro, padre —contestó Carmen.

—Vengo a presentaros al nuevo párroco. Estará un tiempo con nosotros.

—Este es el padre Saúl. Ella es la novicia Carmen; la señorita Ana y nuestra auxiliar de enfermería, Julia.

Al escuchar esas palabras, levanté la vista.

Dios mío, pedazo de párroco. Era guapísimo, moreno, con unos ojos negros y unas pestañas que ya las quisiera yo.

—Hola, padre, bienvenido —le dije sin poder dejar de mirarlo.

—Gracias, hija.

—Lo mismo digo, padre, bienvenido a la casa del Señor —le dijo Ana, e hizo que soltáramos una carcajada.

—Ay, hija, tan loquita como siempre —le dijo el padre Emiliano.

—Padre, dicen que la que nace loca se muere loca.

—Pues a ver si te da la locura de ir a confesarte.

—Padre, lo hago en la iglesia de mi barrio.

—Bueno, os dejo que sigáis con vuestras cosas. Después nos vemos en la misa.

No quité la vista del párroco nuevo hasta que se cerró la puerta.

—¿Qué ha sido eso? —pregunté más para mí que para ellas.

—No lo sé, pero qué desperdicio de hombre. Lo que se está perdiendo —me contestó Ana.

—Cuando el Señor te llama, da igual si eres feo o guapo —dijo Carmen tan pancha.

No dijimos nada más. Cada una volvió a lo que estaba haciendo. Cuando dejé a Mara ya dormida en su cuna, me quedé mirándola. Estaba enamorada de ella y, en el fondo de mi corazón, me daba miedo que alguna familia se la llevara.

Me despedí de Carmen y de Ana y salí de allí para ir a ver a los demás niños. Esos momentos eran los que más me gustaban de mi vida en el convento.