Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El tercer día #7
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El tercer día #7

Dupin no veía ningún motivo para retener a Pichard más tiempo en Concarneau. No volvería ni siquiera a tomarle declaración oficial, ya se encargarían en Quimper.

—Pero ustedes deberían... —comenzó Pichard.

—No tenemos que hacer nada —lo interrumpió Dupin de inmediato.

—¿Fue él?

Le Menn habló como si Pichard no estuviera presente.

Dupin asintió.

—Pues vamos —le ordenó al chocolatero—. ¡Dese la vuelta!

—No voy a tolerar que usted...

Le Menn agarró por el hombro a Pichard sin contemplaciones y le hizo dar la vuelta. Con un gesto hábil, lo esposó.

—Ya está. Y ahora súbase al coche.

Le Menn abrió la puerta trasera.

Pichard le lanzó una mirada de profundo desprecio y luego se resignó.

—¡Cuidado con la cabeza! —espetó ella. Cerró la puerta con un golpe fuerte.

Solo entonces Dupin guardó el arma.

—¿Y usted? ¿Le envío un coche?

—No.

—¿Cómo va a regresar?

—A pie.

—¿En este estado? —Miró a Dupin de la cabeza a los pies.

El comisario negó con un gesto.

—No pasa nada.

Necesitaba un momento para sí mismo. Era urgente. Tenía que estar solo. Asimilar lo ocurrido.

La Coquille no estaba lejos, se encontraba en medio del puerto.

A Dupin le urgía tomar un café, no solo por su cansancio, sino para recuperarse.

Emprendió la marcha. Cojeaba. La rodilla derecha se le había empezado a hinchar.

Ahora, tras el segundo café solo, Dupin empezó a volver poco a poco al mundo.

El móvil no podía atormentarlo, seguía en el fondo de la dársena.

Sabía que este caso lo mantendría ocupado una buena temporada —los trámites, la comunicación con la prensa—, pero también era consciente de que no servía de nada darle vueltas una y otra vez. Al contrario, debía recuperarse y lanzarse a la vida tan bien como pudiera.

La pequeña terraza de La Coquille era maravillosa.

Dupin había elegido, como siempre, un lugar en un extremo, había estirado los pies y se había recostado.

Durante varios minutos, sin querer, se había dedicado a inspirar y espirar profundamente.

El sol de mayo, que ahora estaba casi en su cénit, se mostraba en todo su esplendor, y su calor generoso le venía de maravilla.

Se había sentado de modo que fuera difícil distinguirlo detrás de una gran maceta con una pequeña palmera.

Lo último que le apetecía era conversar.

A su mano izquierda se encontraba el pasaje que daba a mar abierto.

A su derecha, la Ville Close, donde había comenzado y terminado esa tragedia.

Frente a él, la dársena del puerto, donde se produjo el enfrentamiento final.

Su querida Concarneau. Un lugar que, de forma totalmente inesperada, se había convertido en su verdadero hogar.

Durante un rato se sumió en la contemplación del panorama y en esos repentinos sentimientos sentimentales. Luego cerró los ojos. Solo por un momento. Quizá por más de uno.

—¡Pero vaya! ¡Cómo no! ¡Primero un bonito paseo en lancha y luego un agradable cafecito! Menuda vida la de Georges Dupin: ¡así cualquiera puede soportar el trabajo!

Increíble.

Hélène y Gustave estaban ante él.

Así pues, eran ellos a quienes había visto antes en la muralla de la ciudad. Aún no se habían marchado.

—Yo acabo de...

Dupin suspiró. Enfadarse era inútil.

Notó que una sonrisa se le dibujaba en la cara. Una sonrisa sincera.

—Estás completamente empapado, Georges. ¿Y dónde has dejado tus zapatos? —Un tono de preocupación maternal—. ¿No te habrás caído al agua de la dársena?

La madre de Claire clavó la vista en la taza de café, como asegurándose de que no había alcohol de por medio.

—¡Deja en paz al pobre Georges, Hélène! —intervino Gustave en defensa de Dupin—. Tú y yo no tenemos ni idea de cómo trabaja la policía, a ver, Georges está persiguiendo a un triple asesino.

Una de las frases más largas que Dupin había oído jamás en boca de su suegro.

—Ya lo tenemos. —Quizá ya era hora de empezar a defender su reputación—. Lo he arrestado hace unos minutos. Después de una dura persecución. En lancha.

—Claro. —Hélène sonrió—. Claro. Una persecución.

—Le lanzó una mirada severa—. ¡Georges! ¡Te acabamos de ver en una pequeña lancha!

No hay nada de malo en tomarse un café de vez en cuando para relajarse.

—Una sonrisa cómplice—. Nosotros no vamos a decírselo a nadie, tu pequeño secreto está a salvo con nosotros.

Dupin guardó silencio, agotado.

La madre de Claire se sentó en la silla junto a él.

—¡Hélène! Quizá estemos molestando a Georges.

—No, no. En absoluto. Me alegro.

Era casi cierto.

—¡Perfecto! ¡Así por fin sabemos algo de ti! —Llamó al camarero—. Si realmente has resuelto el caso —enarcó las cejas con escepticismo—, entonces por fin podremos cenar juntos esta noche.

—Por supuesto. Eso haremos, Hélène.

Le vendría bien.

Cualquier distracción le vendría bien ese día. Antes de eso, dormiría. Ese era el plan: pediría que lo acompañaran a casa en coche, se daría una ducha muy larga —¡un plan divino!— y luego se metería en la cama.

—¿Es cierto eso? ¿De veras aquello era una persecución?

Gustave lo miró con atención. Su suegro parecía estar considerando si Dupin les estaba contando la verdad.

—Si, era una persecución, sí. ¿Queréis oír la historia?