Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) Una semana después
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Una semana después

Azul, azul, azul. Un puro azul celeste.

El cielo se extendía infinito sobre ellos en esa primera hora de la tarde del sábado.

Estaban tumbados bocarriba en la arena fina, cálida y suave. Muy juntos, con los dedos entrelazados: la mano derecha de Claire y la izquierda de Dupin. Apoyaban las nucas en unos pequeños y cómodos huecos en la arena. En ninguna cama del mundo se podía estar más cómodo.

Miraban hacia lo alto. Solo hacia ahí. Perdidos en aquel azul que parecía aproximarse cada vez más y, a la vez, alejarse.

—¿Fue aquí donde te quedaste dormido durante la investigación, Georges?

—Justo aquí.

—Realmente fue un caso disparatado. De locos.

Ese era el recuerdo que tenía, no se podía resumir de forma más precisa.

Dupin había pasado la semana ocupándose de los trámites y secuelas del caso.

Pichard había repetido de forma oficial su confesión en Quimper, en presencia de su abogado.

Dupin debería haber estado presente, pero en el último momento «se había visto impedido».

La peor tarea fue el «informe exhaustivo y minucioso» que Dupin tuvo que presentar al prefecto.

De hecho, el día anterior al mediodía este había celebrado una segunda rueda de prensa, algo sin precedentes en la historia policial de Finistère.

Dupin había comparecido ante la prensa inmediatamente después de la detención de Pichard, pero Guenneugues, cómo no, no había querido perder la oportunidad de volver a exponer personalmente al público los «brillantes resultados de la investigación de su prefectura».

Para Dupin, mucho más emotivo había sido el asunto de su coche.

El taller de Unarte lo declaró siniestro total.

Tenía el motor destrozado, no había salvación posible.

«Pero por seis mil euros le instalo un motor V6 auténtico que solo tiene setenta mil kilómetros», le había propuesto el agradable mecánico con un acento vasco tan marcado que a Dupin le había costado mucho entender.

Antes siquiera de considerar la oferta, se oyó decir: «¡De acuerdo!

¡Por supuesto! Me da usted una alegría, caballero».

El mecánico se había puesto manos a la obra de inmediato, lo cual fue una suerte, porque Nolwenn, Le Ber y Claire habían querido «pensarlo», y para entonces ya era demasiado tarde.

La semana siguiente Dupin recuperaría su coche; uno de los empleados del taller se lo llevaría a Concarneau.

En cuanto al coste, ocurriría lo mismo que con las últimas reparaciones: aunque era un coche de empresa, en buena parte Dupin tendría que pagarlo de su bolsillo.

Estaba además el asunto de la «operación secreta» de Nolwenn.

El jueves por la mañana la prensa bretona publicó imágenes y artículos.

Sobre la «casi ocupación del Parlamento bretón», según una de las voces más neutrales de la prensa.

Un «grupo de audaces activistas» no solo había bloqueado las siete vías de acceso con tres tractores y sus remolques durante una sesión de la Asamblea, sino que también había cubierto todo el edificio del Parlamento con una gigantesca red de pesca, incluyendo todas las entradas y salidas.

Un golpe perfectamente orquestado: la red se había desplegado en menos de quince minutos.

Exigían prohibir durante un mes la pesca en el golfo de Vizcaya para proteger a los delfines y las ballenas jóvenes.

Cada año, miles de animales perdían la vida de forma cruel al quedar atrapados como captura accidental en las redes de los arrastreros, que podían alcanzar hasta 1,5 kilómetros de longitud.

La exigencia contaba con el apoyo de científicos, grupos ecologistas, algunos políticos e incluso parte de los propios pescadores.

Aquella era una cuestión muy importante en una región que dependía de la pesca.

Como siempre, los grandes actores de la industria pesquera se oponían y llevaban a cabo una laboriosa labor de presión.

Aquel jueves, el debate volvía a estar en la agenda del Parlamento, una especie de confrontación decisiva de posiciones.

Las fotografías del «Parlamento cautivo» habían aparecido en los titulares de la prensa nacional e incluso en algunos periódicos internacionales y se habían vuelto virales.

El revuelo fue enorme. Los activistas, por supuesto, habían infringido la ley, un hecho que podría ser especialmente delicado para una funcionaria de policía.

En teoría. Pero no para Nolwenn. La suerte estaba de su lado: por una parte, no aparecía en ninguna de las icónicas fotos que habían dado la vuelta al mundo; y por otra, tras su regreso, el prefecto había estado demasiado ocupado mostrando sus grandiosos méritos en la resolución del «caso del chocolate asesino» como para prestar atención al asunto.

Nolwenn, la Tigresa, no tenía miedo, defendía aquella actuación.

«Delito es todo cuanto ocurre ahí, y no que la gente llame la atención sobre ellos», le había contado a Le Menn.

Permanecieron un rato en silencio, luego Claire volvió la cabeza hacia Dupin:

—¿Qué va a pasar ahora con este descubrimiento? ¿Con el chocolate que no se derrite?

Dupin sonrió para sí. Era evidente que aquel punto interesaba especialmente a Claire.

—La patente pertenece a Nahia Mazago, jurídicamente la situación es clara. La Oficina de Patentes ahora llevará a cabo la revisión de rigor. Si el procedimiento funciona, la solicitud será oficial a más tardar a principios del año próximo.

La prensa, claro está, ya había informado ampliamente al respecto, también la internacional.

—Eso significa —dedujo Claire contenta— que el próximo verano será de lo más chocolatero.

—¿Y qué haremos este verano?

—Tumbarnos aquí, preferiblemente durante semanas. Aquí, en esta arena cálida, Georges. Ociosos. Sin hacer nada.

Una práctica que a ambos les costaba por igual. Pero en ese momento, en el estado en que Dupin se encontraba, le parecía una promesa maravillosa.

—Luego nos sentamos en la terraza de Sables Blancs y tomamos un aperitivo... Una docena de ostras para cada uno. Y rillettes de sardina recién hechos con baguette del día. Todo acompañado de un muscadet bien frío.

Dupin se puso nervioso.

—Luego, alas de raya con alcaparras, limón y mantequilla.

Uno de sus pescados preferidos. Preparado a su manera favorita.

—¿Qué tal si empezamos hoy con eso?

—De acuerdo.

Dupin estaba encantado.

—¿Y qué te parecería un viaje al País Vasco este verano?

Aquella «salida» había causado una profunda impresión en Dupin.

—He encontrado en internet una chambre d’hôtes de ensueño, cerca de Bayona. Está junto al mar, en una colina, y se ve toda la bahía, hasta España.

—¿En serio? ¿Minivacaciones?

Claire sabía de la aversión de Dupin por las vacaciones.

—Sí, algo así, sí —confirmó el comisario.

Si uno observaba fijamente un punto concreto de aquel cielo azul durante el tiempo suficiente, era como si la mirada atravesara la atmósfera.

—Maravilloso. Todo es maravilloso, Georges.

Por un rato permanecieron sentados en silencio el uno al lado del otro.

—¿Georges?

—¿Sí?

—Estos últimos días le he estado dando vueltas, deberíamos hacerlo. Ahora. Si no, será demasiado tarde.

Dupin sabía lo que había oído, pero esa noticia era inmensa.

—¿Quieres decir...?

—Sí. De pronto, lo veo muy claro.

Sintió cómo una cálida oleada de felicidad le recorría el cuerpo.

La miró profundamente a los ojos, los ojos más increíbles del universo.

—Cuenta conmigo, Claire, por supuesto.