Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El tercer día #6
96%

El tercer día #6

Los operarios del astillero que trabajaban en uno de los barcos los habían visto. Su imagen debía de ser curiosa: dos hombres empapados, que claramente habían salido de la dársena y que entonces se paseaban por el recinto, uno de ellos en calcetines y con una pistola en la mano...

—¿Y entonces?

—Simplemente sucedió. Ella me dijo todo eso a la cara. —Pichard hablaba con toda tranquilidad—. No me arrepiento.

—¿Y simplemente la mató? ¿Con ese muestreador de tipo tubular que había allí?

—Tenía que hacer algo. Quiero decir... No podía permitir que se cometiera esa injusticia atroz.

—¿Y Bixente Mazago? Él debió de sospechar de usted de inmediato.

—Me llamó, sí. Y me dijo que sabía que había sido yo.

Le prometí que le revelaría el procedimiento exacto si no decía nada a la policía.

Y que de este modo él podría aprovecharse de ello.

Evidentemente, yo sabía de las diferencias entre los hermanos, aunque no era consciente de lo graves que llegaban a ser.

Dijo que se lo pensaría. Más tarde volvió a llamar y dijo que quería reunirse conmigo a primera hora de la mañana siguiente. En su casa. En Trégunc.

—¿Y entonces?

—Yo no confiaba en él. Para los Mazago, la familia estaba por encima de todo.

—Así que también lo mató sin contemplaciones. ¿Fue usted quien robó el libro de química de la casa de Adeline?

Pichard asintió con frialdad. Así pues, Dupin estaba en lo cierto.

—¿Y por qué?

—Adeline quería saber cómo funcionaba exactamente la modificación química. No me creía.

Tenía la mirada sombría.

—¿Y bien?

—Vino a verme con ese libro. A la oficina. Hace dos semanas. Al parecer, había vuelto a estudiar a fondo el tema. El apartado dedicado al comportamiento de fusión estaba repleto de anotaciones.

—Usted quiso asegurarse de que no hubiera indicios sobre el asunto, por eso se lo llevó.

Pichard volvió a enfadarse:

—¡Ella no me creía capaz de un descubrimiento como ese! Quería saberlo todo, con todo detalle, pero yo, por supuesto, no solté prenda.

Se sumió en un silencio desafiante.

—Tuvo usted suerte de que la cocaína se hallara justo al día siguiente de su crimen. —Dupin pasó a otro punto que le preocupaba—. Así las cosas, parecía totalmente inevitable que guardara relación con el asesinato.

Una casualidad. Por lo menos si era cierto que Pichard no había planeado los asesinatos.

—En efecto. Simplemente habría sido uno de los muchos crímenes sin resolver del mundo de las drogas.

Pichard pronunció la frase como si estuviera en trance.

Esquivaron a un grupo de trabajadores que se les acercaba y los miraba con curiosidad.

—¿Y Eléna Chesneau?

—Empezó a husmear. Era insoportable. —Las palabras de Pichard desprendían un profundo desprecio—. ¡Ella y su química! Todo eso no tiene nada que ver con el arte de verdad, con la auténtica creatividad. Pero todo el mundo estaba profundamente impresionado. ¡Qué ridiculez!

La envidia de Pichard hacia la joven era repugnante. Y abismal.

—Chesneau me seguía la pista. Ayer me llamó y me pidió explicaciones. Eso fue después de que usted tuviera una conversación con ella. Quería saber qué tipo de conferencia era esa de Denver en otoño. De qué iba yo a hablar allí.

Pichard soltó un suspiro condescendiente.

—Lo malo es que el verano pasado se dio cuenta de que yo pasaba día y noche en el laboratorio de sabor de la producción.

Era astuta, intrigante. En teoría, incluso podría haber mirado en el ordenador en qué andaba trabajando yo, ¿entiende?

Por supuesto, allí no hay ningún detalle, pero habría visto que estaba trabajando con aquella variedad especial de trigo sarraceno.

Y quién sabe qué le habría contado Adeline Mazago.

Las dos se habían confabulado en contra de mí.

Miró a Dupin de reojo, como esperando su comprensión.

—No podía correr ningún riesgo. Lo habría destruido todo.

Pichard no tenía ninguna sensación de haber cometido realmente un delito, al contrario. Él había tenido que defenderse. Contra una injusticia clamorosa. Y una humillación por lo menos igual o mayor. Así era como él parecía verlo. Era estremecedor.

—Entonces ¿usted también fue a visitar a la señora Chesneau por la tarde?

Habían abandonado el recinto del astillero y estaban a punto de llegar a la rue du Moros.

—Yo...

Pichard se calló. Se oían sirenas de policía. Debían de ser Labat o Le Menn.

—Me imagino que el encapuchado que merodeaba por su casa por la noche era usted mismo —dijo Dupin—. Para reforzar el montaje de estar amenazado, para hacerlo aún más creíble.

Un montaje en el que Dupin había caído.

—Probablemente no tomó la decisión de matar a la señora Chesneau hasta después de que ella lo llamara y le hiciera todas esas preguntas.

—Tenía que hacerlo.

Pichard parecía estar en paz consigo mismo, era extraño.

Apareció entonces uno de esos pequeños Peugeot azul plateado de la comisaría. Le Menn iba al volante. Se detuvo justo delante de Dupin y Pichard con un chirrido ensordecedor de los neumáticos.

Dupin ya sabía todo lo que necesitaba saber. Más ni le hacía falta ni, sobre todo, sería capaz de soportarlo.

—Lléveselo, Le Menn —le ordenó Dupin con tono apagado.

La agente se plantó ante ellos y levantó un par de esposas.

—¿A comisaría?

—¡A Quimper!