Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El tercer día #5
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El tercer día #5

Apuntó con el arma a su muslo derecho, con los dedos en el gatillo, listo para disparar.

—¡Era mi descubrimiento! —exclamó Pichard de pronto—. Yo..., yo lo descubrí. Solo. Querían robármelo. Y presentarlo como si fuera suyo. Como si fuera un logro de Zerua.

Así que de eso se trataba.

Pichard inspiró profundamente.

—Pretendían librarse de mí con una bonificación especial. —Siguió un resoplido despectivo—. ¡Una bonificación! ¡Menuda ridiculez! —El cuerpo le temblaba—. ¡Es el mayor descubrimiento de la historia del chocolate!

A Dupin le repugnaba tremendamente seguir escuchando.

Ya conocía la historia. Los dramas internos de los asesinos, el furor narcisista, la justificación de actos injustificables.

Era asqueroso. Cuanto más los escuchaba, cuanto mayor se hacía él, menos los soportaba.

Pero era policía, y su trabajo consistía en escuchar.

Hacer que el autor de un crimen se manifestara.

—¿Cómo hizo el descubrimiento?

Por un momento, Pichard se mostró desconcertado ante la pregunta, pero luego su rostro dibujó una sonrisa grotesca.

—Estaba trabajando con una variedad poco común de trigo sarraceno.

Esto fue en mayo del año pasado. Para una nueva creación.

—Ahora hablaba con mucha calma, y eso hacía que la situación resultara aún más inquietante—.

Había tostado mucho el trigo. Quería obtener el máximo sabor a nuez.

Luego lo molí y lo añadí a una mezcla de cacao al ochenta y cinco por ciento, criollo, con alto contenido en manteca de cacao.

Los ojos le brillaban.

Dupin había buscado el móvil mientras Pichard hablaba.

Debía informar a Nolwenn. Y a Goulch. Ya podían suspender la operación.

Estaba seguro de que había guardado el móvil en el bolsillo derecho del pantalón.

Pero no estaba ahí. Ni tampoco en el izquierdo.

Debía de haberlo perdido en el agua. Eso significaba que ahora estaba en el fondo de la dársena.

Pichard no pareció darse cuenta de que Dupin se había distraído un momento; estaba demasiado absorto en su propia situación.

—Mi intención no era espolvorear el trigo sarraceno tostado sobre el chocolate, sino añadirlo durante el proceso de elaboración para que los aromas se fusionaran desde el principio. A continuación vertí la masa en la línea de prueba formando unas láminas finas. Y me llevé algunas a casa.

Parecía concentrado. Había dejado de temblar.

—Es algo que hago siempre cuando estoy desarrollando una nueva creación. Para probarla una y otra vez durante los días siguientes. Y mi esposa también. Le encanta. —Pichard intentó esbozar una sonrisa—. Y entonces quedó un trozo sobre la mesa de la terraza. Al sol. A mediodía.

Una pausa más larga, como si se deleitara en aquel recuerdo.

—¿Y sabe qué ocurrió? Nada. No pasó nada. ¡Aquella lámina fina de chocolate se mantuvo completamente igual! No mostraba el menor indicio de estar derritiéndose. Era increíble. Aquel fue el principio.

Dupin esperó. Pichard iba a seguir hablando, no lo podía evitar.

—La textura era tan delicada como siempre.

Sabía, claro está, a trigo sarraceno tostado, era normal.

Pero enseguida pensé que aquello tenía que deberse a algún cambio en las propiedades de la manteca de cacao.

Así que empecé a experimentar. Y poco a poco descubrí que se puede hervir trigo sarraceno tostado y luego reducir el líquido hasta obtener una masa pegajosa.

La sequé y añadí pequeñas cantidades a la masa de cacao crudo.

Entonces descubrí que, una vez enfriada y solidificada, también esta se mantenía estable incluso a altas temperaturas.

¡Hasta los cuarenta y cuatro grados! ¡Y sin que se alterasen el sabor ni la textura!

Era extraordinario... —De nuevo asomó en su rostro esa sonrisa grotesca—.

Entonces consulté a un laboratorio privado y...

—¿Por qué tuvieron que morir los tres?

Dupin había tenido suficiente, estaba harto de la petulancia de Pichard.

El maestro se estremeció al oír la pregunta.

—Hablé con Bixente. A principios de abril, cuando estaba seguro de todo.

En realidad, Bixente y yo siempre nos habíamos llevado bien.

Pero... —Pichard vaciló—. Lo único que dijo fue que la patente pertenecía a Zerua.

Que eso decía la ley, y punto. Según él, había hecho el hallazgo siendo empleado de la empresa y las innovaciones eran una parte esencial de mi labor en ella.

De nuevo fue como si una oleada de ira lo invadiera.

—¿Innovación? ¡Eso es una revolución! Luego, en una segunda charla que tuvimos, me dijo que podía contar con una generosa gratificación y que destacarían mi rol especial en esa innovación. Además, si yo quería, me renovarían el contrato con unas condiciones mucho mejores.

La voz le temblaba.

—¡Mi «rol especial»! ¡Yo! ¡Yo hice este descubrimiento solo! ¡Yo! Entonces Bixente Mazago habló con su hermana. Con Adeline.

Dupin vio por el rabillo del ojo una gran zódiac negra que se aproximaba a los dos buques de la Marina. Era una de las lanchas de la policía. Una segunda se dirigía hacia la otra orilla.

—Yo no le caía bien a Adeline Mazago. Nunca me tuvo simpatía.

Siempre quiso que la señora Chesneau ocupara mi lugar.

Ella además no estaba de acuerdo con la renovación de mi contrato.

Mantuvimos varias conversaciones los tres.

Les dije a los dos que aquel era mi descubrimiento.

Que no estaba dispuesto a aceptar todo eso y que me defendería por todos los medios. Yo...

—¿Ellos dos hablaron de esto con Nahia Mazago?

—No lo sé. No lo mencionaron.

—Siga hablando.

Una orden brusca.

—Consulté a un abogado de París. Un especialista de renombre. Me dijo que no tenía nada que hacer. Desde el punto de vista legal, era tal y como me habían dicho ambos hermanos. ¡Yo tenía que hacer algo contra esta injusticia! Debía...

Hizo una pausa más larga.

—Quise vengarme. Hacerles daño. Entonces se me ocurrió lo de la cocaína. Sabía que un hallazgo así destruiría la reputación de la empresa. Para siempre.

Hablaba entre dientes, su voz parecía metálica.

—Y no solo la reputación de Zerua, sino también la de la familia.

La lancha de la policía parecía haber distinguido las zódiacs rojas malogradas. Ahora se dirigía a toda velocidad hacia el hueco entre los dos buques de guerra. La segunda lancha de la policía, situada al otro lado de la dársena, había dado la vuelta y también se acercaba hacia ellos.

—¿Cómo consiguió esa suma, caballero? ¿Los doscientos mil euros de Sandrine Thépault?

—Ahorros. Acciones. —Pichard se encogió de hombros—. Sabía que Thépault necesitaba dinero con urgencia. A lo largo de los años hemos hablado de vez en cuando. Quizá esté involucrada en negocios turbios; sea como sea, allí vive a lo grande. Tiene dos mansiones con piscina y...

—¿Su esposa estaba al corriente de todo esto?

Era una pregunta importante. En función de las circunstancias, podía ser acusada de cómplice de asesinato.

—Ella no sabía nada, nada de nada.

Curiosamente, Dupin lo creyó. Aunque eso no significaba que no lo fueran a comprobar.

—Tenemos acceso a su cuenta. El dinero no salió de allí, señor Pichard.

—Abrí una cuenta en un banco de las islas Fiyi. Y transferí el dinero allí directamente desde la cuenta de custodia.

Dupin sabía lo increíblemente fácil que seguía siendo eso.

—¿Cómo se supone que iba a continuar todo esto? ¿Cuál era su plan?

El comisario notaba que el sol, que entretanto ya había salido, comenzaba a secarle la ropa.

—Mi intención era dimitir en cuanto se hiciera público el asunto del hallazgo de cocaína.

—Vaciló—. Por supuesto, no había revelado ningún detalle a los hermanos.

No sabían el secreto del chocolate que no se derrite.

Como es obvio ellos insistían en que se lo contara.

Adeline Mazago se mostró escéptica. No se creía que de verdad lo hubiera conseguido.

Ella llevaba mucho tiempo estudiando esa cuestión, desde la universidad.

Y había descartado esa posibilidad. Realmente dudaba de que yo pudiera...

—¿Todo bien, señor comisario? —lo interrumpió una voz potente y metálica. La mitad del puerto debió de oírla.

La lancha neumática de la policía había atravesado el hueco que había entre los dos buques de guerra. Uno de los tripulantes estaba en la proa con un megáfono.

—¿Algún herido?

—No —respondió Dupin—. Aquí todo está bien. Tenemos al culpable. —Se apresuró a añadir—. Avise al inspector Labat y a Nolwenn. Que envíen un coche a la rue du Moros para recogernos.

—Entendido. ¿Necesitan ayuda?

—No.

—De acuerdo.

La lancha empezó a dar la vuelta.

—¡Venga conmigo!

Dupin se puso en marcha.

En línea recta no estaba lejos, pero tenían que sortear algunos edificios del astillero.

Un recorrido que discurría por amplias superficies de hormigón sobre las que, colocados en enormes estructuras de acero, había barcos de pesca viejos, de bajura, en algunos de los cuales se estaba trabajando con ahínco.

—Entonces ¿por qué tuvieron que morir los dos hermanos y la señora Chesneau, señor Pichard?

Dupin empleó un tono de voz cortante.

—No estaba planeado, quiero decir, no debería haber pasado.

Adeline Mazago vino a verme el miércoles por la mañana.

Me dijo que ni ella ni su hermano se dejaban presionar y que querían saber de inmediato cómo funcionaba mi descubrimiento.

Entre otras cosas, para poder comprobarlo en su propio laboratorio.

De hecho, me dio un ultimátum. Tenía veinticuatro horas para revelarles todos los detalles.

De lo contrario, emprenderían acciones legales contra mí.

Adeline Mazago había visto que me había inscrito para dar una conferencia en un gran congreso en Denver.

Mi plan era presentar allí el hallazgo al mundo.