Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El tercer día #4
91%

El tercer día #4

Soltó el amarre y arrancó el motor.

Dupin nunca había llevado un motor fueraborda en su vida, pero lo había visto hacer a otros muchas veces.

No podía ser tan difícil. Y, en efecto, en un santiamén consiguió meter la marcha.

La embarcación empezó a moverse y ganó velocidad.

Aún tenía a Pichard a la vista, pero pronto desaparecería tras el imponente muro del muelle del puerto.

El hombre se había dado la vuelta un par de veces, y se había dado cuenta de que Dupin lo seguía.

Luego desapareció.

Dupin navegaba a toda velocidad. Por un momento, le pareció ver a sus suegros en la muralla de la ciudad, casi al final de la Ville Close, saludándolo con la mano, pero eso era imposible, estaba alucinando.

Por fin llegó a la esquina del muelle, Dupin viró con un movimiento seco hacia babor.

No había ni rastro de Pichard.

—Maldita sea.

La situación se complicaba.

En el caos dinámico que se abría ante él, sin duda había innumerables posibilidades de esconderse. E innumerables posibilidades de llegar a tierra.

Dupin soltó la caña del timón y sacó el móvil.

—Nolwenn, quiero controles en todos los accesos al puerto del astillero. ¡Solicite refuerzos a todas las comisarías de la zona! Pichard ha robado una zódiac; intentará desembarcar en algún lugar del puerto y huir desde allí.

—Me encargo. ¿Usted dónde está?

—Lo estoy persiguiendo.

—¿En una lancha?

—En una lancha.

La cual, entretanto se había quedado parada.

—¡A eso le llamo yo confrontación y desensibilización! ¡Bravo, señor comisario, bravo! Su coach estará orgullosa de usted cuando...

—¡Nolwenn!

—¡Estoy en ello!

Colgó al instante.

—¡Menuda mierda!

Dupin estaba seguro de que en ninguno de sus casos anteriores había maldecido tanto como en ese.

Tenía que pensar.

El comisario examinó los barcos que había cerca. A la derecha, dos grandes buques de la Marina, largos y estrechos; a mano izquierda, un velero y un carguero ancho. El óxido le había corroído el casco; estaba marcado por la dureza del mar.

Pichard podía haberse escondido con facilidad detrás de todas esas naves. Sin embargo, ahí los dos muros de muelle eran especialmente altos y solo se podía acceder a los barcos por unas pasarelas móviles. Dupin no veía de qué modo Pichard podría llegar a tierra desde su pequeña embarcación.

Aceleró de nuevo y se dirigió decidido hacia el viejo carguero.

Pronto pasó junto a este. Y justo antes de llegar a la proa, sucedió: Pichard salió avanzando muy deprisa.

Dupin giró bruscamente el timón hacia la derecha.

Pichard se dirigía a la orilla opuesta. El comisario no tenía claro cuál era su objetivo.

Puede que el chocolatero tampoco lo supiera con certeza, quizá solo intentaba zafarse de Dupin. Había algunos puntos, en los que unas amplias rampas llevaban a la dársena. Los buques se izaban o se bajaban al agua gracias a unos enormes cabrestantes y por medio de unos sólidos raíles.

De pronto Pichard hizo un cambio brusco hacia la derecha y dirigió la lancha hacia los viejos buques de guerra.

Entre ellos había una pequeña zona despejada, de dos o tres metros, nada más.

Daba la impresión de querer meterse justo ahí.

Lo más probable era que intentara alcanzar la orilla que quedaba detrás.

La imagen resultaba tremenda: los dos enormes buques de color gris claro, que pese a su silueta estrecha y elegante parecían inexpugnables, y ante ellos la diminuta lancha neumática de intenso color rojo.

Dupin giró el timón, apuntando no a Pichard, sino al hueco que quedaba entre los dos buques.

Si aquel era el objetivo y su motor no era más débil que el del chef, tendría una oportunidad.

Lo interceptaría justo allí. Aquel era el punto débil del plan de Pichard: en ese momento, él, el espacio entre los buques y Dupin formaban un triángulo isósceles.

Una vez más, el comisario exprimió al máximo la potencia del motor diésel, que acusaba el esfuerzo con ruido.

Pichard se encontraba ahora a unos cien metros del hueco entre los dos barcos.

Aunque era un absurdo completo, Dupin notó que la rabia volvía a crecer en su interior, más fuerte con cada metro que se acercaba a él.

Pichard los había engañado miserablemente, y él había caído en su trampa, al considerarlo incluso una víctima.

El comisario nunca se había sentido tan insatisfecho consigo mismo; tenía la sensación de haber avanzado en el caso dando palos de ciego, sonámbulo y confuso.

Pichard seguía avanzando decidido hacia aquel hueco. Dupin también.

Quedaban cincuenta metros.

A Dupin la respiración se le aceleró, los ojos se le habían vuelto dos hendiduras.

Treinta metros.

Entretanto ya podía ver el rostro de Pichard. Parecía frío, rígido, decidido. Inquietante.

Veinte metros.

Era como en las películas: dos conductores avanzando directamente el uno contra el otro, confiando en que el otro acabaría por ceder.

Por un instante creyó que Pichard reducía la velocidad. Pero no fue así.

Quince metros.

Pichard iba a alcanzar un poco antes el hueco entre los buques.

Diez metros.

Pichard tenía la vista clavada al frente.

Cinco metros.

Dupin tenía la mano cerrada formando un puño de hierro. Ninguna fuerza en el mundo habría podido separar los dedos de la caña. Tenía todos los músculos de su cuerpo en tensión y apretaba los dientes con tanta fuerza que le dolían.

Tres metros.

Dos metros.

El ruido fue extraño, y no especialmente fuerte. De ahí que el impacto fuera más brutal.

La proa de la lancha de Dupin embistió con toda su fuerza contra la popa de la de Pichard.

Salió disparado de la zódiac dibujando un arco elevado; vio cómo la pared de acero gris claro del buque de la Marina se aproximaba a toda velocidad y luego el agua. A su alrededor todo se volvió oscuro.

Oyó un sonido metálico, hueco y grave.

Por un momento pensó que se había quedado ciego. Empezó a dar manotazos violentos mientras trataba de orientarse. En torno a él solo había agua, un verde turbio e infinito. Tenía que ir hacia lo alto. Hacia la luz.

Cuando salió a la superficie, vio a Pichard nadando entre los dos barcos.

Dupin jadeó en busca de aire.

Pichard estaba nadando. Era un nadador rápido y bueno, propio de su complexión física. Pero Dupin también era un nadador experto.

Pronto quedó claro cuál era el objetivo de Pichard: una escalera oxidada que había en el muelle de piedra detrás de los dos buques de la Marina.

Dupin avanzaba dando brazadas; sentía un dolor en la rodilla, le dio la impresión de que se había vuelto a hacer daño. No hizo caso.

Pichard fue a agarrar el peldaño inferior de la escalera. Falló en su primer intento.

Dupin estaba cuatro o cinco metros detrás de él.

Al segundo intento, Pichard lo logró. Empezó a subir.

Una vez más Dupin aceleró el ritmo.

Pichard ya casi había salido del agua cuando Dupin llegó a la escalera.

En el último momento agarró el pie derecho de Pichard. Lo alcanzó por los pelos. Por un segundo temió que se le soltara el zapato, pero se mantuvo en su sitio. Dupin agarró a Pichard por el tobillo. No pensaba soltarlo, pasara lo que pasara.

Pichard soltó un grito y golpeó la mano de Dupin con el pie izquierdo.

Aunque sintió un dolor agudo, él apretó el tobillo de Pichard incluso con más fuerza.

Ahora él podía sacar provecho de su gran ventaja: su considerable masa corporal.

Con el pie derecho Dupin se separó con un impulso de la pared y se lanzó hacia atrás con todas sus fuerzas. Oyó un grito. Las manos de Pichard resbalaron y se soltaron del peldaño. Al instante siguiente ambos cayeron de espaldas al mar.

Dupin se vio empujado bajo el agua. Soltó el tobillo, pero rodeó con los brazos el vientre del chocolatero, tirando de él hacia abajo. Cuando volvieron a salir a la superficie, lo agarró del cuello desde atrás.

Pichard debía de haber tragado mucha agua, porque tosía con fuerza.

—Se acabó —farfulló Dupin resollando.

Pichard no dijo nada. Ciertamente parecía haber dejado de resistirse, su cuerpo estaba flojo. Dupin lo arrastró hasta la escalera como si fuera un socorrista.

En cuanto alcanzaron de nuevo la escalera, Pichard agarró el primer peldaño sin decir palabra.

—Yo primero —ordenó Dupin.

Es verdad que corría el riesgo de que Pichard volviera a huir.

Podía intentar escapar a nado una vez más, pero Dupin, con un salto bien calculado, de inmediato volvería a estar junto a él en el agua.

O mejor aún: podría observar desde la orilla hacia dónde nadaba y esperarlo allí.

Y además, lo haría con su arma, que, aunque mojada, estaba en perfecto estado.

Por otra parte, muy pronto aparecería una de las embarcaciones de Goulch.

Dupin se encaramó hasta tierra firme y se dio cuenta de que había perdido los zapatos en el agua.

Desenfundó el arma.

—Su turno.

Pichard se movía con gestos mecánicos, casi como un robot. Su rostro tenía una expresión vacía, fantasmal.

El chocolatero estaba junto a Dupin en el muelle; a los dos el agua les chorreaba por el cuerpo. El comisario apuntaba su SIG Sauer directamente contra Pichard. No estaba dispuesto a correr ningún riesgo.

—Va a pasar el resto de su vida en la cárcel, caballero.

Dupin habló en voz baja con la mirada clavada en los ojos de Pichard.

—Será recordado como un asesino brutal. Como un monstruo, que llevará en su conciencia a una familia muy respetada y a una joven chocolatera de talento extraordinario que tenía todo lo necesario para convertirse en una de las grandes.

Pichard miró al comisario impertérrito.

—Todo lo demás (sus creaciones, su reputación, la obra de su vida) caerá en el olvido.

Las frases brotaban de forma espontánea de la boca de Dupin.

—No quedará nada del gran maestro. Todo cuanto usted ha creado se ha destruido. La gente lo detestará.

Dupin observó que a Pichard el rostro le cambiaba por completo mientras él iba pronunciando esas frases. Fruncía los ojos y la sangre le subía a las mejillas. Pichard parecía cegado por la ira. Dupin lo tenía justo donde quería.