Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El tercer día #3
89%

El tercer día #3

—¡El callejón lateral! —la interrumpió Dupin.

Entonces echó a correr otra vez hacia al almacén contiguo. Hacia la ventana, que abrió de un tirón.

Había supuesto bien. Justo delante de la ventana estaba el callejón situado entre la rue Vauban y la rue Militaire.

—Mierda.

Pichard había escapado por la ventana.

—¿Qué hará ahora, señor comisario? —Nolwenn lo miró con preocupación.

Dupin se dispuso a salir de aquella sala de existencias de la misma manera que Pichard. La ventana era relativamente pequeña. Lo consiguió.

Cuando aterrizó sobre los adoquines, volvió a sentir un dolor agudo en la rodilla.

—Informaré a Labat y buscaré más refuerzos —le oyó gritar a Nolwenn. Echó a correr. En dirección a la rue Militaire, hacia las murallas de la ciudad. Pichard solo tenía dos opciones: huir por la calle principal o por las murallas; esta última era la opción más rápida.

Casi sin aliento, Dupin llegó a la pequeña calle que iba paralela a la muralla.

A la izquierda vio el coche de Pichard, aparcado delante de la entrada de Zerua.

Labat debía de estar escondido en algún lugar. Si Pichard se hubiera precipitado hacia su coche, Labat ya lo habría atrapado.

Debía de haber huido en la otra dirección.

Dupin salió a toda velocidad.

Al cabo de unos metros, la muralla y la calle describían una curva suave.

Dupin siguió a la carrera con la rodilla dolorida, y luego se detuvo. Pichard, en efecto, le llevaba ventaja, pero no podía haber sido tanta. La callejuela se podía abarcar bien con la vista, pero no había rastro de Pichard. No se veía a nadie, ni una sola persona.

—¡Maldita sea!

Pichard debía haber optado por tomar el otro camino.

O tal vez había corrido un trecho por la rue Vauban y había cruzado al otro lado de la isla para escapar de posibles perseguidores.

Pero ¿con qué objetivo? ¿Adónde pretendía ir?

Estaba huyendo a pie. La Ville Close podía ser un auténtico laberinto, pero tenía unos límites muy bien definidos.

Y esos límites eran el mar. Tanto en coche como a pie solo había una forma de salir de ella: el puente por el que Nolwenn y él habían llegado.

Solo quedaba el pequeño transbordador, que conectaba de forma permanente la Ville Close con la parte este de Concarneau.

Dupin sacó su teléfono.

Nolwenn comunicaba. Intentó hablar con Labat.

El inspector respondió de inmediato.

—¿Dónde está, Labat?

—Lo estoy viendo a usted.

Dupin se giró y vio al inspector. Estaba allí, en la intersección del callejón lateral con la rue Militaire.

—Asegure el puente, el acceso a la isla, y yo el...

—Le Menn ya está junto al coche, Nolwenn le ha dado órdenes de mantener la posición allí, me acaba de llamar.

—Estupendo.

—Y Nevou también debería llegar aquí en cualquier momento.

—Que tome la rue Théophile Louarn.

—¡Entendido!

Aquella era la tercera de las callejuelas que transcurrían en paralelo desde el oeste hasta el extremo este de la Ville Close.

—Nos encontraremos en el transbordador.

—Están a punto de llegar otros compañeros a modo de refuerzo.

—Envíeles una foto de Pichard, que se dispersen. —Dupin tuvo otra ocurrencia—: Dígale a Le Menn que no permita que nadie más entre en la isla. Y que los compañeros vayan ordenando a todas las personas que encuentren que abandonen la isla de inmediato.

Seguramente habría pocos visitantes; las pequeñas tiendecitas no abrían hasta las diez, antes de esa hora la isla pertenecía, en gran parte, a sus moradores.

—¡Entendido!

Labat estaba en su elemento. Una operación calculada hasta el mínimo detalle.

—Seguimos en contacto, Labat.

Dupin colgó y se puso en marcha de nuevo.

Al poco rato llegó al siguiente callejón que había entre la rue Militaire y la rue Vauban. Solo una parejita joven, por lo demás no se veía a nadie.

Siguió corriendo. Para detenerse de pronto unos metros más adelante.

—¡Maldita sea!

Dupin acababa de pasar por delante de una de las escaleras que subían a la muralla de la ciudad.

Si Pichard era listo, lo intentaría por allí. Por la muralla. De este modo prácticamente sobrevolaría la isla. Y llegaría más rápido al transbordador, si es que aquel era su objetivo.

Dupin dio media vuelta.

Un minuto más tarde llegó jadeando a lo alto de la muralla.

Lo vio al momento. Pichard casi había llegado al final de la isla. Dupin echó a correr mientras sacaba el móvil.

Marcó el último número marcado.

—Señor...

—¡Se dirige al transbordador, Labat!

—De acuerdo. En dos minutos estoy allí.

Dupin aceleró aún más el paso. A la derecha, las casas de la Ville Close. A la izquierda, la dársena del puerto.

Era extraño: de pronto Pichard se había desvanecido. Como si se lo hubiera tragado la tierra. Pero era imposible que hubiera alcanzado aún la escalera que conducía al embarcadero. Allí, en ese estrecho paso marítimo, era donde se unían las murallas del norte y el sur de la ciudad.

Dupin volvió a detenerse de golpe, había llegado al punto en el que la muralla hacía un ligero giro hacia el sur.

¿Dónde se había metido Pichard?

¡Por supuesto! ¡La pasarela! Dupin había pensado en todo, pero no en la pasarela y el servicio de alquiler de barcos.

Se giró rápidamente hacia el puerto. En efecto. ¡Allí estaba! ¡Pichard!

Sin duda. Se precipitaba directo al embarcadero.

Dupin tenía que descender de la muralla. El único acceso a la pasarela era una puerta añadida en el siglo XIX para los pescadores de la isla.

Si no le engañaba la memoria, la escalera no podía estar muy lejos. Salió corriendo a toda velocidad.

PETIT ATLANTIQUE. LOCATION BATEAUX À MOTEUR SANS PERMIS , decía el gran cartel situado al inicio de la pasarela: alquiler de lanchas a motor sin licencia. Las zódiacs rojas, capaces de alcanzar velocidades considerables.

—¡Eh! ¿Qué está haciendo usted?

El grito horrorizado del joven encargado de la empresa de alquiler resonó por el puerto.

—¡Eso es un robo! ¡Regrese de inmediato!

Pichard —Dupin lo había visto todo— había saltado a una de las lanchas, había soltado las amarras y había arrancado el motor fueraborda. Al instante siguiente se alejaba a toda velocidad.

Entre gesticulaciones, el hombre se levantó de un salto de la silla de camping que tenía al final del embarcadero y se precipitó hacia el lugar donde había estado la embarcación.

—¡Llamaré a la policía! —le gritó a Pichard mientras sacaba el móvil del bolsillo de sus pantalones.

Dupin estaba apenas a cincuenta metros, lo había dado todo.

—¡Comisario Georges Dupin! —resolló al plantarse frente al encargado.

—¡Uau! —El joven clavó la mirada en Dupin. Parecía tan irritado como impresionado.

—Necesitaré una lancha.

Dupin se dirigió sin dilación hacia una de las zódiacs rojas.

Notó que una ira tremenda se apoderaba de él. Estaba decidido a no dejar escapar a Pichard. De ningún modo.

—¿Quiere perseguirlo?

Dupin asintió con la cabeza. Muy vacilante, él mismo lo notaba.

Probablemente, bien pensado, emprender la persecución por su cuenta no tenía ningún sentido.

Sacó el móvil. Tenía que hablar con Goulch. El jefe local de la policía marítima y orgulloso capitán del Bir, una lancha de alta tecnología.

Goulch respondió de inmediato.

—Señor com...

—Estamos llevando a cabo una operación en el puerto, detrás de la Ville Close, Goulch. Hemos descubierto al asesino. Benoît Pichard. Ha huido en una pequeña lancha zódiac.

—¿Pichard, el maestro chocolatero?

—El maestro, sí. Ha robado una de las embarcaciones de alquiler. Y se dirige hacia el pasaje.

—Estaremos allí enseguida, Dupin. Con todos los efectivos.

Un pequeño ejército, según sabía Dupin: el Bir, dos lanchas policiales más pequeñas y antiguas; y tres zódiacs. Eso quería decir que iba a ser totalmente innecesario perseguirlo él mismo, y menos aún con una lancha que no era más rápida que la del fugitivo.

—Esperemos que intente adentrarse en mar abierto. Entonces lo atraparemos enseguida. Con la aglomeración que hay en el puerto del astillero le podría resultar más fácil escapar.

Goulch tenía razón. Dupin había dado por sentado que Pichard se dirigía a mar abierto, pero también podía intentar otra cosa.

—Yo... —Goulch parecía estar pensando—. Voy a patrullar por la salida del puerto con el Bir, el Kurun y una zódiac. Enviaré a los demás al puerto a través del pasaje. Sin embargo, las zódiacs van a tardar unos minutos, ya que actualmente están desplegadas en la playa Cabellou.

—Será mejor que se apresuren.

—Le mantendré informado, señor comisario.

Goulch colgó.

Dupin corrió hasta el final de la pasarela. Desde allí se podía ver bien la lancha de color rojo vivo. En cualquier momento, Pichard, si quería atravesar el pasaje, debería girar bruscamente a la derecha.

Dupin aguardó.

La lancha cambio el rumbo.

Sin embargo, no torció a la derecha, sino a la izquierda.

—¡No puede ser cierto!

Pichard enfilaba directamente hacia el bullicioso puerto.

Allí había docenas de barcos amarrados en innumerables muelles, pasarelas, diques y diques secos.

Barcos pesqueros, barcos de carga, pero también transbordadores y barcos de la marina.

Ahí reinaba una actividad frenética día y noche.

Y un ruido infernal. Una cacofonía de sonidos mecánicos de todo tipo.

Enormes taladros, sierras de metal, martillos gigantes, chorros de agua teutónicos.

Los barcos de trabajo iban de un lado a otro sin cesar.

Además, desde hacía algún tiempo, en el extremo sur del puerto del astillero había otro puerto deportivo.

También ahí había mucha actividad, a partir de mayo, cuando se iniciaban las numerosas excursiones marítimas de pequeños aventureros marinos. No había mejor lugar para escapar.

Sin dudarlo, Dupin corrió hacia la zódiac. El joven del alquiler estaba a unos metros de distancia, hablando por teléfono muy agitado.

Dupin se detuvo un momento, solo por un instante, y luego puso un pie en la embarcación, y después el otro. De repente, algo completamente absurdo, oyó la voz de la coach Pallu: «Un pequeño paso para la humanidad, pero un gran salto para un fóbico... ¡Tú puedes! ¡Y entonces serás un triunfador!».