Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El tercer día #2
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El tercer día #2

Dupin sabía de las numerosas y magníficas propiedades del alforfón, que desde siempre había formado parte de la esencia culinaria de la Bretaña, sobre todo, cómo no, en la forma de las sabrosas crêpes que se elaboraban con su harina.

Conocido también como trigo sarraceno, en los últimos años había experimentado un auténtico auge y en la actualidad existían innumerables productos elaborados con él.

Era un auténtico superalimento. Desde luego, Dupin no contaba con que también pudiera obrar milagros de ese tipo.

—Se trata de una variedad muy especial procedente de África, señor comisario, la Fagopyrum snowdenii . Es especialmente sabrosa y, por eso, desde hace unos años algunos agricultores la cultivan también en la Bretaña.

Una vez más, Labat hizo una pausa larga y totalmente injustificada.

—¿Y bien?

—Eso es todo, no hay más. Al parecer, este éster especial obtenido del alforfón aumenta el punto de fusión del chocolate sin alterar ninguna otra propiedad. En la breve presentación dice que el éster se añade antes del conchado y que aumenta el punto de fusión a cuarenta y cuatro grados.

Labat había formulado la frase con tono circunspecto y sobrio.

—¿Cuarenta y cuatro grados? —exclamó Nolwenn—. ¿Sabe usted lo que eso significa, Labat? ¡Es de locos!

Entretanto, ella también se había puesto en pie y ahora se encontraba junto a Dupin.

En efecto: si había entendido bien lo que le habían explicado los expertos del chocolate, eso era una auténtica revolución.

El gran descubrimiento en el que llevaban trabajando las mayores empresas chocolateras del mundo desde hacía décadas.

Un descubrimiento que supondría unos beneficios fantásticos y que pasaría a la historia.

—Seguiré citando la presentación... —comenzó Labat.

—¿Quién es? —lo interrumpió Dupin con voz cortante. De eso se trataba ahora—. ¿Quién presentó la patente?

—Adivínelo...

—¡Labat!

—Benoît Pichard.

—¿Pichard?

Nolwenn y Dupin exclamaron a la vez.

—¡Si acabamos de estar con él! —añadió Nolwenn, atónita—. ¡Pero si decía que lo habían amenazado y... —No terminó la frase—. ¡Claro! —Los ojos le brillaban—. Uno de los trucos más antiguos que existen. El asesino simula un ataque contra él mismo.

—¡Menuda mierda!

Dupin había empezado a dar vueltas a la vez que se restregaba el pelo con la mano izquierda.

Eso, claro está, no significaba necesariamente que Pichard fuera el asesino, pero había muchos indicios que apuntaban en esa dirección.

—¿Quiere que...? —comenzó Labat.

—¿Cuándo se registraron los derechos de propiedad intelectual y la patente?

—Pichard presentó los dos documentos el 12 de abril.

No, no podía ser coincidencia.

—¿Sigue usted aún en casa de Pichard, Labat?

—Estoy delante mismo.

—¿Él aún está?

—Se ha marchado hará unos cinco minutos.

—¿Adónde?

—Ha dicho que a su oficina.

—¿En Zerua, en la Ville Close?

—Supongo.

—Envíeme los dos documentos, Labat.

—¡Hecho!

—Y luego vaya de inmediato a la fábrica.

—¿Lo interceptamos antes de que llegue a la Ville Close?

Dupin reflexionó.

—Será mejor que lo atrapemos en la propia fábrica.

Sería más seguro. En la isla de la Ville Close no tendría escapatoria.

—Parto de inmediato, señor comisario.

Dupin colgó al punto.

Christine llegó con los cafés.

—Tenemos que irnos, le pagamos luego —gritó Nolwenn a la desconcertada propietaria de Le Noroît mientras salía corriendo—. Acabamos de resolver el caso.

Dupin condujo hasta el puente del Quai Peneroff, frenó de golpe y se detuvo.

La anchura de la callejuela bastaba para dejar pasar un coche.

Así era como los habitantes de la Ville Close llegaban a su fortificada islita desde tiempos inmemoriales; era la única forma de acceder a ella sin barco.

Y también la única para salir. Labat había llegado antes que ellos, había dejado el coche en el gran aparcamiento del muelle y había caminado desde allí.

Al llegar a la fábrica, los llamó para informarles de que el coche de Pichard estaba en la rue Militaire, frente al patio del almacén de Zerua.

Le Menn y Nevou también se encontraban de camino, Nolwenn había avisado a todo el equipo durante el trayecto. Le Ber también había salido de inmediato, pero necesitaba algo más de una hora para llegar.

La escena parecía sacada de una película de acción: las puertas del coche se abrieron de golpe y, un momento después, Nolwenn y Dupin salieron corriendo, dejando boquiabiertos a turistas y lugareños.

Atravesaron la rue Vauban —esta, igual que todas las calles de la Ville Close, en realidad no era más que un callejón— y pasaron por delante del Musée de la Pêche , el museo de la pesca.

En unos instantes habrían llegado a la entrada de la tienda.

Moderaron el paso. Labat se había colocado junto al coche de Pichard, en la entrada del almacén.

De este modo, ambos lados, ambos accesos, quedaban asegurados.

Dupin sacó el móvil.

En el archivo del expediente del caso encontró el número que buscaba.

—Dehame, ¿hola?

—Le habla el comisario Dupin. ¿El señor Pichard tiene despacho propio en la fábrica?

—Por supuesto. Pero ¿por qué quiere...?

—¿Dónde está?

—En la segunda planta, el de la ventana que da al callejón que hay entre la rue Vauban y la rue Militaire. De hecho, está justo debajo del despacho de Adeline Mazago, y...

Dupin colgó. Al instante siguiente marcó el número de Labat.

—Señor com...

—Labat, voy a entrar ahora desde aquí. ¿Tiene cubierta la salida del almacén?

—Afirmativo.

Nolwenn estaba abriendo con la llave maestra la puerta situada junto a la tienda por la que se accedía a la fábrica.

Dupin se hallaba justo a su lado, con la mano derecha posada sobre el arma.

El autor del crimen no había tenido ningún escrúpulo, era evidente, había actuado con gran violencia.

Si Pichard era el asesino, tenían que estar preparados para cualquier eventualidad.

—Bien, pues hasta ahora.

Dupin colgó.

—Aguarde aquí —le indicó a Nolwenn mientras se adentraba por el largo pasillo que conducía a las salas de producción.

—De ninguna manera. —Nolwenn seguía al comisario.

—Por favor, Nolwenn, se lo ruego. ¡Por favor!

Dupin detuvo la marcha y la miró fijamente.

—Repito: de ninguna manera.

Conocía ese tono. No había nada que hacer. Y no era el momento para discusiones.

—Quédese detrás de mí, ¿entendido? ¡Muy cerca de mí!

Nolwenn asintió.

Continuaron caminando y al poco rato llegaron a una escalera junto a la cual había un ascensor.

Dupin optó por las escaleras, ya que el ruido del ascensor podría alertar a Pichard. Aparte de ellos, en el edificio no había nadie más; a los empleados se les había dado instrucciones de quedarse en casa.

Llegaron al primer piso, luego al segundo.

Un pasillo sin ventanas, solo había algunas en la escalera, estaba sumido en penumbra.

Según Dehame, el despacho de Pichard se encontraba en la parte posterior de aquel complejo de edificios, en dirección a la rue Militaire, así que tenían que girar a la izquierda.

Avanzaron con el mayor sigilo posible sobre las viejas tablas de madera.

«Marie-Thérèse Stuan. Asistente», decía la placa que había junto a la puerta de la primera oficina.

Siguieron con cautela.

De pronto, Dupin chocó con fuerza con el pie derecho contra un borde.

«Cuidado, un escalón», le oyó susurrar a Nolwenn detrás de él. Demasiado tarde.

Perdió el equilibrio.

Aunque logró recuperarse y no se dio de bruces, hizo mucho ruido. Cayó sobre la rodilla derecha.

De pronto, un rostro delgado asomó en el marco de la puerta de la sala contigua. Pichard.

—¿Comisario Dupin? ¿Qué está haciendo usted aquí en...?

—Sabemos lo de su solicitud de patente, señor.

Dupin se enderezó con rapidez.

—Puedo explicarlo —comenzó Pichard—. Verá...

No siguió hablando. En lugar de ello, salió corriendo de la sala y se alejó por el pasillo en dirección contraria.

Dupin tardó un momento en reaccionar, pero luego se precipitó tras él, mientras sentía un fuerte pinchazo en la rodilla derecha.

Pichard alcanzó la escalera situada al final del pasillo. Subió los escalones con agilidad.

—¡Fue él! Es el asesino —dijo Nolwenn a Dupin corriendo tras él.

La distancia entre Pichard y Dupin era cada vez mayor.

—¡Rápido, rápido! —ordenó Nolwenn al comisario en cuanto llegaron a los últimos escalones.

Pichard se había mantenido a la derecha; conocía aquel laberíntico complejo de edificios como la palma de su mano.

Un pasillo, luego a la izquierda, después otro pasillo. Dupin lo reconoció, desde allí se iba a las salas de producción.

La distancia cada vez era mayor. El dolor en la rodilla estaba haciendo mella en Dupin.

¿Acaso Pichard se dirigía a la salida del almacén? De ser así, no tendría escapatoria ya que Labat lo estaría esperando allí. Pero, de pronto, se escabulló por una puerta que tenía a mano derecha. Antes de que Dupin y Nolwenn la alcanzaran, oyeron cómo la cerraba por dentro.

«Existencias», decía el pequeño letrero.

—¡Pichard, ríndase! Es inútil. El edificio está rodeado.

Ninguna respuesta, solo unos ruidos vagos.

—¡Pichard! ¡Abra la puerta!

Entonces ya no se oía nada.

¿Qué estaba tramando?

—¡Pichard! ¡Vamos a derribar la puerta!

De nuevo, ninguna reacción.

Dupin dio un paso atrás y luego se lanzó con el hombro contra la puerta. Un gesto inútil por completo: no iba a poder con esa sólida madera.

—Ya no oigo nada —dijo Nolwenn sin aliento.

—Quizá haya otra salida. Mire usted en la sala de la izquierda y yo lo haré en la de la derecha.

De nuevo echaron a correr.

Dupin entró. Parecía ser otro almacén. Con forma de tubo, de cuatro o cinco metros de largo y con estanterías de acero inoxidable a ambos lados, bien cargadas, pero no había ninguna puerta que diera a la sala contigua. Solo se veía una ventana en la pared opuesta.

—Aquí no hay ninguna puerta comunicante, señor comisario, ¿y en la suya? —oyó gritar a Nolwenn.

—¡Maldita sea! —exclamó Dupin.

Al momento se volvieron a reunir ante la sala en la que se había encerrado Pichard.

—¡Esto no tiene sentido! —exclamó Nolwenn—. ¿De qué sirve encerrarse ahí...?