El tercer día
—¡Señor comisario!
Alguien le sacudía el brazo.
—¿Hola? ¿Señor comisario?
Los tirones no cesaban.
—¿Qué pasa? —gruñó Dupin. Abrió los ojos y necesitó un momento para orientarse. Seguía sentado en el coche de Le Ber. Lo curioso era que quien lo sacudía no era Nolwenn, su asistente al parecer seguía durmiendo.
—He hablado con un jefe de departamento de la Oficina de Patentes de Courbevoie.
Dupin reconoció la voz. Era Labat, sin duda.
Se volvió hacia un lado.
¿Cómo era posible que el inspector hubiera hablado con la Oficina de Patentes en mitad de la noche? ¿Y por qué de pronto había luz de día?
Dupin se incorporó de forma brusca y estuvo a punto de golpearse la cabeza contra el techo del coche.
—¿Qué hora es, Labat?
—Las siete horas y diecisiete minutos.
—¿Cómo?
¿Se había vuelto a quedar dormido? ¿Y habían pasado más de tres horas? ¿No sería un sueño otra vez? ¿Uno con apariencia de ser asombrosamente real?
Nolwenn se estiró y luego también se incorporó bruscamente.
—¿Qué hora es?
—Las siete horas y diecisiete minutos —repitió Labat sin inmutarse.
Ciertamente, eso no parecía un sueño.
Dupin salió del coche, se sentía destrozado. Notaba rigidez en todo el cuerpo.
—Nos hemos dormido, Nolwenn.
—¿Nos hemos quedado dormidos toda la noche aquí, en el coche?
Nolwenn, que también había bajado del vehículo, lo miraba incrédula.
—Han sido tres horas.
No podía hablarse de toda la noche.
—Así, ¿uno junto al otro?
Una pregunta divertida. Dupin notaba que ella lo rozaba un poco.
—Así, uno junto al otro —confirmó él.
—¡A ver, cuénteme! ¿Qué hay? —Al momento siguiente volvió a dirigirse a Labat.
—He buscado tanto en la base de datos de solicitudes de patentes como en la de derechos de propiedad intelectual.
En concreto he buscado solicitudes de Zerua y de los tres hermanos como particulares.
En cada caso, con diferentes criterios y palabras clave.
«Punto de fusión», «estabilidad», «resistencia al calor»...
—¡Labat! ¿Qué ha descubierto?
Dupin estaba aún medio dormido, le dolía el cuello y, lo más importante, aún no había tomado café.
—Nada. Nada en absoluto.
—¿Eso es todo? —Era inconcebible—. ¿Nada? ¿No ha descubierto nada? ¿Por eso me despierta?
—No me he dado cuenta de que dormía, además son casi las siete y media.
—¿Ha encontrado alguna solicitud de patente de Zerua?
—Cinco. Sin embargo, salvo una excepción, son todas de los años setenta y ochenta. La última se presentó hace doce años y es sobre la máquina en la que se procesa la materia prima, una innovación técnica destinada a mejorar la textura. Si lo desea, puedo conseguir...
—No es necesario, Labat. —Dupin reflexionó—. ¡Busque solicitudes de patente de Chesneau y Pichard! Y... y también de Plantier y Thépault.
—Delo por hecho, señor comisario.
Una confirmación decidida. Labat se marchó satisfecho.
—¡Es increíble! Me he quedado dormida en el asiento del coche. ¡Qué barbaridad!
Entretanto Nolwenn también había salido del coche.
—¿Cómo ha ido la conversación con...?
—Luego, Nolwenn.
A Dupin le acababa de venir a la cabeza la que quizá fuera la pregunta más importante a la que se enfrentaban en ese momento. ¿Dónde estaba la señora Columbani? ¿Por qué Le Ber no había dado señales de vida? Sacó el móvil y marcó el número del inspector.
Este le respondió al instante.
—Le Ber, ¿por qué aún no ha...?
—La he encontrado, jefe. He intentado llamarle...
—¿Y bien?
—Maëlle Columbani está bien. Todo está en orden. Le he enviado un SMS, ¿no lo recibió?
—Nolwenn y yo nos acabamos de despertar. Nosotros...
Empezó de nuevo, aquello realmente carecía de importancia.
—¿Qué significa eso de que Maëlle Columbani está bien? ¿Dónde se encontraba? ¿Qué estaba haciendo?
—Ahora está en su estudio culinario, jefe. Esta cocina no está en su casa, sino en un antiguo granero situado al norte de la isla, a unos cuatrocientos metros. Es precioso. No podía dormir, así que se fue allí a trabajar en algunas recetas. Dice que cocinar para ella es como el yoga y...
—¿A las tres de la madrugada?
—Eso parece. En todo caso, la encontré allí ilesa.
En realidad, tampoco era tan raro. Dupin sabía que en caso de insomnio, suele ser mejor levantarse y mantenerse ocupado que pasar las horas tumbado desesperándose.
—¿Y cómo pudo ella salir de la casa sin que usted la viera?
—Su dormitorio da a la terraza, así que pudo...
—¿Esto significa que estuvo toda la noche en la isla?
—En efecto. Además, los colegas hallaron su segundo coche en el puerto.
—Hum.
Algo era algo. Maëlle Columbani estaba bien. Y cada vez era menos probable que ella fuera la asesina.
—Quédese donde está, Le Ber.
—Vale, jefe.
—Hasta luego.
Dupin colgó.
A Nolwenn le faltó tiempo para preguntar:
—¿Y bien? ¿Qué dice Le Ber?
Él resumió lo sucedido.
—Vale —dijo Nolwenn sin más—. ¿Qué tal un café, señor comisario?
Dupin asintió.
—¿Trévignon?
—Trévignon.
Decir Trévignon quería decir ir al Le Noroît, al establecimiento de Christine y Pascal. El bar favorito de Dupin en esa localidad, en cuya terraza el miércoles él había estado tomando un café, como preparación psicológica para la «terapia de confrontación».
—¿Un cuarto café, seguro?
—Seguro.
Jamás un «seguro» había sido tan rotundo.
—Yo también tomaré otro —se apresuró a decir Nolwenn.
En su caso, el tercero.
La maravillosa propietaria del bar se quedó de pie junto a su mesa y miró a sus clientes con expresión preocupada.
Nolwenn y Dupin se bebieron los dos primeros cafés de un trago, en cuanto Christine se los sirvió.
A continuación habían devorado una napolitana cada uno.
Recién salidas del horno, que era, por supuesto, como más deliciosas estaban.
—Bueno, viéndoos así, da la impresión de que aún estáis muy lejos de resolver el caso.
Christine les dedicó una sonrisa amplia y cálida para luego desaparecer en dirección hacia la barra.
Nolwenn y Dupin estaban sentados en la terraza acristalada, que daba a los clientes la sensación de encontrarse al aire libre.
Christine y Pascal la habían construido hacía muchos años, y ciertamente había resultado ser una idea muy acertada.
De este modo, Le Noroît contaba con tres espacios adaptables a las diferentes estaciones y condiciones climáticas de la Bretaña: en los meses de invierno, los clientes buscaban la calidez rústica y la compañía agradable en el comedor del bar; en verano se sentaban al exterior hasta bien entrada la noche; y en primavera, otoño o durante las fuertes lluvias de verano permanecían sentados ahí, en esa suerte de galería acristalada.
El mar apenas estaba a treinta metros, el muro del muelle se encontraba justo enfrente.
Allí era donde el caso había dado comienzo con la llamada de Le Ber, hacía menos de cuarenta y ocho horas; sin embargo, daba la impresión de que había transcurrido una eternidad.
Aquel caso era como uno de esos pantanos de los montes de Arrée: cuanto más pasos daba Dupin, más se hundía.
En realidad, la vista desde ahí era sensacional.
Una franja de hierba, unas extrañas formaciones de granito, el pequeño puerto deportivo, donde una docena de barcos se balanceaban perezosos atados a sus boyas rojas, azules o verdes, y luego, detrás del muro del muelle, el Atlántico en toda su extensión.
Un poco antes del horizonte se atisbaban las siluetas llanas de las islas Glénan.
Pero eso no se correspondía con la realidad.
Ese día no se veía nada. La crachin no había amainado: una materia gris y deprimente dominaba ahora el cielo y la tierra.
El único tiempo bretón que disgustaba de verdad a Dupin.
Una tormenta auténtica, lluvia torrencial, nubarrones tremendos en todos los tonos posibles e imposibles, un mar agitado y de aguas de color negro azabache...
A todo aquello él le podía encontrar gusto, pero esa crachin era una depresión convertida en temporal.
Sentir la ropa húmeda y pegajosa sobre el cuerpo a duras penas se podía soportar. Dos días sin ducharse. Aquella situación tenía que afrontarse con más café.
Nolwenn y Dupin apenas habían hablado durante el trayecto en coche. ¿De qué iban a hacerlo? Los ánimos estaban por los suelos.
—Tengo la impresión de que en ninguno de nuestros casos ha estado usted tan falto de ideas, señor comisario.
Nolwenn dirigió una mirada de lástima a Dupin. O, por lo menos, eso pareció.
—¿Qué suele hacer usted en situaciones como esta, cuando...?
El pitido estridente del móvil de Dupin la interrumpió.
Labat.
—¿Qué pasa?
—¡Premio!
Una pausa.
—¿Labat?
Dupin casi gritó la pregunta.
—¡He dado en el blanco!
—¿Qué quiere decir?
De repente, Dupin se incorporó muy erguido y activó el altavoz.
—En la cuestión de los derechos de propiedad industrial y las solicitudes de patentes.
—¡Hable!
—He encontrado tanto el registro de un derecho de propiedad industrial como una patente.
—¿Para qué? ¿A favor de quién?
—Le leo la descripción de la solicitud de patente: «Método para la modificación del punto de fusión de la manteca por medio del palmitato de isopropilo obtenido de Fagopyrum snowdenii (C19H38O2 —éster del alcohol isopropílico y ácido palmítico, éster isopropílico del ácido hexadecanoico)».
Nolwenn reaccionó más rápido que Dupin:
—Eso significa —la voz le temblaba— que realmente se trata de chocolate que no se derrite.
—Exacto. Y, en concreto, gracias a la adición de un éster específico y en cantidades mínimas, que no altera ni el sabor ni la consistencia ni la textura del chocolate.
—¿Qué éster? —Dupin se levantó de su asiento de un salto—. Quiero decir, ¿qué es un éster? ¿Y ese fago ...?
—Un alifático...
—¡Labat!
—No tengo ni idea de lo que es un éster, señor comisario. Pero, por lo que dice aquí, entiendo que solo se da en dos plantas. Principalmente en la fruta de una especie concreta de guayaba que no existe en la Bretaña que...
—¿Y la otra planta?
—El alforfón, calentado o cocido.
—¿Alforfón?