El segundo día #19
—Aquí, en Venezuela, no van a creer mi historia. Y me tratarán como si fuera culpable de tráfico de drogas. Además, por la cantidad, creerán que estoy muy metida en el asunto.
La voz de Thépault había cambiado, se le notaba el pánico.
—¿Usted sabe cómo van las cosas aquí? Se lo ruego, trasládeme a Francia. Haré una confesión completa.
Sonaba desesperada, y tenía todos los motivos para estarlo.
En la lucha contra las drogas y ante un incidente de esta magnitud, Venezuela tenía derecho a detenerla y acusarla, aunque fuera ciudadana francesa.
—Me temo que, por mucho que nos esforcemos, no podemos hacer nada, señora. A menos que usted sepa quién está detrás de todo esto. La persona que le hizo el encargo. Solo entonces podrá negociar con las autoridades.
—Pero es que no lo sé, de verdad. ¿Acaso no me cree?
La pregunta era legítima.
—Aquí no se trata de lo que yo crea, señora. Pero no puedo descartar que esté mintiendo.
Un largo silencio. Los chasquidos molestos aumentaron de nuevo.
—Entonces ¿no puede hacer nada por mí? No puede ser verdad. ¡Tiene que ayudarme! ¡Soy francesa! —En la voz la ira se mezcló con el pánico—. En cualquier momento van a venir para arrestarme.
—Evidentemente, solicitaré de inmediato su traslado a Francia, señora. Haré una petición de urgencia. Es todo cuanto está en mi mano.
De nuevo durante unos segundos se oyó ruido en la línea hasta que Thépault respondió.
—¡Adiós, comisario!
Colgó.
Dupin comprendía que estuviera desesperada. Le pediría a Nolwenn que se ocupara del asunto. Ella sabía lo que se podía hacer. Y no había nadie más insistente que ella. Pero el comisario dudaba de que en ese caso sirviera de algo.
Fue al coche.
—Por fin ha vuelto —lo recibió Nolwenn al subir al coche—. Yo...
—Sandrine Thépault. Me acaba de llamar.
Dupin resumió la conversación telefónica.
—Fue increíblemente ingenua. Y por eso creo que dice la verdad. Nadie se inventa una historia tan tonta.
Dupin no lo veía tan claro. Alegar incompetencia estratégica era una táctica muy habitual, y no solo cuando alguien quería ocultar un delito.
—En cualquier caso, voy a...
El móvil de Nolwenn. Se apresuró a responder a la llamada.
—Ahora no es buen momento, Marie, yo...
Aquella misteriosa Marie. Aquel misterioso asunto.
—¡Oh, vaya!
Dupin frunció el ceño.
—Como te dije —Nolwenn bajó la voz—, tenemos que ser prudentes. La policía.
Dupin se mordió los labios, seguro de que en esta ocasión también sería más prudente no entrometerse en los asuntos privados de Nolwenn.
—Claro, tengo aerosoles.
El asunto era cada vez más misterioso.
—¡Ay, pobre! Pero lo conseguirás. ¡Como siempre! Oye, tengo que colgar, Marie, hasta pronto.
Terminó la llamada y se volvió hacia Dupin como si nada hubiera pasado.
—¿Por dónde íbamos?
—Sandrine Thépault. Decía usted que iba a...
—Pues claro —Nolwenn retomó el tema—, voy a hacer todo lo posible para sacarla de Venezuela. ¡Nadie se merece algo así!
Empezó a teclear en su móvil.
—Quizá usted debería...
Otra vez una interrupción del móvil. Empezaba a estar harto.
Salió del coche, anduvo unos pasos y solo entonces miró la pantalla.
«Christine/Le Noroît», decía.
La magnífica propietaria del bar de la punta de Trévignon, donde tanto le gustaba ir. Enfrente de ese lugar, en el muro del muelle, el día anterior había tenido lugar la terapia de confrontación.
—¿Christine?
—Hola, Georges, Pascal me ha dicho que te llamara y te lo dijera.
Christine regentaba Le Noroît junto con su marido, Pascal.
—¿Decir qué?
—Nahia Mazago. El fin de semana pasado estuvo aquí dos veces. El viernes y el sábado, en ambos casos durante una hora aproximadamente. Debían de ser las seis, quizá un poco más tarde. Había quedado con ese tal Benoît Pichard. El maître chocolatier de Zerua.
—¿Nahia Mazago y Benoît Pichard? ¿Las dos veces?
—Exacto.
También eso era algo llamativo. Ni Pichard ni Nahia Mazago habían mencionado esos encuentros.
—¿Tú estabas allí?
—Sí.
—¿Oíste de qué hablaban?
—Por desgracia, no. Había mucho lío. Era el primer fin de semana de principios de verano en que hacía buen tiempo.
—¿Los conoces a ambos? Quiero decir, ¿personalmente?
—En realidad, no. Solo a Adeline. A veces se pasaba por aquí. Bueno, había vivido cerca. Y una vez vino con su hermana. Pero eso fue hace dos o tres años. A ese Pichard solo lo conozco por los artículos del periódico.
—¿Y dices que fue durante una hora más o menos?
—Sí, aproximadamente una hora.
—¿Es posible que alguien escuchara la conversación?
—¿Quieres que pregunte por ahí?
Aquello parecía prometedor. Esa era la ventaja de investigar en casa. Podías contar con unos ojos y oídos más.
—Sí, claro. Gracias.
—De acuerdo. Ya te llamaré.
—Hasta luego, Christine.
Al cabo de un rato ya había colgado.
Dupin se quedó pensando junto al elegante coche de Le Ber.
De repente, las novedades se sucedían una tras otra. Pero ¿adónde les llevaría esa nueva información? Por fin abrió la portezuela del coche.
Nolwenn estaba alterada hablando por teléfono.
—¡Eso a mí me da absolutamente igual! ¡Espero que me llame bien pronto, caballero!
Dupin conocía ese tono de voz.